Empapados en Marrakech

Hay casi tantos gatos en Marrakech como personas, y ambos tienen elevadas tasas de natalidad pero los mininos no lo tienen fácil para hacerle la competencia a nada menos que un millón de almas que habitan este pequeño enclave que, por cierto, es una de las cuatro ciudades imperiales de Marruecos.

Realizar excursiones no es fácil teniendo en cuenta la remota probabilidad de no perderse en los zocos, y en la Medina en general, y porque la mayoría de las atracciones turísticas cierran a las 4, cuando nos encontramos metidos en nuestro Riad esperando a que pasen las horas de mayor calor.

En cualquier caso, lo mejor de Marrakech es su ambiente, y de él nos hemos empapado. En el proceso de perdernos hacia la Madraza, que sólo llegamos a ver por fuera, acabamos callejeando por la Medina hasta una especie de avenida comercial donde, extrañamente, no había ni un sólo turista. En los cafés se agrupaban hombres jugando al póquer y las mujeres se agolpaban alrededor de puestos callejeros comprando cosas varias. Las mujeres marroquíes son muy presumidas y se tatúan las manos con hena, algunas, además se ponen adornos en los hiyab aunque ya se ve a muchas que van vestidas al modo occidental.

Las calles la mantienen a una despierta al constante estímulo sensorial de la música, los olores a especias y los inciensos. También para discernir la verdad de la ficción, por ejemplo, cuando en la plaza Jma el Fna se aparecen hombrecillos con serpientes enredadas en las manos; en la oscuridad de la noche es dificil distinguir las de madera de las reales, ambas clases presentes en el lugar.

Uno de los lugares con más encanto de la ciudad es el mercado de las especias que se encuentra justo al lado de la Mella, el antiguo barrio judío. Actualmente la población judía ha mermado notablemente en toda la ciudad y el antiguo barrio se ha convertido en el reducto más pobre de la ciudad. En las tortuosas calles, un sinfín de niños se ofrecen a llevarte a la sinagoga. Nosotros, sin un duro en los bolsillos, les dijimos que sólo estábamos paseando, y nos han atacado tirándonos bolas de goma.

Aparte de la experiencia en el barrio judío, el paseo por el mercado de las especias ha sido ilustrativo. Un mercader de 22 años me nos ha embaucado (más a mí que a Yannick) y nos ha enseñado todos los potingues que tenía en su tienda: una especie de arcilla para las durezas de los pies, otra pieza que al humedecerla sirve como pintura de labios, perfumes de almizcle y jazmín, arcilla blanca con agua de rosas… al final le he comprado dos perfumes y un té por nada menos que 15 euros, pero en el pack iba incluída la clase magistral, la muestra de arcilla, dos souvenirs de regalos, y un descuento “porque tu pareces marroquí”. Después de este episodio de gastar dinero, un grupo de mercaderes de especias nos ofrecieron: “Spyces!, Spyces!” y, al ver que les ignorábamos, cambiaron de táctica: “Viagra!, Viagra!”

En cuanto al turismo más típico, hemos visitado los Jardines Majorelle, un colorido jardín diseñado por el francés Jack Majorelle, abierto al público desde 1947 y donde Yves Sant Laurent y su amigo Pierre Bergé también han metido mano en el proceso de restauración. Es todo un oasis de color y muy agradable para pasear por sus sombras y sus fuentes con pecesillos de colores. También merece la pena pasarse por el Jardín de la Menara, a las afueras de la ciudad moderna, y donde un montón de familias marroquíes se sientan bajo los olivos o se fotografían en frente de la gran piscina, plagada de peces gordos como pipiolos.

Nos hemos pasado por Palais Bahia (s.XIX) y Palais El-Badi (s.XVI), muestras representativas de la arquitectura islámica, construidos con sendos patios donde la presencia de agua en medio de tanto secarral la hace a una dar marcha atrás en el tiempo e imaginarse la opulencia de sus antiguos habitantes. El segundo, antiguo y majestuoso, repleto de nidos de cigüeñas; y el primero, pequeño y lleno de cerámicas geométricas, ambos un sueño para los amantes de la saturación y el contraste de colores. Nos hizo gracia que, al acercarse dos policias a registrarnos el bolso antes de entrar a los Majorelle, nos dijera sonriendo: “No hay vino, ¿no?”. Chiste fácil para turistas 🙂

Detalles que llaman la atención a todo turista son las tiendas de carne donde, a veces, hay animales colgados en canal (por esto de que los musulmanes deben vaciar completamente de sangre al animal antes de comerlo). Por otro lado, son curiosas las servilletas hechas de papel de folio que hay en los restaurantes y que sirven a la vez de mantel, de soporte para hacer manualmente la cuenta, y para limpiarse las manos, necesario sobre todo si una se anima a hacerlo como lo hacen los marroquíes, con las manos. Por suerte el papel de baño tiene la textura tradicional. La cerveza con alcohol es, definitivamente, imposible de encontrar, incluso en el distrito modernos en un gran supermercado.

Espero calarles un poquito con el ambiente marroquí, que la empapa a una no sólo en sudor, sino en música, olores, colores y miles de tramas humanas desarrollándose alrededor. Mañana nos espera un viaje relámpago por el desierto, y noche en Zagora. Ya les cuento.

Anuncios

Etiquetas: , , , , , , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: