Berlín más allá del muro

Día 2.-

Nuestro segundo día en Berlín fue el más extenuante, al menos para mí, después de una larga noche sin pegar ojo. Por suerte, debido al accidente de la puerta, nos ofrecieron otra habitación mejor que la anterior, más grande y con baño privado. En aquel domingo berlinés lluvioso iba a llegar Hiroko, una cándida japonesa que tuvo el valor de adherirse a la gran familia española; aunque acordaron no decirle nada sobre los vándalos de la noche anterior para que no se asustara.

Dimos comienzo a la jornada con paseo por la ciudad, siguiendo el río Spree hasta llegar a la isla de los museos, donde quedamos con María. Decidimos empezar con el museo más celebre de Berlín, el de Pérgamo, en el que se encuentran el altar de Pérgamo, del siglo II aC y la puerta de Ishtar, del 575 a.C., una de las ocho que daba acceso al templo de Bel, en Babilonia y mandado a construir por Nabucodonosor II. La monumentalidad de estas dos maravillas arquitectónicas hace que valga la pena pasar a ver el museo; además, el precio incluye una audioguía, también disponible en español, que va explicando tooooda la historia. Además de éstas, que son las principales atracciones del museo, había muestras de arte griego, romano e islámico, incluso piezas de los primeros Omeyas. No obstante, destacan otras grandes piezas como la fachada del palacio de Mshatta, también de dimensiones impresionantes.
A pesar del expolio que suponen los museos para todas las civilizaciones, qué maravilla el hecho de que unos señores equipados con paletillas y pinceles desentierren la Historia y la preserven de las inclemencias del tiempo, para que todos podamos disfrutarla.
En Berlín también se encuentra el renombrado busto de Nefertiti, que se encuentra en el Museo Neues, junto a otras muestras de arte egipcio; cerca de otro museo también recomendable, el Old National Gallery (Alte Nationalgalerie), que, aparte de ser un edificio enorme y precioso al lado del río, cuenta con obras de pintores tan insignes como Monet, Degás o Cezanne. Estos dos museos me quedan como asignaturas pendientes para mi próxima visita a la ciudad.

Al salir del museo de Pérgamo nos encontramos con un sol radiante. Para comer me compré unas típicas currywurst, salchichas con tomate y curry que están deliciosas. Después de andar un rato y toparnos con escenarios curiosos, como unas hamacas con Ampelmann pintados frente al río o una familia que parecía sacada de décadas atrás, blandiendo sus instrumentos musicales y mostrando al mundo que unas parejas contribuyen más que otras a elevar los índices de natalidad.
Para el que no lo sepa, los Ampelmann son las figuras de los semáforos de la antigua República Democrática Alemana (la parte comunista) diseñado por un tal Peglau en los años 60, cuando todavía no existía un estándar definido, y con la peculiaridad que, a los colores típicos (rojo, amarillo, verde), decidió añadir la figurita del hombrecillo caminando o con los brazos en cruz, para que el mensaje quedara aún más claro. Seguro que los daltónicos agradecieron el detalle. El caso es que el Ampelmann es tan popular que compite con el muro y el “I love Berlin” en cuanto a presencia en los souvenir, hasta el punto de que he llegado a encontrarme macarrones-ampelmann.

Aprovechando que era domingo, decidimos sumarnos a uno de los planes típicos berlineses: visitar el Mauerpark, un mercadillo enorme donde se encontraban toda clase de objetos: libros, comida de todo tipo, ropa, zapatos, zarcillos… y hasta lámparas con velas.
Nos separamos y yo quedé semiperdida con Noel; escapamos del agobio del mercadillo y nos fuimos a un campo cercano, donde tuvimos la opotunidad de columpiarnos, ver el atardecer y sacarnos fotos intentando saltar al otro lado de lo que creíamos que era EL muro de Berlín, aunque en realidad sólo era un muro de Berlín. Luego nos sentamos en una especie de improvisado anfiteatro, donde había un montón de gente aglutinada viendo como abajo un señor disfrazado de anciano barbudo iba de un lado a otro y los espontáneos se animaban a cantar en un improvisado karaoke con un ordenador portátil y un micrófono. Tras tomar un Crèpe buenísimo y tomar el metro me dispuse a desaparecer para dormir todo lo que no había dormido los días anteriores. Los que se quedaron tuvieron la oportunidad de ver la plaza de Potsdamer, una zona con grandes edificios en la Berlín capitalista, toda iluminada. Por su parte, María volvió con su amigo Javi y estuvo en un ambiente internacional, descubriendo gracias a una griega cosas tan curiosas como que, a falta de líquido de las lentillas, es mejor dejarlas en saliva con sus enzimas naturales que en agua del grifo, que tiene cloro.

Día 3:

El día comenzó con cierta tensión en el grupo español, por el hecho de que no todo el mundo está preparado para salir de excursión con puntualidad alemana.

