Homesick

Hoy he descubierto que la morriñita en inglés se traduce por “enfermedad del hogar” o homesick, y es eso precisamente de lo que me aquejo a veces, en días tontos como hoy. Debe ser un síntoma de aburrimiento porque, ya puestos a aburrirse, nada mejor que hacerlo rodeado del ambiente y las personas que, al fin y al cabo, nos hacen ser lo que somos.

Cuando se está fuera de casa, se valoran los pequeños detalles que de otra forma parecen carecer de importancia. Ya me pasó cuando fui a Madrid, y me ha vuelto a pasar, con la diferencia de que ahora, a veces, también echo de menos el metro, la facultad sin sillas y los muslitos de pollo de Pepe el Guarro. Preocupantemente, cada vez tengo menos claro de donde soy, y aunque volverse cosmopolita implica aprender, desarrollarse como persona, abrirse al mundo; tiene la gran desventaja de que esas personas, familia, amigos, amor, que te llevarías contigo en la maleta, porque son ellas las que conforman tu concepto de hogar, están desperdigadas en cada vez más sitios diferentes. Y dicen que la distancia es el olvido…

Aunque estar de Erasmus es una experiencia increíble y Dinamarca un país muy diferente, en el que merece la pena sumergirse por un tiempo, se echan de menos cosas que hemos aprendido a querer a fuerza de rutinas. Mi océano Atlántico, con las playas de arena blanca o negra, y el incesante tráfico de aviones. La montaña mina con los molinos blancos, y la carretera de San Bartolomé que lleva hasta mi casa. El sofá de casa de abuela, incómodo, donde apretarse y hablar con mi padre y mi hermano, y un bocadillo de chorizo de chacón. La presencia inquieta de mi madre, casi mi antítesis, y su comida “doradita por el fondo”. Mis amigas de toda la vida. Las arepera de Tías. La música de verbena. La humedad y el frío de mi casa. El sol que calienta. El sancocho y el caldo de millo. El gatito retrasado. Mi hermano y su repetitivo “¡¡Chinija de mierda!! ¡Vete ya para Madrid!”.
Y de allá donde se cruzan los caminos, donde el mar no se puede concebir… , los atardeceres anaranjados, la sidra del Rey de las Tortillas, los botellones, las pijas de clase, las manifestaciones, las exposiciones de arte, el cine de Príncipe Pío y las tartas de queso del Starbucks después de una tarde de compras en Lefties. O los miércoles más baratos en el 100 montaditos. Comprar incienso en el rastro de La Latina o hacer le compra en el Mercadona o el Ahorramás. Las bibliotecas, los cafés, las noches de reunión frente a la tele, los maoz o los wantun y el pato a la naranja. Salir por Copérnico y mezclar vodka knebep con fanta falsa sin azúcar. O coger una guagua un día cualquiera, en Avenida de América, en busca del beso más bonito que nadie haya inventado.

A veces creo que es bueno quedarse bajo manta, con la mohosa sensación de echar de menos, calibrando los recuerdos. Al menos, hay cosas que valieron la pena, puertas que continuarán abiertas para cuando regresemos para, entonces, también sentir la enfermedad del hogar, ése que también nos estamos construyendo en nuestra burbuja Erasmus.

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