Sushi con sabor latino

Puede que este sea mi último post escrito in situ en Dinamarca, pero no va a ser moñas, ni especial (eso ya vendrá cuando toque hacer balance desde casa). Les dejo con otro episodio aleatorio de cosas curiosas que ocurren estando de Erasmus.

Amanece el lunes 30 de Mayo, día de Canarias, último día antes de empezar mi vuelta a Canarias.

El casero aparece en mi puerta según lo acordado, sudoroso en sus rollizas carnes. “Here, the deposit” y pone un fajo de billetes sobre la vestidora sin revisar el cuarto (los restos de cerumen de las velas en la moqueta, o el hecho de que me haya cargado un poquito las persianas y las haya sustituído por bolsas de basura).

Cuando cuento el dinero, faltan 500 kr. Bajo corriendo las escaleras y según me ve le explico: “You forgot to give me 500 kr” y sin ni siquiera revisar si estoy en lo cierto, demasiado confiado o demasiado malintencionado, me dice “You are so right” y me da el resto.

Brian, el casero, es amigo de orondo y vive en la casa paralela que hay dentro de esta misma casa donde vivo. Su parte de la casa está separada por una puerta normal que, sin embargo, marca la diferencia entre la ducha sin bañera, la cocina sin cuchillos y el dormitorio sin mesa y un mundo fantástico de televisiones de plasma, grandes sillones y mobiliario abigarrado. Es como cruzar el estrecho de Gibraltar (o los Pirineos, según se mire) y pasar del primer mundo al mundo “en vías de desarrollo”.

Hoy no llueve, puedo ir de manga corta y cholas. Ayer, lágrimas de alegría preparando mi equipaje, hoy, sin poder despegarme de una sonrisa perenne. Me siento tan liviana que casi levito.

Llego a Norrebro, al pisito super mono de Anne, mi compañera danesa, y empezamos a editar como locas para terminar al fin nuestro proyecto sobre la revolución egipcia. Editamos, editamos, editamos, juntos con Eustaquio y Deborah. Anne me contagia con su deseo de sushi y, de vuelta a casa, acabo en la tienda de abajo de su casa preguntando por el menú Lunch, el único acequible.

Resulta que uno de los preparadores de sushi era ecuatoriano, y me dijo nada más verme “si me hablas en español te explico”. Y por supuesto, empezamos a conversar, y me preparó un menú lunch de los baratos, normalmente no disponible a esas horar, me regaló gratis una salsita y me hizo un 10% de descuento.

Me estuvo cotando que llevaba 14 años en Dinamarca, que llevó de visita porque tenía un familiar aquí y se quedó. Me dijo que tenía 27 años y las cuentas no me cuadraron, pero bueno, no esperaba menos que un pequeño descalabro en la partida de nacimiento. Hablamos de que tenía un bar en Alicante, pero la crisis se cargó el negocio y volvió a Dinamarca a preparar sushi, pues había aprendido con un maestro japonés. “Es que soy raro”, decía.

“Bueno, ¿y qué te parece Dinamarca?. A mi puedes serme sincera”. Y le dije que admirable, pero que echaba de menos todo. Y él me dijo que también. Que estuvo viviendo en Barcelona, y en Alicante, donde tenía un bar (supongo que en un periodo intermedio de esos 14 años). España es el lugar perfecto para vivir, me decía, “allí no echaba de menos el Ecuador. Y yo en Ecuador vivía muy bien”.

Me dijo que él pensaba volver. “Aunque estuviera 20 años, 30 años aquí, no me adaptaría. Esto es muy diferente”, me decía. “Nunca he sentido racismo” aclaró, “de hecho cuando llegué aquí era como un animal exótico“, y se sonreía picarón.

Yo esperaba expectante el piropo, la declaración, ese coqueteo travieso tan propio del sur. Y llegó: “Te vi pasar esta mañana en aquella dirección”. “Ah, ¿si?, ¿cómo es que me viste?”, “Es que pensé que chica tan bella”. Me reí: “Ya te salió lo latino”. Y el se sonrió y me dijo “Me andaba aguantando, aguantando, de decírtelo”.

Al final salí del bar con un sushi deliciosamente barato y la sonrisa, que ya traía de casa, aún más acentuada. Llamenme idiota, pero ¿a qué mujer no le gusta un poco galanteo telenovelesco? Un danés, nunca lo haría (nótese que esto también tiene connotaciones positivas).

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