A 200 metros bajo tierra

Recuerdos de Bolivia- 6ª parte

Después de varios días en La Paz decidimos que íbamos a emprender otro viaje relámpago para visitar uno de los lugares más bellos del mundo, el salar de Uyuni, pero que, ya de paso, íbamos a hacer una parada en Potosí.

Para llegar a Potosí tuvimos que coger primero una guagua hasta Oruro. Había atasco. Perdimos la guagua, que se fue en nuestras narices mientras corríamos. Intentamos alcanzarla en la siguiente parada, en una persecución a toda velocidad con un taxista hippy que tenía todo el coche desconchado. Al final, acabamos metiéndonos en una guagua ajena y haciéndonos un sitio medio a escondidas. Los únicos asientos libres que quedaban eran en la parte de atrás, donde se sienten con más intensidad todos los baches, al lado del baño, que a pesar de estar cerrado olía a orín estancado. Para colmo nos encontraron los revisores y tuvimos que volver a pagar otro pasaje. Hacía frío. Marcelo me dejó un jersey azul muy abrigado que su tía le había comprado en Nueva York. Aún lo guardo como regalo y me lo pongo en días de morriña, cuando me apetece hibernar.

El viaje La Paz-Oruro, de unas cuatro horas, estuvo amenizado con un CD de rancheras que se repitió incesantemente, impidiéndonos dormir y, a mí, resultándome bastante irritante a la tercera vez que escuché: “Pero sigo sieeendo el reeey…”. En Oruro nos bajamos, fuimos al baño y poco más. Después, continuamos el trayecto, de otras seis horas más, hasta llegar a Potosí.

Aquí tuvo lugar uno de los momentos de pánico viajero más duros de mi vida. Mi carné de caja Madrid se ralló, y no me dejaba sacar dinero. Tenía otro, el carnet de la universidad, pero no me sabía la contraseña. ¿Qué hacer? Necesitaba dinero o para seguir adelante con el viaje, o para volver atrás, hasta La Paz, y de ahí al Perú. Nervios. Histeria. Lágrimas en el locutorio. Llamadas a España hasta que al final mi pobre madre me cogió el teléfono, y fue corriendo de San Bartolomé a Arrecife, al banco, con una fotocopia de mi DNI que tenía por ahí, a rogarles que me dieran la contraseña. No fue fácil, porque la cuenta está solo a mi nombre y esto estaba fuera de las normas. Recibí una llamada telefónica para confirmar que yo era yo, y, al final, a las pocas horas, tenía mi contraseña, y mi dinero.

Después del susto, tocaba explorar un poco la ciudad y sacarle partido al largo viaje antes de continuar hacia uyuni.
Potosí, la tercera ciudad más elevada del mundo, tiene ese halo de decadencia de todas esas urbes que un día fueron ricas y poderosas, y sólo conservan las ruinas de su fortuna. La palabra Potosí deriva del quechua potoc, explosión, debido al sonido de la pólvora tan frecuente en los trabajos en la mina. Y es que aquí estaba la clave de la riqueza del Potosí; su montaña, el Cerro Rico, era la mayor fuente de plata del mundo.

Actualmente sigue habiendo actividad minera y explotan sobre todo el estaño y, además, sacan partido al turismo organizando excursiones. Por supuesto, yo no dejé pasar la oportunidad. Marcelo ya había estado con su abuelo, pero no había bajado hasta el último nivel y es que, una vez dentro, tu decides cuando parar y esperar a que los demás regresen.
Contratamos una visita guiada, nos subimos a una furgoneta con un grupo de yankis y argentinos. Primero nos llevaron a un local donde nos enfundamos botas de goma, una capa, un casco con luz frontal integrada. No era una vestimenta muy sexy y muy confortable que digamos, pero era parte de la experiencia. Nos llevaron a una fábrica donde se trataban los metales, y había un montón de máquinas grandes y ruidosas, y productos químicos, y más máquinas que separaban el barro del estaño, y mineros con pinta de tener siglos a sus espaldas, con sus dientes negros de tanto mascar hoja de coca. Nos explicaron el proceso y nos llevaron a una tienda de dinamita. Le prendían fuego a la mecha y la dejaban pasar a los turistas para que se sacaran fotos. Marcelo se tomó una foto justo antes de lanzar el cachibache lejos y que explotaran con un gran: ¡¡Boooom!!. Por hacer la gracia, se medio quemó la mano.

Compramos refrescos entre todos para ofrecércelos a los mineros que se encontraban trabajando dentro y que, seguro, lo agradecerían, como nos dijo el guía. Nos ofreció un chupito de alcohol seco y nos dispusimos a entrar.
El tunel de acceso a la mina me recordaba a Blancanieves y los siete enanitos, pero dentro era bastante diferente y no habían diamantes en las paredes ni barbudos con piquetas. Lo primero que encontramos fueron niños recogiendo piedrecitas del camino en el primer nivel, y un “museo” cutre con una figura de El Tío, una especie de personaje de leyenda que vive en el interior de la tierra, y al que hay que obsequiarle con tabaco y alcohol. Todo esto en la total oscuridad, con la única iluminación de la luz de los cascos.

La mina estaba dividida en 17 niveles y la visita turística nos sumergió hasta 240 metros bajo tierra. La temperatura se iba haciendo más elevada a medida que caminábamos, y el aire era denso y cargado de polvo, de modo que costaba ver, se formaban costras de polvo en las pestañas y, aun cuando te pusieras tu mascarilla para respirar mejor, la situación era de agobio y claustrofobia. Un grupo de chicas se quedó atrás a mitad del camino, yo me lo pensé bastante pero Marcelo me empujó a seguir, y el guía también… y “¿Qué coño? Si no ha muerto nadie hasta ahora no tengo por qué ser yo la primera”. Así que seguimos andando, esta vez a veces a gachas por zonas muy pequeñas, o bajando escaleras de madera y clavos de una estabilidad más que dudosa. Pensar que pasara cualquier cosa y hubiera que volver hacia atrás por esos túneles en los que había que ir gateando… o que se rompiera la escalera que daba paso al nivel superior, daba bastante miedo. Para incrementar la sensación de aprensión, a Marcelo se le fundió la luz de su casco, de modo que dependíamos el uno del otro (él de mi luz, y yo de su capacidad para hacer que no me entrara un ataque de pánico).

Vimos a un grupo de mineros arrastrar pesados vagones cargados de pedruscos, y a un niño picando roca, sin camisa, sin sueños, con su bola de coca en la boca trabajando mecánicamente, como un robot. No creo que haya empleo en el mundo peor que el de minero y, llegados a este punto, me pareció incluso insultante la alegría con que Antonio Molina cantaba eso de: “Soy minero, y con caña, vino y ron me quito las penas”.

Aunque precisamente eso es lo que decía el guía, que esta gente, que lleva una vida tan perra, recurre al sentido del humor y al alcohol para soportar las horas de asfixia, oscuridad y trabajo duro bajo tierra, que, además, no les saca de su situación perenne de pobreza. No se si alguna vez vieron a Samantha Villar en sus 21 días en la mina, pero daba una idea de la situación de los mineros en Bolivia. También me vinieron muchos recuerdos con el caso de los mineros de Chile… no se cómo pudieron aguantar tanto tiempo encerrados allá abajo. La fuerza de la costumbre. Gente que lucha por sobrevivir y valora la vida en sí misma, aunque esté cargada de sufrimiento. Qué contraste con el hedonismo tendente a la depresión tan propio del primer mundo.

Aquel día en Potosí, cuando salí de Cerro Rico con sensación de asfixia y fuí golpeada por una ráfaga de aire fresco y límpio, y granizo que empezó a dibujar líneas en mi piel, cubierta por una gruesa capa de polvo, experimenté felicidad. No la felicidad enlatada de las cosas que se compran, sino felicidad en estado puro. Alegría de estar viva y sensación de haber superado un obstáculo.

*Olvidé añadir que en el grupo de mineros aficionados estaba un español que se había mudado a Bolivia a vivir, un tipo curioso con gafas. Y que dentro de la mina, una de las cosas que le metían a una el miedo en el cuerpo era la insistencia del guía en que tuviéramos cuidado con no pisar los tubos que había en el suelo, que podía ser peligroso. También nos contó que antes los mineros “miccionaban” y hacían sus necesidades dentro de la mina, pero que luego se prohibió porque ésto genera gas metano. Qué fantásticas condiciones de trabajo, ¿no?. Ser minero es aún peor que ser becario.

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3 responses to “A 200 metros bajo tierra”

  1. Esteban Cairol says :

    Buenísimo!!! No sabía que andaba en Bolivia Sil, que disfrute bastante el viaje, con todo y rancheras, jaja.

    Saludos a Marcelo!! Un abrazo!

  2. silvita010 says :

    Esteban!!! Qué bien recibir señales tuyas! tanto tiempo =)
    No estoy en Bolivia, esto fue hace ya bastante, en enero de 2009, pero recién ahora me animo a escribir. Creo que es una buena experiencia para que no caiga en el olvido.

  3. Esteban Cairol says :

    Jaja sí me acabo de dar cuenta leyendo el otro post.
    Bueno, nunca es tarde… yo a veces abro mi blog de suramérica y leo algún pedazo.. demasiada nostalgia, pero siempre es bonito, como dice ud, para que no caiga en el olvido.

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