Essaouira, un soplo de aire fresco

Julio de 2011

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Explorada Marrakech, ciudad imperial, y tras una breve excursión hacia el desierto a través del Atlas, nos lanzamos a conocer otra cara de Marruecos: la costera.

Mientras nuestros compañeros del viaje al desierto partían rumbo a Agadir, nosotros nos pusimos camino a Essaouira, la ciudad del viento. Yannick, seducido por la oportunidad de ver su vieja muralla, que había sido utilizada en la película El Reino de los Cielos para escenificar la antigua ciudad de Jerusalem y yo, desesperada por zambullirme en agua fresca.

Fue un viaje fácil, de unas dos horas y media, con la compañía de guagua CTM que, si no recuerdo mal, nos cobró 6 euros por trayecto más los dos euros extra por el equipaje que hay que regatear.

Essaouira se me antojo la Lanzarote que contaban mis abuelas, con casas blancas descascaradas y un intenso olor a mar y a pesca. Las gaviotas nos vigilaban desde las alturas mientras nosotros vagabundeábamos rumbo a la Medina, donde se encontraba nuestro alojamiento.

El Hotel Majestic fue la peor parte del viaje: sucio, destartalado y húmedo. Para ducharse había que pagar extra, aunque en las duchas de la playa también podía una dar un par de monedas a los niños que ponían cara al negocio, a cambio de una pastilla de jabón y un remojón en agua dulce. Pese a todo, cuando una subía a la terraza por las tortuosas escaleras, se encontraba con una de las mejores vistas de la ciudad. Desde lo alto, sin envidiar siquiera a las gaviotas, atisbábamos el mar chocando contra la centenaria muralla y los tejados bajo los que se cuece la vida real, ajena a los turistas.

Essaouira es una ciudad turística, pero de un perfil mucho más específico que en Marrakech. Aquí se notaba la presencia de turismo familiar francés pero había, sobre todo, mochileros. Así, una desayunaba escuchando a los de al lado hablar de sus viajes a La India o se encontraba en la calle a un grupo de desgreñados tocando felices las palmas al son de una guitarra.

Essaouira nos sedujo mientras dábamos paseos, por su Medina, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, su muralla con los cañones amenazantes apuntando al horizonte y haciéndonos soñar con historias de piratas.

En Essaouira nos encontramos vendedores de souvenirs y de pastelitos de marihuana, camelleros que prometían preciosos atardeceres a lomos de sus bestias en la misma orilla de la playa, pescadores destripando a sus presas y niños jugando al fútbol mientras a sus madres les bailaban las ropas y los velos con los soplidos del mar.

Al oído, Essaouira era el granznido de las gaviotas; al olfato, fuerte olor a pescado; al gusto, un té con menta para calentar el estómago; a la vista, el blanco húmedo de las casas tras la neblina matutina; al tacto, el frío y el ímpetu de las olas en una playa infinita.

Essaouira fue el contraste con el bullicio de Marrakech y el calor extremo del desierto. Fue como un caramelo de menta que nos permitió respirar hondo, bien hondo, antes de la vuelta a Europa.

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