Mezcolanza y mudanza

Tengo ganas de escribir, aunque no se muy bien sobre qué. Supongo, como estrategia inconsciente para postergar el momento de encerrarme en la biblioteca, desperdiciando las pocas horas de luz que tenemos encapsulando conocimiento en la región cerebral de la memoria a corto plazo.

Ha vuelto a salir en sol en Trekroner, ha llovido y se ha derretido la mayor parte de la nieve. Vuelve a haber verde en los alrededores del lago; lo que es más, vuelve a haber lago donde hace unos días solo había una masa informe de nieve.

Ya hemos pagado Virginia y yo el depósito del piso; y hemos acordado que ella se quedará con el precioso salón con la colección de DVD japoneses y las espadas láser; y yo con el dormitorio, con la cama móvil y las figuritas de Mickey Mouse en sus buenos tiempos, cuando era un marinerito en blanco y negro. Al menos esa será la distribución temporalmente. Desempolvaremos las dos sillas fuccia para poder comer en la cocina, y quitaremos del alcance de nuestra torpeza los objetos más delicados, como la mesa de cristal del living room. Además (atención, futuros visitantes), a casa se entra ahora en calcetines; nada de zapatos. Al modo danés.

Mi habitación de Rockwool se va vaciando paulatinamente, y me pregunto, al igual que el primer día, cuántos momentos habrán cobijado estas paredes, cuántos odios, amores, borracheras… de quién era el olor de estas sábanas antes de llegar yo, y quién, en su primer día en Trekroner, vio el atardecer naranja desde mi ventana. ¿Qué postales o fotos colgaría en el tablón azul? ¿Tendría las estanterías tan huérfanas de libros como las mías? “Mis” cosas. Sigue sorprendiéndome la capacidad de hacer nuestros los lugares, en tan cortos periodos de tiempo. He tenido siete habitaciones distintas en menos de cuatro años, y todas las sentía mías. Aún cuando, de nuevo, mi ventana y mi cama ya nunca más serán mías. En realidad, nunca lo fueron. La sensación de propiedad de nuestra vida Erasmus es sólo un espejismo. Nuestra vida aquí es como un préstamo, el Demo de un juego que se acabará en el primer nivel. Solo me quedan cinco lunas más en Trekroner y no puedo dejar de preguntarme qué trascenderá de esta efímera experiencia. Los buenos amigos, espero.

La mudanza de casa es también el comienzo de una nueva fase en esta experiencia; pero nada volverá a ser lo mismo; volveremos a la fase embrionaria de un mundo distinto (en tanto que el mundo es tu casa, tu rutina y tu gente), igualmente transitorio. ¿Qué hemos aprendido? ¿Qué quedará para siempre? ¿Somos lo que éramos o hemos cambiado? Como en el símil que hacíamos el otro día, quizás nos hemos podrido por dentro como Dorian Grey… o a lo mejor hemos aprendido algo. Es difícil saberlo aún, por eso de que los cambios profundos, como el buen café, se cuecen a fuego lento.

Bueno, como siempre, me empiezo a enrollar como una persiana. No quiere aburrirles, sólo les escribía porque, en mi ejercicio de “Procrastination” previo al estadio estudio, he encontrado un par de artículos interesantes que quería compartir por si, como yo, pueden darse un rato el capricho de la divagación mental y el hipertexto, antes de ser productivos y cumplir con las obligaciones cotidianas.

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(La mudanza/ Rosa Montero: http://www.elpais.com/articulo/ultima/mudanza/elpepiult/19970325elpepiult_1/Tes?print=1)

(…) Atrás queda la casa, obscena en su repentina desnudez de muebles, reverberante de ruidos familiares. Atrás dejas siempre una pizca de ti, un pedazo de tu sombra.
Pero además de caos y desconcierto, en toda mudanza hay un espejismo de renacimiento. Bien, te dices: en la nueva casa tendré siempre todos los armarios ordenados, y me levantaré antes, y me organizaré mucho mejor. En la nueva casa me libraré de los trajes, los pensamientos y los comportamientos inútiles, insistes en el ensueño, cada vez más encendido de proyectos. Y veré más a mis hijos, mis perros, mis amigos; seré más laborioso, más alto y más feliz, disparatas ya en pleno delirio, porque la ambición humana es infinita. Qué excitante es esa breve fantasía de renovación: llegas a creerte capaz de reinventarte. Después, claro está, caerá sobre ti la realidad, y dentro de un año tu casa volverá a ser la misma de siempre, el lugar de tus manías y tus rutinas. Y en estas pequeñas cosa se va yendo la vida.

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(Los viejos reporteros/ Arturo Pérez Reverte: http://arturoperez-reverte.blogspot.com/search/label/1994-42%20Los%20viejos%20reporteros)

Ya no quedan. Y de los que una vez lo fueron, estamos enterrando a los últimos de Filipinas. De vez en cuando llegan cartas de jovencitos, de esos que duermen mal y sueñan despiertos, preguntando cómo se hace. Pero ya no se hace. Ahora hay periodismo serio y equipos de investigación, y se adiestran robots con la minga fría, conectada a un ordenador. Ahora incluso, creo, hay una asignatura de ética profesional en las facultades. Ahora todos tenemos la Certeza con mayúscula sentada en el hombro y la obligación de ser responsables, la misión de liderar opinión, salvar la democracia, garantizar la libertad de expresión y cosas así. Ahora, periódicos y periodistas se toman tan en serio a sí mismos que aburren a las ovejas. Así que, aburridos, los viejos reporteros van y se mueren. (…)

Firma que fue, por otra parte, su único patrimonio. Porque vivieron siempre a salto de mata, dando sablazos a los directores y a los amigos, trampeando y bebiéndose la vida a chorros, quemándola cada día entre el plomo de las linotipias. Fueron golfos, puteros, tahúres, escépticos y resabiados, pero los redimía siempre aquella manera de salir disparados sin decírselo a nadie cuando olfateaban la noticia, la pasión violenta con que vivieron la vida que habían elegido vivir. Nunca, que yo sepa, pretendieron hacer nada trascendente, convertirse en líderes de opinión o en misioneros salvapatrias. Su adversario fue siempre la Autoridad, bajo cualquiera de sus formas, y con ella se echaban un pulso diario. La objetividad les daba mucha risa, y jamás la estricta realidad les estropeó un buen reportaje. En cuanto a la popularidad, les importaba un carajo salvo por el dinero que podía producir. Fueron honrados mercenarios de la noticia, capaces de vender la virginidad de su hermana por una exclusiva, pero leales hasta la muerte a sus amigos y al periódico, a la cabecera que les daba de comer. (…)

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(Un niño / Maruja Torres: http://www.elpais.com/articulo/ultima/nino/elpepuopi/20101209elpepiult_1/Tes)

(…) Alarma, papeles, controladores, Ejército, Congreso, treinta y dos años, Constitución, todos al suelo, crisis, desempleo, la culpa es de este, la culpa es del otro, de lo que hace este, de lo que hace el otro, Assange detenido por no ponerse condón, el Papa libre, lo que el embajador les dijo a sus jefes, inundación. Sí, claro, inundación de noticias, avalancha, estoy hasta el gorro de lecturas obligadas, si quiero ponerme al día no puedo dormir.

Pero no. Mundo real. Agua, desolación, ruina, muerte. Contra mi costumbre, seguí atenta a la radio durante el resto de la mañana, a la espera del rescate de un niño. Cuanto escuchaba perdía resonancia, solo aguardaba a que alguien produjera un milagro. No ocurrió así, y decenas de frases manidas e indignadas me vinieron a la cabeza, esas frases absurdas sobre la inexistencia de Dios, o sobre su pérfida permisividad en el caso de que exista.

Llorando como una ciudadana me enteré de la desgracia de esa pobre familia. Al cabo de un rato comprendí que también lloraba de miedo. Temo el día en que los ciudadanos escuchen las noticias como si fueran periodistas verdaderamente curtidos.

Luego hice algo muy sencillo, que suelo poner en práctica cuando necesito aliviar mi corazón. Miré a mi perro y me alegré cuando le vi mover la cola.

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