Møns Klint en el coche de San Fernando (un ratito a pie y otro andando)

Movidos por el deseo de escapar de Copenhague, que no pocas veces resulta aburrido y monótono, aún cuando uno se esfuerza por buscar lugares diferentes, que rompan con todo lo visto hasta entonces; empezamos a barajar la posibilidad de alquilar un coche e irnos a Skagen, esa pequeña aldea de pescadores en la punta más al norte de Dinamarca, donde el Mar Báltico se une con el Mar del Norte y donde una colonia de pintores escandinavos se esmeró, en el siglo XIX, en la captación los contrastes de una luz especial.

El viaje en tren dura unas siete horas, y el precio ronda los 60 euros (sólo ida), así que resultaba más factible preguntar por los alquileres de coches. En Europcar y compañías similares el precio ascendía a 3000 kr (450 euros aprox.) el fin de semana, por el coche más barato. Pero Avis tenía una oferta de fin de semana bastante tentadora: 850 kr (120 euros aprox.), de viernes a domingo. Yannick no se fiaba un pelo, así que fuimos a la oficina física, en Vesterbro. Es curiosa la habilidad de los daneses para hacerlo todo acogedor: si el día de la presentación del segundo semestre nos recibieron en la RUC con pastelitos y té, los rent a car de Copenhague no se quedaron cortos. Todos tienen una zona con silloncitos y una mesa con diferentes variedades de té, para regocijo de los clientes.

El caso es que, después de tanto pensarlo, desertamos de nuestro plan de conducción cuando valoramos la posibilidad, no se si más ficticia que real, de chocar contra algo o que algo chocara contra nosotros; o de rallar el coche, o quedarnos atrapados en medio de una nevada… y perder las nada menos que 5000 kr (670 euros) de depósito.

¿Plan alternativo? Pasar el fin de semana en Møn, una isla al sur-este de Dinamarca, famosa por los impresionantes acantilados de Møns Klint. Intentamos alquilar un bed&breakfast por dos noches, para explorar bien la zona, pero todos estaban cerrados hasta abril. Así pues, decidimos ir a pasar el día y, si encontrábamos algún pueblecillo de gente amable cerca, hacer el intento de que alguien nos acogiera en su casa o nos indicara dónde poder pasar la noche. Si no, siempre estaba la opción de regresar.

El Sábado el despertador sonó a las 7.30 de la mañana. Nos tomamos un café contra el sopor mañanero, preparamos el avituallamiento y salimos deprisa hacia la estación, con el tiempo justo. El primer tren tardó nada menos de 16 minutos, de modo que cuando llegamos a Copenhagen Central Station, a las 09.11, vimos partir nuestro segundo tren. Una hora después, al fin, nos encaminamos a la estación de Vordinborg (Duración: 1,20h / Precio: 248 kr (35 euros) ida y vuelta). Supuestamente con eso también tendríamos cubierto el trayecto de guagua, pero no; tuvimos que pagar luego 40 kr (5,50 euros aprox) para ir de Vordinborg a Stege, y otras 40 kr a la vuelta..

Stege es un pueblito pesquero que se llena de turistas en verano. Aquí los daneses parecen más desconfiados hacia los extranjeros, y muchos no controlan bien el inglés. Al parecer, suele haber un servicio de guaguas en verano que te deja en Busene, a sólo 10 minutos de los acantilados. Nosotros tuvimos que coger una línea de guaguas regular, compartiendo vehículo con uno de esos hombres sin edad, una mezcla de ancianos decrépito, vagabundo y hippy que poco antes habíamos visto echándole pan a decenas de gaviotas que se arremolinaban a su alrededor, mientras hablaba despreocupadamente con una mujeruca flaca, con gafas de culo de botella. Al bajarse de la guagua todos, incluído éste curioso personaje, se despedían del resto: “hej, hej”. Me resultó un gesto familiar, entrañable, propio esos pueblitos de campo, donde todo el mundo se conoce.

