Dinamarca sigue sorprendiéndome

El jueves la RUC organizó un viaje en bote gratis por los canales de Copenhague. La visita era guiada, pero nosotros estábamos tan felices sacándonos fotos y agachándo la cabeza cuando tocaba pasar por debajo de un puente que no le hicimos ningún caso a la guía. El único edificio que identifiqué fue el diamante negro, la famosa biblioteca de la capital danesa. Es curioso ver una ciudad desde el agua, y la combinación de edificios, coches, bicicletas y botes, y gente en piragua, y otra gente viviendo en barcos. Una ciudad con gaviotas.
En la visita pudimos, además, sacarnos la típica foto de postal, en el canal, con las casitas de colores.

Ayer fue un día curioso. Por la mañana quedé con mi grupo de clase para ir perfilando nuestro proyecto, que tenemos que tener finiquitado la próxima semana. Hemos ideado una red social para familias que viven lejos, para generar la ilusión de estar todos juntos, con una especie de salón 3D desde el cuál se puede chatear o acceder a otras aplicaciones: ver películas juntos, escribir un diario con privacidad variable, calendario familiar y hasta un Knowledge Book para consejos, remedios caseros, etc. Aunque nos ha costado arrancar, creo que ahora estamos funcionando bien y creo que nos va a quedar un buen trabajo. Con esto se darían por concluídas las clases de Social Media y Virtual Worlds, que convalido por Ética y Deontología de la Información de 5º. Chincharos!! 🙂

La verdad, la RUC está muy bien equipada. Tiene un diseño adaptado a las circunstancias climáticas: un montón de ventanales enormes para aprovechar al máximo la luz. Además hay acceso wifi, enchufes en las clases para los ordenadores, material en buen estado (cafetería con sillas y esas cosas…), cocinas en casi todos los pasillos, salitas con sofás, mesitas y ordenadores a los que acceder libremente si estás haciendo un trabajo. Al principio resulta un poco laberíntica pero luego es fácil orientarse.

Pero bueno, volviendo a las cosas interesantes, ayer me volví a quedar con la boca abierta con las cosas tan extrañas que organizan estos daneses; nada más y nada menos que una competición de barcos en el lago que tenemos en el campus, aquí al lado de Rockwool. Imagínense el panorama, un montón de rubios y pálidos vikingos dándole a la cerveza, para luego meterse en el agua helada y sucia del lago a bordo de unas “embarcaciones” construídas a base de hinchables, globos, latas e inventos varios. Todo esto aderezado con la agradable sensación térmica de un día gris lluvioso. Había niñas con bigotes de gatitas, descamisados, marineritos y piratas; y unos extraños individuos que llevaban puesto una especie de gorro napoleónico y a los que un grupo de personas les tiraban algo que parecían huevos desde detrás de un muro.

Por la noche un compañero de clase danés nos invitó a su casa (aquí es normal que los jóvenes se emancipen en cuanto acaban el instituto y vuelven de su año sabático para viajar, sobre todo para tomar parte de proyectos solidarios en lugares como África o América Latina). Perdimos el tren que nos correspondía y llegamos tarde, pero estuvo bien porque un danés un poco bebido empezó a hablar con mi compañera sobre lo bonito que es Granada, y luego echó la culpa a los españoles del conflicto de Gaza, porque al fin y al cabo nosotros echamos a los judíos sefardíes de España siglos atrás. Estuvo muy gracioso. Cuando al fin llegamos a Copenhague, a casa de Verner (el danés), nos tocó quitarnos los zapatos, lo cual me recordó un poco a la filipina Janet y su casa llena de moqueta en Canadá (y dejó de manifiesto mi “costumbre” de ponerme un calcetín de cada color). Nos recibió sin mucha simpatía un gato atigrado enorme que lo observaba todo con mirada inteligente. Estuvimos bailando y bebiendo, explicándoles a los no españoles (francesas, alemana y danés) el mítico juego del “yo nunca”. Siempre se descubren cosas curiosas :). Además probamos una especie de mojito con zumo de pepino natural, estaba muy rico de no ser por los tropezones.

Finalmente nos fuimos a una discoteca donde había fiesta Erasmus, a encontrarnos con todos, pero en el camino de tren me encontré con un simpático revisor que me puso una bonita multa. ¡Para una vez que delinco inconscientemente! Ni siquiera me acordé de tickar… El caso es que creo que la multa era ínfima, pero no estaba yo como para convertir coronas a euros y como el revisor parecía no tener compasión de mí, me dio miedo no poder pagar la multa y ya me veía casi que en Guantánamo. Armé todo un drama. No sé qué dirección puso, porque yo no me acordaba de la calle de Rockwool, solo se que al final de la noche mi comprobante de la multa acabó en la basura, despedazado en millones de trocitos.

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