Respeten mi derecho a quedarme fuera

En todas las cadenas, emisoras, periódicos en papel y online, en las calles, en el trabajo, con los amigos, con la familia, en las redes sociales de Internet, en los balcones de las casas… por todas partes! Permitanme que este harta, y que me ponga de mal humor.
Tengo un amigo que me decía que no entiende las procesiones, porque se trata al fin y al cabo de gente venerando y paseando un muñeco. Permitanme también hacer un símil, ese muñeco está investido del mismo simbolismo místico que el fútbol que, para ustedes, es más que hombres dando patadas a un balón, es un país unido vibrando y sintiéndose grande, es San Iker, Don Pedro, y demás dioses a venerar, ellos, capaces de hacernos felices o de frustrarnos, como si pudieran sentirnos, cuando nunca conocerán si quiera nuestro nombre. Hay fe detrás de todos estos asuntos, y potencial para hacernos sentir parte de un todo. Es religión. Es más de lo que es. Y trae consigo la consiguiente hipnosis colectiva a través de medios que no retransmiten otra cosa que no sea fútbol, trátese del programa que se trate, las liturgias, las tradiciones, el recuerdo, los símbolos. Es crear a dios a imagen y semejanza, porque esos chicos tan buenas personas, esos cracks del balón, son también españoles. Suenan los himnos por todas partes: el Waka waka y el waving flag, y el “yo soy español, español, español”. Y lo peor es que, detrás de toda la euforia, haya también un negocio y que en algún lugar de Johannesburgo un montón de gente que no tiene siquiera que comer, o que se está muriendo de Sida, vio la ostentación de fuegos artificiales del estadio, invisible para el mundo.
Me gustaría que, igual que se respeta, al menos en teoría, la libertad de credo, se repete a los pocos que no sentimos lo que ustedes sientes, y que no nos llamen ignorantes, antripatrióticos, aguafiestas o que “queremos hacernos los guays”. Imaginen estar rodeados durante un mes de algo que no entienden y que no respeten su derecho a querer quedarse fuera.

*Ha sido una grata sorpresa descubrir que una de las pocas personas de las que me puedo considerar “fan” también se sorprende ante el aluvión de banderas, también se pregunta qué hay dentro de nosotros que nos empuja a comportarnos así: http://www.elpais.com/articulo/ultima/gen/horda/elpepiult/20100706elpepiult_1/Tes

Ahora que los científicos están descubriendo todos los días las bases biológicas de lo que somos, estoy esperando que en cualquier momento localicen el gen de la horda febril, esto es, ese ínfimo fragmento de ADN que hace que padezcamos una irrefrenable tendencia a arremolinarnos jactanciosamente en torno a pedazos de trapos que llamamos banderas, y a emborracharnos de un júbilo feroz cuando nos sumergimos en una masa unánime. Sucede en las guerras, sucede en el sectarismo político, sucede en los linchamientos, sucede en el Mundial de fútbol. El Mundial es a las guerras patrióticas lo que los torneos medievales eran a las batallas campales: una alternativa un poco más sofisticada. Desde luego hay que agradecer que no se mate realmente a nadie (salvo cuando un partido sirve de acicate para desencadenar una contienda, como en la llamada guerra del fútbol entre Honduras y El Salvador tras el Mundial de 1970), pero por lo demás ahí está la misma dejación de pensamiento, la misma mezcla de adoración y odios, idéntica exageración mayestática. EL PAÍS titulaba el viernes: “España afronta su cita ante la historia en el Mundial”. Y el jueves decía un comentarista de la tele hablando del jugador brasileño que iba a tirar la falta: “El futuro de Brasil está en sus botas”. ¿No les parece un poquitito extremo? Por no hablar de los vaivenes emocionales: la alegría desquiciada del personal en las victorias, la profunda depresión en las derrotas. Por todos los santos, la muerte por hambre del cubano Fariñas (y eso sí que es para llorar) nos deja fríos, pero no meter un gol arranca muchos sollozos. Y el caso es que lo entiendo: es un impulso animal, primitivísimo, un desatino inscrito en el último rincón de nuestras células. Yo también noto ese ciego calor en el estómago (que no en el cerebro) cuando se agitan las banderas. Es el maldito gen de la horda febril. Que lo encuentren, por favor. Y que nos lo extirpen.

Rosa Montero.

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