Cruzar la frontera

Recuerdos de Bolivia- 4ª parte

El trayecto Cuzco-Juliaca-Puno duró siete horas. En los descansos de los trayectos buscaba puestecitos de estos que hay por las calles en Perú, y compraba Sublimes, unas chocolatinas de Nestlé que sólo se venden en Sudamérica. Eran simplemente deliciosas. También me generaban adicción los chifles (paquetitos de plátano frito crujiente). Sin embargo, el champán rosa y la inka cola… ¡¡Puag!!

Como curiosidad, hablando de comidas, decir que los Mc Donalds de Perú eran muy curiosos, porque entre las salsas que ofrecían estaba la de ají, típicas de Sudamérica y un poco picantes. Por cierto, todavía me acuerdo de aquella hamburguesa picante en Piura que fue una de las últimas cosas cárnicas que comió una amiga vegetariana. Casi peor que mi accidente con el curry aquí en Dinamarca.

Volviendo al viaje, llegamos a Puno, pasamos por delante del cuartel donde dormimos cuando estuvimos allí con la Ruta, y sentimos nostalgia. Recordamos la isla de los uros, construídas con totora sobre el lago. Pero esta vez, me dijo Marcelo, iba a conocer “Copa”, la mejor parte del lago. “El Titi es de Bolivia y el Caca para el Perú” decía él, convencido. También le encantaba repetir, medio en broma: “Ahhh… peruano ladrón”. Piques de vecinos.

De Puno a Copacabana hay 4 horas de viaje, y recuerdo que pasé mucha hambre. Para pasar la frontera de Bolivia a Perú tuvimos que coger un taxi. El conductor iba muy ebrio, a su lado, un hombre con un bebé que le hablaba, a nuestro lado, en la parte de atrás, la madre del crío, todos con olor a humanidad. Detrás, en la parte del portabultos, iba otra señora con otro niño. Llegamos a la frontera a eso de las 7. Estaba cerrada. Por suerte nos dejaron pasar, a cambio de que vinieramos al día siguiente a sellar nuestros pasaportes. El policía que hacía guardia también iba borracho y era algo desagradable: “¿Están casados? ¿No? ¡Ah, entonces ella es tu concubina!” recuerdo que dijo.

Estaba ansiosa por llegar, y por probar las famosas truchas con mantequilla del Lago Titicaca, y al final, tuve suerte y las tomé para cenar, en un restaurante enorme y fino, y casi vacío. También pedí aguacate con camarones, me dijeron que no tenían, luego que sí… y recibí un plato en mal estado. Aún así, pagamos, porque era muy barato y la trucha estaba deliciosa, en espinosa competencia con el ceviche peruano en mi lista de pescados favoritos.

Vagamos por la noche en busca de un lugar donde dormir, y encontramos uno pequeñito y humilde, pero barato, y con una terraza con vistas al lago y a todos los techitos sin encalar de la ciudad. Esa noche peleamos, porque él quería hacer un montón de cosas y yo sólo quería estar con él, y descansar.

A la mañana siguiente conocí de verdad Copacabana, y me enamoré, primero que nada, por su misticismo. Para empezar, el nombre de la ciudad sería la castellanización post-conquista de QOPAQHAWANA, un ídolo esculpido en turquesa con cuerpo de pez que se veía desde lejos, y que idolatraban todos los aymaras del lugar.

La ciudad era una mezcla de hippismo y eclecticismo religioso. En las calles se oía la voz de Bob Marley, hilo musical de muchos de los tugurios donde se podía comer. Aún recuerdo caminar entre los hippys, y los perros sueltos en las calles, y escuchar: Fighting on arrival, fighting for survival…

La catedral de Copacabana era muy bonita, no tanto por el edificio en sí, que también, como por esa mezcla de cristianismo y costumbres indígenas que hunde sus raíces en la Historia de América. El edificio databa del siglo XVI, y tenía dentro una virgen morena, la Candelaria, patrona de Bolivia. La imagen fue tallada por el artista indígena Tito Yupanqui, supuestamente nieto del décimo gobernador inca Tupac Yupanqui. Me llamaró la atención las imágenes talladas en la madera de la puerta, con indígenas navegando por el lago Titicaca llevando a cuestas a la virgen.

