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Las salsas del Taco Bell…

… qué simpáticas!

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La flor que vende el cactus

En este mundo de colágenos y silicona hay manzanas brillantes y rojas que no saben a nada y hamburguesas del Mc Donald que se comen en una sala decorada con tomates y lechugas. Todo sea por engañarse a punta de ilusión óptica.

Para mi sorpresa, no se libran de la cirugía para las apariencias ni los cactus. Miren, después de que el verde exótico de uno de ellos se desnudara de los truco del betún y quedara pálido y triste, hoy he descubierto que la flor que exibía otro era puro plástico y pegamento. Al final, he tenido que pincharlos para ver si detrás de tanto emperifollo les quedaba algo de savia por dentro.

La cara humana de la crisis

Todo el que frecuenta el Paseo de la Castellana a la altura de Cuzco, la conoce. Yo la veo todos los días cuando voy a trabajar, haciendo girar las mazas de colores. Hace malabarismos entre los coches, todas las tardes, y se viste de colores vivos, como los juglares de la Edad Media. Siempre pienso que me gusta su sombrero negro, que lleva con gracia sobre un pelo lleno de rastas. Es una buscavidas. ¿Será feliz? Me pregunto. Nunca he visto a nadie echarle una moneda. Yo tampoco lo he hecho, lo admito. Siempre tengo demasiada prisa.

Normalmente los artistas ambulantes se cansan de su trabajo y lo abandonan. Eso se nota cuando frecuentas una misma línea de metro, o una calle determinada. Pero ella sigue ahí, como parte del paisaje vespertino, descontextualizando el ir y venir de los coches alemanes de los empresarios, con su burbuja circense. No he sido la única que se ha fijado en ella, basta poner en Google “malabarista, madrid, cuzco” para encontrarla.

Hoy ha pasado algo sobrecogedor. Algo tan antinatural como ver a un payaso triste, por ese patetismo que añaden a la situación las alegres vestiduras. Así me la encontré, sentada en una acera entrevías, llorando. Un señor se agachó y ella, entonces, se rebeló contra el mundo a gritos.

No se qué desencadenó su reacción, la gota que colmó el vaso. Sólo se que con acento argentino empezó a decir “Eso de que si trabajas duro las cosas te van a ir bien es una mentira. Yo he trabajado duro y ahora lo que tengo es un edema…” “Esos cabrones banqueros si que tienen dinero para comer” “La vida es una mierda”.

Y aunque no se quién es, ni si ella misma ha llevado su vida hacia esos puertos de desesperanza, su historia es el reflejo de la situación que estamos viviendo. Ella es una indignada. La frustración es el combustible de su arrebato. Y por eso, este post es mi homenaje a ella que, casi seguro, seguirá haciendo girar sus mazas en las carreteras, ante la indiferencia de los que le sacan el jugo al sistema.

Adoptar un sofá

Todos tenemos “un amigo” que una noche se encontró a la princesa de sus sueños, se la llevó a casa, y a la mañana siguiente por arte de magia se había transformado en un horripilante orco. “Magia” o copas.
Esas distorsiones sensoriales son muy peligrosas. Sobre todo cuando se entremezclan con mitos.
El mito en nuestro caso fue que en las calles de Madrid se encuentra mobiliario interesante. Error, puede que lo haya en Chueca o en el barrio de Salamanca, pero no en “Embajapiés”. Y ese es el ser espeluznante con el que nos encontramos esta mañana, encarnado en un sofá moribundo, patético, cojo y con canas. Un sofá vagabundo, azul, con signos de tortura (quemaduras de cigarro) y un hoyo en el centro formado por un culo que podría presumir de la habilidad de formar circunferencias casi perfectas.
Además, tiene una ingente cantidad de pelos incrustados por lo que deducimos que sus dueños anteriores eran de naturaleza canina, o humanos con alopecia.
Hemos pasado dos horas, al menos, intentando hacer un tetris con el sofá, pero su sola presencia rompía la harmonía de la habitación, y era demasiado grande y demasiado viejo y tenía impregnada en su tela el hedor y la sangre de demasiadas batallas.
Vivimos en un cuarto piso, sin ascensor, subiendo unas escaleras de película de terror y unos barrotes que amenazan con desplomarse cualquier día. Anoche, con la fuerza de dos personas, pudimos entrarlo pero… ¿Y ahora cómo nos deshacemos de él? Necesitamos un compinche para esta noche para que, con nocturnidad y alevosía, nos ayude a deshacernos de ese cacharro que nunca debimos haber recogido.

Historias de vejez

Siento no meterme más a menudo por aquí estos días. La rutina de clases, prácticas e idiomas se me come todas las palabras y me da una gran crisis de la hoja en blanco. De momento, hoy les dejo un post pequeñito, pero sentido, de dos acontecimientos que me han conmovido esta semana;

El primero, tuvo lugar el lunes. Cuando subía por la Ribera de Curtidores rumbo al metro, me encontré con una ambulancia y un par de operarios a punto de meter dentro a un anciano. Era un procedimiento banal, sin urgencia, como lo son casi todos cuando se trata de nuestros abuelos y de la oxidación natural de sus cuerpos. Me pareció desvalido, pálido, arrugado, no carente de cierto patetismo. Pero cuando estaba a punto de compadecerme de él me di cuenta del detalle más bonito del mundo; caminando despacio, probablemente por problemas de los huesos, como una pasa, seca por los años, pero sólo por fuera, estaba su mujer. Cuando llegó hasta él, le acarició la frente con ternura y le dio un beso, antes de dejar que lo metieran en la ambulancia. Era un beso precioso, un beso de “estoy contigo hasta el final”.

