El vino de cereza y los atardeceres violeta

Ya toca poner al día el diario de la vida Erasmus, como siempre, con aventuras y desventuras nuevas para contar.

El viernes noche fue el tiempo del vino de cerezas (o ginebra, o lo que fuera esa cosa), y del calor sonrosado en las mejillas, y del empalago etílico en la cocina, y del amodorramiento sensorial que mitiga el mal olor con origen desconocido que impregna Rockwool. En estas condiciones, con secuestro vecinal incluido, fuimos a parar a una fiesta decadente en la propia universidad, casi acabada en los albores de la medianoche, pero con astronautas ebrios garbeando por las inmedianías, y peter panes, y plátanos que servían bebidas en las barras. No faltaron los Erasmus bailones y las danesas borrachas, y nosotras, y la música.

Con el aturdimiento propio de las noches de fiesta, el paisaje fue cambiando a toda velocidad tras la ventana del tren, ilimitado como un cuadro impresionista, hasta llegar a Copenhague. No hubo fiesta vikinga con el brasileño que amenizó el trayecto, ni respuesta por parte de otros Erasmus que andaban perdidos en algún lugar de la ciudad, posiblemente en el mismo estado que nosotras. No obstante, Dante se apareció, recién salido de debajo de las sábanas, para conducirnos hasta el puerto de Nyhavn, una popular zona de fiesta de la capital danesa. Allí nos encontramos con algunos Korallen, y acabamos entrando en un local que algunas por ahí han bautizado como “la pescadería Pepi”. Lamparones y un ambiente cargado despertaron en mí la necesidad de huir, así que me despedí y desaparecí. Sola, agradeciendo el aire gélido en mi cara, que me hacía sentir un poco más despierta, avancé taconeando calle abajo, por el barrio de los sex shops y los proxenetas. Al final, alcancé la estación. El siguiente tren no partía hasta dentro de 50 minutos. Tras una larga pelea con la máquina de los tickets en la que me gasté 80 kr y una hamburguesa del Mc Donalds, y un buen rato abrazándome a mí misma para no helarme y mirando las manecillas del reloj, minuto a minuto, el tren llegó, y me llevó de nuevo a Trekroner. Una vez cobijada del frío en la Blue Tower, me percaté de un pequeño detalle: Había olvidado las llaves dentro de mi habitación, y Sonja había trancado la puerta principal. ¿Qué hacer? Por suerte los vecinos de abajo habían dejado la puerta abierta, y me encontré con un Servet adormilado, con su ordenador encendido y una película en turco, como otros que conozco, incapaz de dormirse en la desnuda soledad del silencio. La habitación olía a pies, y el colchón que me ofreció no tenía un aspecto muy halagüeño, pero al menos era cómodo. Me picaban los ojos, así que desperté a Yannick para que me dejara líquido para las lentillas, que puse en un vasito después de reírme internamente de los bigotes de gatito que llevaba pintados en la cara. Fin de la noche.

A la mañana siguiente tocaba madrugar para saborear el esperado desayuno español, gracias a la faena de Bea, la vecina de arriba, que se pasó un buen rato preparando nuestro “borrow-chocolate”, torrijas, pan tumaca con el aceite de oliva de Jaén de María y un intento de churros. Simplemente delicioso, aunque a los turcos no les hizo mucha gracia porque no están acostumbrados a comer dulce en el desayuno.

Por la tarde, aprovechando un día casi veraniego y aburridas de nuestro piso, con una en la República Checa y la otra pasando el fin de semana en Copenhague con su grupo de amigos de la iglesia, nos subimos, María y yo, a lomos de nuestras ya casi imprescindibles bicicletas y cogimos rumbo a Roskilde, en la operación “Acetona sin alcohol” para cambiar las fechas en la Copenhague Card. Sin embargo, cuando llegamos a Roskilde estaba todo cerrado (en Dinamarca la vida acaba a las 19.00). Nos pedimos una pizza a medias en un local italiano y volvimos a casa, ya entrada la noche. Como ya se ha convertido en costumbre, nos encontramos con los vecinos en el piso de abajo, jugamos al cuatro en rayas e hicimos el intento de ver “12 monkeys” apretaditos en los sofás, pero el sueño nos pudo.

El domingo hice caso a las recomendaciones de mi madre, y limpié el suelo de mi cuarto a con un trapo impregnado en amoniaco. Echo de menos los fregasuelos con olor a rosa silvestre del Bosque Verde, pero al menos a base de amoniaco he neutralizado parte de la suciedad que había, probablemente desde siglos atrás. Por la tarde me uní al plan de las cinéfilas de ir a un ciclo de cine en Copenhague. El problema fue que costaba 75 kr (unos 12 euros), no todas las películas del día, sino sólo una; y no había nada realmente interesante. Decidimos que volveríamos el martes, a ver una serie de Scorsese, si no me equivoco. Llenamos la tarde paseando por parques-cementerios (muy típicos aquí), sacándonos fotos con la tumba de Andersen, al fin y al cabo, un pedrusco ordinario decorado con una triste rosa. Después de comer una hamburguesa en un local chino sospechoso y de coger postales y folletos en una cafetería -club literario, nos perdimos de camino a Christiania y dimos marcha atrás. En el atardecer el cielo se puso de un color violeta inusual, y la luz de las calles se reflejaba en los canales creando una imagen sugestiva.

Por la noche, la reunión periódica se saldó con una conversación sobre la política de los Estados Unidos y varias partidas a las cartas, a ladrón y policía, un juego nada fácil de explicar en inglés y que a veces se tornaba bastante confuso por malentendidos o ticks de los jugadores. Eso sí, no faltaron las risas.

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