El te con Maite… y mucho más

Mira que he tenido visitantes, pero ninguno tan hiperactivo como Maite. El jueves llegó la chica con ganas de fiesta, porque además era San Peter’s (San Patrick’s) Day, pero como a esas horas nevaba y era muy tarde la cosa derivó en otras situaciones no menos singulares: un paseo a ver que se cocía por Rayuela, donde había un pequeño grupo de música, con una chica que cantaba como los ángeles y un sonido que recordaba a Russian Red… pero el local estaba lleno con su familia, que nos superaban con creces en media de edad, así que fuimos a tomar algo a Paludan, esa cafetería con aires de museo-biblioteca. Cuando cerró, empezamos a vagar por Copenhague y encontramos un local punkie-rock-gótico con mucha gente disfrazada de verde muy pasada de rosca. Un par de señoritos empezaron a hablar con mi amiga para ofrecerle “go to 7eleven and then we’ll find a San Patrick’s Party”. Pero decidimos quedarnos donde estábamos. Nos bebimos una cerveza gigante de color verde mientras hablábamos de nuestras cosas y veíamos a unos daneses rellenitos y melenudos rockear con el Guitar Hero a tope.

A la mañana siguiente tocaron las visitas turísticas de rigor: la sirenita, Amalienborg, la Iglesia con la cúpula parecida a la de San Pedro, Nyhavn (la calle del canal y las casitas de colores) y Stroget. Es siempre la misma caminata para todos los visitantes, que se recorren media ciudad en sólo un par de horitas. Después tocó Norrebro. Hicimos el intento de ver el cementerio pero se nos hizo tarde, habíamos quedado a las 7 para ir a una especie de botellón en casa de un danés y nos nos daba tiempo ni de coña. Queríamos algún complemento gracioso así que nos compramos una diadema roja muy hortera y unas gafas cuadradas con brillantitos. Nos hicimos con lambrusco, nos vestimos, y llegamos tarde a la estación donde habríamos de verlos con Verner, el danés. Entonces empezamos a andar, y andar, con nuestro esperpéntico atuendo.

Le preguntamos a un danés, sacó su súper IPOD y nos guió con Google Maps en una dirección. Desandamos la andado y le preguntamos a otro danés, que también sacó su súper IPOD y nos guió en la dirección contraria. Luego otro chico nos ofreció su ayuda y nos guió hasta la estación, para mandarnos por el mismo camino donde nos habíamos perdido la primera vez. Este último danés tenía un apartamento en Gran Canaria, cerca de Mogán. (Ay, mis islitas Canarias, cómo las hecho de menos…). A nuestro lado se gestaba un caos de alarmas; parecía algún tipo de accidente.

Después de 50 minutos perdidas, decidimos esperar en la estación, con Sara, otra chica española que también llegaba tarde, e ir directamente (a eso de las 8 pm) de fiesta (rumbo Trekroner, en la RUC, en una de esas fiestecillas dentro de la universidad). Al final llegamos a nuestro destino, donde Maite pudo probar las bondades del “Fisk” (ese licor que sabe a fluor) y de la música chunda chunda, y de los bailes de seres diferentes. La fiesta, que tan pronto empezó, acabó igual de pronto. Murphy debía de estar muy cansado esa noche porque, a pesar de que lo propio en mi caso hubiera sido perderme, como tantas otras veces, esa vez, por ciencia infusa, conseguí llegar a casa en una guagüita nocturna.

A la mañana siguiente, conversación sobre manías extrañas de la gente adicta a la limpieza que toma millones de duchas al día, de que Eminem aún tiene fans, de que hay quién besa con la boca cerrada cuando practica sexo sin amor y de que queda gente en este mundo que piensa que la masturbación es impura. It takes all sort to make a world. También hablamos de temas menos morbosos, como que la gente en general por estas tierras sabe muchos idiomas, y nosotros, españoles catetos, sabemos español y con suerte algo de inglés. Y con estas dilaciones se nos fue haciendo el mediodía.

Nos fuimos de nuevo a Norrebro, a tomar un kebap, aunque la señorita madrileña asegura que están mucho más buenos en Villalba. Cuando nos internábamos en el cementerio en busca de la tumba de Andersen, nos llamó Noel para unirse a nuestros planes: ir a Lousiania. Al final, aunque no diéramos con la tumba que buscábamos, Maite vio lo más gracioso del cementerio, que es una pequeña lápida con forma de guitarra.

Salimos corriendo para llegar a uno de tantos fines del mundo, donde está el museo. Conseguimos entrar gratis gracias a una antigua copenhagen card que me dejó María como legado, y una de las nuevas, imborrables, modificada a base de tipex. Un canteo del que no se percataron en la entrada. Tras recorrernos el museo, no sin previo accidente de maite dejando su bolso sobre un pequeño lago, en la atracción de “luces infinitas” (una habitación oscura con luces de colores colgando del techo, reflejadas en la superficie del lago y de un montón de espejos), dimos un paseo por la exposición de Picasso, la de las pinturas echas con los dedos, y el jardín; y acabamos haciéndonos fotos en la playita de al lado, hablando de la luna, que por estar más cerca de la Tierra, se vería mucho más grande.

El sábado acabó en Osborne, un barcillo de por ahí, con Maite flipando porque en Copenhague se puede fumar dentro de los locales (aunque en la mayoría de ellos son los dueños los que lo prohiben). No era el caso. Virginia y Dante también se nos unieron, con una bolsa de bolitas de queso adictivas y conversaciones sobre el I-Ching, un libro-oráculo que refleja el fluir constante de las cosas, y al que se puede preguntar para encontrar orientación en algunas situaciones de la vida. También hablamos del budismo, (¿Por qué no pueden haber mujeres-monje budista? se preguntaba Maite), y de lo dificil que es encontrar trabajo en Copenhague (“Los daneses también están jodidos con la crisis”) y Dante encarnado en un Moises que abre mares enteros, o de Virginia dejando como herencia cazos sustraídos del bajo de su escalera.

Mientras esperábamos la guagua hablamos con un rumano que chapurreaba español. “Denmark is full of Spanish” nos decía. Pero el español, hemos coincidido, es un lenguaje que se utiliza para el amor y la fiesta, y poco más. Dista mucho de ser el idioma de los negocios, y en ese sentido siempre tendrán más importancia el inglés o el alemán; por mucho que medio mundo sepa decir: hola, fiesta, paella, te quiero e hijo de puta.
Yo, si algo he aprendido aquí, es que siento mi cultura más cercana a la de un turco, o un rumano, o un latinoamericano, que a la de los daneses. Su civismo y su modo de hacer las cosas está a años luz de nuestra forma de hacer las cosas por las bajas latitudes.

El rumano nos contaba que lleva año y medio en Dinamarca y que, aunque conoce daneses, no termina de conectar con ellos. Dice que hay que tener mucho cuidado con el tipo de bromas que se le hacen y (para gustos colores) decía que ese estilo danés de mujeres con minifalda y tacones, borrachas, no le gustaba nada. A lo mejor en ese sentido es que el chico no había tenido aceptación, porque si no, no me lo explico.

Una conversación paralela y la experiencia nos llevó a comprobar que el modo de ligar al estilo de las telenovelas es propio de Latinoamérica, el mediterráneo y poco más. Esos juegos de miradas, insinuaciones, tiras y aflojas, no se llevan nada por aquí, donde no es de extrañar que alguien te suelte, sin muchos preámbulos: Do you want to go to my house?

Además, Maite y yo nos dedicamos a especular sobre qué de bueno podemos tener las españolas frente a las danesas (altas, delgadas, piel tersa, sin granos, el pelo no se les encrespa con la lluvia…). Las españolas tenemos… ¿narutalidad? ¿ carácter? ¿pasión?. Pero la chica, mucho quejarse, y causó tal sensación que hasta un danés desconocido se le acercó en el tren a pedirle el número de teléfono; y otro que andaba en la estación golpeó el vidrio que le separaba de ella, con la boca de su botella de cerveza, sólo por llamar su atención.

No se crean que ayer cumplimos la ley de descanso dominical, nos levantamos tempranito y nos fuimos a Christiansborg a ver el palacio de la Reina Margarita por dentro. Fue muy curioso porque, se ve, la realeza planificaba alguna cena especial y estaban allí los expertos en protocolo, colocando todos los porta-platos de oro, impolutos, a la misma distancia los unos de los otros, y haciendo cálculos con papel y lápiz,y con un pequeño portátil a cuestas. En la habitación contigua estaba todo preparado: una cubertería preciosa, fuentes sostenidas por figuritas de oro en distintas posiciones… bajo un lamparon gigante de vidrios de colores. No obstante, al menos en mi caso, no podía dejar de sentir un nudo en el estómago de sólo pensar lo incómodo que debe ser comer en esas condiciones: imaginense estar con toda la realeza y que la comida se resbale de los cubiertos y vaya a parar a la ropa de gala, o que se caiga una copa, o una de esas carísimas fuentes al suelo… Todas las fuentes tenían debajo hombrecillos sosteniéndolas: símbolos del esclavismo, que diría uno de mis viejos profesores. Por cierto, me resultó curioso comentar el hecho de que aún queda gente en España que bendice la mesa: “Bendícenos, Señor, y bendice estos alimentos que por tu bondad vamos a tomar”. Creo que en mi casa jamás en la vida hemos participado de esta centenaria costumbre.

Tras Cristianborg, fuimos al Museo Nacional, donde hay miles de objetos de un montón de culturas del mundo: una réplica de una casa koreana, vestimentas groenlandesas, tangas de pelo, vestimentas de pluma, canoas, un teatro de sombras asiático y hasta el cráneo de una mujer del 8000 antes de Cristo. Tras esto, nos dimos un paseo por la Gliptotek, con sus bailarinas de Degas, sus múltiples esculturas y su precioso jardín de invierno. Como nos moríamos de hambre, nos fuimos a comer al KFC, preguntándonos por qué nunca hay población local: si el de Madrid está lleno de sudamericanos, el de Copenhague tiene un alto porcentaje de consumidores asiáticos.

Para bajar el peso del pollo nos fuimos a caminar por el King’s Garden, esos jardines enormes al lado de Rosenborg. Tuvimos sesión de fotos en un árbol y nos volvimos para casa, con parada previa en Netto para que Maite cargara con unas buenas reservas de galletas de mantequilla.

Por la noche tocaba visitar Cristiania. Ardían los bidones, iluminando con intermitencias fatuas la oscuridad del estraperlo. Encontramos un bar super bonito, por supuesto, con velitas y música en directo, pero no pudimos tomar una cerveza porque no aceptaban tarjeta de crédito. Íbamos a salir a por efectivo, pero antes nos dimos un paseo por los mercaditos a ver qué encontrábamos. Un señor hippy con una pipa de madera gigante y un papel higiénico como boquilla nos ofreció probar su mejor mercancía. El viejo porreta que estaba a su lado nos advirtió: Take it easy. Y… más sabe el diablo por viejo que por diablo…

Y ahora señores, les dejo, porque como Murphy se ha vuelto a despertar de su letargo, el avión de Maite se ha ido sin ella… y hay que buscar solución menos perjudicial.

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