Dealing with la vida Erasmus

Se pone el sol tras las cortinas traslúcidas de mi habitación, en Rockwool. Sol, te voy a echar de menos (aunque ahora seas el responsable de que abra los ojillos a las 6 am). Los días empiezan a tornarse más fríos (como el agua de mi ducha que sigue sin arreglarse) y el viento, aunque me recuerda un poco a Lanzarote, resulta bastante molesto. Empiezan a sumarse los días que llevo aquí, casi como siglos en algunos aspectos, pero en otros, como si aún acabara de llegar. De algún modo, supongo que todavía tengo que encontrarme a mí misma o reinventarme.

En clase hemos pasado de la fase Second Life a un trabajo en grupo para crear una nueva red social. Es necesario hacer acopio del inglés y de una buena dosis de paciencia para intentar sacar adelante el proyecto, poner en común ideas y hacer unos cuantos “oooooms” ante algún que otro exabrupto. Una acaba exahusta después de pasarse de 9.30 a 16.00 en clase, con una hora de descanso para comer la extraña comida de la canteen, que se paga al peso y bien cara, eso cuando los trámites burocráticos no la obligan a una a almorzar un bocadillo por falta de tiempo.

En la tarde de hoy ha tocado limpieza. Me he tropezado con la compañera de piso más limpia del mundo mundial, así que estoy un poco acojonada dado mi grado de caos vital y desastrismo. Intentaré no dejar mi vaso del desayuno pendiente de lavar para por la tarde, y mantenerlo todo ordenado, y no dejar caer un solo pelo en la ducha, y limpiar el WC con una esponja y no con un paño, y marcar mi cartón de leche en la nevera para que no confundir las cosas, y devolver los cubiertos a la gaveta cuando estén secos… Mi madre está encantada.

Con respecto a la misteriosa compañera de piso de la República Checa, sigue envuelta en ese halo enigmático y aún no tengo claro si algún día llegaremos a conocerla. Vive en su cuarto y no parece que tenga intenciones de salir a menudo, ni siquiera para comer. Aún así se la ve buena persona.

Hoy he hecho dos descubrimientos asombrosos, uno, el funcionamiento de la biblioteca: cualquier alumno, de forma autónoma, escoge sus libros, mete el carnet de estudiante en el lector de una máquina, pasa el código de barras del libro, y le sale una especie de comprobante con aspecto de ticket de supermercado. Otro, que en estos países no friegan el piso. Mi compañera ha ido a por fregasuelos y ha venido con un bote de algo que huele a amoniaco (es dificil saberlo a ciencia cierta con las etiquetas en danés). A eso hay que sumarle el hecho de que resulta casi imposible encontrar una fregona. “Me siento una exentrica por querer fregar”, ha venido diciendo mi compañera, compungida, después de generar un debate entre los empleados del supermercado sobre qué producto sería el adecuado para tan descabellado fin.

Ahora tengo que bajar a la lavandería, que también tiene un sistema curioso. Pones tu ropa en la lavadora, eliges el programa y luego vas a una máquina con lector de tarjeta, demuestras que eres de Rockwool, eliges el número de la lavadora o secadora y, tras obtener una especie de recibo, puedes darle al botón “start” en la propia lavadora. Me recuerda un poco al Johnny, solo que aquí las lavadoras funcionan y la lavandería no se ha convertido en el escenario de un videoclip.

El otro día recibí una gran caja con abrigos, y con víveres. Bueno, más bien galletas, las amadas Tirma, y… el cénit del placer culinario: el mojo picón. Mi gozo en un pozo. Cuando fui a abrir el bote salió disparada la tapa con un gran: ¡¡¡¡Booooom!!!!!. Cosas de la presión, señores. Mojo en mi cara, mis gafas, mojo por el suelo, en el pelo, en la camisa… 🙂 Eso si, hice felices a mis compañeras de piso, que por suerte no llevaban una cámara de grabar a mano, si no ya estaría colgada en Youtube.

A pesar del incidente del mojo, estoy muy feliz con mi caja, mis inciensos, mi postal de cumpleaños de las épocas del Johnny, mi foto de grupo en el Machu Pichu, el recorte de periódico del campo de trabajo, alguna foto de carnet, postales de los viajes, y como no, fotos de toda la gente importante (o casi, ¡Solo me falta una foto tuya, Paula! asi que cuando vengas, ya sabes ;)).

Y ya voy acabando, que aburro. Sólo decirles, para darles un poco de envidia, que el domingo pasado he ganado una chinchetita más en el “Cities I’ve visited”, con una visita relámpago a Malmo, Suecia. La ciudad no era nada espectacular, pero tenía parques bonitos y calles ordenadas, y cruzar el puente enorme sobre el Báltico, ver los molinos en el agua, los pesqueros… fue increíble. Aunque, como siempre que veo el mar, me entró un poco de nostalgia y volví a pensar en el tiempo, en la vida como un pequeño reloj de arena.

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