Noel se erigió como guía oficial y nos llevo hasta el muro de Berlín, denominado “el muro de protección antifascista” por los comunistas y “el muro de la vergüenza” por los capitalistas. Fue contruído en 1961 y se mantuvo en pie hasta 1989, como una extensión del telón de acero, que separaba dos sistemas contrapuestos desde el Mar Báltico hacia el Adriático. No sólo Alemania estaba dividida, también el punto más importante, la ciudad de Berlín, por donde se desangraba la alemania comunista debido al éxodo masivo de gente de un lado al otro. Debido a esto, se construyó el muro, que no es tan alto ni tan grueso como cabría imaginarse, pero, con sus alambres y sus torres de vigilancia, y sus 120 km de extensión, resultaba una barrera real para desplazarse de un lugar a otro.
La zona típica a visitar es la East Side Gallery, con graffitis de temática política y social cubriendo 1,3km de muro. Uno de los más llamativos es, sin duda, el que refleja el beso que se dieron Leonidas Breznev, jefe de Estado de la antigua URSS, y Erich Honecker, presidente de la RDA. (como dato curioso, las pinturas han sido restauradas el año pasado, con un presupuesto de nada menos de 2,2 millones de euros).
Caminando, caminando, llegamos hasta el Checkpoint Charlie, aunque de nuevo nos quedaríamos con la duda de quién demonios es Charlie hasta que el miércoles, en una visita guiada, nos explicaron la historia. También pasamos por un pedazo de muro descarnado y original, junto al lugar donde antaño se encontraba la sede de la Gestapo, donde ahora hay un pequeño museo al aire libre, Topografía del terror, con historias escalofriantes sobre el nazismo.
Me llamó especialmente la atención la historia de una niña judía epiléptica que había sido diagnosticada de “idiotez”, separada de sus padres, y muerta en paradero desconocido.

Nuestra siguiente parada fue el memorial a los judíos muertos en Europa, también conocido como monumento al Holocausto. Es un complejo escultórico inquietante, con losas de hormigón de distintos tamaños y suelo ondulante, diseñado por Peter Eisenman. Realmente, cuando una se adentra entre los pilones, se siente angustia y cierta desorientación. María le ha dado una interpretación paralela interesante: aunque desde lejos todos los bloques parecen iguales, de cerca cada uno tiene un tamaño particular, como particulares eran cada una de las vidas humanas que se diluyeron ante la etiqueta de “judíos”.
Cerca de aquí se encuentra el terreno donde se encontraba el búnker donde Hitler supuestamente se suicidó, aunque no conoceríamos la historia en profundidad hasta nuestro último día en Berlín, cuando Cristian y yo decidimos hacer la visita guiada.
Comimos sobre los pilones, María, Cristian y yo, con Hiroko, una caja de noodles con pollo; ella, muy a lo japonés, sentada de rodillas y comiendo con palillos y, de postre, café y bollos del Dunkin Donuts, que aún no se encuentran disponibles ni en Copenhague, ni en Tokio.

Como añadido, comentar que éste no es el único monumento conmemorativo; por ejemplo, al lado del Tiergarden, que viene a ser el Central Park de Berlín, hay una cruz con unas antorchas que también hace alusión a los judíos muertos. Dicen que los alemanes, a diferencia de los españoles, no quieren dejar enterrada su historia, sino tenerla presente para no cometer nunca más los errores del pasado. Mientras en España siguen habiendo muertos en las cunetas, y símbolos con reminiscencias franquistas, en Berlín poco o nada queda de los símbolos de enaltecimiento del nazismo.

El lunes también ocurrieron otras cosas curiosas como que, la cámara de Cristian, ante un golpe, se convirtió temporalmente en una Lomo, captando en las fotos la belleza de lo imperfecto (es una forma de ver el lado positivo a la avería). Por otro lado Aitor, no dejó de repetir que, para un día que amenazan lluvia y el se viene vestido para la ocasión, hace sol y, encima ¡¡Qué se le había olvidado su fantástica cámara de fotos!!. Al día siguiente dejaría sus zapatillas en la ventana, justo cuando empezó a llover, y entonces la frase fue, en el comedor, con zapatillas de dormir: “¡¡Menos mal que son Goretex, que si no me veo por Berlín en chanclas!!”.

En la tarde de ese día decidimos entrar al Reichstag o el Parlamento alemán, al que se puede entrar gratis y que también cuenta con audioguía en español. El edificio del Reichstag es de estilo neorenacentista y fue construído el en siglo XIX. Cada uno de sus torreones representa un reino: Prusia, Baviera, Württemberg y Sajonia. No obstante la cúpula de vidrio es más reciente. Fue diseñada por Norman Foster como símbolo de la Reunificación alemana en el año 1933, con la reconstrucción del Reichstag al decidir trasladar la capital de Alemania de Bonn a Berlín. Desde la cúpula, que supuestamente busca reflejar la transparencia del sistema democrático, se puede ver, si se mira hacia abajo, la sala del parlamento, con el Bundesadler o águila imperial, símbolo de Alemania, y un montón de sillas azules; no obstante, si se mira alrededor, se tiene una vista preciosa de la ciudad de Berlín y, si se presta atención a la audioguía, una descubre cosas como que la primera piedra de la Filarmónica de Berlín fue depositada por Von Karajan o que en uno de los edificios que se ven si una otea el horizonte, Robert Koch descubrió el bacilo de la tuberculosis.
Los tres “Rockwell” estuvimos esperando un buen rato fuera del Parlamento, con una amiga de Sara (parecía que todo el mundo tenía amigos en Alemania), mientras el grupo Korallen descubría cosas tan inesperadas como que si uno tira un papel a la cúpula éste se eleva como si no hubiera gravedad.

