Reencuentro

Recuerdos de Bolivia- 3ª parte

Cuando vi a Marcelo después de aquellos cuatro meses separados no se lo que sentí. El primer gesto de él fue ayudarme con mi mochila azul del Quechua, más grande casi que yo, y meterla en el portabultos de un taxi. Dentro del taxi, él en la izquierda, yo en la derecha, y yo repitiendo incesantemente: “Esto es muy raro”. Él no dejaba de mirarme. Me cogió de la mano, pero éramos como dos desconocidos. El Skype mitiga, pero no extermina, los efectos de la distancia. Él había alquilado un hostal un poco cutre y me contó que a la noche, cuando llegó a Arequipa, una prostitutas intentaron acosarlo. Gracias a eso empezamos a bromear y a volver a tener confianza. No hay que infravalorar el gran potencial de las bromas para estrechar vínculos. El hielo, casi siempre, se rompe a base de sonrisas.

Comimos, siguiendo los consejos de Marcelo, que decía que estaba “Deli de mierda”, chicharrón de cerdo, un plato típico, y una especie de ensalada rara, en un restaurante con balcón en la plaza de Arequipa, también conocida como la ciudad blanca. El sol brillaba, y la conversación brillaba por su ausencia. Estuvimos vagando por la ciudad, y cambiando euros a soles, y compramos los pasajes de guagua que nos llevarían a Cuzco, el siguiente punto de nuestro viaje, en nada menos que 10 horas por carretera.

La ciudad me recibió tal y como la recordaba, turística, empedrada y bastante más limpia y organizada que otras del Perú. Está vez el objetivo no era ir al Valle Sagrado de los Incas o al Machu Pichu, a perder el aliento subiendo escalones, sino a seguir la tradición de dar 12 vueltas, a las 12 de la noche, a la Plaza de Armas.

El día estaba lluvioso. Cuando llegamos al hotel, muy cuidado y bonito, con una figura de un Don Quijote y Rocinante en el hall, nos recibieron con una infusión de hoja de coca, y luego nos condujeron a nuestra habitación. Por la tarde paseamos por la ciudad, y nos pilló un buen chaparrón cuando íbamos camino de la estación de guaguas para comprar el pasaje para el día siguiente, en el que teníamos que viajar hacia Puno, el pueblo peruano a orillas del Titicaca, el lago más elevado del mundo.

Hechos una sopa y yo, muerta de frío y cansancio, llegamos al hotel. Pronto se hizo de noche. Si no recuerdo mal, en esa ocasión cenamos en un chifa, la versión sudamericana de los chinos, con comida completamente distinta. No había pollo agridulce, pero pedimos unas sopas con pasta, Wonton, que, dadas las inclemencias del tiempo, resultaron muy reconfortantes.

Cuando cayó la noche la gente se empezó a remolinar en el centro de Cuzco, y a tirar petardos. Yo me había traído un vestido de fin de año que mi madre me había comprado meses antes, pero me di cuenta de que no tenía cabida en aquel lugar. La gente bebía en la calle e iban vestidos de la forma más normal, con vaqueros y camisa y, los más previsores, con chubasqueros. Cuando cayeron las doce empezamos a correr bajo la lluvia, dando vueltas a la plaza mezclados entre la muchedumbre eufórica. Nos dimos un beso mojado, chorreando, y de la emoción dejé escapar su cámara de fotos, que debió de caer de mi mano al suelo, en algún charco. Cuando nos dimos cuenta, unos cuantos metros más adelante, ya no había cámara. ¡Feliz año nuevo, mi amor!

A pesar de que me cargué su cámara de fotos, creo que era nueva, porque la antigua se le había muerto de ingestión de arena, haciendo sandboarding en la ruta (gran experiencia!); y a pesar de que tras los fuegos artificiales y una caipirinha que nos tomamos en un barcito de por ahí, lo empujé a volver al hotel y que durmiéramos en una cama, en condiciones, antes de otro maldito viaje en guagua al día siguiente. A pesar de eso, y de sus ilusiones puestas en aquella noche diluyéndose como la banda de la Copenhague card, esa noche no se enfadó.

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