Excursión al Sahara

Partimos de Marrakech a las 7.30 de la mañana, después de un desayuno rápido en una de esas pastelerías pobladas de abejas. El baño, carente de wc, tenía sólo una letrina para nuestra ingrata sorpresa. Esta primera parada iba incluída en el pack de viaje de 68 euros por cabeza que pagamos por Internet a una compañía llamada Gomoco, aunque fuimos informados después que al hacerlo por las agencias locales salía sensiblemente más barato.

Después del desayuno nos unimos a un grupo que venía en minibus; nuestros compañeros de aventuras por dos días. Diez de ellos eran británicos, hijos de inmigrantes y musulmanes. Ocho de ellos eran silenciosos como muertos pero los otros dos hacían bulla por todos: “Ey, Johnson, go away from my camel” “Ey Johnson, what’s going on?” “Ey Johnson…” Y al final, ese “Ey Johnson!” fue la frase del viaje, repetida hasta la saciedad, pero ni Yannick ni yo descubrimos quién de los diez era Johnson. Además, gracias a ellos, con sus imitaciones,descubrí a Borat, un cómico que interpreta a un periodista de Kazajstan que se va a Estados Unidos y ridiculiza el American Way of Life.

Había también una pareja de italianos que apenas hablaba inglés y que siempre se veía embaucada por un montón de vendedores, en todas las paradas que hicimos durante el viaje, en restaurantes caros y comercios con los que tenía acuerdos la agencia. Malditas comisiones.

Finalmente, había una mamá danesa con sus dos hijas y un marroquí afincado en Copenhage, consorte de la mujer. El plan de ellos se basada en escaquearse de las excursiones históricas para irse a bañar a una piscina o contarnos como irían a la costa para que las niñas montaran a caballo. La hija mayor era especialmente insoportable, diciendo, sin que nadie le preguntara, cosas como: “Yo para el desierto llevo sólo lo imprescindibles. Ya sabes, maquillaje…”.

El guía era un señor diminuto y tostado que nos trataba como a ganado. Nos intentaba vender la moto con todos esos comercios de los que obtenía comisión; sin explicarnos demasiado sobre el lugar. Su hilo musical no tenía precio: Aserejé, Bomba, el Humahuaqueño… La danesa pedía dance, pero se tuvo que conformar con los exitos más casposos de mi patria.

El viaje fue precioso pero extremo. Mucho calor. Tanto calor que daban escalofríos, como cuando se tiene fiebre. Tanto calor que tuvimos que sucumbir al reclamo turístico de los turbantes tuareg para protegernos la cabeza (que desteñían con el calor y se cargaron parte de mi vestuario).

Lo más interesante del viaje fue ver cómo cambiaba el paisaje, de la árida Marrakech a los montes del Atlas, pasando por un montón de aldeas bereberes, y por la zona del valle de Argán, donde se fabrica un aceite que se vende como el oro, como souvenir para turistas.

De las áridas montañas nacían a veces saltos de agua que, al llegar a los valles, se transformaban en tierras de cultivo a la vera de las cuales se asentaban pequeñas poblaciones con casitas de barro, o sendos oasis. Siendo cristianismo creado en tierra de desiertos, como ésta, no me extraña que el paraíso sea un jardín y el infierno un lugar de fuego.

Niños en burro y campesinas portando su cosecha en la cabeza fueron las escenas más repetidas en los alrededor de 200 km que nos separaban de Zagora, nuestro destino final.

A mitad de camino paramos en la Kasbah Ait Benhaddou (alcazaba), una ciudad fortificada, de edificios de barro, del siglo XII; Patrimonio de la Humanidad y que hizo las delicias de Yannick. Dicho enclave fue utilizado para el rodaje de películas como Gladiator, El Reino de los Cielos, Sansón y Dalila, Babel, Laurence of Arabia y Cleopatra, entre otras. Nuestro guía, un negro que fumaba como una calera a pesar del fuego que se cocía sobre nuestras cabezas, había formado parte de la multitud en Gladiator. ¿Por qué tantas películas aquí? “Porque hay un estudio de cine, aquí cerca”. Cierto. Azotado por el sol había, a pocos kilómetros, un enorme estudio en medio de la nada.

Cuando el sol empezaba a aflojar llegamos a Zagora, final de nuestro trayecto en minibus. Ahí cogimos una muda de ropa y, en camello, fuimos recorriendo un trecho despoblado por alrededor de una hora hasta que llegamos a las jaimas. El desierto era de piedra aunque, a medida que nos acercábamos a las tiendas, empezaban a aparecer algunas dunas. Ya estábamos en el Sahara aunque, según nos explicaron, el Sahara de las postales, en de las inmensas llanuras de fina arena, quedaba a 20 kilómetros más de camino y hubiéramos tenido que pernoctar una noche más para llegar a verlo, añadiendo a nuestro recorrido la ciudad de Merzouga, la puerta del desierto.

Yannick y yo llegamos los últimos y tuvimos que compartir un camello cojo y furioso que no se amansaba por mucho que se le dijera ¡Fuche! ¡Fuche!. Por suerte apareciéron los guías con otro, blanquito y manso, y en ese me encasqueté yo, dejando a Yannick a lomos del pata loca y riéndome de él cada vez que lo miraba de reojo y lo veía, zarandeándose sobre el animal con el ceño fruncido.

Sefue poniendo el sol mientras íbamos sobre nuestros camellos de la forma más suave imaginable. El cielo, lentamente, se fue tornando color oro, provocando reverberaciones casi mágica sobre las dunas.

Cuando calló la noche, los ojos de nos llenaron de estrellas. Lejos de la contaminación lumínica, el firmamento se presentó desnudo ante nosotros. Bastaba con mirar fijamente el cielo unos segundos para encontrar estrellas fugaces. Era tal la oscuridad, que podíamos distinguir la vía láctea, marcando una línea sobre nuestras cabezas. Jugamos a encontrar costelaciones; más sencillo que encontrar la estrella polar entre tanto brillo.

Cenamos un tajine de pollo y un vaso de te en una tienda que más bien parecía una sauna. Los bereberes- turísticos prepararon una hoguera y empezaron a tocar los tambores y a bailar alrededor de las llamas.

Pasé la noche despierta, en la tienda, en compañía de un grillo gigante que se movía a la altura de mi cabeza. No había luz así que me daba miedo moverme y tocarlo.

Al día siguiente tocó desandar lo andado. Paramos a comer en una ciudad sin ningún interés. Nos pegamos como lapas a los daneses y acabamos en un hotel idílico pidiendo el plato más barato y ganando a cambio libre acceso a la piscina.

A media tarde llegamos de nuevo a Marrakech, llenos de mugre pero satisfechos; y cruzamos Jma el Fna mirando con otros ojos las postales del desierto.

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