El autobús noctámbulo y otras historias

La ley del Karma dice que todo lo bueno o malo que hayamos hecho en esta vida, nos traerá consecuencias buenas o malas para ésta o próximas existencias.

Ayer la batalla del día fue la colada. Un proceso que se alargó desde las 4 hasta las 9.30 de la noche. Bajé tres veces a poner la secadora, pero había una averiada, y dos ocupadas, continuamente. Al fin, en mi tercer intento, vi que habían dos secadoras libres y la chica que iba antes que yo estaba poniendo su ropa en la averiada. No le dije nada, metí toda mi ropa rápido en la secadora buena y una vez funcionando, me intenté escaquear. La chica, de Afganistán, no me dijo nada, al contrario, me pidió ayuda para hacer funcionar la suya mientras su bebito me sonreía y me daba la mano desde el cesto de la ropa. Intenté comunicarme en inglés con ella pero no nos entendíamos; en cualquier caso, era obvio que me había colado.

Para compensar este navajazo a la armonía universal, y puesto que cierta concupiscencia intercultural se tradujo en incomunicación, decidí llevar a cabo una buena acción y limpiar mi karma. Así pues, me levanté a las 3.45 am para ir a la casa del fin del mundo a ayudar a Virginia a llevar sus maletas al aeropuerto. Fue curioso porque justo cuando sonaba la alarma estaba teniendo una pesadilla en la que mi mamá me decía: Quédate en casa y duerme. Y yo le gritaba como si me fuera la vida en ello: No, no, no, ¡¡Tengo que salir de casa ya!!. No es la primera vez que tengo indicios de que la mente tiene función alarma.

Poco después, cuando llegué a la parada, semizombi, me di cuenta de que rejseplanen es sabio y cuando sale el dibujo del hombrecito andando, quiere decir que la hora que figura para la “salida” no es la de la guagua, sino la tuya. Así que llegué a la parada como media hora antes y me tocó esperar a alrededor de 0ºC.

La soledad era completa. El viento arrastraba una hoja de periódico al otro lado de la calle y lo hacía girar, como las bolsas de esa famosa escena de American Beauty: “Era uno de esos días en los que sientes que está a punto de nevar… y hay una cierta electricidad en el aire. Casi la puedes oír. ¿Entiendes? Y esa bolsa esta simplemente… bailando… conmigo… como un niño rogándote que juegues con él”

Después de un rato, lo que llamó mi atención fue un hombre negro que cogía su bicicleta para, ¿ir a trabajar? ¿Será cartero, panadero o periodista? ¿A las 4.15 de la mañana? No me cuadraban los horarios. A los 5 min. el mismo tipo volvió a pasar por el mismo lugar con la misma bici. O a lo mejor no era él y de noche todos los gatos son pardos. Y claro, luego pasa lo que pasa…

En fin, la siguiente paranoia fue imaginar que esa esquina tan silenciosa y oscura podría ser la de Privet Drive, y que molaría tener un encendedor mágico para entretenerme jugando a robarle el brillo a las farolas hasta que al fin llegara el autobús noctámbulo y me llevara a través de las calles de Londres, digo, de Copenhague, hasta la casa de fin del mundo.

Por el camino fui contando el número de veces que veía el anuncio de cine de Caperucita Roja versión crepusculiana; pero soy mala con las matemáticas y perdí la cuenta. Tras pasarme dos paradas de mi destino, porque el visor de la guagua estaba estropeado y se leía todo el rato: naesta station lybli-nosequé, llegué (aterida, pero llegué) a casa de Virginia.

Caminamos con sus maletas el largo trecho hasta el metro hablando de ciudades donde proliferan cementerios y tiendas de lápidas, lituanos que pierden la cabeza y niños-gorila que nunca fueron. Echaré de menos esas paranoias.

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