Odisea aeroportuaria

-¿Que te pongo, guapa?
-Em… ¿Cuánto es un café con leche?
-1,75 por ser tu.
-Eso mismo.

Mientras prepara el café, el camarero de una de tantas cafeterías del aeropuerto de Madrid Barajas empieza a hablar con su compañero de las nuevas compañeras de trabajo y de su vida en general, con una voz muy dicharachera, muy de tasca española.

-¿Te apetece algo más…?
-No, gracias.
-¿Drogas, sexo, rock and roll?

Le dedico una sonrisa cansada: “No a estas horas de la mañana…”

-”Estas horas son las mejores”- dice, con la mayor de las convicciones.

Yo saco el dinero de la cartera y le doy las gracias. Al menos no morir de fatigas en el aeropuerto de Barajas sale más barato que en la ciudad de Copenhague. Él me dice: “Gracias a ti, ¡guapa!”, y se vuelve a enfrascar en la conversación que tenía con su colega.

Si, como han podido deducir, sigo en el aeropuerto; pero al menos, estoy en España.

Les cuento la historia de mis últimos fracasos:

Para empezar el viernes noche fui a ver un estudio en Copenhague. 3500 coronas (470 euros), sin Internet, a una hora de la universidad, pero cerca del city center. ¿El problema? La dueña es una mujer, con todas las letras, pero con personalidad adolescente. Lleva dos meses de relación con su nuevo novio y quiere irse a vivir a la casa de él. ¿Qué pasaría si fracasa la relación? Pues que esta que les escribe, sigue sin casa. Los altos índices de divorcios y separaciones en las fechas del mazapán, pese a los tópicos románticos del muérdago en las películas, son una señal bastante desesperanzadora.

De malas pulgas, exhausta, me he pasado mis últimos días en Rockwool aún más, inmersa en mi micromundo, con acceso restringido salvando a muy pocas personas. Necesitaba descansar y no veía el momento de que fuera domingo 19, para empezar mi circuito aeroportuario y volver a la navidad veraniega de Canarias, a la buena comida, a mi habitación (la de verdad, la que nunca cambia), y mi gente de siempre.

Así pues, a las 5 de la mañana del 19 de Diciembre, abrí los ojillos y me dispuse a abandonar Rockwool, sin despedirme de nadie. Odio las despedidas con toda mi alma porque, cuando son protocolarias, me aburren y me incomodan, y cuando son de verdad, me hacen llorar. Solo tuve que decir un “See you soon” al adormilado Yannick, con los ojos verdes semicerrados y los labios hacia afuera.

La escalera que sale de la Blue Tower, que, según mi madre, parece una iglesia, estaban completamente cubiertas por la nieve. Subí como pude la rampa nevada y resbaladiza asida a la barandilla, cargando unos 5 kilos a mis espaldas y 15 en la maleta de ruedas, y un abrigo que también cuesta su esfuerzo llevarlo. Seguí el camino que, como es lógico un domingo de madrugada, lucía todo blanco ante la tenue luz de las farolas, con la nieve virgen que a la mañana siguiente, o el lunes, mancillaría el quitanieves. Cuando, al fin, llegué a la estación, descubrí que el tren que, según la página de trenes (www.rejseplanen.dk) salía a las 5.45 am, era una fantasía. El primer tren salía 40 minutos después, a las 6.21 am. Así las cosas, me encerré sola en el cubículo de cristal de la estación, notando como minuto a minuto me iba calando el maldito frío de x grados bajo cero.

A la llegada al aeropuerto de Copenhague (Kastrup) me encontré con una enorme cola en la Drop off luggage, o como se llame ese mostrador para dejar las maletas cuando has hecho el check in. Tan grande era la cola que la gente empezó a colarse y una señora enfurecida le dijo a otra con aspecto de leedora de cartas o hechicera mora: “What are you doing? Is this the way that you do the thing in your country, ah? Go to your country then!!”. La señor rara usó el truco más viejo de la historia, se hizo la sueca y contesto algo en su propio idioma, como si no entendiera un carajo. Al poco empezaron a aparecer operarios del aeropuerto y a gritar. La situación era un poco menos caótica en la zona de control pero al final, conseguí llegar a la puerta de embarque justo cuando la gente empezaba a subir al avión. Me tocó sentarme al lado de la salida de emergencia, y por tanto abandonar mi abrigo y mis cosas en el casillero de arriba para no colapsarla. Entraba frío y, a veces, caían gotitas de agua desde el orificio de apertura de esa puertecita de 20 kilos que se supone, sería nuestra salvación en caso de accidente. Este detalle resultaba bastante inquietante, pues en mi mente propensa a la imaginación, la puerta caía y yo salía despedida al exterior, chocando con las alas para posteriormente abandonarme a una caída libre de miles de pies de altura en la que, posiblemente, perdería el conocimiento. A pesar de esto, alrededor de 3 horas, 3 horas y media después, aterrizamos en Madrid, a 9ºC y sin nieve. El paraíso terrenal.

