Museos de Copenhague

Hoy ha sido un día diferente, de quitarnos la carátula de estudiantes-Erasmus y ponernos en modo turista. He ido desde tempranito en la mañana a Copenhague con Yannick, dispuestos a ver todos esos museos y recovecos de la ciudad que no se ven en las múltiples noches de fiesta, ni en las tardes perezosas, porque todo cierra a las 16.00.

Yannick es mi vecino alemán, alto y rubio, siempre con su cerveza en la mano, y vive en el piso de abajo con Cristian y Servet y Kurshat, los dos turcos. Por cierto, una nueva en los avances de vagancia de Servet. Según él, la pereza estimula la creatividad porque, para no lavar cucharillas, o bien come yogurth con tenedor (único cubierto que friega asiduamente) o se construye cucharillas desgarrando los vasos de plástico en los que bebe.

El caso es que el día nos ha cundido. Hemos cogido el tren a las 11.30 y nos hemos encontrado a Dante, que se había olvidado las llaves en Korallen y tuvo que dar marcha atrás. La cosa es que ayer había una fiesta de heavy, Helloween, pero cuando llegamos, tras pimplarnos tres botellas de vino y hacer una sesión de hablar del perenne tema de las relaciones amorosas, la fiesta estaba muertísima y nos echaron de allí.

Para ir a Rosenborg, hay que bajarse en la estación de Norreport y apenas caminar unos metros. Aunque la Copenhaguen card ya no me sirve para moverme en tren, aún sigue siendo útil para entrar gratis a los museos. Nos refugiamos al calor del palacio donde están las joyas de la corona; un montón de jarritas de porcelana, joyas decoradas con demasiado barroquismo, escopetas gigantes y una espada que recordaba a la de Excálibur en las historias del rey Arturo. Por lo demás, nada especial.

Afuera había un precioso jardín, como tantos que hay en Copenhague, con un estanque con patos, y niños rubios con minibicicletas pululando por allí. Cerca, los guardias con sus gorros de peluchón negro se preparaban para el cambio de guardia. Pese a que cuando salimos de Trekroner llovía, en este momento del día salió un poco el sol, aunque el viento no cesaba en su empeño de levantarme la falda.

La siguiente parada fue el Statens Museum for Kunst, que estaba a cinco minutillos andando. Era enorme y muy bonito. A la entrada había una sala con un montón de bolas de plástico colgadas por los aires, algunas con agua, otras con plantas. No tengo ni idea del significado, pero era inspirador. Como todos los edificios en Dinamarca, el museo estaba lleno de vidrieras que ofrecían unas vistas preciosas de la ciudad, con los árboles enrojecidos por el otoño, desnudándose trémulamente a cada soplo de viento. Y las bicicletas. Y la luz fría sobre los edificios, tan cuidados y simétricos.

En la exposición fija había cuadros tan populares como la mujer de la raya verde de Matisse, o algunos de Munch, o Renoir, o Nolde. También había un montón de artistas escandinavos. Era curioso porque el museo estaba lleno de gente sola sentada frente a los cuadros tomando notas y grupos de escolares guiados por sus profesoras. Hay mucho fomento de la cultura por aquí.
También abundaban los “modernos”, que son bastante homogeneos. Peinados despeinados, grandes gafas y expresión interesante en el semblante. Atentos a cada detalle, escrutando elementos tan curiosos como esta “escultura” rosa de un tal Jorgen Haugen Sorensen que se llama “patriotism”.

Había dos exposiciones más, una del laberinto de Picasso, con bocetos, la mayoría relacionados con temas mitológicos y con las corridas de toros. Juraría que era la misma que utilicé para hacer un artículo de Historia del Arte el año pasado, en Las Palmas. También había otra de Bob Dylan, oscura, con imágenes de las favelas de Brasil, asesinatos y otros aconteceres turbios.

Para terminar, fuimos a un pequeño museo que había al lado de este último, pero sólo de artistas daneses. Yannick iba en busca de los cuadros que captan las variaciones de la luz en las zonas de mar de Dinamarca; la verdad, habían algunos bastante bonitos, y me entró nostalgia del Océano Atlántico. Fue curioso porque encontramos un cuadro del fiordo de Roskilde, ese pueblito al lado del que está Trekroner, pero obviamente era completamente distinto al aspecto que tiene ahora, con su tienda de café, y su puertecito y su museo vikingo.

Tras un café en el Seven11 y un kebap enorme en Norrebro, el lavapiés de Copenhague, fuimos andando a la estación central, caminando por Stroget, la avenida peatonal más larga del mundo. Teníamos planeado ir al Tívoli, pero el frío se nos estaba empezando a meter dentro del cuerpo así que decidimos regresar a Trekroner, justo una hora antes de que empezaran a caer algunos copitos de nieve sobre la ciudad.

Copenhague es una ciudad tan relativamente pequeña que uno siempre se encuentra a alguien. Hoy, por ejemplo, nos hemos cruzado en el museo con un Erasmus francés de Korallen, en la calle con un compañero berlinés de Yannick y ya en la estación con María.

Ahora hay fiesta en la RUC, para variar, pero esta que les escribe se va a meter en la camita, que mañana a las 5.17 sale el tren hacia el aeropuerto, que nos vamos a Berlín un montón de españoles y una japonesa. Ya les pondré al día el miércoles y espero contarles sobre el muro, y la puerta de Brandenburgo, y la isla de los museos… pero también de anécdotas curiosas y lugares inesperados.

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