El siguiente trayecto nos costó 15 kr más, y nos colocó en un cruce de carreteras a 8 kilómetros de los acantilados, en el medio de la nada. Empezamos a caminar a las 13.15 del mediodía, en medio de la inmensa llanura danesa, que parecía no acabar nunca. De tanto en tanto, minipueblos de abuelos daneses de poco más de una decena de casas rompían un poco con la homogeneidad del paisaje, de árboles escuálidos y restos de nieve, y charcos congelados, y fango, y vacas negras. La posibilidad de encontrar algún lugar donde dormir parecía remota, más aún que los acantilados, que no alcanzábamos a vislumbrar por mucho que oteábamos el horizonte.

Hacía mucho frío, por debajo de los 0ºC, a pesar de ser mediodía, y sabíamos que, dado que a las 4.00 empezaba a oscurecer, probablemente nos iba a tocar hacer los 8 km de vuelta a oscuras y sin linterna. Me maldije a mi misma por no haber cogido mi sábana térmica, mientras continuabamos nuestro solitario periplo por aquella interminable carretera e íbamos señalando garajes abandonados, contenedores de basura y otros recovecos donde aguarecernos del frío si nos daba la noche en la montaña. Me acordé de las enseñanzas de “El último superviviente” que decía que, en caso de vernos en la obligación de dormir a la intemperie en un lugar de frío extremo, nada mejor que cavar un hoyo. Con estas disparatadas y, si, algo exageradas cavilaciones en mente, se perfiló la idea de empezar a hacer autostop.

Tras más de hora y media de caminata, sólo habían pasado dos vehículos, y ninguno se apiadó de nosotros. Pero encontramos, al fin, algunas señales que nos indicaban que, efectivamente, íbamos en la dirección correcta. Cuando estábamos a punto de adentrarnos en una bifurcación que llevaba a través de la montaña y por la que, sin lugar a dudas, nos hubiéramos perdido, apareció en la lejanía un Renault destartalado, y nos lanzamos a la carretera a mendigarles ayuda.

Aquí la excursión empezó a ponerse interesante; el coche era bien pequeño y ya iba atestado de gente y de cajas de cerveza, pero nos cedieron dos asientos en la parte trasera y los dos daneses que ocupaban ese lugar se hicieron hueco en el portabultos, echos unas bolitas. La copilota era la única mujer; una chica morena, rellenita y ruidosa de veintitantos, con pantalones de pana verde, que se disculpaba por la mala música: Pa-panamericanooo!!, que sonaba a todo volumen. El conductor era el único que iba sobrio; pero sin duda el más pintoresco era el rubito con aspecto de zombi que iba a la derecha de Yannick, que tenía una resaca monumental. El ambiente dentro del coche me recordaba a Scary Movie 1. Así, con el GPS en marcha, dando tumbos y sin parar de sonreir, al final, llegamos a los dichosos acantilados. El grupo de locos daneses nos ofreció una cerveza Pilsner a cada uno, “para el camino”, y con un “See you” muy agradecido nos dispersamos.

Durante la hora siguiente, subimos y bajamos, bajamos y subimos, escaleras de madera interminables; y sacamos fotos; y comimos, y nos colgamos de los árboles; y también, estuvimos al borde de la hipotermia; pero nos dimos cuenta de que el largo viaje había merecido la pena. Møns Klint es el acantilado más grande de Dinamarca y es precioso por varias razones. Primero que nada, porque es uno de los pocos lugares en el país de las galletas de mantequillas donde se puede sentir vértigo ante un abismo natural. Segundo, por la combinación de colores de la piedra caliza, con la roca negra de la playa. Tercero, por el mar, que siempre el bello, y el sonido de las olas en consonancia con el caer del agua de algún arroyo semicongelado. Cuarto, porque, al ser invierno, no estaba colmado de turistas y se podía disfrutar del silencio, y sentir el H2O en la piel en formas de agua, de nieve y de hielo.

