Chispazos de memoria

El otro día hacía zapping en la tele, en la que cada vez es más dificil encontrar algo interesante, no se si porque estamos cansados de los mismos formatos que se repiten, o porque realmente la calidad de la programación va en decrescendo. El caso es que me topé con un reportaje sobre José Saramago, y me llamó la atención en especial una parte, en la que decía algo así como “yo no he nacido para ésto”, refiriéndose al arte de escribir. Afirmaba que había llegado a ese punto en una búsqueda incansable de salvar las historias que le contaban sus padres, sus abuelos, etc. de las garras del olvido. Y es que es mayor la labilidad de la carne que la de la palabra escrita.
Coincidió que justo al día siguiente, en una tarde de playa y familiar, mi abuela empezó a contar historias de juventud. Algunas no era la primera vez que las oía, pero me pareció que merecían un espacio, como mínimo, aquí, donde tienen cabida las cosas que más me llegan.

Mi abuela es una mujer de setenta y algo, menuda e inquieta, que se queja más de soledad que de dolores y eso cuando lo hace, porque confirma que casi siempre se calla, para no molestar. Dice que una de sus hermanas se la pasa hablando de enfermedades, y que así se le quitan las ganas de visitarla. Está muy ligada al campo, y le gusta la moda y las telenovelas, y hace bordados de flores bastante bonitos. Es una mujer dada a la sonrisa más que a la lágrima y, al menos para mí, un ejemplo de cómo vivir en el ocaso de la existencia.

Hablando sobre cómo se vivía el amor en sus tiempos mozos, cuenta entre sus retazos de momentos inolvidables el día en que encontró a su hermana Dominga cogida de la mano de su novio; y claro, aquello sería como pillar hoy en día a alguien en pleno apogeo pasional. Para ir a los bailes, las madres acompañaban a sus hijas, para supervisar que no hubiera más roce de la cuenta y analizar a los futuros yernos; y una sabía que un hombre la pretendía porque la invitaba a bailar. “Yo tenía tres pretendientes”, contaba mi abuela sonriente, “y uno de ellos me regaló caramelos en un baile y me dijo que eso significaba que me quería”.
Cuando al fin se creaba una pareja de novios, el hombre iba a visitar a la novia y se quedaba fuera de la casa, la novia hablando con el a través del postigo de la puerta. “Pasaban más frío que condenados”, asegura mi abuela, y añade: “Cuando el hombre entraba a la casa era señal de que se iban a casar, pero para hablar se sentaba cada uno en un extremo de la mesa”.
Mi abuela recuerda con pesar cómo el obispo de Las Palmas prohibió ir a los bailes, penalizando a quien incumpliera el imperativo eclesiático con la excomulgación (de las chicas que fueran, y de las madres): “Me pasé tres años encerrada; yo no se cómo tu abuelo me aguantó”.

Otra de las represiones que más marcó a mi abuela fue que su madre no la dejara ponerse un vestido que había bordado ella misma y le encantaba. Al parecer era un vestido a la moda, con la falda larguísima y bordados ondulantes de flores a la altura de los muslos y el escote. El problema era que tenía la manga corta, de modo que se veían los pelillos del sobaco: “Tuve que arrimar el vestido, con lo bonito que era”, comenta mi abuela.

Recordando el día de su boda, comenta que antes no se estilaban los vestidos blancos de ahora, que llevaba un traje de falda y chaqueta y un gorro con velo, “que me levantó cuando el cura nos casó y me dio un beso”. No había sido ése el primer contacto físico romántico, “antes había habido piquitos”. Luego se hacía una comida en casa para todos los invitados, pero nada comparado con las ostentaciones de ahora.

El siguiente escalón en la vida era la maternidad. Mi abuela tiene tres hijos, pero perdió un bebé en su primer parto: “Era una niña hermosa”. Al parecer se asfixió con el cordón umbilical en el momento del parto: “Eso era normal en aquel entonces”. Había unas pocas comadronas en la isla, y cuando una mujer se ponía de parto, había que ir a por ellas en algún coche, “leeentos como el diablo”, o en burro, de modo que cuando la señora en cuestión llegaba a la casa de la parturienta muchas veces no había nada más por hacer.
Mi abuela recuerda que lo primero que miraba la comadrona era que la cama tuviera el hule, para no manchar, y que en uno de sus partos se quedó dormida mientras ella empujaba. El bebé dormía en la cama con la madre unos días, y ésta guardaba reposo una o dos semanas: “La gente te traía chocolate, huevos y caldo de gallina”.

A poco que los niños se hacían mayores, iban al colegio y a trabajar al campo. Mi padre recuerda cómo, mientras él iba al campo a trabajar, a lomos de la camella, mi tío Alfredo, un niño apenas, se quedaba bajo la supervisión de mi tía Fátima. “A la niña la ponían en un cajón de madera que hacía las veces de los parques de ahora”.

