Tic tac!!

Tic Tac Tic Tac. Ya hace un mes que dejé atrás atrás Lanzarote, y mañana un mes que llegué a Dinamarca; increíble pero cierto. Y los próximos meses se presentan tan llenos de planes que probablemente cuando menos me lo espere ya habrá acabado el semestre.

Después de este tiempo aquí, tengo la sensación de que me quedan millones de pequeños rincones por conocer. Si tuviera que definir a los daneses con una palabra, sería confiables. Por lo general siempre están dispuestos a indicarte una dirección, a contestar educadamente a tus preguntas, o a mandarte a la mierda con una sonrisa (como hace María Hilstoffe, por ejemplo). Si te aburres o te sientes solo, solo tienes que darte un paseo en tren, porque la gente está siempre dispuesta a hablar, algo impensable en ciudades como Madrid.

Sin ir más lejos, ayer me adherí al plan de María de ir a Copenhague a conocer a su mentora y a una amiga suya, india. Virginia también se nos unió. Todas llegamos tarde, “españolas”, pensaron ellas. En el viaje en tren conocimos a un danés-uruguayo que empezó a hablar con nosotras porque mi acento le pareció sudamericano. Luego estuvimos charlando sobre Dinamarca, sobre la seguridad, y la gente (al parecer muy diferente en la ciudad que en los pueblos, más cerrados). Dijo que le parecía que españoles y sudamericanos éramos más cálidos y nos contó que la costumbre de abrazar a los amigos era algo nuevo en Copenhague, que antes se daba la mano siempre. Por supuesto, lo de los besos es cosa de los latinos. El tipo, que se llamaba Niels, o algo así, también nos contó algo sobre política, sobre la política rubia que salía en los carteles, que formaba parte de un partido casi fascista y de cómo la crisis estaba, en algunos lugares, moviendo hacia la derecha el espectro político.

En una guagua que tuvimos que coger desde la Estación Central de Copenhague hacia Norreport, conocí a un senegalés de veinteseís años que había estado viviendo unos meses en Albacete, y también conocía Madrid. Su hermano vive en España pero él dio el salto al norte para ganarse el pan. Le pregunté que de qué trabajaba y me dijo, sospechosamente, que un poco de todo. Sobre la gente dijo que, como en todas partes, había gente muy buena y gente horrible en Dinamarca. Me contó que había vuelto a su país hacía relativamente poco, sólo seis meses, y que lo que más añoraba era la libertad de hacer lo que él quisiera. De esta libertad también hablan mucho nuestros vecinos turcos, que no cesan en su empeño de decirnos que tenemos que conocer Estambul que, además, es muy barato.

La mentora y su amiga resultaron ser chicas realmente interesantes. Primero nos enseñaron una especie de cafetería en la semipenumbra, iluminada por velas, donde había cojines, sillones y hasta colchones para tenderse. Estuvimos hablando y, al rato, sin pedir nada, nos salimos. ¿En qué lugar de España te sientas en un sitio y nadie te echa si no pides pronto cualquier cosa?

Estuvimos paseando por un barrio cercano a Norreport, con locales donde al parecer van muchos estudiantes internacionales, y una especie de casa ocupa toda pintarrajeada donde se hacen encuentros literarios, charlas, fiestas…
Encontramos lugares pintorescos, como una especie de librería-bar argentino, Rayuela, donde vendían entre otras delicias dulce de leche, horchata o fabada, y tenían libros en español. Pasamos también por delante de una lavandería donde la gente tomaba café cómodamente en unas mesitas mientras sus ropas daban espumosas vueltas en las lavadoras.

Comimos kebap de falafel, que me recordaron a los maoz de Madrid y, lo mejor, encontramos una tienda de comida barata con cosas más interesantes y sabrosas que el Fakta: curri, paprika, cuscús, higos, bolas de falafel…

Cuando voy a la ciudad me doy cuenta de lo poco que conozco este país, imbuida como estoy en la realidad Erasmus, que está muy bien, por otra parte. Pero, teniendo tiempo para estar aquí un año, creo que es una buena idea estar un semestre en el corazón de la vida Erasmus y otro vivir en Copenhague, como una danesa más, y aprovechar las oportunidades que brinda el hecho de vivir en una ciudad. Mientras tanto, nada mejor que disfrutar de las peculiaridades de cada una de las personas que vamos conociendo por aquí, olvidando el hecho de estar en Trekroner, in the middle of nowhere, organizando cenas y fiestas y excursiones y viajes sin tino.

Ahora voy a ponerme a limpiar la cocina, que la tenemos hecha un auténtico desastre. Rockwool sigue teniendo su fantasma particular, el agua del lavamanos se escapa por abajo y el fregadero de la cocina está atascado, de modo que tenemos que lavar los platos en una palangana. Tampoco funciona la secadora, ni el microhondas, ni el congelador, pero nosotras somos felices :).
En cuestión de papeles la mayoría seguimos sin certificado de residencia y, por tanto, sin tarjeta sanitaria y yo, que además he perdido mi carnet de estudiante, tengo que pagar si quiero uno nuevo (100 coronas!!). Dinamarca me está abriendo un agujero negro en el bolsillo que no para de crecer y crecer… pero oigan, cuando me quede en números rojos, que me quiten lo bailado!

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