Cuando cayó la noche, nos deplazamos hasta Oranienburguer con la inteción de ver la casa Tacheles, el edificio okupa más famoso de Berlín. Aunque alguno que otro encontró el lugar asqueroso, o inquietante, a mi me encantó. Era un edificio decadente lleno de pintadas y con algunas muestras de arte alternativo, eso sí, no precisamente al alcance de todos los bolsillos. Una figurita de nada costaba unos 450 euros. Sin embargo, el ambiente no tenía precio: un sudamericano desgreñado tocando la batería por un lado, un pintor loco sonriente dando pinceladas por otro, o un español explicando cómo viajar de un lugar a otro a través de Internet, diciendo a dónde se quiere ir y pagando un pequeño porcentaje del viaje a quien se ofrezca a llevarlo en coche.

No he podido resistir bucear un poco en Google y me he encontrado con que, a pesar de los intentos de desalojo y la deuda de miles y miles de euros que tienen los okupas de esta casa, aún sigue en pie. El edificio, una mole ruinosa ubicada en el céntrico barrio de Mitte, fue levantado en 1909 y llegó albergar a prisioneros franceses durante la guerra y, en la época comunista, sirvió como depósito de materiales. Además, durante mucho tiempo fue un centro de resistencia ante la mercantilización del arte y un núcleo de las vanguardias artísticas aunque hoy se encuentra en decadencia y la mayoría de sus visitantes son turistas.

Al final del día, Cristian y yo nos fuimos por nuestra cuenta y nos unimos a María, que nos llevó a comer lo que podría considerarse como el mejor Kebap del mundo. En un puestecito modesto, que parecería insignificante, había apiñado todo un caudal de alemanes, salivando como perros de Pavlov ante el olor de las delicias turcas, que en este caso, aparte de la típica carne, tenía un montón de vegetales, 3 salsas a elegir, papas asadas dentro, queso blanco y un chorrito de limón. toda una delicatesen y encima, a módico precio.

Corriendo porque, como siempre, llegábamos tarde, quedamos con Xavi, el amigo de María, que está en Berlín estudiando. Xavi vive en un piso con gente internacional y con un rollo muy hippy: la gente va y viene y paga un pequeño porcentaje y, además, como acción de rechazo a un sistema que derrocha kilos y kilos de comida en perfecto estado cada día, practican el DUMPSTER DIVING. Esta práctica, surgida en los Estados Unidos, consiste en meterse en los contenedores de basura en busca de los stocks de comida, muchas veces en perfecto estado e incluso precintadas que las grandes fábricas tiran a la basura. A eso nos dispusimos nosotros el lunes por la noche, desplazandonos hasta la fábrica de Kamps, una dulcería con un montón de manjares. En la oscuridad y con una linterna, abrimos un enooorme contenedor y nos dispusimos a bucear entre los dulces, en perfecto estado y a llevarnos en unas bolsas suficientes bollos como para poner al tope nuestros índices de glucosa en sangre.

Como guinda final para ese día tan agitado, Xavi nos llevó a un bar muy peculiar en Oskreuz, decorado con lámparas de velas, con muchas bombillas fundidas, y capas de tela peluda negra en las paredes, y un ojo con sombrero de copa, y velas sobre cera fundida encajadas en las bocas de unas botellas. Bebimos una “fucking good bavarian beer”, mientras Javi tocaba en un piano que había por allí sus propias composiciones. Después la camarera, que también tenía un cierto aire vampírico, nos invitó a un chupito de Jägermeister.

Antes de marcharnos, por dar un paseo, fuimos a ver un bar con decoración comunista. No tenía desperdicio; para empezar, a la entrada, una se encontraba como recibimiento a Lenin.

Empezó a llover, y decidí hacer uso de mi impermeable azul del Tiger (no lo compren, es una bolsa de basura que les deja con un aspecto tan marcadamente ridículo que cuando alguien les vea por la calle va a sonreir burlonamente). Para volver a casa creímos haber perdido el tren y, Cristian y yo, pasto de la desesperación decidimos subirnos al tranvía con Javi y María, en busca de cobijo. Los tranvías de Berlín tienen su nosequé misterioso; en los mapas turísticos una puede ver el mapa del metro y el del tren, pero los mapas del tranvía sólo están disponibles al márgen mismo de la vía. De casualidad, descubrimos que estábamos en una parada llamada Landsberger Alle, supuestamente cerca del hostal. Nos bajamos y, tras caminar largo rato bajo la lluvia, desorientados, y preguntar a un ciclista con cara de asesino psicópata, con sus gafas empañadas por las gotas de lluvia, conseguimos arrivar a la calidez reconfortante de nuestras camas.

*Para mañana ya, el final de la historia.

Expresión alemana del día: Clever popper, lo que quiere decir algo así como “polvo chachi”.

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