A lo mejor un cactus

Mi gato podría ser modelo, es tan guapo… y fiero, como un tigre. Su mayor afición es perseguir los tapones de corcho que ruedan entre sus patas mientras todos los demás le miramos extasiados y nos jactamos: “Nuestro gato va a ser un gran cazador”. Y todo ésto a la tierna edad de un mes y poco: “Pero qué gatito tan espabilado…” “Qué listo”.

Además, es todo un atleta olímpico, su especialidad: el salto de altura. Trepa al sillón, o maulla con ansia para que se le encarame en la hamaca mejicana que pende de las paredes y, cuando se aburre, toma impulso y fiiiuuum, pega un elegante salto y aterriza en el suelo con la gracia con que sólo los gatos saben. A veces el apego por mi gato es tan grande y tan grande el orgullo que una se encuentra callendo en el límite del patetismo: “Espera, mi amor, que ahora va mami a darte mimitos.”

El tema de su nombre ha causado polémica. Yo votaba por Pipo, cuando aún lo conocía sólo a través de la webcam pero mi hermano, que es alérgico a los gatos, se ha atribuído la potestad de llamarlo Dragón. Era eso, o un nombre mitológico estilo Zeus. En fin, qué más dará, todos sabemos que los gatos responden más ante el olor de las sardinas que ante la llamada dulce de sus amos.

Dragón, que al fin y al cabo es sólo un bebé, se ha visto aquejado de males estomacales al pasar de la leche de su mamá a la de vaca marca Lidl que nosotros le echábamos. “Si sigue así… Los gatos chinijos pueden morir por una diarrea”, ha sentenciado mi padre. Total, que he tenido que ir a la tienda de animales a gastarme 10 euros en leche maternizada, y lo mejor del caso es que hay que servírsela al niño tibia, para que le caiga bien a su pancita.

Por si esto fuera poco, ayer ha truncado su futuro olímpico: se ha lanzado del sillón y… ¡horror! Ha aterrizado con una torpeza digna de un chucho, y se ha quedado cojo. Como tonto no es, desde entonces se ha quedado muy quieto en su cesta, saliendo solo para comer y cada vez que me veía, me maullaba lastimeramente como diciéndome: “Venga ya, tia.” “¡Haz algo!, ¿no?”.

Total, que en compañía de mi hermano y su alergia, hemos ido al veterinario y le han pinchado un antiinflamatorio. “Tiene una distensión muscular, no es nada de los huesos”, ha explicado el veterinario. 23 euros menos en la cartera y el casi imperativo de volver en 10 días para comenzar el proceso de vacunación. Además, consejos: “Ya con esos dientes, tienes que ponerle también algo de comer, no sólo leche” “Tienes que vigilar sus deposiciones a ver si tiene lombrices”.

Ya de paso, hemos hecho una ficha a dragón en la base de datos del veterinario, que viene a ser el equivalente a realizar la inscripción en el Registro Civil. “¿Cuándo nació? ¿Cómo se llama? ¿Dónde vive?”… y así un largo etcétera.

También, haciendo caso al veterinario, hemos creado un área restringida donde no hay peligros posibles: retirar todos los objetos donde se pueda encaramar, todas las rendijas donde se pueda colar y rodear el area con una red para que no escape, para que guarde reposo. El equivalente a los protectores de enchufes, y a las tablas para impedir que se caigan de la cuna los bebés humanos.

Maldita sea, y por si fuera poco, resulta que Dragón es una hembra. Si su nombre no trastoca su identidad sexual nuestro intrépido conquistador que se va de casa y vuelve (o no) a los tres días se ha esfumado del imaginario colectivo. En su lugar nos toca integrar un futuro no muy lejano en el que, sera una gata cortejada que, como no le liguemos las trompas, acabará generando una familia de minidragones.

Si todo esto conlleva tener una mascota, no me quiero ni imaginar lo que es ser madre. No, no estoy preparada para tener a mi cargo a ningún ser mamífero (si hasta los peces se me mueren).

Perdida en estas reflexiones, pienso con resignación: “A lo mejor una planta…”. Entonces me topo en el pasillo con una planta que Yannick le ha regalado a mi madre. Solía estar verde y tener una corona de florecillas rojas pero ahora está casi completamente seca. ¿Qué le habrá pasado? ¿Exceso o defecto de agua o luz?. Le he estado cortando las hojas secas y la he puesto en la terraza. ¡Vaya complicaciones!. Tampoco quiero plantas.

Bueno, quién sabe, a lo mejor un cactus…

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