Copenhague

Les dejo un pequeño reportaje que he hecho para la sección de viajes de elperiódicodelanzarote.com. Las fotos de esta entrada son de María, que me las ha cedido para ilustrar un poco el texto:

COPENHAGUE; CAPITAL POLIMORFA

A medio camino entre Centroeuropa y la Península Escandinava, a orillas del gélido mar Báltico se encuentra la pintoresca ciudad de Copenhague. Si por algo se caracteriza la capital de Dinamarca es por el constante ir y venir de bicicletas, el medio de transporte preferido de muchos daneses; y por su superficie, hendida de canales y de áreas ajardinadas.

Entre las visitas de rigor para todo turista se encuentra El Tívoli, el parque de atracciones más antiguo de Europa; y Stroget, la principal arteria comercial, donde se entremezcla una masa variopinta compuesta por vendedores de periódicos, músicos ambulantes, mercaderes de flores, estudiantes y turistas. Es el lugar idóneo para ir de compras, aunque los precios de ésta capital del Estado del Bienestar no estén al alcance de todos los bolsillos. No obstante, el principal símbolo de la ciudad es la famosa sirenita, un personaje de cuento varado a la orilla del mar y que, pese a sus reducidas dimensiones, se encuentra siempre rodeada de turistas, en su mayoría asiáticos, dispuestos a sacarse fotos a su lado.

Copenhague, aunque a primera vista pueda parecer una sucesión de parques, canales, edificios de ladrillo rojo y calles de piedra, esconde en realidad una gran complejidad. A poco que se aguce la vista se descubre el contraste arquitectónico entre edificios antiguos como los palacios reales de Christianborg y Amaliemborg y construcciones muy modernas como el edificio de la ópera o la acristalada biblioteca familiarmente conocida como El Diamante Negro.

Al margen de la legislación europea, destaca el barrio anárquico de Cristiania, como un último refugio ideológico frente al capitalismo, donde sus habitantes viven del trabajo comunitario. Pese a estar denostado por algunos sectores porque entre sus calles, además de bidones ardiendo y graffitis, se venden con la misma naturalidad hachís y perritos calientes; el trafico de armas y la venta de drogas duras está prohibido.

Mención aparte merece también el barrio de Norrebro, donde se condensa la mayoría de la población inmigrante. Este gueto abierto cuenta con una atmósfera propia: de pronto, el tráfico de bicicletas se intensifica y el aire se llena con un penetrante olor a kebap; los rubios de piel pálida se transforman en morenos barbudos y en muchachas con hiyab, que caminan, concentradas en sus quehaceres diarios, entre mercados de fruta callejeros y tiendas que venden ojos turcos de Nazar, salsa agridulce y cuscús.

Copenhague es una ciudad muy viva y cuenta con una amplia oferta cultural en la que destacan ciclos de cine, múltiples ferias de moda y diseño, conciertos y exposiciones. Ahora bien, en el país de las galletas de mantequilla nada es gratis; y la cultura, como todo aquello susceptible de transacción económica, está sujeto a un alto precio. Así, por ejemplo, la entrada a museos y palacios o los tickets de cine se venden por alrededor de 80 coronas danesas (más de 10 euros), un precio asequible para los daneses, que pueden presumir de ser los trabajadores con el salario mínimo más elevado del mundo. Quizás en ello radica el hecho de que ostenten también el título de sociedad más feliz del mundo.

En líneas generales, los daneses son personas confiables y abiertas de mente, que han hecho de su país uno de los lugares del mundo con menores índices de delincuencia y fraude, además de un reducto de derechos y libertades para sus ciudadanos. Suelen ser altos, rubios, de ojos claros; y visten de forma muy homogénea, con ropas discretas de colores oscuros. Además, son amigables, educados y tranquilos, aunque pueden transformarse en seres escandalosos y desvergonzados tras unas cuantas cervezas. No es de extrañar, pues, que sean conocidos entre sus vecinos escandinavos como “los latinos del norte”.

A pesar de esto, el clima de Copenhague dista mucho del suave y cálido tiempo de las zonas tropicales, y esto afecta al carácter de la gente, que presta gran importancia a la vida dentro del hogar. No obstante, el tránsito hostil de las estaciones convierte a Copenhague en un paraíso para los cazadores de detalles, para aquellos que se quedan extasiados con los atardeceres violeta, los canales helados, el chisporroteo de la lluvia sobre la pétrea superficie de las calles y la caída violenta de las hojas en otoño, azotadas siempre por un viento intenso que mitiga, pero no silencia, la eterna nana de las bicicletas.

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