Aunque el tiempo nos acompañaba, porque el cielo estaba muy azul, y completamente despejado; el intenso frío nos impedía quedarnos mucho tiempo quietos en el mismo sitio. El grupo de daneses borrachos del viejo Renault tenía pinta de querer quedarse allí por mucho tiempo así que decidimos desandar lo andado y rezar para que en el camino de vuelta alguien nos recojiera. Eran cerca de las 4 y el sol ya iba callendo sobre nuestras cabezas. Tras las cervezas, a uno le entra la necesidad de miccionar y, maldita ley de Murphi, justo en ese momento se nos escapó un coche. Después pasó otro, pero era una familia que nos hizo una señal negativa con la cabeza y siguió adelante. Luego, un danés en una minicamioneta nos miró con desprecio, como a vagabundos, y siguió adelante. Seguimos caminando, en silencio; y luego el fui yo la que sintió la necesidad de liberar líquidos. Entonces, de nuevo Murphi, hizo que se acercara un coche. Pero me alcanzó el tiempo para subirme los pantalones justo cuando Yannick se lanzaba a la carretera en busca de ayuda.

Era una pareja joven de ingenieros daneses, muy simpáticos, y se ofrecieron a acercarnos a Stege, por lo que nos ahorraron 8 kilómetros de caminata, un tiempo indefinido de espera en el cruce de carreteras, y luego media hora de guagua. Nos comentaron que esta semana son las vacaciones de invierno y que ellos también empezaban las clases oficialmente la semana que entra; y que cada vez hay más estudiantes extranjeros en Dinamarca; y que las residencias para Erasmus a veces son un desastre. Yannick les intentó sacar tema de conversación: “It have to be important for danish people that you are in the final of handball”, porque no destacan tanto como en otros deportes. Hará como dos días que Dinamarca ganó a España en la semifinal del Mundial de balonmano, y ahora juega la final contra Francia. La chica, que era la que llevaba la voz cantante en la conversación, contestó: “We are engineer; we don,t watch sports”. Guau, amiga, tranquila. A mi no me gusta el deporte, pero creo que en España no tenemos la percepción de que sea cosa de tontos. Tengo muchos amigos inteligentes interesados en el deporte, aunque yo no comparta su afición. En cualquier caso, después de este exabrupto se perdieron en una conversación sobre las lenguas germánicas mientras yo miraba el ocaso por la ventana. Poco después, habíamos llegado de nuevo a Stege; y sólo 20 min después, cogimos la siguiente guagua hacia Vordingborg, y allí, 10 min después, el tren. Sin duda, nos sonreía la suerte.

El último tramo de nuestro viaje tampoco estuvo exento de anécdotas. Un jovencito danés nos pidió dinero, pero como tenía más pinta de yonki que de mendigo, le ofrecimos cookies en vez de monedas y, resoplando, nos dio la espalda y se fue. Después, mientras jugábamos al 4 en raya, se subieron al tren tres señoras de cuarenta y tantos, muy borrachas, y con una risa estruéndosa que más bien parecían rebuznos. Yo, que las tenía justo en frente, me percaté de el porqué de tanta diversión: abrían las piernas y se fotografiaban las bragas, enseñándose las imágenes las unas a las otras; y se abrian los escotes para sacarse fotos de sus sujetadores mientras ponían caras perversas. Por suerte, a la altura de Roskilde, cuando el vagón empezó a llenarse de gente y el inspector las miraba vigilante, dejaron de dar tal espectáculo y se dedicaron a ir de una en una al baño, tambaleando por los pasillos como adolescentes.

Al final, a eso de las 8 pm, al fin, alcanzamos Ryparken, el calor de la casa y una cama mullidita donde descansar después de tanto traqueteo.

*Presupuesto del viaje: 70 euros aprox. / Duración: 13 horas / Balance: Muy positivo!! 🙂

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