Interesante para hacer excursiones son también las islas del Sol y de la Luna, en el lago Titicaca, y obviamente tampoco desperdicié mi oportunidad de ir. Sólo cometí un error: comer una empanada de queso, de la que aún recuerdo el sabor porque estaba muy rica, que le compré a una cholita mientras esperaba el barco, pero que me destruyó el estómago.

Entiéndase cholita como mujer con rasgos indígenas, mofletes colorados y ojos pequeños y oscuros, con el pelo negro muy largo recogido en dos grandes trenzas y vestida con faldas coloridas y abultadas, y a veces, con un gracioso gorrito. Hay que tener en cuenta que alrededor de un 69% de la población de Bolivia es amerindia, por eso el ascenso de Evo Morales y las manifestaciones ondeando la wiphala, la bandera indígena, y la lucha por salir de su marginación. (Y ojo, que Evo Morales no es el primer presidente indígena, como se indignaba mi profesor sustituto atractivo de Periodismo Iberoamericano, el primero fue Benito Juárez).

En fin, que ya empiezo a divagar. El caso es que ese día cogimos un pequeño barquito con bandera boliviana y nos adentramos en el lago Titicaca, a explorar la Isla del Sol. Vimos ruinas incas, y pequeñas playas, y niños recogiendo piedras del camino bajo la lluvia para vender. Marce les compró una pequeña piedrecita; tierno detalle. Como hacía mucho frío, compramos un par de guantes de alpaca y entramos en calor comiendo unas salchipapas buenísimas. Perdimos el barco para ir a la Isla de la Luna, pero tampoco creo que me perdiera demasiado. Lo bonito es la leyenda, que cuenta que el día del Gran Diluvio se unieron en las aguas del lago el Sol y la Luna, y allí se encontraron los dioses que dieron origen al mundo. También se dice que del lago emergieron el Inca Manco Capac y su hermana y consorte, Mama Ocllo, para unir las culturas indígenas y fundar el Tahuantinsuyo, un paraje donde cultivar papa y quinoa, criar llamas y alpacas, y donde la tierra era rica en minerales.

A la vuelta a Copacabana, tocó coger otra guagua para tomar rumbo a La Paz, donde vivía Marcelo. El trayecto lo hicimos en una combi, una especie de minibus que tuvimos que abandonar para cruzar a la otra parte del lago en una barca, y el vehículo en otro barco. Hacía frío e íbamos con un montón de parejas adolescentes que se abrazaban. Yo también me abracé a Marcelo. Hacía frío y era de noche.

En esos momentos mi estómago ya daba señales de que le había echado algo inapropiado. Estuve buscando baños, que estaban cerrados, y tocando a puertas, pero nadie me dejaba pasar. Muchas veces los indígenas son desconfiados con los extranjeros. Obviamente, quedaba una hora de viaje y a mitad del trayecto Marcelo tuvo que hacer parar al conductor, para adentrarnos juntos en la oscuridad. Hay momentos en los que no tiene cabida la vergüenza.

Por ese entonces también pillé una infección de orina, por el mal estado en el que estaban los baños de las guaguas, creo, o por el frío y la lluvia. Pero eso no fue un gran problema, por suerte fue fácil ir a cualquier farmacia y pedir antibióticos sin receta médica.

Cuando uno va a Sudamérica o a cualquier país con menos comodidades de las que uno está acostumbrado pasan estas cosas. De hecho, como curiosidad, normalmente para ir a Sudamérica hay que tener en regla todas las vacunas de hepatitis, la fiebre amarilla y la fiebre tifoidea y, si se va por zona de selva, hay que llevar el malarone o el lariam, pastillas para la malaria (que no la evitan, pero atenúan su peligrosidad en caso de contagio). Luego están los brotes de dengue, y las picaduras de insectos, pero las zonas más peligrosas son las selváticas, por lo general viajar a los Andes es bastante seguro. Como mucho, puedes sufrir mal de altura, que se mejora con hoja de coca. Decían los bolivianos que cuando los argentinos ganaban los partidos de fútbol en Bolivia no decían nada, pero que cuando perdían le echaban la culpa a la altura. Estos gauchos…

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