La universidad de Roskilde y la noche en Copenhague

Hoy he despertado con la “fantástica” diafanidad del sol de las 7 de la mañana, que entra por los enormes ventanales sin persiana, dejando que se cuele la luz por una cortina semitransparente y con su propio agujero de la capa de ozono (probablemente fruto de una quemadura de cigarro).
Anoche el plan fue salir por Copenhague a un pub donde servían dos cocktails por unos 8 euros ambos. Barato ¿no?. No se engañen, el tren viene a salir cosa de unos 10 euros, menos si se tiene ticket de diez pases. Una puede colarse y encerrarse en el baño cuando vengan revisores, o hacerse la sueca a la española, pero se pasa un mal rato. A eso hay que sumar una cervecilla que pedimos en una discoteca cutre (unos 10 euros), y que era obligatorio dejar la chaqueta en el vestidor (3 euros). Total, que la noche vino a salir por unos 30 euros, que debe ser el summum de lo barato para los daneses, pero para mí es una clavada que ahora mismo molesta más que la hangover.
La cocktelería me la apunto para futuras salidas: había velitas en las mesas y se podía hablar y bailar. En realidad eso de las velitas es muy típico aquí, muchas cafeterías y pubs las ponen y contribuye a crear un ambiente acogedor. También he visto muchas cafeterías donde ponen unas mantitas en las sillas de las terrazas, pues incluso en verano, a veces, el frío aprieta.
La música no estaba mal pero me faltaba mi pachanguita. El apogeo llegó cuando pusieron el waka waka. Había gente de otros países pululando por ahí, pero la mayoría eran made in Denmark, rubios, altos, con poca melanina corriendo por sus venas, que le daban a la cerveza bien. Y son animados como los que más, qué bailes, qué risas… Estos daneses no dejan de sorprenderme: movimientos pélvicos que ni el Bisbal, fiestas dentro de la universidad, disfraces y cuernos de vikingo… I like this!
Es curioso porque en las discotecas no hay atascos para ir al baño, quizás porque son mixtos y a veces las mujeres son más consideradas con el sexo opuesto que con el propio.
Copenhague es muy bonito de noche, tranquilo, dan ganas de echarse a andar para verlo todo con otros ojos. Eso sí, con cuidado de no ser arrollado por un conductor de bicicleta “alegre”. En realidad es un buen medio de transporte para huir de los controles de alcoholemia. Me apunto en la lista de cosas pendientes: convertirme en una “bicicletista” ebria por una noche.
La fiesta acabó a eso de las 3, aunque llegamos aquí más tarde. Pero hay que tener en cuenta que salimos pronto, cogimos el tren de las 8.35 para ir a Copenhague. Habrá que irse adaptando a los nuevos ritmos de vida.
Me dejo también pendiente hacer un recorrido completo por Copenhague, reservando algunas cosas para cuando vengan visitas. Lo que sí tengo ganas de visitar cuanto antes es el Tívoli, que además será gratis con nuestro carnet de estudiantes, y ver los canales y las famosas casas de colores, y pasar una noche en Christiania.

La universidad es un chollo. No se puede definir de otra manera. El campus lo conforman un conjunto de edificios de dos o tres plantas, chatitos, pero bastante nuevos. Hay un montón de áreas verdes y un lago con cisnes asesinos. La residencia me queda a unos 10 minutos andando de la facultad. Tenemos por aquí también alguna tiendecilla para comprar tarjetas de llamadas y golosineo y un kebab con un cocinero realmente turco pero sordo y pachorriento y que el inglés no lo lleva demasiado bien. Luego está la “canteen”, una especie de cafetería donde se va a comer (la comida se paga según el peso), y a beber cerveza después de clase (2 euros por caña).
Mucha gente va a clase en bicicleta y está guay, porque desde la ventana de mi salón se ve el puente que tienen que cruzar todos los estudiantes que llegan a la estación de Trekroner en dirección a la universidad. De algún modo, dan ganas de seguirlos: Viva la “motivation”!
En estos primeros días hemos estado con varios profesores haciendo juegos relacionados con la comunicación y con la importancia de los trabajos en grupo; también de la experiencia Erasmus, que tantas bondades parece tener para todo aquel que sabe aprovecharla.
La gente en general es bastante agradable. Abundamos los mediterráneos aunque también hay una checa, una búlgara, una australiana, un canadiense, y, cómo no, daneses. Me alegra saber que por aquí todo el mundo ha oido hablar de las Canarias, además como un lugar de ensueño al que hay que ir 🙂
Las clases son súper pequeñas. No conté bien la gente, pero pongamos que somos unos 25, pero una parte va a hacer el máster y otra parte el bachelor. Y dentro del bachelor tenemos una asignatura común, Print Media, y 2 optativas a elegir: o Visual media and virtual worlds o Speech. Ah, si, casi lo olvido, también tenemos teoría de la comunicación como común. Sólo serán un par de semanas… (Disonancia cognitiva: ON)
A eso hay que sumar que las clases van a transcurrir entre septiembre y octubre, luego no habrá más clases pero tendremos poco más de un mes para preparar el proyecto en grupo y el 16-17 de diciembre hacer un examen individual de dicho proyecto. Y se acabó. Luego soy libre hasta febrero, cuando empiece el segundo semestre. ¿No es fantástico?
La única gran limitación es el dinero, aún así, a ver cómo me las apaño para intentar viajar un poco por aquí. Parece ser que Berlín es muy recomendable, y no pasará mucho antes de que consiga un vuelo también hacia Budapest, vía easyjet en Copenhague o vía Ryanair en Malmo (Suecia, aquí al ladito).

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