Un jueves cualquiera y la no-fiesta por Copenhague

Después de un lunes de dulce fiesta francesa en Korallen, con todas las tartas imaginables y un ambiente caldeado que contrastaba con la temperatura exterior de la residencia acristalada; un martes de apalancamiento en Rockwool y un miércoles de iguales características tras el plan frustrado de ir al Gimle… ayer decidimos experimentar la vida noturna, un jueves, en Copenhague.

El día se presentó tranquilo. La mañana la ocupé enviando el retrato de Line, que ya adjuntaré por ahí en otro apartado, después de haberlo reducido de los casi 5000 caracteres que tenía a sólo 1500. Qué duro es amputar los textos…
A las 12 quedamos en la universidad los met-free day team para hacer un pequeño ejercicio previo a la realización del proyecto (acotar el tarjet, los objetivos, los medios…). A las 13 empezó una de esas clases tan insufriles y básicas que tienen como efectos secundarios desesperación y asfixia: ¡¡Tipografías a estas alturas de la vida!! Que me vengan a hablar ahora de letras, colores y sombras, espacios en blanco para hacer algo exclusivo… después de haber sufrido la litografía y el papiro, la evolución de las tintas, la linotipia, estereotipia, las tejas y los fotopolímeros, y la historia de la imprenta contada desde millones de perspectivas diferentes. La clase estaba más orientada hacia el diseño, pero aún así… no way. Me escapé y me puse a limpiar, a hacer la colada y a sacar de la biblio algún librejo (Ancient astrology, nada menos).

A las 7 de la tarde se me aparecen en el cuarto Yannick y Servet para cenar (I’m starving!). Pero vamos a ver, almas de cántaro, si hacemos cena, todos tenemos que preparar algo, y esas no son horas. Les dije que si compraban la carne yo preparaba el pollo paprika, pero son demasiado vagos. De hecho, su fregadero en el piso de abajo sigue vomitando las verduras que se traga nuestro fregadero, y aún no han enviado carta al inspector para arreglarlo.

Al fin, el apasionante relato de la noche. Después de vestirnos a toda prisa y cenar malamente, porque cierto personajillo dijo que el tren salía a las 9.51, llegar a la carrera al tren y descubrir que no salía hasta casi media hora después; nos dispersamos por los vagones para no llamar tanto la atención con nuestras Copenhague card. El plan era ir al Australian Bar, con cervezas y chupitos a 10kr los jueves, pero cuando dimos con el local nos dimos cuenta de que no podíamos entrar porque exigían el CPR number, que la mayoría aún no tenemos. Un poco fastidiados, sobre todo los chicos que ya le estaban echando el ojo a un montón de rubias, nos metimos en el local de al lado, igualmente barato, con música pachanguera pero un ambiente bastante rancio y una media de edad que creo que rondaba los 18.

Decidimos movernos en busca de una cervecería en la que unos cuantos habían estado antes. Fuimos a un bar que se llamaba Heidi, a otro de por ahí cerca y al final a un Karaoke (apunte: tenían un gran invento en sus paredes: un alcoholímetro, muy útil para saber si ya puede una irse a conducir sin peligro de multa), todo con un ambientillo bastante casposo y lleno de cuarentones. Llegamos a este punto, tuvimos las dos primeras bajas de la noche: Noel y Victor, que volvieron a Korallen. Nosotros fuimos de nuevo al bar teenager, que ahora estaba bastante más concurrido. El griego quería marcharse porque no había dónde sentarse e iba cargando con su maleta, haciendo tiempo para irse al aeropuerto; también Lance, el americano, porque al día siguiente tenía que madrugar para ir a clase. María, los turcos y yo decidimos adherirnos al plan de marcharnos mientras que Yannick, Javi y Cristian se quedaron dispuestos a sacarle partido a la noche.

1 am. Tendríamos que hacer tiempo hasta las 3 am para coger el tren. Perfecto. Empezamos a caminar y, como la casa de Lance parece que está relativamente lejos de la estación central, nos metimos en un bar, el Budhha, que me resultaba familiar. Con razón, porque fue ahí donde tomé mi primera cena danesa a las 6.30 de la tarde; aquel sandwich de salmón con semillas raras que no me entraba de los nervios que tenía. Ahora el ambiente era algo distinto. En lugar del cálido y acogedor lugar para cenar, con velitas, parecía un antro de carretera, con unas señoras con rasgos indígenas, una quedándose dormida en su mesa y otra bailando de forma decadente junto a una máquina tragaperras; cuarentones bebiendo cerveza y fumando cigarrillos en la barra y un camarero que nos obligó a pedir algo de beber y que se ponía de mala leche cuando alguien presentaba signos de amodorramiento.

