24 horas de aeropuertos

Recuerdos de Bolivia- 2ª parte

Después de unas navidades que se hicieron cortas en Canarias, tocó ir a Madrid, si no me equivoco, fue un 26 de Diciembre. Allí me tocaba esperar sola, dos días, a que fuese 29 diciembre para emprender mi largo periplo de regreso a las Américas. ¿Por qué? Simplemente porque si me iba esos dos días antes, el vuelo salía sustancialmente más barato. Fueron días de encierro, con Nino Bravo como hilo musical: Américaa….

Me esperaban más de 24 horas de aeropuertos, en las que revisé millones de veces si llevaba conmigo el pasaporte, y los pasajes, y los números de teléfono para casos de emergencia. El viaje Quito-Lima, de unas 11 horas, iba repleto de parejas con niños pequeños; propio de las fechas navideñas. A mi lado iba una señora que le tenía miedo a volar, y volvía a casa después de muchos meses sin ver a su familia. Le conté mi historia, y me dijo que era muy valiente y que me deseaba mucha suerte en mi relación. También intentó convencerme de que Dios existe, y me dio como argumento una extraña historia sobre el triunfo de Israel sobre Palestina. Me hizo que la ayudara a rellenarle el papel de declaración de aduana que te dan justo antes de aterrizar, porque a duras penas sabía leer y escribir.

Aterricé por segunda vez en mi vida en el aeropuerto Mariscal Sucre, de Quito, con la vista de las luces, y sus llanos y sus montañas, pero esta vez no iba a volver al casco antiguo a pernoctar, ni a cambiar dinero en la Avenida del Amazonas. Se trataba de un simple trasbordo para coger un avión hacia el aeropuerto de Lima. Una mujer con acento marcado y muchos granos en la cara nos condujo a mi y a otras tres personas al lugar donde podríamos esperar nuestro próximo vuelo. Se trataba de Nadia, una chica de unos veinte años, peruana, y militar, con novio español; Juan Diego, un peruano vivaracho, menudo y amanerado y un gallego cuarentón que “no iba en busca de mujer, pero si la encontraba se le llevaría a España”. Aquí el viaje empezó a tornarse entre subrealista y divertido. Nadia y Juan Diego iban borrachos, porque habían comprado una botella de vodka en el aeropuerto. Como Quito es barato, nos pusimos a beber en un bar, y a fumar, y a hablar de la finalidad de nuestros viajes hasta que salió el siguiente avión. Una vez dentro, nos pusimos en la parte de detrás, pedimos un botellín de… whisky? Que era gratis, y empezamos a reirnos y a sacarnos fotos con la tripulación. Al final incluso nos pidieron que nos calláramos mientras hablaban por el teléfonillo.Una auténtica armada. La borrachera aérea se vio alimentada con la comida gratis del avión, un bocadillo y una macedonia de frutas tropicales buenísima. Al llegar a Lima, en un vuelo de más de una hora que fue sin duda el más divertido de mi vida, tocó despedirse, intercambiar facebooks y desearse suerte.

En el trasbordo de Lima a Arequipa tenía que esperar varias horas, así que estuve deambulando con mi maleta por el aeropuerto, para luego volver a facturar. Me tomé un solitario café en el starbucks, sintiendo el embotamiento de varios días de insomnio. Me puse a pasear sin rumbo por los mostradores, y a subir y bajar escaleras, y ver pasar a gente, y más gente, y más gente… hasta que, de repente: “¡Ey! ¡Silvia!”. Casi me da un ataque cardiaco de sorpresa cuando me encontré a Juanma, que esperaba su vuelo para España. Juanma es un chico español que en aquel entonces llevaba el pelo largo, y las mismas botas de la ruta que tenía en verano. Era uno de los monitores, y ahora uno de los principales soportes de ARI en España.

“Pero… ¿Qué estás haciendo aquí?”. Y nos contamos. Yo, a visitar a Marcelo. Él, volviendo de su larguísimo viaje por las Américas, que tras la ruta inka del 2008, continuó con unos cuantos meses por Bolivia y Argentina, donde, creo, tenía a su novia. Ya tenía ganas de volver a España, y tirar sus botas a la basura. Poco después él se fue por su lado y yo por el mío. Volvería a verlo meses después en Fitur, el primer día de mi vida que vi nevar, en Madrid. Pero eso es otra historia.

El vuelo de Lima a Arequipa fue inquietante. Al fin, se acercaba el momento decisivo. Asomada a la ventana del avión, intentaba divisar el Colca, y después, la pista de aterrizaje y, una vez en tierra, a Marcelo.

El aeropuerto era pequeño, más pequeño que el de Lanzarote. Quizás, como el aeropuerto de La Palma. Estaba casi vacío y era primera hora de la mañana. Bajé del avión entre zombi y taquicárdica, con los muslos entumecidos por la nefasta decisión de ponerme unas medias bajo el pantalón. Es un milagro que que no fuera necesaria una amputación. Necesitaba una ducha y dormir, pero apenas estaba amaneciendo y quedaba un largo día por delante.

*Véase el bonito detalle de que en el trayecto se sobrevuelan las famosas Líneas de Nazca.

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