Las relaciones en la era digital

Qué lejanos quedan los tiempos de nuestros abuelos en materia amorosa. Por poner un ejemplo, en el caso de mi propia abuela, que se llamada Trina y presumía de haber sido Miss en sus años mozos, tenía un marido pescador que de tanto en tanto se marchaba a África y allí permanecía muchos meses, e incluso años. También combatió en la Batalla del Ebro, y eso le marcó de por vida; además, decía que la risa era un invento del diablo. El caso es que a mi abuela le tocaba a parir los hijos en tandadas, con una brecha generacional importante, dependiendo de los periodos de vida matrimonial o de marido ausente.

Ahora la ausencia es una privación que se siente sólo a medias, porque las lentas epístolas de antaño se han transformado en rápidos emails y sms que no conocen de fronteras. El recuerdo se apoya en imágenes, cientos, millones de imágenes, que colapsan la red, y la memoria de nuestras cámaras digitales. Además, el Facebook y el Tuenti, así como el Skype y los Blogs nos permiten estar al tanto de lo que ocurre en la vida de esas personas que nos cruzamos en algún momento de nuestras vidas, y que se encuentran en la distancia. De alguna manera, nos sentimos partícipes de la vida de los otros, por el simple hecho de ser capaces de comentar alguna foto o poner “me gusta” en sus comentarios. ¿Es algo malo? En mi opinión no, es muy ventajoso. Cuando la vida te vuelva a cruzar con esas personas muchos más temas de conversación, porque no habrás perdido del todo la confianza.

Hace ya un tiempo un señor de Barcelona contactó con mi abuela. Iba en busca de mi padre, que había sido compañero suyo en la mili. Apenas sabía de él su dirección y quiso saber qué era de su vida, después de tantos años, aprovechando que estaba de vacaciones con su familia en Lanzarote. Al final, se encontraron y quedaron otro día para tomar un café. “¿Qué ha sido de tu vida” era la pregunta. Una pregunta demasiado ardua cuando se ha perdido completamente el contacto durante décadas. Al final, la conversación se centró en rememorar anécdotas de la vida en el cuartel (tráfico de relojes y cigarros baratos desde Canarias, por ejemplo; o borracheras o excursiones a los pueblos vecinos en busca de mozas). ¿Cómo serán este tipo de reencuentros en la era Facebook? ¿No es, acaso, al menos un poquito, como si hubiéramos seguido formando parte de la vida de los otros?. Confío en que una de las cosas buenas de las redes sociales es permitirnos detener el proceso de desconocimiento de las personas de nuestro entorno cuando nos movemos de sitio. (Siempre teniendo en cuenta, obviamente, que las redes sociales no son un retrato objetivo de nosotros mismos, sino un espacio auto-marketing con contenidos seleccionados)

Ahora bien, aparte de las bondades que las redes sociales podrían tener para mantener las amistades que a base de tiempo hemos ido adquiriendo pero que ahora no podemos mantener en el mundo real por cuestión de distancias; ¿qué pasa con el amor?. Ya se pueden leer en un montón de sites un nuevo término grandilocuente que hace referencia a los nuevos rituales sociales en materia amorosa:Virtualización de la afectividad. Lo que vienen a decir es algo que todos nosotros, la generación que ha visto al mundo dar el salto de la era analógica a la era digital, hemos observado que la mejor vía para ligar es el sms, la primera impresión de las personas es la que tenemos a través de los perfiles de Facebook, la gente se enamora por Internet, encuentra estímulos sexuales a través de Internet, llora y ríe a carcajadas a través de Internet, encuentra sus parejas a través de Internet e incluso descubre infidelidades y rompe relaciones a través de la red. Somos capaces de sentir una emoción tan intensa y tan real como es el amor cuando estamos en frente de nuestra pantallita de ordenador. De pronto nos olvidamos de que estamos solos frente a la máquina y tenemos la ilusión de conectar con la otra persona.

Si en las películas de antaño, y con toda probabilidad en la vida real, el amor se mantenía vivo gracias a la fantasía, ahora el hilo que separa los sueños de futuro del olvido está compuesto fundamentalmente de otra materia invisible; de ese código binario, de bits y de bites traducidos a ondas sonoras y texto e imágenes que viajan por la red, o vía satélite, hasta esa otra persona. Básicamente, nos ponemos taquicárdicos frente a la representación virtual, recompuesto en bits, del ser humano que nos trae de cabeza. A veces pienso que Platón se volvería loco si viviera en este siglo; ¿Qué es la realidad virtual? ¿Las sombras de las sombras de su célebre mito de las cavernas?.

En cualquier caso, la dimensión de una relación en el ámbito del virtual es completamente diferente a la del mundo real. Para empezar, con esto de la globalización y de la comunicación transfronteriza, tener a la pareja en la distancia se ha convertido en una especie de moda. ¿Estás con un muchacho de tu pueblo? Chica, eso ya no se lleva. . ¿Cuáles son los efectos secundarios se esta tendencia? Un uso creciente de Skype, ese popular sofware de videollamada.

¿Qué hacemos cuándo estamos con nuestras parejas en Skype? Hay parejas que han evolucionado hacia una cohabitación virtual, en la que ambos están conectados pero cada uno está dedicado a sus propias tareas (también, la mayoría de los casos, virtuales).
Pero en la mayoría de los casos, las conversaciones se centran en hablar, y hablar y hablar; sobre lo que se ha hecho en ese día, sobre algo que has visto o leído, sobre lo mucho que te gustaría moderle la nariz o hacerle el salto del tigre. Si has conocido a tu pareja y has habitado con ella en el mundo real, los comienzos por el Skype son bastante difíciles. El precepto indispensable para iniciar una conversación es tener algo de lo que hablar; en la vida real eso se soluciona poniendo una película, comiéndose una galleta, dando un beso, escuchando música o haciendo cosquillas. En el ámbito virtual el “hacer” queda mucho más limitado, y las palabras y los gestos toman el papel protagonista. Pero lo curioso es que también ocurre a la inversa, cuando nos reencontramos con esa persona, hay unos momentos de tensión en los que no se sabe qué decir y se siente cierta incomodidad, fruto de desacostumbrarse a la presencia física y el contacto. Es frecuente preguntarse, ¿Habrán cambiado las cosas? ¿Nos encontraremos diferentes? Pero entonces una broma, un abrazo, un gesto mucho tiempo antes conocido nos devuelve al último capítulo de nuestra historia, que curiosamente no será la última conversación de Skype, sino el momento en que nos dijimos adiós en el aeropuerto, o en la estación de trenes.

¿Conclusión? Aunque a través de las redes sociales se mantenga cierta conexión con las personas; en caso de relaciones muy estrechas la red no puede salvar los obstáculos de la distancia. Permite mantener relaciones transnacionales probablemente más tiempo del que sería posible si no existieran estas tecnologías, pero a la larga no es suficiente; no hay vida en común por muchas horas que se pasen frente a la pantalla. No se cómo lo percibirán ustedes, si opinan o no lo mismo que yo. Pero no me negarán que se han producido muchos cambios en los últimos años; y que son dignos de estudio.

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Esto no viene a cuento, pero me hizo gracia ->

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