Noche en blanco a la danesa

Después de tres años en Madrid sin experimentar ni una sola las bondades y deficiencias de la noche en blanco, al fin he probado algo parecido, pero al modo copenhaguense. Menos gente, supongo. 85 coronas (12 euros) una entrada y un pin que al final nadie revisaba y frío, frío en las orejas.

La noche cultural empezaba a las 5 pm y duraba hasta las 5 am, aunque en realidad casi todos los actos terminaban a medianoche. En cuanto a las actividades, organizadas por zonas (Norrebro, Vesterbro,Ostervold…) había un poco de todo: conciertos de todo tipo, exposiciones de arte, jornadas de puertas abiertas en castillos, planetario, ayuntamientos y cárceles, museos, jornadas gastronómicas, charlas sobre inmigración…

Nosotros no es que sacáramos especial partido a nuestro ticket, pero lo pasamos bien deambulando por las calles. Para empezar, esperamos hasta el último día para adquirir las entradas. En Roskilde estaban agotadas, así que fuimos sobre la marcha a Copenhague a probar suerte. Lo de sobre la marcha es un decir, porque perdimos no uno, sino dos trenes; el primero por llegar tarde, el segundo por ir a Rockwool a por la Copenhague card de María y yo, de paso, para cambiar el abrigo por una camisa térmica. Si, ya lo se, tarde o temprano tendré que renunciar a las cholas y enfundarme un abrigo. Pero sólo cuando haga más frío que en Madrid.

Bueno, a lo que iba. El caso es que, al final, llegamos a la estación central de Copenhague, hicimos cola, pillamos las entradas y un caramelo con sabor a regaliz (aquí todas las chuches saben a regaliz) y decidimos que nuestra primera parada era Nytorv prison, la cárcel. Después de esperar cosa de dos horas y media, y de que a mitad de la cola se nos unieran más internacionales (afortunadamente, porque así la espera se hizo mucho más amena), entramos a una carcel que, para mi decepción, estaba vacía. Ilusa de mi, me imaginaba a los propios reclusos, tatuajes de amor de madre incluidos, enseñándonos sus manualidades y su modo de vida. Pero no, era una prisión vacía donde el único encanto consistía en sacarse fotos en las habitaciones (¿Mejores que en Rockwool?), mirar los artilugios que los presos construían, pasar por un escáner de seguridad, o probar el instrumental policial. A pesar de todo, fue divertido. Sobre todo cuando Andreas, el griego, y Nico, el francés, se aventuraron a pelear con el policía, protegido por un escudo, y que, al final, sacó la porra y hasta el spray de defensa. También estuvo simpático el momento en el que, haciendo uso de guantes de plástico, cachearon a Songjiachen, alias Kio (nadie es capaz de pronunciar su verdadero nombre).

Después de esta singular experiencia nos volvimos a dividir. Unos se fueron a Mc Donald a cenar y otros fuimos a Borups Hojskole, a un concierto de música experimental medio en danés, medio en francés, que a mi personalmente me gustaba, rollo sentados con una copichuela de vino en la mano, pero en general no tuvo mucho éxito y fue bautizado por algunas personillas como concierto para la tercera edad en el hotel Torremolinos-playa.

Cuando se acercaban las 11 de la noche, nos echamos una carrera hasta la Copenhague Central Library, para ver Black Magic Six, una hora de concierto de música Rockabilly (una variante primitiva del rock). Aquí se nos unió Cristian, que venía de un concierto de Biffy Clyro, un grupo escocés, en el Vega, una especie de discoteca de varias plantas donde suelen haber conciertos. Increíble cómo un loco con una guitarra eléctrica y un micrófono y un descamisado con una batería pueden hacer tanto ruido, y conseguir que, cerveza en mano, se te quede la mente en blanco y te entregues a bailar espasmódicamente.

Al final, un grupo se fue a intentar llegar a tiempo a la exposición de esculturas de hielo y otros nos fuimos a Valvy, con tren en dirección contraria incluído, en la búsqueda de la fiesta Carlsberg, fiesta fantasma, porque no encontramos nada por los alrededores. Así que tocó esperar al tren, jugando a “la gata preñada” o a apretujarse en un banco e intentar tirar a los de los extremos, y volver a Trekroner a las 3 de la mañana. Horario danés señores, a esto se le llama integración social.

A nivel material la noche nos dejó un par de condones gratis (Durex, nada menos) a cambio de aguantar la chapa a un personajillo que intentaba convencernos sobre lo rápido y fácil que es hacerse un test de clamidia; y unas mariposas doradas que sustrajimos Virginia y yo de una especie de circo donde, por azares del destino o por la mala orientación de Lance, fuimos a parar quién sabe para qué.

Y como repaso anecdótico de la huella que dejamos los españoles en el los internacionales, no me puedo dejar atrás de que, cuando nos encontramos a Noel con un grupo de gente, Hiroko, una japonesa muy simpática que tiene una sonrisa perenne en los labios, tuvo el tierno detalle de saludar con dos besos, al modo mediterráneo. Es un detalle nada despreciable teniendo en cuenta que los japoneses suelen ser de lo más reacios a besos, abrazos y todo tipo de saludos que impliquen contacto corporal. Luego están los turcos y su “hijoa-da-putha”, Lance, el americano, con su “chica, mi penne es grande” y el griego, con tono arrebatado: “¡Y una mierda pinchada en un palo”.

Tampoco me puedo dejar en el tintero un comentario sobre la fiesta germano-austro-sueca que organizaron en miércoles pasado los koralinos y a la que, como siempre, llegué demasiado tarde para probar bocado; pero estuvo curiosa, con los cocineros vestidos de tiroleses y buen ambientillo. Como en todas las fiestas, hubieron anécdotas, como siempre algunas dignas de contar a media voz y otras más chistosas, como el hecho de encontrarse a Cristian y Lance con una bolsa de basura gigante en busca de latas de cerveza para reciclar (1 lata = 1 corona). Al parecer hicieron su agosto, con cosa de 70 latas.

De clase, tenemos que escribir un artículo sobre un proyecto que hiciéramos en la universidad, como si fuera para un periódico. ¿Extraño? Si, de cojones, pero es lo que toca. Así que estoy en el intento de redactar un reportaje sobre un el proyecto de Marketing Viral para Up que hicimos para Historia de la Comunicación Social el año pasado, como si fuéramos unas pioneras en el futuro de la labor publicitaria. Luego, hay que añadir que una vez realizado el artículo hay que hacer un análisis extenso sobre el lenguaje empleado, la estructura, el target, el medio de comunicación donde se va a publicar, el idioma elegido (proyecto y universidad españolas, artículo en inglés… habrá que echarle imaginación…).

Y, puesto que Dinamarca, aunque cada vez con menos horas de luz, sigue ofreciéndonos tardes fantásticas con sol de invierno, voy a salir de mi encierro y a darme un paseillo con Noel y algunos italianos, para después, espero, recuperar la concentración perdida y acabar mis deberes.

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