Hasta que no deje de llover, no voy a clase!

A veces soy tan poco práctica…
Como hoy, que he tardado 20 minutos en hacerle caso al maldito despertador, me he ido directa a la cocina a pegarme un buen chute de café, y, ya con la cafeína fluyendo por mis venas he comprobado que el agua de la ducha sigue helada, he mirado por la ventana, he visto que llovía de forma copiosa y he pensado: “Bah. Como diría Alejandro, hasta que no pare de llover no voy a clase…”. Y aquí estoy, sin posibilidades de volver a dormir, escribiendo.

Para escapar de las clases de Social Media y Virtual Worlds, martes y jueves, me he apuntado a clases de danés (las de inglés estaban llenas), sin una verdadera esperanza de llegar a aprender este idioma tan gutural. En realidad me conformo con aprender a decir: Hola, gracias… y a entender el nombre de las cosas del supermercado. Supongo que no pierdo nada por escabullirme el primer día… por la tarde iré a clase de Social Media un rato para ver si mi grupo para el proyecto me necesita para algo; en realidad para una presentación de 10 minutos tenemos de sobra.

Y volviendo al tema supermercado… ¡¡¡Cómo extraño el Lidl, el Eroski, el Ahorramás, incluso el Hiperdino… pero sobre todo: El Mercadona!!. ¡¡¿Imaginan un supermercado sin queso blanco, sin pimientos verdes, sin plátanos de Canarias, sin lentejas, sin preparados de carne… sin San Jacobos?!! Bien, pues aquí lo tenemos, se llama Fakta. Y lo peor es que para un español no es especialmente barato, ejemplo ilustrativo de ello es que muchos acabamos cambiando las nueces por un saco enorme de pipas peladas con aspecto de alpiste porque el resto de frutos secos son casi un lujo para el bolsillo. Y luego está el problema de no tener congelador, y volverse casi vegetariana por necesidad. Y el hecho de que la leche no tiene conservantes y a los 4 días se pone ácida. Y el crimen de volverla a una adicta a unos bollos de canela a 5 coronas, y el día menos pensado inflar los precios hasta las 12 coronas.

Es increíble la de cosas que pasan alrededor. Es como si el mundo de repente se hubiera acelerado, y conocieras a un montón de gente, aprendieras millones de cosas, vieras un montón de sitios en un lapso de tiempo que en condiciones normales apenas daría de sí para contar alguna que otra anécdota. Los acontecimientos se precipitan. Los días están llenos de cosas que contar, incluso los más anodinos. Por ejemplo el sábado, en un estado semizombi después de haber dormido una hora, acabé cediendo a la “presión de grupo” y fui a Copenhague a una supuesta fiesta de hogueras en la playa. Lo gracioso del caso es que después de un viaje eterno en tren y guagua nos encontramos una triste hoguera con unas ocho personas alrededor asando nubecitas. Un fiestón, vamos. Para mí la fiesta estaba más que over y sólo pensaba en volver a la cama pero los que se quedaron tuvieron aventuras que contar al día siguiente: que si se colaron en una fiesta privada, que si fueron a un pub que estaba muy bien, que si mientras esperaban horas al tren pillaron “borrow-bicis” para ir a Christiania y hacer la espera más divertida… Otro compañero ha experimentado cómo ir de fiesta en fiesta sin plan establecido cuando ni siquiera conoces a la gente, o conocer una chica guapísima con un haliento pestilente, o acabar en un banco perdido en Copenhague fumando con un americano.

Aprovecho pa darle gracias a Noel por su blog, porque gracias a él descubrí que nos colamos en la discoteca el viernes y que la multa que tengo que pagar por no tickar en el tren es de 600 kr, y que a Claudia también la multaron, pero se lo tomó con mucho sentido del humor, digamos. Entre mi pésima memoria para caras y nombres y la confusión de las noches, ya he preguntado más de una vez “What’s your name?” a personas con las que supuestamente ya he hablado. Eso por un lado, por otro me fio de todos los que me han asegurado que no me va a llegar la multa, y si llega, me se de uno que se va a tener que bañar desnudo en el lago, al estilo vikingo.

Y hablando de vikingos, ayer fuimos al Gimli, un bar bastante chiquitito en Roskilde donde, por 10 coronas, tenías “cena vikinga” (perritos calientes y unos sandwiches con un sabor extraño a ajo y nueces); y al final de la noche trozos de zanahoria y pepino, que muchos se comían para acompañar las cervezas. Algunos se pidieron unos chupitos fuertísimos, de los que salían llamaradas. Otros optaron por un poco de anís, como “digestivo”. Y en el transcurso de la noche, como siempre, hubo tiempo para hablar español, pero también para conversar con la “old soul” de los simpáticos vecinos turcos, o asombrarse con la capacidad de los alemanes de beber cerveza, u organizar cenas con los mediterráneos, aprender alguna frase en japonés o conocer a un histriónico lituano con mirada de psicópata.

Volviendo al siempre recurrido tema de la delincuencia, he descubierto que es algo genérico en lo que caemos todos los españoles: tarjetas de 24 horas o turista a las que les vas borrando la fecha con alcohol y cambiándola para viajar mil veces gratis o sustraer una hamburguesa “abandonada” en el Mc Donald y comerla a toda prisa, o robar paquetes y paquetes de servilletas del gigante americano. Por otro lado, está el caso de una chica de mi clase (que como toda amiga de canarios me ha preguntado si tengo chocolatinas Tirma! 🙂 ) que tiene contactos con un morillo que vende moviles liberados y bicis a precios sospechosamente reducidos. La verdad, no me interesa lo turbio que sea el modo en que consigue sus mercancías, es más que probable que recurra a él para hacerme con un móvil danés al fin. Es mucho más barato.

Por otro lado ¡Ya tengo bici!. Me la ha dejado una amiga que precisamente se ha hecho con otra en mejores condiciones por el módico precio de 450 kr. Lo primero que he hecho esta vez es comprarle un candado. Esta tarde iré a Roskilde a cambiarle las ruedas y bajarle el sillín y ya tendré modo de moverme entre Rockwool, la facultad, Korallen y Roskilde gratis y rápido.

Por el piso las cosas siguen igual: la defensa a ultranza de la limpieza, el orden, el conservadurismo y las cosas bien hechas de mi compañera alemana en fricción con mi caos vital, mi desorden, mis inciensos que supuestamente “huelen como si se incendiara la casa”, ventanas que ella abre y yo cierro… en un verdadero ejercicio de tolerancia por parte de ambas. Y en el otro lado de la casa continúa encerrada la checa, como un fantasma, saliendo cuando nadie la ve, silenciosa, sin poner música, sin que seamos conscientes de que abandone su guarida siquiera para comer o ir al baño.

En verdad tengo que reconocer que echo de menos algunas cosas: la música perenne, el frikismo, las noches compartidas alrededor de la tele y las risas, y las confidencias, la comida china o el maoz, algún plato sucio en el fregadero y, sobre todo, la libertad con la que he contado con las personas con las que he compartido piso. 🙂

Y ya voy cortando el rollo, que es suficiente por hoy. Prometo ir luego a clase, en cuanto saque fuerzas para ducharme y ser persona. Espero poder contarles dentro de poco que la cena checa estuvo buenísima, que el proyecto salió adelante, que nos vamos a Berlín, que he visitado el castillo de Hamlet, que Ivanna ha salido de su cuarto o que los bollitos de canela vuelven a costar 5 kr. Un beso enorme y Tak for læsning.

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