Campo de trabajo Graus 2010

Aquí estoy, prácticamente recién llegada de una de esas cosas que tenía en la lista de cosas pendientes: ir a un campo de trabajo. Al fin puedo tachar ese apartado, y hacerlo satisfecha, con una sonrisa. Y eso que he jugado algunos números de escapismo, con esa habilidad que tengo para desaparecer de repente; pero aún cuando no he estado al cien por cien, me llevo un montón de experiencias enriquecedoras, y he compartido momentos con esa clase de gente fantástica a la que le dices: “Cuentame algoo” y siempre tiene algo interesante que decir, ya sea de sus vidas, de pasajes de libros que un día leyeron a medias (las mil y una noches), o te recitan una poesía, o reflexionan contigo sobre la espiritualidad, o rien con cualquier tontería.

El campo de trabajo tiene un rollo similar al de la ruta inka, por la clase de gente (normalmente con un mundo interior bastante interesante) y sobre todo por el pilar fundamental de la experiencia: compartir; aunque obviamente se llevan a cabo con objetivos distinto, con niveles de riesgo no comparables y una dobla a otra en cuanto a duración. Pero en lo que convergen, en lo fundamental, es en los vínculos que se crean. Y es algo nada denostable en un mundo que cada vez nos empuja más y más hacia el individualismo.
Compartir los momentos de las comidas, verse las caras legañosas por las mañanas, aunar esfuerzos en un trabajo común, participar de los momentos de diversión, de las borracheras, y, a veces, ceder y aceptar aquello que nos molesta de los demás, o intentar ser mejores en ese día a día acotado, son cosas que no tienen precio y que merecen la pena ser vividas.

Pero más allá del crecimiento personal que sin duda aporta una experiencia así, ya sólo por el planning que tienen en este campo de trabajo en concreto vale la pena apuntarse y probar. El trabajo este año consistía en el acondicionamiento del entorno de una ermita templaria (San Miguel y los templarios de Grustán) supuestamente de alrededor del siglo XI. Hablando claro, se trataba de limpiar de hierbas y matojos el sendero, y una vez realizada esta tarea, excavar y descubrir que, junto a una tumba antropomorfa que había destapada, se encontraban enterrados huesos humanos bajo unas losas.
Asimismo, se desenterro la puerta, se descubrió una entrada con escalones que estaba enterrada y una dependencia que no se tiene claro si era una especie de casa contigua para quienes oficiaban las ceremonias religiosas, o un simple pozo para abastecer de agua al personal. En cualquier caso, resultó un acercamiento al mundo de la arqueología y nos metió a todos el gusanillo de descubrir, “qué será esta piedra de aquí”, “de qué parte del cuerpo será este hueso”, e incluso de reflexionar sobre lo efímero de la vida. Al menos yo, al descubrir ese craneo humano mezclado con la tierra, quebradizo y facilmente confundible con piedra, no pude menos que recordar el popular provervio: Polvo eres, y en polvo te convertirás.
El trabajo requería de hazada, picos, tiqueras… acababamos todos hechos unas croquetas de tierra, pero cada uno trabajaba en la medida de sus posibilidades. Además teníamos un medio de transporte, cuanto menos, pintoresco: una ambulancia, con un par de bancos de parque, de esos en los que se sientan los abuelillos, en la parte de atrás, donde nos hacinábamos los más posibles. Era un viaje movidito que ayudaba a desasirse del sopor mañanero.

Lo mejor venía por las tardes y noches, con toda clase de actividades lúdicas y mucha libertad para escaparse de vez en cuando, para dormir, para hacer fiestas, yinkanas, leer, o lo que se terciara en cada momento. Entre las actividades organizadas destacaban:

Piragüismo en el lago de Graus. En mi caso fue la primera vez que lo hacía, y no sabía como manejar las palas. Menos mal que mis compañeras de piragüa eran más habiles y supieron llevar, no sin dificultad, el cacharro flotante hacia la orilla ante un cielo que amenzaba tormenta eléctrica.
En otra ocasión pudimos volver a practicar piragüismo, montarnos en las barcas de pedales y, el plato fuerte de esa tarde, montarnos en la banana y coordinarnos con el vano empeño de no salir disparados hacia el agua.

Raftin en el río Ésera, que aunque según el monitor era en un grado de principiantes más apropiado para colegios que para nosotros, estuvo muy divertido, sobre todo cuando nos dejamos caer en un tramo y nos dejamos arrastrar por la corriente hasta la lanchilla hinchable.

Paintball, con toda la indumentaria necesaria para una guerra de colorines, norte contra sur de España. Escondidos tras palés de madera, intentando alcanzar una bandera o simplemente sobrevivir.

-Un concierto de música medieval en la preciosa catedral románica de Roda de Isábena, con unos instrumentos muy extraños y contando a la vez historias sobre el mítico santo grial.

-La caminata que llevaba hasta la cascada de Aiguallut, un paraje precioso, verdísimo, aún con resquicios de nieve en las montañas en pleno agosto.

-La acampada en Fantova, una torre cuyo entorno fue acondicionado en anteriores campos de trabajo. Había una iglesia abandonada llena de muerciélagos donde una podía simular una boda, o subir al campanario y tirar de la cuerdecita para que la campanota impregnara el aire con su vibración metálica. Un entorno propicio para ver estrellas y contar historias de miedo que no dan miedo, y beber alrededor de un candil e incluso besar sapos. Pero lo mejor del lugar, sin duda, es la puesta de sol. Desde el mirador puede verse como el astro rey, rapidamente, se oculta tras las montañas y deja el cielo teñido de un rojo sanguíneo, antes de caer la noche.

-La clase de baile, o de expresión corporal, que le recuerdan a una que la música es algo que se siente, y algo que, también, se comparte, aunque requiere de bastante disciplina.

-La visita a Panillo, un templo budista perdido entre las montañas aragonesas, un lugar donde experimentar otras formas de sentir la religión, en éste caso no teísta, en la cuál se puede alcanzar la plenitud a través de la meditación y las acciones, tomando el camino correcto. Tanto el templo como la stupa contrastan con el paisaje circundante, por su colorido, y en su interior el silencio invita a la meditación y el recogimiento.

-La no-visita a Torre Ciudad, la sede del Opus Dei, a la que no pudimos acceder por problemas de indumentaria (ya saben, nada de camisas de tirantes, nada de pantalones o faltas por encima de la rodilla…). Pero el enclave donde se encuentra el emplazamiento es increíble, un lago precioso de aguas azules al que dan ganas de lanzarse de cabeza.

-La barbacoa de despedida que organiza Jorge Mur, el monitor principal, en casa de sus padres, donde se podía comer copiosamente desde longaniza a las típicas chiretas, acompañado por vinillo.

Y habría mil anécdotas más, mil actividades más, mil motivos más para animar a la gente a ir, pero ya sería enrrollarme demasiado.

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2 responses to “Campo de trabajo Graus 2010”

  1. Iván says :

    Que bonito Silvia…que sepas que el día que encuentre una versión barata de Las Mil y Una Noches para comprar lo acabaré, a pesar de que como bien le dije a Rocío el que consigue terminarlo muere…

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