Aterrizaje de emergencia con Ryanair

Cuando tocan las mudanzas, hay que enviar cajas a casa y recuerdos a la basura. Lo siento, Diógenes, lo nuestro tiene que acabar por el bien de los dos. Y después, comienza el viaje:

Aeropuerto. Espera.

Cuando al fin subimos al avión, aguardamos unos minutos de más mientras desde cabina llamaban a fulanito y menganita de tal. Y, con cierto retraso, el avión despegó y se puso en marcha toda la farándula de ventas y publicidad típicas de Ryanair.

Cuando llevábamos casi una hora de vuelo el avión empezó a moverse un poco más de la cuenta e hizo un giro poco usual para esta ruta (Madrid-Lanzarote).

Nos avisaron desde cabina que, “por problemas técnicos”, volvíamos al aeropuerto de Madrid-Barajas. Comenzaron a aflorar síntomas de inquietud, aunque la mayoría de la gente se veía tranquila.

Imagínense, volver después de tanto camino recorrido no era cosa de cinco minutos, y tocaba esperar con la incertidumbre de qué pasaba. Además, el avión se movía mucho, como si estuviera de forma continua en un área de turbulencias. ¿Qué pasa por tu cabeza en esos momentos? El accidente del Spanair que iba a Gran Canaria o la caída del avión en Perdidos.

Tras una media hora, llegamos de nuevo a Madrid e intentamos aterrizar. Digo intentamos porque cuando, medio tambaleantes, nos acercábamos al suelo, muy rápido, el avión no consiguió tocar tierra y volvió a subir.

En este momento no nos dijeron nada, sólo que cuando tuvieran información de qué había pasado nos lo dirían. Pero entonces sólo hubo silencio.

Empezaron a notarse reacciones de mucho miedo, desde lentas inspiraciones unos, silencio otros, enfado otros y, curiosamente, muchas risas. Hubo quienes decían que si iban a morir lo harían contentos.

No paraban de oirse los “plin-plin” que hacen los botoncitos de llamada a las azafatas al ser pulsados. Pero el “cabin crew” no estaba por la labor de aparecerse en el pasillo.

Poco después, también con bastante inestabilidad, logramos aterrizar. Un escuadrón de cochecito de bombero se arremolinó alrededor del avión hasta que se pararon los motores. Entonces, por fin, la gente respiró aliviada.

Luego llegó el momento de decidir qué hacer. Primero nos dijeron que si TODOS estabamos de acuerdo nos pondrían un nuevo avión. Luego resultó que no había más aviones y por tanto teníamos que quedarnos en el mismo aparato. Lo iban a arreglar, se supone.

Nos dijeron que se había roto un ordenador en cabina y que por protocolos había que volar con los dos operativos. Nos dijeron que el aterrizaje había salido mal por el aire caliente que salía de la pista y que eso era algo normal, que podía pasar en cualquier avión. Sin embargo eso no explicaba la inestabilidad del vuelo. Además, en inglés dijeron algo de problemas de ingeniería. Vale, estoy jugando a ser aeronáutica, pero aquello olía a mentira para que no armáramos un motín a bordo.

El caso es que los que salieron del avión, opción que se ofrecía, no podían volver a entrar y perdían el derecho a volar. Así que la mayoría nos quedamos dentro, con una clara sensación de claustrofobia.

Esperamos a que repararan el error un par de horas y, seis horas después de meternos en el avión, tocamos tierra en Lanzarote. Apenas nos ofrecieron agua. Los que quisieron comer tuvieron que pagar los astronómicos precios de la comida. Así que, al final, Ryanair hizo su Agosto con nosotros.

Al menos tuvieron el detalle de omitir la constante publicidad y el “tachán tachán, we’ve arrived on time”.

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  1. Ryanair y el equipaje de mano « The dragonfly's journey - diciembre 2, 2011

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