Göteborg en un día

Hoy es uno de esos raros días en que mi habitación estaba ordenada y limpia; pero mi armonía emocional debe chocar con las reglas del Fen Shui y los flujos de energía porque he tenido una pesadilla angustiosa en duermevela y me he levantado con la necesidad infantil de salir corriendo. Como no es factible, aquí estoy, a la 1.30 de la madrugada, escribiendo, con una montaña de papas fritas que le he robado a María y, ahora sí, tras buscar mis gafas por los lugares más recónditos de mi maleta de viaje, con un montón de ropa tirada por los suelos.

Les cuento que, el martes por la tarde, Yannick y yo decidimos escapar. ¿Dónde? No era lo importante. Pero decidimos, no muy lejos, no muy cerca, y no muy caro, y el destino que se impuso fue Göteborg, la ciudad más importante de Suecia después de Estocolmo. A nivel turístico tiene poco que ofrecer, y más en invierno, pero es un lugar agradable donde pasar el fin de semana y, punto importante, más barato que Dinamarca. (1 euro = 7 coronas danesas / 9 coronas suecas).

Decidimos escapar sin decirselo a nadie, por ese encanto que tienen los secretos compartidos, y quedamos en la estación de Trekroner a las 15.00. Fue divertido escapar de Rockwool sin hacer ruido. A las 17.59, ni un minuto más, partió otro tren de Copenhague a Göteborg, haciendo escala en otros lugares conocidos, como Kastrup o Malmö. Pero antes, derramé medio vaso de café por los suelos de un supermercado, detalle del que me alegré cuando llené una bolsa de esos adictivos manises con chili y tuve que pagar 40 coronas (casi 6 euros). Me vengaré.

El tren iba sospechosamente vacío, pero poco a poco fue entrando gente a cuentagotas. Llenamos el trayecto jugando a ese juego de colegio en que dices una letra y tienes que llenar: Nombre, Ciudad, Comida, Marca… (Name, City…) y viendo Antes del atardecer (Before the Sunset) riéndonos del personaje y, como dijo mi compañero de viaje con cara de sueño y poniendo morritos: Too much talking!!. Para compensar, a la vuelta hemos venido viendo “El nuevo mundo”, de Terrence Malick, que, para que nos entandamos, es la historia de Pocahontas, y aquí es todo lo contrario, “a lack of talking”, en mi opinión.

Göteborg nos recibió, 3,5 horas más tarde, con una densa tormenta de nieve. Tras vagar una hora por la ciudad y pasar por delante del cine, del ice hockey arena, museos, etc. llegamos a nuestro hostal: Göteborgs Vandrarhem. Cerrado y nadie en recepción. Por suerte y por pura casualidad, tenía conmigo el movil español (el danés no funciona fuera de Dinamarca).

Llamamos varias veces y nos decían que no había reserva a mi nombre. Al final, después de decir que la reserva fue hecha a través de http://www.booking.com, la cosa cambió. Menos mal, porque yo ya estaba buscando con la mirada en la calle cuasi desierta algún alma cándida que me proporcionara el número de la policía. Pero aquí no acabó la cosa; la conversación (por la que espero una astronómica factura) siguió largo rato; no, nadie vino a abrir la puerta; la señora con acento raro al otro lado del teléfono dijo una serie de códigos que abrieron la puerta de la recepción; otra serie de códigos para la puerta interna; y otra serie de códigos para una taquilla en la que se albergaban las tarjetas para abrir las habitaciones (cada una se abría una vez).

Primero nos dijeron habitación 49, porque además en las tarjetas había posits con dicho número. El pasillo solo llegaba hasta la 48… al rato encontré la 49 literalmente dentro de la estancia acondicionada como cocina (microhondas, cafeteras…). Extraño. Pero bueno, el caso es que las tarjetas con los postits del número 49 abrían la habitación 19. Al fin, dos horas después de llegar a Göteborg, teníamos techo y, además, un tupper con tortilla e Internet disponible 🙂 .

Por la mañana descubrimos el problema con la reserva. Fallo mío, que mandé dos emails de información a dos hostales diferentes y, después, reservé en este otro; entonces, cuando recibí aparte del email de confirmación de booking, otro del propio hotel, dije que anularan la reserva. Pero sin más. La recepcionista nos perdonó el error y nos recomendó ir a la reserva natural Slottsskogen, porque según ella el centro de la ciudad era aburrido; pero como no queríamos pagar tranvía preferimos simplemente pasear por los 2 km de la Kungsportsavenyn.

El palizón bajo la nieve de la noche anterior se compensó con una mañana inusitadamente soleada, pero fría, eso sí, en la que paseamos por las anchas calles de Göteborg, con una cantidad de luz que hacía mucho mucho tiempo que no veía. Sólo con este detalle, sobran motivos para ser feliz. Vimos desde fuera también Liseberg Park, el parque de atracciones más grande de Escandinavia, que lucía de noche engalanado con un montón de lucesitas navideñas. Eso sí, me quedé con la pena de ver el jardín botánico y entrar al museo de las cultural del mundo que, además, es gratis.

Me sorprendió descubrir que Göteborg, aparte de ser la sede de la fábrica Volvo y tener muchos de los viejos carromatos de esta marca circulando por sus calles, tiene su tranvía y su ríos (el Göta älv, que desemboca allí), y unas calles empedradas que me recordaron un poquitito a Oporto, pero con un aire más lustroso y cubierto de nieve. También tenía su faro, cuya luz se adivinaba de noche, a través de la densidad de la nieve que no cesaba de caer, y su propio London Eye, con una noria blanca a la que no le vi mucho sentido, pero ahí estaba. Tenía también su puerto con agua color café, en la que no se podían adivinar los peces; si es que los había, dada la gelidez del agua, sobre la que se acumulaban montoncitos de hielo y que, seguro, en breves estará completamente helado, como los ríos de la propia ciudad o el lago de Trekroner.

Cuando los pies ya no nos respondían, nos fuimos a un centro comercial y nos dimos el lujo de comer en un buffet chino (por 7 euros, comida y refresco), y nos pusimos morados a rollitos de primavera, pan de gambas, ensalada con brotes de soja, y todas esas delicias. Tenía una ventaja el chino y es que te daba acceso gratuito al baño que, cuando no tienes 5 coronas suecas en efectivo para echar en la ranurita que hay en la puerta de todos los aseos, incluidos los del Mc Donalds, es de agradecer.

Después de tener otro accidente con la máquina de café (al querer echar leche lo que hice fue echar por un lado café y por otro café con leche, inundar la máquina y tener que pagar dos vasos cuando solo llené uno), tocaba volver al tren. Vimos el ocaso en movimiento, sobre las blancas llanuras suecas, salpicadas de casitas acondicionadas para el invierno y en las que destacaban las enormes cristaleras que usan para capturar la escasa luz que suelen tener en invierno. Cuando nos quisimos dar cuenta, ya habíamos cruzado el Báltico y estabamos de nuevo en Copenhagen Central Station, con esa felicidad exhausta que dejan los viajes.

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