Recuerdos de Bolivia- 1ª parte

A veces, por un olor, un sabor, un sonido, un sueño, nos desbordan los recuerdos de las cosas que hemos vivido. Recuerdos que no recordábamos, pero que estaban ahí, en algún lugar de poco tránsito de la memoria. Eso me ha pasado hoy, al levantarme, con un cansancio inusitado tras haber dormido más de lo que acostumbro. De repente, empiezan a venirme flashes a la cabeza, y una sensación ansiosa que sólo se alivia a punta de palabras.

RECUERDOS DE BOLIVIA.- 1ª parte

Era diciembre, un frío diciembre de Madrid, de mi segundo curso de independencia. Estaba enamorada desde el verano de Marcelo, un individuo callado, que soñaba con triunfar como jugador de póker y era un fan aférrimo de The Doors. Nos conocimos en la ruta, y aprendimos a querenos a base de largas y duras caminatas, horas de guagua infinitas y bromas y tortazos que terminaron en una despedida edulcorada y lacrimógena. Quería ir a España a continuar estudiando Económicas, y llevábamos meses liados con papeles, aunque solicitados demasiado tarde. Lo tramitó todo, menos la carta de invitación, por la que estuve dando vueltas y vueltas por Madrid. La carta de invitación es una manifestación expresa de acoger a la persona en cuestión y una declaración de los vínculos que te unen a ella. La cuestión es que tardaba en tramitarse demasiado, y nosotros teníamos prisa. Queríamos que viniera para el segundo cuatrimestre. Obviamente, en el frío diciembre de Madrid, y dos días después de que él supiera la noticia, me llamó por teléfono y me dijo que le habían denegado el visado. Al principio pensé que era una broma, que después me diría que ya tenía los papeles listos, pero la cara de Priscila, mi compañera de piso, que lo sabía desde el principio, me hizo enfrentar la realidad.
En aquellos días estaba mi madre por Madrid, con su amiga Rosi, que luego me criticaría por Lanzarote por mi mala educación. Yo estaba hundida y confusa, encerrada en mi habitación llorando. Tenía tantos nervios que tuve una especie de reacción alérgica al tatuaje, por primera vez y dos años después de hacérmelo, la libélula se erigía en relieve sobre mi piel. Tal vez, como una señal. Mientras tanto, mi madre me presionaba para que las paseara por Madrid con una sonrisa, porque para eso había venido a visitarme. Todo esto se saldó con un espectáculo bochornoso de gritos, lágrimas y pellizcos en el Centro Comercial de Príncipe Pío. “Criar hijos para esto…”
Tenía una bandera de Bolivia colgada en mi habitación, regalo de Marcelo en nuestra primera despedida. Sí, sólo primera, porque hubo otra. Tenía que decidir si perderlo para siempre o volverme loca. Y, escuchando Bon Jovi (It’s my life, it’s now or never…) elegí lo segundo, como siempre. No tenía dinero, así que Marcelo me dijo que me lo pagaría y luego le devolvería la mitad cuando recibiera mi beca, y después de horas buscando la opción más barata, por unos 600 euros, sacamos el pasaje. La felicidad no tiene precio.

Me esperaba un largo viaje, del 29 de Diembre al 13 de Enero. Ir a Bolivia era demasiado caro, así que mi itinerario consistía en: Lanzarote-Madrid-Quito-Lima-Arequipa (sur de Perú), de ahí movernos por tierra hasta Cuzco a recibir el año 2009, y finalmente alcanzar Bolivia. La vuelta, por tierra La Paz-Arequipa, y de ahí el avión Arequipa-Lima-Madrid. El viaje lo tendría que hacer sola, aunque Marcelo prometía esperarme en Arequipa para hacer juntos el tramo terrestre. Una auténtica locura que me costó el enfado de mis padres en plenas fechas navideñas. Por hacer cosas que no son normales en una estudiante de 19 años a la que no le sobra el dinero precisamente. Por hacer las cosas, además, sin tomar en cuenta su opinión. Por no pasar más tiempo con ellos. Así las cosas, yo tenía un caos interno dificilmente explicable, y un ansia agridulce, y un montón de preguntas sin respuesta en mi cabeza, que se disipaban con una sonrisa cuando miraba una guía de Bolivia que Priscila sustrajo de un hostal de Miraflores, en nuestra última noche de ruta en Lima, meses atrás. Aunque mi inglés no daba en aquel entonces para entender la mayoría de las cosas que ofrecía Lonely Planet, ver la palabra Bolivia en la portada hacía que me estremeciera por dentro, que me sintiera viva, muy viva.

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