Dentro del túnel

El vals llora en mi ojal. Silencio. En mi hombro se ha posado el sueño y es del mismo temblor que sus cabellos. (Gerardo Diego)

Estoy en el metro, en el relativamente largo trayecto por los túneles que llevan del aeropuerto hasta mi casa temporal, esos que aparecen en el video Copenhague, de Vetusta Morla, presenciando la metáfora de mi vida. Yo doy un paso hacia un vagón cualquiera y al momento, estoy quieta, pero todo se mueve, cambia, transmuta. Y de pronto estoy en otra estación: Amager Strand, o Lanzarote, o Madrid, o Berlín, o Bruselas. Paréntesis. La historia interminable de los paréntesis. No se cuál es la próxima estación, pero alguien se ha sentado a mi lado, me ha tomado de la mano y ha decidido acompañarme. Su mirada es un túnel que esconde un viaje sin rumbo, pero sin retorno. Tal vez mi dirección es la no dirección de sus ojos.


La corriente enseña el camino hacia el mar. Todos duermen ya. Dejarse llevar suena demasiado bien, jugar al azar; nunca saber donde puedes terminar o empezar.

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