Resaca, retórica y recuerdos.

Es verdad. No es un mito. Existen cosas gratis en Dinamarca. Pero tienen un precio.

Ayer, gracias a esa fábrica de eventos llamada facebook, nos enteramos de que era la apertura de un bar-discoteca, Froken Nielsen, que fiel al estilo danés, tiene sus sillones para repantigarse tan a gusto, o una pista donde darlo todo bailando. La cuestión es que ayer ofrecían entrada gratis (normalmente 60 kr) y (he aquí el quid de la cuestión) cervezas gratis entre las 9 y las 12 de la noche. El precio que pagamos fue una hora de cola en la que, como diría María, pasamos “más frío que cagando polos”; en mi caso haciendo uso de mi reducida estatura para irme haciendo hueco entre la multitud y aguantando la voz de pito de un grupo de americanas libidinosas que intentaban ligar con el portero, que ya pasaba de los cuarenta, y que a mi parecer habían sido sobreexpuestas a Sex in the City y Gossip Girls. Ese fue el precio físico de las cervezas, y el precio indirecto fue el del armario en el que te obligan a dejar los abrigos, 20 kr por persona, unos 3 euros. Pero la multitud mocosa y aturdida por el frío se agolpó en el ropero sin queja alguna, se quitó sus quinientas capas de abrigo y se comprimió junto a la barra, ávida del popular jugo de cebada fermentada. ¿El resultado? Locura en el ambiente. Muchas caras conocidas (Copenhague es una ciudad pequeña) y mucho español por todas las esquinas… y, algo insólito, más cola en el baño de los hombres que en el de las mujeres.

Nos tuvimos que volver pronto, a la una, en un corre corre a contraviento hacia Norreport; pero perdimos el último tren y cogimos la guagua nocturna hasta Svanemollen, la misma estación donde andábamos más desorientados que Adán en el día de la Madre el sábado pasado. Aquí se sucedió un hecho que podría ser calificado de paranormal en España, donde cualquiera hubiera pensado que el conductor estaba poseído por el espíritu de Teresa de Calcula. Pero Dinamarca es, amigos míos, otro mundo. El señor, que acababa su servicio en la citada estación y que tenía el vehículo vacío ya, nos intentó explicar como llegar a casa pero, viendo nuestras caras de desorientación nos dijo que no nos preocupáramos, que ya nos acercába él para que aprendiéramos el camino. Dicho esto, apagó las luces de la guagua con nosotros dentro y avanzó unas cuántas calles, paró en una bifurcación y nos indicó: Ahora ya sólo es caminar recto por esta calle de aquí. No les llevará mucho tiempo..

Al llegar a casa, huevo frito con papas, que hace meses que no comía y me trajo esa sensación espesa de los dejà vu de la infancia. Los huevos de la abuela Trina. Cómo olvidarlos. Es curiosa nuestra memoria, que a veces a punta de repeticiones asocia objetos a personas durante toda nuestra vida, y nos trae hologramas del pasado sin importar que estemos en el mismo espacio, o en un barco en Alta Mar, o en la China.

Esta mañana tocaba ir a clase. El café a la americana al que me he acostumbradom con una poquita de leche, no me ha quitado ese halo de pobreza mental que dejan como efecto colateral las resacas. Era la segunda de Digital Rights and Wrongs impartida por Francesco, un profesor italiano que acaba de ser papá y que cuenta que llegó a Dinamarca encandilado por una rubia danesa, que hoy es su esposa. Imparte las clases de un modo un tanto provocador, lo que es bueno, porque invita a pensar, a no quedarse del todo dormido: Revoluciones digital, Walter Benjamin, el hombre y la tecnología, la virtualización de la identidad y tantas otras cosas que ya están rancias de tanto haberlas estudiado y oído durante cuatro años. Pero al menos son en inglés, y están impartidas a nivel de máster, por lo que son bastante más estimulantes que, por ejemplo, las clases de Bachelor del anterior semestre de Social Media and Virtual Worlds, donde hacíamos quedadas en Second Life. Y son al fin y al cabo 3 días en semana, un par de horas a mediodía. Pero… ¡¡¡Qué ganas de acabar la carrera y empezar a trabajar, a escribir, que es lo mío; o en su ausencia, a hacer un máster en cualquier cosa en el mundo que no sea comunicación, y más comunicación, y más comunicación!!!. Cinco años de retórica es demasiado. No obstante, ya queda menos y, dentro del momento transición que representa esta Erasmus, huele a cambios en el futuro.

Qué bonito es ser joven y al pensar en el mañana, creer que todo es posible que quizás la felicidad o sus sucedáneos (trabajo, familia, amigos, salud, dinero) nos esperan bajo algún techo, en quién sabe qué lugar del mundo. Vale, a veces la incertidumbre da dolor de barriga, pero es un precio muy bajo para poder albergar tantos pájaros en la cabeza.

Y ya acabo que esta noche me toca cocinar la cena.

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