“Aquí no se ve cajjjne, coooño”

Esa ha sido la primera impresión de mi padre en tierras escandinavas, que con tantas capas de ropa uno no podía ver nada de carne, ni de pescado, ni de nada; eso, y el no pocas veces repetido: “¡Qué pelete!” (Traducción: ¡Qué frío! en dialecto canario). Por su parte mi hermano, que se pasó los primeros días, con sol en Copenhague, diciendo que quería ver nieve, la ha visto hasta aburrirse aquí en Oslo. Vamos, ha habido una sucesión de sol, viento, lluvia, nieve y granizo para todos los gustos, eso sí, siempre a temperaturas gélidas. También ha sido inocente fruto de la fascinación al ver cuántas tiendas Apple proliferan por estos lares, como setas, y la cantidad de gente que lleva Ipad y tablets (se mueve dinero).

Copenhague nos lo andamos todo casi desde el primer día: desde la sirenita hasta Nyhavn, la calle de los canales, y Stroget, la arteria comercial. Tampoco faltaron los Kebap en Norrebro y algunas comidas a precios astronómicos. Maldita sea, todo con picante, decía mi padre. Y es que esta gente rehusa a usar aceite en la cocina y para dar sabor a los alimentos recurre con frecuencia a las especias.

La anécdota más repetida ha sido la de las suecas y las noruegas que iban a Canarias en busca de macho, y los hombres que trabajaban y siempre iban de fiesta les decían “focus, focus” y si ellas aceptaban, se las llevaban al catre. “Yo no tenía suerte porque soy bajito” decía mi padre, que también decía que el café (aguado, y al que le echan o leche, o azúcar, no ambos) le sabía al agua después de herbir las batatas.

En Dinamarca tuvimos ocasión para andarnos la ciudad, hasta para presenciar un robo, comer dulces y también para descansar y aburrirnos. También para descubrir nuevas calles, entrar a la Iglesia de al lado de Cristiania, colarnos en el tren y estar a punto de sustraer dulces de un bautizo privado; y sufrir la tentación de la hierba, que casi lleva a mi progenitor a un escarceo adolescente. A pesar de todo, creo que Copenhague dejó un poco esa sensación de ni fu ni fa. “Hay que venir aquí para entender las cosas”, decía mi padre, que recordaba las palabras de un taxista madrileño que le dijo que esto aquí era muy aburrido.

Sin duda, los momentos álgidos del viaje han sido ayer y hoy en nuestro viaje relámpago a la capital de Noruega. Estos demonios, que después de quedarse KO en nuestro “campamento gitano” de Ryparken en la hora de la siesta, se despertaban al alba, a eso de las 6 am, así que el hecho de repetir la rutina para ir al Kaastrup, el aeropuerto, no fue un gran sacrificio. A la llegada al aeropuerto, yo erigida como guía (peligro, peligro), les llevé a control con nuestro supuesto check in online. Después de la cola la revisora nos dijo que teníamos que sacar el papel en los mostradores de abajo. Bajamos con nuestras maletas, hacemos la pequeña cola y después el tipo del mostrador nos dice que eso se hace en las maquinas, pasando el código de barras del papel del check in online. Una vez dentro, nos mandaban a la puerta A12, luego leí que era la A3. Por equivocación les llevé a la A4 y casi embarcamos para Hamburgo, si no fuera porque la máquina de antes de entrar al avión detectó un error en el código de barras. Fuimos a la A3, y de nuevo, justo cuando íbamos a entrar al avión, la chica nos dice que nos hemos equivocado de compañía. Había dos vuelos a Oslo a la misma hora, uno con Scandinavian Airlines y otro con Norwegian Airlines y me hice un lío, pensé que estaban asociados o algo. Así que, al final, acabamos corriendo hacia la puerta A12, mi hermano presidiendo la comitiva y todo el mundo mirándonos: “Stop. Stop. My family is coming here” le dijo el niño a la azafata. Fuimos los últimos en entrar al avión.

Pocos minutos después estábamos sobrevolándo el Báltico, ese gélido mar salpicado de molinos, en dirección norte, y a la hora o así ya habíamos aterrizado en Oslo, la capital de una Noruega completamente nívea. Aquí el problema fue el dichoso tren: uno normal, viejo y descascarado, que además es caro; y otro que es un expresso del aeropuerto; unos nos mandaban a un andén, otros a otro, y tras subir y bajar escaleras como unos toletes descubrimos que la nuestra era la via 4 y que teníamos que esperar. El pasaje salía un poco más de 10 euros, que cubría el tramo de 50 km que separa Oslo Gardemoen de la estación central, y que hicimos en el vagón silencioso. Eso no hizo que se escandinavizaran, de hecho, en la oficina de turismo, mi padre espetó a mi hermano un: “¡Ya está bien!” que le convirtió en foco de todas esas miradas de mutismo condensado.