Aquí se sucedieron conversaciones destinadas a matar el tiempo: la vida en Trekroner el semestre pasado, por ejemplo. Lance contó que antes la gente estaba mucho más loca, que hacían más fiestas (por ejemplo, una en la que había que pintarse con rotuladores, otra en la que estaba permitido llevar puesto de todo, menos ropa) y que la gente no estaba pendiente de juzgar lo que hacías. Nosotros tenemos un rollo más relajado, dice. Poco después, nos mostró su faceta artística dibujando a María en una servilleta.

Por su parte, Servet fue al baño y volvió conmocionado. Al parecer, al abrir la puerta del WC se encontró… a un hombre en posición de defecar, con cara de esfuerzo y un cigarrillo en la mano. Lo mejor es que poco después un danés entró al baño y salió con la misma expresión de shock.

Hora de marcharnos. Nos despedimos de Lance con dos besos, saludo que adora, con el correspondiente sonido “Muak” “Muak”, y partimos rumbo a la estación. Por el camino no me resistí a entrar a un 7eleven, un supermercado 24 horas, y hacerme con un muffin orgásmico de chocolate, sin duda el momento más placentero de la noche.

3 am. Estación cerrada de lunes a jueves de 2.30 a 4.30. 🙂 Momento de reír por no llorar. Andreas, que se tenía que marcharse al aeropuerto, comenzó a ponerse nervioso y a preguntar a la gente. Los daneses, que aunque no tengan ni puta idea de dónde están los sitios por los que preguntas te responden algo, ambiguamente, le daban indicaciones contrapuestas sobre cómo llegar al metro. Las guaguas terminaban su servicio a la 1. Apareció hasta un simpático chico, bastante volado, (“¿Eres de aquí?” “Más o menos”, ¿Sabes cómo llegar? “Emmm…. si… déjame ver…” y se ponía a mirar los horarios de las guaguas que nosotros ya habíamos mirado, hasta le ofreció coger un taxy entre los dos para ir al aeropuerto. “¿Pero tu también vas a Kastrup?”… “Mmmmm….” Sin respuesta.). Total, que al final el griego, pantalones prietos y ropa impoluta como siempre, cogió su bolsa de equipaje y empezó a correr calle arriba en busca de algún metro quién sabe dónde.

¿Y ahora? Después de debatir quién es nuestro líder (¿María? ¿Servet?), decidimos que lo mejor para matar el tiempo era ir a un Mc Donalds, o Burguer King, cualquier cosa que estuviera abierta, para aguarecernos del frío y comer algo. En esta etapa de la noche me di cuenta que en Copenhague también hay mendigos, pero salen de noche como las cucarachas y van montados en las bicicletas de alquiler que hay en las ciudades. En vez de pedir 1 eurito, la tarifa estándar de mendicidad son 20 coronas (unos 3 euros), lo que es una señal inequívoca del alto nivel de vida.

Ya dentro del burguer, comimos, dormitamos sobre las mesas, hablamos de anécdotas embarazosas… y vimos como otro mendigo le preguntaba a Servet si podía comerse los restos de su cena. Él aceptó. Después el hombrecillo se hizo con una ración de papas con mahonesa que se comió con ansia y, sin preocuparse por limpiarse los chorretones de salsa en las comisuras de los labios, volvió a la gelidez de la calle.

Al fin, a las 4.30, cogimos el tren con dirección a Kalundborg y nos bajamos en la entrañable Trekroner.
5 a.m. Por fin, hora de dormir.

*Añadido!! Nótese la diferencia con España.
En una de nuestras largas caminatas por el centro de la ciudad más sureña de los países nórdicos nos encontramos a un individuo borracho dando voces y diciendo algo en danés. Empezamos a caminar despacio. Como es habitual aquí, nunca se ve policía, pero de pronto, aparecieron y apaciguaron al individuo, antes de que le diera tiempo de causar cualquier incidente desagradable.
En España, ves policías por todas partes pero, a la hora de la verdad, ¿Dónde están?

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One response to “Un jueves cualquiera y la no-fiesta por Copenhague”

  1. alehop89 says :

    Una noche muy interesante a pesar de que no todo saliera bien. Anécdotas y experiencias de la cotidianidad de la vida en otro país. Me gusta.

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