De desayunar: incomunicación con salsa alemana

Berlín tiene algo en común con marruecos; las pastelerías son auténticos panales de abejas. Además, Marruecos, caliente y lleno de gatos pulgosos me regala, casi, un golpe de calor, pero ni una sola picaduras de insecto. En Berlín, sin embargo, los mosquitos me meriendan viva. Malditos bichos alemanes. Deben ser resistentes a los veranos de 15ºC y a la lluvia. Ellos, porque yo me he dado a la inverosímil tarea de ir a comprar una bufanda cuando es agosto en el hemisferio norte. Y he tenido que ir al médico

Bueno, más bien el médico ha venido a mí. En ese aspecto he tenido suerte. Un amigo de Yan ha llamado a su madre, que es doctora y ha aparecido a la media hora con su maletín, en plan Médico de Familia. Me ha abierto la boca y ha sentenciado: Tonsillitis. Para pagarle a su hijo que me salvara la vida le he preparado, a él y sus amigos, dos tortillas-mamut de 10 huevos y un saco de papas; y 5 panes con tomate y jamón serrano. “Tapas”, que le dicen ellos a toda la comida española, no era la palabra adecuada para comida de semejantes dimensiones. Pero lo devorarón todo, como si realmente se tratase de puro tapeo.

Se me ha caído un mito de Alemania al descubrir que muchos alemanes no tienen ni idea de hablar inglés. Aquí está todo doblado, y la tele ni siquiera tiene la opción de cambiar los programas a VO. Todo esto se traduce en una profunda incomunicación que me hace soñar con la utopía del Esperanto.

Vivo en un apartamento cerca de la escuela de alemán, en el barrio “bien” de Wilmersdorf, en la parte occidental de Berlín. La dueña es M. Heinze, una joven alemana con la que no me puedo comunicar. No es posible. Ella no habla ni una sóla palabra de inglés o español, y mi alemán no da para conversaciones. Sólo se que es extramadamente ordenada, que tiene diabetes y que su perra, grande y ciega, se llama Lucía.

El otro día oí un golpe y la oí repetir “Scheiße!” (¡Mierda!) durante un buen rato. Me quedé inmóvil en mi cuarto. A lo mejor se le ha caído algo al suelo. ¿Cómo le digo si está todo bien?. En fin… Salí de la casa y me la encontré sentada en una silla con una cara muy rara, mirándome con incredulidad cuando me despedí de ella felizmente: “Tschüß”. Ayer descubrí el porqué de su expresión. Llegó a casa con muletas. Le intenté preguntar qué había pasado pero no nos entendimos. Volví a mi cuarto y la escuché llorar mientras hablaba por teléfono. Mal rollo.

Menos importante, pero igualmente incómodo, ha sido el momento culmen de la semana. Un concurso de cine que Yannick y sus amigos se pasan esperando todo el año. Yo me lo imaginaba como una competición rápida, en un lugar abierto, de acceso gratuito. Error. Para empezar, había que pagar 5 euros. Curioso, teniendo en cuenta que no estaba claro si el ganador obtenía premio o no; lo hacían por el puro placer de competir y demostrar los propios conocimientos. Duró 3 horas y media y estaba en medio de Kreutzberg, un barrio “peligroso” en el que tenía todas las papeletas para perderme si intentaba escapar. Ya tengo record de perdidas sólo con intentar caminar entre la escuela y la casa, normalmente 5 min, pero que a mi me requiere media hora. Ahora entiendo por qué el amigo de María andaba por Berlín con una brújula.

En fin, el caso es que acabé abriendo mi libro de alemán, poniendome a buscar palabras en el diccionario dada mi incapacidad para entender una sola palabra. Alrededor, la gente frikeba y bebían cervezas como si de agua de tratase. Eso sí, he de admitir que a pesar de un abseso de impulsos asesinos, al día siguiente, en clase, se encendió la bombilla y empecé a entender muchas cosas. Quizás cuando se desata el odio hacia el alemán es cuánto empiezas a entenderlo.

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