Después de llegar a la estación central nos hicimos con un mapa para buscar el Anker Hostal, donde nos estamos quedando. Obviamente, dependiendo de mi sentido de la orientación, acabamos llendo en dirección contraria. Finalmente dimos con el hostal tras mucho andar y, ¡Sorpresa!, no había reserva. Sí, la había, pero para febrero, y el dinero ya había sido cargado a mi cuenta. Así que toco pagar de nuevo (Dios, cómo puedo ser tan desastre…). Nos tocó una habitación de cuatro, y pensamos que siendo tres, nos dejarían en paz, pero por la noche apareció un holandés gordillo y roncador, que venía a la ciudad a una competición de baile; que no sabía cómo podía la gente vivir en Canarias (¿perdona? la pregunta es cómo puede vivir la gente aquí). Mi padre y mi hermano quedan graciosos, con sus peleas domésticas, en este ambiente mochilero. Mi hermano de hecho se ha vuelto a despertar antes de las 6 de la mañana e incluso ha despertado al holandés, que al final ha dicho: “Mira, no susurréis, hablad alto si queréis. Esto es un hostal, me da igual hasta si bailáis.” Esto me recordó a mi primera noche fatídica en el hostal de 60 camas juntas en Copenhague, con el hippy pedorro que tenía en la litera de arriba.

Si les parecía poco, las peripecias del día no acabaron aquí, estabamos en un kebap comiendo algo y cuando íbamos a pagar nos dijeron que no admitían tarjeta. Me mandaron a sacar dinero, probé dos cajeros, y dos tarjetas, y nada. Después volví, cojí la tarjeta de mi padre, no funcionaba. Intenté buscar un sitio donde cambiar euros a coronas noruegas, nada; al final, en otro cajero al final de Storgata, la tarjeta de mi padre decidió funcionar, y le pagamos al turco, que se había ofrecido a “help me” si no conseguía dinero, pero cuando vio que solo tenía 50 coronas en efectivo decidió animarme a encontrar dinero a toda costa.

La visita de ayer fue el parque Vigeland, en un extremo de la ciudad y que estaba completamente nevado. Las estatuas eran preciosas y la mayoría muy tiernas, de parejas en actitudes cariñosas, niños, la maternidad, la paternidad, el amor, figuras confundidas con la naturaleza y algunas en plena tensión de movimiento. Simplemente precioso.

Hoy, tras una noche febril, cosa de estos cambios de clima, y medio antibiotizada, me he vuelto a enfundar el abrigo y hemos salido a la calle a desayunar. Tras un café, un antibiótico y un ibuprofeno, Oslo empezó a presentar un aspecto más hermoso. Nuestra primera parada fue el interior de la Iglesia cercana a la estación central (Domkirken), con un mosaico precioso y colorido en el techo. Después andamos media ciudad para llegar al Museo de Münch (oriundo de noruega) y que además era de acceso gratuíto hasta abril. Los cuadros me recordaban bastante a Gauguin y algunos a Cezanne, todos con un toque o de angustia o de amor. Aunque el ejemplar más famoso de El Grito se encuentra en la Galería de Arte, también gratis, este museo está muy bien para ver toda su obra, que en mi opinión no tiene desperdicio. Me quedo con su óleos “The Vampire” y “Madonna”.

Después comimos ensalada griega, ensalada de pollo y unos spaguetti boloñesa en un restaurante italiano (qué bueno es no tener que desembolsar mi dinero) e intentamos ir al museo vikingo, en las afueras de la ciudad. Cogimos una guagua con la conciencia de que probablemente cuando llegaramos estaría cerrado (todo cierra sobre las 4-5 pm) pero estaría bien como tour por la ciudad, para ver el fiordo helado, y los chalets, y la gente esquiando en las llanuras; pero sobre todo para huir del maldito granizo que estaba cayendo con una furia repentina.

Después de nuestro infructuoso pero cálido trayecto, dimos un paseo por el fiordo, justo cuando el cielo empezaba a despejarse y veíamos por primera vez en el día la luz del sol, ya casi en ocaso: Paseamos por la calle del ayuntamiento, ojeamos el museo dedicado a los Premios Nóbel de la Paz y nos comimos unos bollos en el 7eleven y acabamos casi que escalando por una rampa de nieve hacia el techo del edificio de la ópera, para ver el atardecer sobre el fiordo, con el eco lejano del muelle y de las obras y es que Oslo, al igual que Berlín, es una ciudad en construcción.

De camino para el hostal, nos encontramos con una manifestación curiosa: teniendo en cuenta que en esta ciudad solo viven 600.000 personas se podría considerar que había un número elevado de manifestantes, grita que grita y paseando por las calles con antorchas encendidas. Me recordó a una procesión de Semana Santa. En las pancartas se leían cosas como: oljefritt lofoten vesterålen og senja, que al parecer quiere decir “Lofoten, Veterålen y Senja (zonas de gran diversidad geológica) sin petróleo”.

Esta gente parece muy ecológica, no sólo por la manifestación, sino por la cantidad de coches eléctricos e híbridos que se ven por las calles. Mi feeling con Noruega ha sido bueno, parecen majos, su acento suena más suave que el danés (con cierto aire afrancesado) y parecen más heterogéneos. Ahora bien, me recuerda mucho a Goteborg, con sus calles enormes (quizás cosa de que la parte central esté dedicada para el tránsito del tranvía) y con su muelle lleno de placas de hielo. Pero también con la luz del sol colándose por las calles inmensas cuando las nubes dejan una tregua. Eso sí, ciudad escandinava, triste en invierno. Gris, muy gris. Además, se ven muchos mendigos por las calles; muchos más que en Copenhagen, camuflados en las bibliotecas o en los trenes, siempre buscando recovecos calenticos donde aguarecerse.

Ahora nos vamos a cenar algo y a volver pronto y mañana, a eso de las 6, ya estaremos patinando sobre el hielo de las aceras, con nuestras maletas a cuestas, andando hacia la estación para emprender nuestro viaje de vuelta a tierras danesas.

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