Movimiento

Me he dado cuenta de que de repente me choca quedarme quieta en una ciudad por mucho tiempo y ver el ritmo de la gente, que camina sin pensar a dónde va guiada por la inercia de la rutina. Este curso ha sido algo así como un año sabático, sin casa, sin país a veces sola y a veces sin tiempo para la soledad. He visto menos tele que en toda mi vida pero he estado más horas que nunca expuesta al ordenador y me he echo fan de Kiss FM y de RNE. He aprendido mucho sobre cine, y mucho inglés (aunque éste está sufriendo una pseudoevolución canaria y en vez de think me sale “sink”, y en vez de mouth “mouse” lo cual genera pequeñas desavenencias semánticas) y he cambiado el chip de la independencia por el del compromiso.

Quizás demasiados cambios, que hacen que moverme de un país a otro ya me resulte casi como cuando, cuatro años atrás, descubría cada barrio de Madrid, arrojada por una boca de metro diferente; y de que me sienta en mi casa y en mi cama en cualquier habitáculo en el que pase más de 24 horas.

Aprovechando que los tickets de tren de un país a otro en ese antes gran desconocido que era para mi el viejo continente, vienen a costar lo mismo (¡o menos!) que ir de Copenhague a la universidad de Roskilde, yo me he apuntado a esto de la movilidad europea. Ayer fuimos de excursión a Aachen (en español Aquisgrán), una ciudad alemana colindante con Holanda donde se dice, se cuenta, que el Conde Sándwich empezó a meter comida entre dos trozos de pan para poder zampar mientras jugaba a las cartas. En realidad me basto con salir de la guagua para respirar ese no se qué estático, equilibrado, (aburrido), de algunas ciudades del centro y norte de Europa.

Pero cuando parecía que no íbamos a encontrar nada interesante, nos topamos de frente con la entrada a su catedral, contruída en el siglo XI, en tiempos de Carlomagno (supuestamente su trono se encuentra en el interior). Resultó ser una preciosidad, con sus hermosas vidrieras de colores y su monumental lamparón.

Por lo demás, nada reseñable; linguísticamente la excursión supuso un salto del holandés al alemán (que se traduce en pasar de la nulidad comprensiva a un lento procesamiento de números, comidas y Danke) y una sobreexposición a las tentaciones Kinder y Milka, extremadamente baratos.

Por último, decir que por primera vez en mi largo periplo en busca de las tijeras correctas para mi pelo, se han alineado los planetas y:
una peluquera ha entendido (por fin) el significado profundo de “solo las puntas” (quizás porque nos comunicamos en el lenguaje universal de los gestos), me han depilado las cejas correctamente (sin quitar pelos de más o de menos, sin quemarme el párpado…) y me han hecho un flequillo que no me disgusta; por el módico precio de 18 euros (bendito descuento de estudiante). ¡Larga vida a las peluquerías chinas de Maastricht!

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  1. Atractivos de Aquisgrán « Maastricht y yo - noviembre 4, 2012

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