La magia de creer

El hombre es un ser organizado especialmente par creer. Cuando no puede creer en Dios, (por indigestión de ciencia), cree en cualquier otra cosa: en un tabú, en un número, en un augurio, en la espuma del café. .- Amado Nervo

Anoche en la mayoría de los hogares españoles, cada miembro de la familia dejó un zapato bajo el árbol que, esta mañanita temprano, ha amanecido rodeado de paquetes. ¡Magia!. Ya han llegado los reyes… Ayer, en una de esas pobretonas cabalgatas que se hacen en los pueblos, la cara de ilusión de todos esos niños ante los tres monarcas me trajo una nostalgia primitiva.

Tanta era de la información y tanto capitalismo nos está volviendo unos esclavos del materialismo. Y eso es algo que se ve en las calles desde finales de noviembre, cuando las luces navideñas anuncian que ha empezado la temporada álgida de consumo y se percibe el estrés en todas las miradas. Hay que comprar porque sí, porque todos lo hacen. Hay que comprar algo, aunque no haga falta. Y cada año más caro. Y además, hay que competir con los demás: “Mira lo que le trajeron los reyes a mi hijo”. Y a veces, el encanto del intercambio se ve viciado de costumbre y de compromiso, pero no de vínculos reales de cariño. Pero por suerte esto es algo que no perciben conscientemente los chinijos, ajenos a los engranajes de la tradición, que se hunde en la religión cristiana y del consumo, y que practican los creyentes tanto como los escépticos más recalcitrantes.

Recuerdo que cuando era niña, me dejaba embaucar por la publicidad, con esa musiquilla pegadiza y esos niños que parecían pasárselo tan bien tras la pantalla. Hacía mi carta empezando por el “Queridos Reyes Magos, este año he sido muy buena…” y de hecho, a veces, en cualquier periodo del año, me recuerdo a mí misma pensando “Mira esto Baltasar”, del mismo modo que a veces hablaba con ese ser abstracto que estaba arriba y que se hacía llamar Dios (sí, ése que pintábamos en las clases de Religión con una barba blanca y un triángulo sobre la cabeza, a veces, andando sobre una nube).

El ritual anual consistía en ir a la cabalgata de reyes y quedarme pasmada especialmente con Baltasar, majestuoso en su camello y, en aquellos tiempos, con un color de piel algo sospechoso (como no había comenzado el boom de la inmigración, había que pintar de negro con ceras de carnaval a algún blanquito). Pero la fe en la magia mitigaba toda sospecha de engaño. Cargada de caramelos volvía a casa y me pasaba la noche sin dormir, y me levantaba de la cama al alba con hormiguilla en el estómago. Una vez, recuerdo, sus magestades los RRMM de Oriente decidieron hacer uso del baño de mi casa, y cuando salí corriendo para verlos, oí sus pasos alejarse, pero no oí ninguna puerta al exterior. ¡Los reyes fueron a mi baño y luego se desvanecieron!. Qué feliz ingenuidad.

Una vez despojados de sus envoltorios, aparecían Mosaiconova, y otro de esos cacharros de la serie Nova para hacer un mini vivero; luego estaba el cocolin que se hacía pipí; las barbis que me aburrían someramente y acababa cortándoles el pelo hasta dejarlas calvas o pintándoles los labios con permanente negro y los ojos con tipex. También alguna vez apareció una bicicleta… o, (ay, que entrañable), el ordenador Pitagorín, con juegos de palabras, y de números y al que le podías comprar un cartucho para hacer las actividades en inglés. Un microscopio para ver las alas de una hormiga voladora. Un telescopio que era poco más que una lupa con un catalejo integrado. Los patines de cuatro ruedas. El casette de las Spice Girls. El barco pirata de Play Movil. La caja de magia Borrás. Una maquinita que servía para fabricar tus propios bombones de chocolate…

Esos juegos tuvieron su impacto, pero la mayoría estaban destinados a quedar olvidados en un rincón dado que no resultaban tan excitantes como parecía cuando los anunciaban en la tele. Viejos tiempos, una necesitaba de la compañía de los padres o la ayuda de los amigos para poner a funcionar algunos de estos complicados artilugios. Hoy en día lo que más se vende son videojuegos, que sumergen a los niños en su propia burbuja y en un mundo virtual cuando, allá afuera, hay un montón de cosas emocionantes por experimentar. Y más aquí en Lanzarote, con una temperatura de 21ºC en pleno Enero.

En cualquier caso, todo esto dura apenas unos pocos años, hasta que te enteras, como en un devastador efecto dominó, que el ratoncito Pérez, los RRMM y ese gordo vestido de rojo que ahora ha decidido venir a repartir regalos también a las regiones subtropicales, eran fruto de un complot social para engañarte, para aprovecharse de tu capacidad para creertelo todo. Supongo que para muchos empezó ahí el proceso de desengaño que duraría casi toda la vida, con todos los grandes mitos, el de la religión, las utopías políticas y, también, la familia, los amigos y el Amor con mayúsculas. Qué feas palabras la relatividad, el materialismo y el desengaño. Qué morriña por aquellos tiempos en los que no estábamos preparados para descreer la magia.

Anuncios

Etiquetas: , , , , , , , , ,

2 responses to “La magia de creer”

  1. Sonia says :

    una vez más vuelve a encantarme!! soy tu fan blogera nº 1 xD

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: