Choque de culturas

Tras un día tedioso intentando lidiar con mi segundo ensayo, decidí encasquetarme, por primera vez en Erasmus, en una fiesta danesa. Anne, que forma parte de mi grupo de Project, se había mudado de casa y, como es típico aquí, estaba haciendo una fiesta de bienvenida y nos invitó a pasarnos. Empezaba supuestamente a las 6, para cenar, así que cuando llegué a las 8 pensé que a lo mejor ya ni estarían allí; pero fui la primera en llegar. Yo, y tres danesas; y luego más que fueron llegando a cuentagotas. Me sentí como se debieron sentir todos los internacionales que se adherían a los españoles en el semestre pasado, sin entender ni papa y, cuando hablaban en inglés para integrarme (casi siempre, porque eran muy simpáticos), era como un extra esfuerzo para ellos. Por suerte al rato llegó Eustaquio, de Brasil, que controla inglés, italiano y español, y la cosa se volvió un poco menos incómoda.

Estuvo curioso. Primero, me fascina como una persona joven, sola, puede permitirse tener esa casa tan chula; y con muebles bonitos, cuadros, velitas y un quimono en el baño… todo perfectamente cuidado. Descubrí que es tradición, cuando una persona se muda a otra casa, que los amigos le traigan regalos, especialmente plantas. Así que Anne tenía la cocina repleta de macetas… y de alcohol de bueno: vodka, ron, ginebra, vino, champán. Me invitaron a Gin Tonic con su hielo y sus rodajitas de limón y a Daikiri con zumo de fresa que tenía pinta de ser natural. De aperitivos había papas fritas, unas gominolas, y, como siempre, trozos de pepino crudo con cáscara y zanahoria. No dejo de fascinarme por estas cosas. Al igual que el otro día, que Anne de postre se estaba comiéndose medio pimiento rojo crudo. Qué sanos son… Quizás en ello radique la poca proliferación de restaurantes chinos por aquí: la comida les parece demasiado aceitosa. Al menos estas chicas preferían los tailandeses.

Me di cuenta de que no hablar el idioma local tiene grandes repercusiones: por ejemplo, no entender los programas de audiencias masivas. Ayer era la final de Factor X, que aquí tiene muchísima aceptación, más del 40% del share, y aunque me explicaban en inglés de qué iba la cosa, ¿Qué podía aportar yo a la conversación?. Era graciosa verlas tan emocionadas y chillando en el momento de la elección del artista ganador. Me recordaba, sobre todo, a algunas finales de realities que veía en Madrid con mis compañeros de piso. Había indiferencia en unos (una decía que desde que echaron a su favorita ya no le gustaba el programa), indignación en otros y emoción en otros.
Aquí parece que el Gran Hermano no tiene éxito, son demasiado educados para engancharse con la basura social que vemos en España. Al parecer, lo que sí tenían hace tiempillo era un programa de un grupo de daneses en un Hotel de México.

Hubo un momento culmen de la noche en el que, ya con un chute de champán, vino cherry y gin tonic en vena, me quedé sola en una mesa con tres daneses (dios mio, existen daneses GUAPOS), y me dediqué a hacerles preguntas. Contando con toda su atención me sentía yo tan a gusto que no me importó demasiado que la respuesta a: ¿Qué opinan de los españoles?, fuera unánime por parte de los tres: Lazy, lazy, lazy. “You know… siesta”.

Me preguntaron qué opinaba yo de los daneses y les dije que me parecían muy simpáticos, muy amigables, pero me daba la sensación de que había un muro que era difícil traspasar. Al parecer, mi respuesta la debían haber oído ya cientos de veces en boca de otros. Al menos, decían ellos, son directos, no como los americanos que siempre te abrazan y parece que son amiguísimos tuyos cuando en realidad no es cierto.

Me intentaron enseñar a pronunciar “lo siento” : “undskyld”, con resultados ridículos por mi parte. Pero me vengué con la única cosa con la que se puede vengar un español: RRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRR. Una de las ilusiones de mi vida después de percibir estas dificultades internacionales para pronunciar la erre, es ver a un niño jugando con un camioncito de juguete, a ver qué sonido le dan al vehículo.

Hubo un momento tenso cuando les pregunté que opinaban de los inmigrantes, por esto de que el tercer mayor partido en Dinamarca tiene tendencias bastante racistas. No les entendí bien, uno dijo algo y luego empezaron a hablar entre ellos en danés, y en seguida cambiamos de tema.

Esta gente viaja demasiado. Les envidio a todos. Y trabajan (ellos, que pueden) durante el verano, a la vez que reciben ayuda del gobierno para estudiar e independizarse cuando aún tienen granos en la cara. Una chica había estado dos veces en Nueva Zelanda, y había nadado con delfines salvajes (You feel like being part of the World), y hecho una barbacoa con carne de canguro. La otra también había nadado con delfines, de pequeña, porque sus papás la llevaron a algún lugar remoto entre Egipto y Jordania. Y luego estaba la que, cuando hablaba en español con Eustaquio, se acercó y nos confesó que le daba rabia no entendernos, porque había estado un mes en Costa Rica… ¡y solo se acordaba de decir, “Pura Vida”!. Qué bella.

Me encanta que los daneses amen España, especialmente Barcelona y Málaga. Y que todos sepan no sólo dónde está Canarias, sino que existe Lanzarote. Una de ellas me contó que su padre está loco por Lanzarote y que va todos los años, “to a place for warming up”… ¡¡La Santa Sport!!, si ya me habían dicho que aquello estaba lleno de daneses.

Supongo que mi gran descubrimiento de la noche ha sido el lenguaje gestual. Aquí no es dificil para una mujer sentirse un trol: entre el frío que reseca la piel, la humedad que encrespa los pelos extranjeros, los bollos y la falta de miradas, rodeada de rubias preciosas, una a veces siente que es casi como si no existiera. He llegado a extrañar, incluso, los piropos soeces de los obreros madrileños, la radiografía de rigor cuando entras a una discoteca, jugar con la mirada de alguien en el metro… un poco de interacción, de sentir que estás ahí, que existes. Me he dado cuenta de que aquí sí que miran, pero tan disimuladamente que apenas te das cuenta; y si interceptas una mirada, en vez de sonreír, bajan la cabeza o vuelven a su dimensión far far away, con sus conversaciones. Supongo que todo será por su discreción, por su respeto, pero no he podido evitar acordarme de Nely, una venezolana que conocí en Toronto, y que nos decía que por allí, y por New York City, ella echaba de menos los comentarios lindos y las miradas que le lanzaban por las calles de Caracas. Si es que es imposible no echar de menos el calor del sur.

Ya para cerrar el post de hoy, que, como siempre, se me alarga, decir que a veces sí que hay robos en Dinamarca. Cuando mi madre estuvo por aquí, en Diciembre, un hombre moreno me estaba intentando meter la mano en el bolso, pero me di cuenta a tiempo. Ayer, con un arte que dejaba la boca abierta, un Marroquí le dijo cuatro boberías a Eustaquio, que le dio la mano. Yo les estaba mirando extrañada, y ni él ni yo nos percatamos, hasta que ya era demasiado tarde, de que el maldito descarado le había mangado el Ipod.

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2 responses to “Choque de culturas”

  1. Susana says :

    Me han encantado los comentarios sobre tus experiencias, me hacen saber algo más sobre la vida de una española en Dinamarka. Soy cubana y estudié hace muchos años en la antigua Checoslovaquía. Tu choque cultural me recuerda al mio a pesar de existir muchos años entre ambas experiencias.
    Hoy mi hija quiere ir a estudiar a Dinamarka el bachillerato, los pelos se ponen de punta! y por eso te he encontrado, porque ando buscando información sobre Dinamarka.
    Mucha suerte y Gracias!
    Susana

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