La fiesta de la Ruc, el castillo de Hamlet y cenas internacionales

Hoy tengo tantas cosas que contar que voy a ser muy breve:

Empecemos por la cena italiana del jueves. Por la noche me uní a un grupo de internacionales para comer la omnipresente pasta de los italianos, como siempre, muy rica, y de postre una especie de tarta con chocolate, receta francesa. Lo mejor sin lugar a dudas fue el vino de Burdeos, y otro vino moscatel de Francia súper dulce, que aunque me cueste reconocerlo, le da mil vueltas a vinos como el malvasía volcánico. En este tipo de reuniones una aprende cosas tan pintorescas como que en checo, francés significa lo mismo que comedor de caracoles, que éstos se comen con una salsa especial a base de ajo, o que Comunicación en el país de la Marsellesa también es una carrera masificada, teórica y donde por lo general no es necesario ir a clase para aprobar.

El viernes la clase la dedicamos a finiquitar el proyecto, que mañana presentamos. Para mimar a los asistentes que nos aguanten la chapa hemos acordado comprar entre todos galletitas o bizcochones. Pero lo grande del viernes no fue el día, sino la noche: la esperada fiesta de la RUC. Por la tarde la gente calentaba motores con una supuesta fiesta con disfraces de animales en la canteen, decorada con arbolitos de tela y otras ornamentaciones fruto de la creatividad de los estudiantes daneses. Yo me volví a casa a descansar y a las 8, siempre temprano en este país, empezó la “fiesta” bebiendo vodka-colonia con coca-cola en Korallen.

Al entrar al recinto de la universidad, algunos se montaron en una especie de bicileta circular, compuesta de muchos sillines y muchos pedales. Parece ser que éste no era el único artefacto extraño en la fiesta, y que otros también se subieron en mitad de la noche en un simpático trenecillo que les paseó por la universidad.
La fiesta no fue tan multitudinaria como esperaba, pero fue muy divertida y diferente al modo español. Para empezar a las 10 de la noche llevaba un contento considerable, y a la 1 ya estaba más fresca que una lechuga. La gente lo daba todo sobre las mesas de la canteen, decorada para la ocasión con luces de colores y paneles con dibujos de Alicia en el país de las maravillas, y barajas de póquer a modo de cortinas. También había carpas al aire libre y fiestas dentro de las propias facultades. En un momento de la noche, María y yo nos perdimos y decidimos hacer tiempo bebiendo un chupito de tequila; pero la camarera, acto seguido de servirnos se dio la vuelta, ¿Qué hicimos nosotras? Salir a escape sin pagar, muertas de la risa.

Para mí la noche se resume en bailar y bailar y bailar, y perder mi camisa de manga larga varias veces, y mi anorak, y recuperarlos, y perder, quizás para siempre, mi cartera (suerte que tomé la precaución de llevar sólo el carnet de estudiante y 50 coronas) y mi paraguas. Volvi a casa a las 4 y algo, con una “okupa” canaria a la que le cedí el colchón de debajo de mi cama y, cuando empezábamos a quedarnos dormidas, oímos ruidos en el comedor; y es aquí cuando tuvo lugar el momento cúlmen de la noche. Estaba María con Andreas, griego, y Alberto, de Chipre, y nos unimos a ellos. Tuvo lugar una inspiradora sesión de música clásica, de Mozart, acompañada de unos kiwis para comer. Después, cuando empezábamos a sentir el peso de las casi 10 horas de fiesta en nuestro cuerpo, presenciamos un fantástico show de bailes griegos plenos de sentimiento, con patadas en el suelo y saltos incluídos, sin compasión por los vecinos de abajo. Simplemente memorable.

Ayer sábado el día comenzó más tarde de lo normal (había que dormir), y nos enjuagámos la resaca con un refrescante paseo en bici, no exento de algunas chispitas de lluvia. Fuimos a Korallen en busca de unos cables, lo que supuso despertar a más de una. Ver a Claudia semiescondida detrás de su puerta, en la penumbra, no tiene precio 😉 . Pero lo mejor es que después decidimos pasearnos por la facultad para ver el ambiente: nos encontramos no uno, sino dos vikingos borrachos a las 2 pm paseando sus cuerpos desnudos, con unos calzoncillos de todo menos discretos, en la gelidez de este país. También había gente con disfraces de animales, o con extraños trapos asidos a las cabezas. Fuimos a por las cámaras de fotos pero a la vuelta ya no encontramos nada comprometedor, pero nos topamos con un montón de botellas de agua abandonadas en un rincón, sin abrir, y, ¿Por qué no? Teniendo en cuenta que en la canteen las venden a 12 coronas, decidimos asegurar el suministro de agua gratuíta.

En la noche de ayer decidimos cocinar tortilla, pero por la supuesta falta de asistentes el plan se canceló. Cristian y yo teníamos el antojo y nos pusimos a cocinarla de todas formas, y al final nos encontramos con una triste torilla y… ¡un montón de asistentes! tres turcos, mi compañera alemana, el alemán de abajo, el griego… así que consistió más en una cata que en una cena. Después unos pocos nos quedamos viendo una película, de la que escapé y, al regreso, me encontré con esté panorama:

En esta cena también aprendí curiosidades, como el nombre científico de los mosquitos de Trekroner o que cuando los alemanes quieren manifestar que no se enteran de nada, dicen algo así como “Solo entiendo español”.

Hoy el plan consistía en ir a Krongborg, a ver el castillo que Shakespeare utilizó como escenario de Hamlet. Íbamos a ir con el grupo de españoles, y Verner, pero por suerte, como es común en María y en mí, llegamos a la estación justo cuando el tren acababa de partir y tuvimos que esperar media hora, uniéndonos al grupo de italianos. Esto resultó inusitádamente ventajoso, porque mientras los españoles tuvieron que pagar para ver parcialmente el castillo, nosotros entramos gratis, supuestamente por ser estudiantes. El castillo no era nada del otro mundo, pero estaba cerca del mar y, siendo gratis, ¿Para qué quejarse?. Después fuimos a comer un kebab y unos pocos volvimos a Trekroner, en un imaginativo viaje en el que las gotas de lluvia sobre el cristal del tren se convertían en espermatozoides compitiéndo por llegar al óvulo. Qué facil es delirar, incluso en inglés.

Ahora han venido a recaudar dinero para una cena masiva en Korallen, con huevos rellenos, cerveza (cómo no…). Ahora entiendo las depresiones post-Erasmus…

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