Historia para no entender

Hoy, al llegar a casa hará cosa de media hora, me he sentido como si volviera de un largo viaje. La carencia de sueño se mezclaba con el hedor del tabaco de la noche pasada y el estómago rugía pidiendo algún alimento. No obstante, qué noche tan singular.

Todo comenzó con un ataque de agobio solitario al que puse fin con una escapada a la casa del fin del mundo, por allá cerca de Oresund. Me esperaba Mr XiXo dispuesto a cocinar bolitas de carne, medio crudas por dentro, que son más jugosas; y a comerlas con cuchara, porque es más estimulante para el cerebro romper los hábitos (cambiar el camino de vuelta a casa, cambiar cuchara por tenedor, personas por perros, carne por pescado…).

Mientras cocinabamos, removiendo la salsa grumosa en un caldero apoteósico, ideal para las clases de pociones, el aire se enrareció. Unos pasos se acercaban a la cocina… De pronto, se materializó a nuestro lado el mismísimo Frankestein… en calzoncillos. Franki es un ser ya añejo, deben de haber pasado casi dos siglos desde que lo inventó Mary Shelley; y el tipo, la verdad, se conserva de lujo, pero oigan, las ojeras kilométricas y los pliegues del culillo los podría mantener ocultos. Nuestra teoría es que tiene una doble vida en algún motel de carretera, o en el barrio rojo de Copenhague, y por eso se pasea por la casa, taciturno, sin preocuparse por mostrar sus desencantos.

El siguiente momento inesperado de la noche fue cuando, a falta de un proyecto de fiesta (descartadas las competiciones de bebedores, los clubes caros y los cafés con potenciales esclavos sexuales) estábamos a punto de retirarnos a nuestros aposentos, a dejarnos mecer por los brazos del sueño. Pero entonces, a través de Facebook, se gestó un plan alternativo. Me vestí de Mr Xixo, con unas medias agujereadas; nos pusimos carmín en los labios y alrededor de una hora después, estábamos en el habitaculo de un indio-germano con una italiana rubia, de Florencia, y una parisina, bailarina de Hip Hop. El alcohol corría a cargo del dueño emplazamiento, que tenía una larga colección de botellas de alcohol del bueno, de todas las clases y una caja vacía de ositos Haribo.

Empezamos como empiezan todos los desconocidos, preguntando where are you from y what are you studying, y acabamos hablando de gatos en la lavadora y perros en el microhondas; de mujeres decapitadas por sus despechados maridos al descubrir una infidelidad, en antiguas casas de la Toscana; de Espartaco como método para aprender italiano y maniquíes inquietantes, ataviados con una bufanda de una especie de bufanda de zorro disecado, que mueven los brazos cuando nadie les ve, como los juguetes de Toy Story. También de gente que se ducha en el edificio de enfrente justo al lado de la ventana, sin cortina que proteja de los ojos de los mirones sus partes pudendas. Y del sol que nunca se termina de poner en junio en Dinamarca; y de la noche perpetua de los inviernos.

La noche tocaba a su fin casi cuando decidimos volvernos a casa, sin haber pisado la Pescadería Pepi. Mr Xixo intentó robarle un bolso azul en forma de corazón al maniquí, pero viendo frustrado su plan, le usurpó un garboso paraguas al vecino del downstair, y así ando por la calle, luciendo con gracia su nuevo tesoro. Nos despedimos en la estación de la italiana y la francesa, que cogían rumbo norte, que como se imaginan, no está en la misma dirección que rumbo la casa del fin del mundo. Mientras esperábamos la guagua, un danés empezó a hablar con nosotros. Era un danés muy feo y muy tonto, porque no conocía Canarias y empezó a hablar de las fiestas de Ibiza. “Ibiza is for tourist” le decía Mr Xixo.

La guagua nos dejó a medio camino, con un conductor que me perdonó el extra por ir a la zona donde está la casa de Frankestein; y mientras esperábamos a la siguiente guagua, a tropecientos grados bajo cero, un tipo confundido por la oscuridad se nos acercó. ¿Quería dinero o sólo estaba preguntando la dirección de las guaguas?. Nunca lo supe. Mr Xixo, que no se esperaba nada bueno de él, l espetó: “Fuck you!”. El tipo, atónico, pregunto: “What?”. El Mr repitió, con más ahínco: “Fuck you!”. La tensión densificó el aire, que podría haberse cortado con un cuchillo; pero el tipo con misteriosas intensiones simplemente decidió desaparecer.

Poco después, conseguimos llegar a nuestro destino, y nos fuimos a dormir acunadas por los sonidos de otro ser de leyenda que habita la casa, y que pareciera que hubiera tragado un sapo por la magnitud y la sonoridad de sus ronquidos. “Hay gente que canta cuando ronca”, dijo Mr Xixo, justo antes de caer rendido de sueño.

A la luz del amanecer, entremezclada con madrugadores de domingo que huelen a colonia Nenuco y que van a hacer ejercicio, abandoné esa fábrica de historias para llegar, más de una hora después, siempre por el corredor de la basura, a otro de tantos finis mundis, mi acogedor balneario postsoviético.

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