Mi abuela también recuerda que en sus tiempos de infancia “había una maestra vieja, que ni veía bien y se dormía en clase. Tenía una pata de silla para darle a los chicos. A la tía Dominga, que era medio torpe, le daba en la cabeza y mi madre tuvo que ir a decirle: ¡Qué me va a matar a la chica!”.
Otro castigo típico era poner picón en el suelo e hincarse de rodillas sobre él, con los brazos en cruz y libros en ambas manos, o juntar los dedos de las manos y dar reglazos. “No se decía nada a los padres, porque si no, ellos te daban más leña” cuenta mi tía. Los maestros no eran titulados universitarios, sino “amañados que enseñaban a los niños a leer y escribir”.

Los niños, ahora tan protegidos, jugaban con lo que había: guerras de piedras, por ejemplo. Mi padre tiene una cicatriz en la frente en una de esas guerras, “porque vinieron los de La Olla, me escondí y cuando levanté la cabeza… ¡Pamm!. Tenía el ojo lleno de sangre y mi tía me lavó la herida en una palangana y me mandó a acostar”. Mi abuela recuerda que el chico tenía el ojo tan hinchado que “cuando lo vio el padre se mareó, porque no podía ver heridas”.

La otra cicatriz en la cabeza de mi progenitor tiene también su historia: “Me subí al bidón de agua que había para regar el cebollino y me puse a caminar por el borde, se me fue la pata y ¡Pimm!”. Al menos, dice, no cayó con la cabeza dentro del agua y las piernas para arriba, porque así hubiera sido francamente dificil salir: “Me hubiera ahogado”.

Otra historia recurrente es la de las peleas de hermanos entre mi padre y mi tío; al parecer cuando mi padre lo hacía rabiar, éste lo perseguía con una horqueta y mi padre se encerraba en un cuarto hasta que había remitido el peligro.
Mirandolo ahora, cuesta imaginarselo como ese niño travieso, o como un joven universitario barbudo en Las Palmas, que fumaba pipa para imitar al Che Guevara y se planteó incluso dejarlo todo e irse a Sudamérica a probar fortuna.

Recuerda la muerte de Franco de modo impreciso, porque aún era muy pequeño, pero comenta: “la primera vez que vi la tele fue para ver el entierro de Franco. Aquí rezábamos para que se muriera. Tiempo atrás había habido disturbios y manifestaciones, pero también por el atentado contra Carrero Blanco y la muerte de Quesada en la Universidad de Tenerife”.
También recuerda, casi como si de un mito se tratase, las historias de El Rubio y El Corredera, sobre todo de éste último, “un rojo que se escondió en una cueva durante años”. Al final alguien lo delató, y lo mataron. A los rojos los tiraban del Barranco de Jinamar, con las cabezas tapadas, “y la Iglesia callaba”.

Toda la familia recuerda al viejo Ermenegildo, que, además de amante del vino, pertenecía a la falange, “pero había otros que además estaban en activo: “Nadie hablaba con nadie del sistema porque había chivos expiatorios en todos los pueblos”. La jerarquía social era: cura- guardia civil- maestro. “Si alguno te acusaba de hablar mal de Franco, aunque fuera mentira, ibas a la cárcel.”
Sin embargo, todo fue cambiando. Como una metáfora del progreso, mi tía recuerda cómo, después de los quinqués de petróleo, el humo, la oscuridad: “Llegó la luz eléctrica. Tengo la imágen grabada de cómo, de repente, todo se iluminó”.

Sin duda, eran otros tiempos. Todo estaba imbuído de religión, de política. Había una carencia de libertad y de formación y , como contrapartida, no había tanta tontería, tanta idolatría por el mundo de la estética, tantas necesidades innecesarias, tanta paranoia social.

Y, sin que tenga mucho que ver con lo escrito hasta ahora, dado que tengo uno de mis “libros pendientes” entre las manos, me permito trascribir el cierre del mismo, justo antes de disponerme a hacer la maleta, acción que preocupantemente se está convirtiendo en una especie de rutina:

“¿Qué buenas estrellas estarán cubriendo los cielos de Lanzarote? La vida, esta vida que, inapelablemente, pétalo a pétalo, va deshojando el tiempo, parece, éstos días, haberse detenido en el “me quiere”…”
-José Saramago- Cuadernos de Lanzarote.-

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3 responses to “Chispazos de memoria”

  1. Iván says :

    Me ha gustado Silvia, como historiador siempre me parecen muy interesantes estas historias de la España de nuestros abuelos.
    Sigue así, prometo seguir con regularidad tus nuevas entradas.

  2. PrisCila says :

    Qué bien te expresas macha!! me ha gustau tajo 😀
    (tb te aburres un poquer nou? :P)

  3. silvita010 says :

    Me gusta que te guste ivan! 🙂
    Y no pris, no me aburro, pero llevo toda la semana postergando el momento de hacer la maleta… tu de estudiar, supongo! xD Nos vemos 2morrow!

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