Atardeceres

El sol, a veces, rehúsa enfundarse su púdico batín de nubes grises y espesas y muestra su fatua desnudez, con toda la voracidad de su naturaleza de bola de fuego. Entonces, el cielo entra en combustión y pareciera que el aire se quebrara en espasmos de efervescencia.
Se reflejan los colores del arco-iris, tenues, en amplias bandas que se proyectan en el hielo de los canales, en la gélida superficie del Mar Báltico, en las cristaleras del edificio de la ópera, como en una acuarela. Entonces, si uno mira al trasluz, se distingues los árboles esqueléticos, viudos de hojas, y la silueta de la gente que corre, que pasea, como sombras negras, privadas de color.
Poco a poco, la oscuridad va desojando el violeta, el verde, el azul, el naranja… hasta que sólo queda en el horizonte una franja brillante; lejos, muy lejos, inalcanzable.

Me gustaría mostrarles una foto de lo hermoso que era el atardecer de hoy; lástima que mi cámara haya decidido no funcionar. Dinamarca, en los momentos de transición, a veces, es una ostentación de belleza.

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