Tras recuperar mi maleta y buscar el nuevo mostrador de facturación, me dedico a pasar el puesto de control. Estaba un poco decepcioanda, porque mis amigos me habían dicho que a lo mejor se venían al aeropuerto con unas pizzas y para comer aquí todos juntos, pero no me habían dado señales de vida. Ya dentro del área de embarque de nuevo, buscando un sitio donde hallar algo de sustento económico para el cuerpo, recibo una llamada de Pablo. Todos en camino; de hecho Candela, la compañera de piso de Priscila, ya estaba en la T2. ¡¡Malditos!! ¿Cómo se les ocurre venir sin avisarme? Plan abortado: “Ahora no puedo salir”.

Así las cosas, me compré una coca cola y una ensalada por 10 euros, con todo el dolor de mi bolsillo y me la comí mascando mi soledad. De 12 am a 5 pm tenía que hacer tiempo, así que me puse a ver “The Inception” en mi portatil. Después, cuando ya tocaba embarcar para Lanzarote, me encontré con Yurena, una futura compañera de profesión con la que, aún me acuerdo, fui en busca de consejo justo antes de decidir si quería o no irme a Madrid a estudiar a la Complutense.
Bla bla bla, jiji, jojo. “Mira, mira, ¿no es esa la profesora de religión?”. “¿No es esa Bea?”. “¿No es esa Berta Collado, la de La Sexta”. Siempre hay gente conocida a todos los niveles en estos vuelos a Lanzarote. Me contó la propia Yurena que una vez le tocó sentada al lado de Vicente del Bosque.

Ahora viene lo divertido. Cambio de puerta. Espera. Cambio de puerta otra vez. Espera. Y… Cancelación. Chistoso el motivo: Mal tiempo. De Lanzarote dijeron que era el único vuelo cancelado. Ya me parecía a mi extraño que, cuando fui a facturar en Easyjet, el operario me dijo con cierto retintín: “Gracias. Que te diviertas”. ¡Si señor!, me lo pasé pipa. Sobre todo cuando nos dijeron que las maletas las recuperábamos en una sala, luego en otra y luego en la presunta cinta adecuada habían maletas que no eran las nuestras, y estuvieron girando durante cerca de una hora. Una chica de mi pueblo, también despierta desde las 5 de la mañana, volviendo de su Erasmus en Roma, me acompañó y me suministró sugus, fantásticos para templar los ánimos.

La cola de reclamación era kilométrica. Se supone que hay una huelga encubierta porque ya a mi madre le suspendieron el vuelo hace cosa de 10 días, y había más gente perjudicada de otros vuelos, también con otros destinos (Fuerteventura, Francia…). Se supone que nos iban a llevar al hotel Auditorium, de muchas estrellas, y que nos darían de comer; pero un operario del aeropuerto y otro de Aena, y una típica pija madrileña que repetía “A eshto no hay derecho, estoy haciendo un video para que todo el mundo lo vea”, me dijeron que lo del hotel era antes, que ahora no estaban poniendo.

Llegada a un punto de colapso mental, cargada con las malditas maletas, decidí regalarme como capricho de reyes un taxi que me llevara a Moncloa, casa de Pris (Gracias por acojerme y darme de cenar papilla con cereales y miel, estaba muy rica 🙂 ). 30 euros y 15 minutos después estaba refugiada de mi huída fracasada.

Cuando iba en el taxi, miraba por los cristales y veía las luces de la Gran Vía, y tanta, tanta gente, corriendo de acá para allá, en un éxtasis de estrés, movimiento y… ¡Vida!. De repente, eché de menos las tiendas asequibles, el clima que permite los paseos, las tapas y hasta el metro. No se qué sea de mi vida el próximo semestre, pero si se que Madrid ha ganado en estima ahora que he descubierto tantas cosas que pueden echarse de menos.

Como anécdota del día, cuando ponía la reclamación a la compañía, Berta Collado me pidió que le cediera el bic que yo había utilizado, para proceder ella a hacer lo suyo. Yo, más feliz que un regaliz al constatar que muchos de nuestros mitos de belleza televisiva son también bajitas.

Así las cosas hoy, tras un viaje en metro más o menos pesado y otra cola en facturación y en control, espero que mi vuelo, ahora con Air Europa, salga en su hora. Tendré que esperar una hora en el aeropuerto de Guacimeta hasta que puedan ir a recogerme pero oigan, después de eso, me espera un plato de pulpos que me va a devolver la alegría al cuerpo.

No se si Easyjet provió a la gente de hotel, solo se que mi nuevo vuelo estaba previsto para mañana, y que hay gente que lleva esperando desde el viernes para volar. Espero recuperar mi dinero… pero bueno, son riesgos del bajo coste. El disgusto de hoy se compensa por tantas veces que he volado Madrid-Lanzarote ida y vuelta por 30 euros. (confirmado a posteriori: no ofrecieron hotel)

Ahora, chiquetes, si me disculpan, voy a terminar de ver “The Inceptión” y espero que la próxima vez que escriba, sea desde 4000 kilómetros al sur, en pleno proceso de fotosíntesis.
Mucha suerte a todos en su operación retorno!!


http://www.cuantocabron.com

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One response to “Odisea aeroportuaria”

  1. vicky says :

    Silvyeeeeee!! no!! otra odisea en el aeropuerto!! no ganamos para disgustos y nervios!! ajja Bueno todo solucionado!! nos vemos hoy!! un besitooo

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