Como princesas

Hoy hemos hecho día turístico Bea, María y yo. Camuflada entre la niebla copenhaguesca hemos quedado para ver Christiansborg, la residencia de los reyes daneses. Ellas han entrado con Copenhagen Card, yo he tenido que pagar 60 kr (con descuento de estudiante), porque la mía me la requisaron en el tren el mismo día que me quedé sin piso en Diciembre.

Es curioso. Una tiene que ponerse unos protectores de plástico en los zapatos para no estropear el suelo y, en teoría, no se pueden sacar fotos, pero nosotras nos saltamos la regla. Es un lugar bonito de ver, además, abajo, hay unas ruinas y suelen tener exposiciones: cubertería real, vestimentas típicas de la realeza en otros siglos…

Lo que más me gustó fue una zona con unos tapices que representaban los momentos más marcados de cada siglo con una potencia cromática que, sólo de verlos, mareaba. El del siglo XX era especialmente llamativo, a lo mejor porque era el único en el que podíamos distinguir algunos personajes: Groucho Marx, Hitler, Gandhi, Mao TseTung…

Después fuimos hacia el Museo Nacional, de entrada gratuita, donde se condensan un montón de objetos de distintas culturas del mundo y algunas obras propias de Dinamarca, casi todas religiosas. No me gustó la forma de las figuras, parecían muy poco naturalistas y con caras muy homogéneas. En una talla de la última cena tanto Jesús como los doce discípulos tenían exactamente la misma apariencia. Y esta obra no era una excepción.

De hecho si hay algo que me aburre de este país es la homogeneidad. La mayoría de la gente es flaca, alta, blanca, rubia, de ojos claros y mofletes sonrosados. Casi todos visten igual, y apenas se ven más colores que marrones, grises y negros. Las calles también son todas parecidas. Y los días. Y la comida. Y todo se hace en perfecto orden, como en un contrato social del que todos son partícipes. No se oyen risas estruendosas, ni parejas que se pelean, ni música por las calles. Es el mundo perfecto. Demasiado, para mi gusto.

Hoy he descubierto algo que me ha llamado la atención en el Netto de Norreport. Cuando iba a pagar la comida que pillé, me encuentro con una caja automática. Tu mismo vas, pasas el código de barras de tus productos por el láser, metes tu tarjeta de crédito en la ranura, pones el pin, recibes el ticket y te vas a casa. Robar es cosa de niños y es admirable que no lo hagan. Copenhague es gris y soso, pero Copenhague es también CONFIANZA, así, en mayúsculas.

El almuerzo de hoy fue una pizza en una pizzería que tiene un cuadro que me encanta (American in Italy) y donde los precios eran asequibles. El pizzero sabía español y era muy simpático, y también al rato aparecieron dos chicos que hablaban español. Estamos por todas partes, como una plaga. Y dondequiera que estamos, nos hacemos notar.

Después de esto ellas se quedaron echando un ojo a las rebajas (precios como en España sin rebajar o mucho peor), mientras yo intentaba hacerme con el control del metro y los trenes que me traen a mi nueva casa, en Ryparken.

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