El otro, ocurrió en la guagua hace dos días. Se trataba también de una pareja de ancianos. Una señora regordeta, con cuerpo de madre bicentenaría, preguntaba a su marido: “¿Por dónde estamos”; y él le respondía: “Por la Ronda de Segovia. Antes nos andábamos todo esto para allá, hasta Tirso de Molina”.
Ella, tras sus gafas gordas y redondas, no se acordaba. Él parecía nostálgico.
“¿Sabes qué ha sido de Santiago?” preguntó ésta vez él, perdido en algún recuerdo lejano. “No tengo ni idea. Lo último que he sabido es que le operaron de una hernia. Ya habrá muerto o estará al caer… como todos” y esas últimas palabras,pronunciadas con naturalidad, sin rastro apenas de congoja, sonaron como su propia sentencia de muerte. Luego se hizo el silencio.

Ryanair y el equipaje de mano

Escenario: … adivínenlo.

Sí. Un avión.

Una semana antes de volar: ansiedad e insomnio. Mi madre se asombra: “Mi niña, tantos viajes y cada vez más nervios”. Claro que sí, mamá. Que soy experta en retrasos, cancelaciones, roturas de maletas, pérdida de vuelos y hasta dos aterrizajes de emergencia. Pero lo del otro día ya rebasó límites.

Estaba en el aeropuerto, preparada para volver a Madrid. Cuando me acercaba a la entrada del avión me encontré con el simpático medidor de equipajes y una señora con cara de yogur caducado que le hizo facturar el equipaje de mano al tipo de delante porque llevaba por fuera, colgada al cuello, una cámara de fotos: ¡Sólo un bulto! Sonríe con malicia la vieja.

Yo llevaba mi carrito azul, que siempre me había acompañado sin problema en las aventuras lowcost. Entró y salió, eso sí, con esfuerzo. Cuando me encamino hacia el avión, escucho: “Si no entra y sale facilmente hay que facturar”

-Oiga, y ¿cuánto cuesta facturar?

Son 40 euros– canturréa la vieja.

Pero… Si es que ha entrado. No ha sido facil porque como la tapa es blanda se han ido las cosas al fondo y han hecho de tapón…

La miro, suplicante. Ella sigue revisando la facturación online de los pasajeros. Me ignora. Así pues, yo empiezo a caminar hacia el avión. Al fin y al cabo, el que calla otorga.

Con teatralidad, me deja avanzar unos pasos y, cuando casi desaparezco en la curva, en el pequeño corredor que va al avión, me grita: “¡Señorita! No crea que va usted a colarse. Deje aquí la maleta”.

Me doy la vuelta. Ella sigue revisando DNI y equipaje de los demás pasajeros. Ni me mira, ni me dice nada más. Suelto la maleta junto a las demás que han sido secuestradas y me voy al avión, echando chispas.

Una vez dentro, tras cinco minutos de inspiración-expiración, recuerdo: ¡Mierda! Tengo el ordenador dentro, sin forro ni nada.

Intento salir del avión, a contracorriente y una pasajera me para: “Oye, ¿eres tu la de la maleta azul claro?. Que fuerte, yo vi cómo te entraba. La han dejado en una esquina, para llevarsela a objetos perdidos.”

“¿Cómo?”. “Sí, sí. Que se han llevado todas las maletas a la bodega y la tuya la han dejado abandonada en un lado.

Hay momentos en la vida en que una pierde el sentido del ridículo. ¡Yo tenía que salvar mi maleta de las garras de esa vieja maldita! Empecé a correr hacia la puerta del avión en sentido contrario a los flujos de embarque: “¡Perdonen! ¡Por favor! ¡Tengo que salir!.

Cuando llego a la puerta intento explicarme: Mi maleta… objetos perdidos… la señora de la puerta… ¡¡Joder!!… mi ordenador… mis papeles…

Por supuesto, la azafata me dice que me siente y me calle. Los espectáculos a bordo de Ryanair sólo pueden ser de naturaleza comercial: “Una vez te subes al avión no puedes salir. Está a tope…”

Al final, una operaria me saca a regañadientes y me lleva al mostrador, el escenario de la emboscada, donde estaba la vieja:

Señora, usted no me dijo en ningún momento que tenía que pagar los cuarenta euros aquí, sobre la marcha. Usted sabía que esa maleta era mía y la tiró a objetos perdidos..

Estoica, la “señora” me ignora.

Airada, cojo mi ordenador, mis papeles de la matrícula y el alquiler y me acerco al mostrador. Una operaria me dice algo así como: “Te parecerá bonito, el avión está lleno de gente y estamos esperando por tí”. ¡Será p***!

La señora con cara de yogur ácido me dice dulcemente, imperturbable: “Son cuarenta euros”.

Que te embolses una buena comisión, y que te coman los bichos, me despido mentalmente.

Le pago y subo al avión, incrédula. Entre que vuelven a abrir la bodega del avión y vienen los cochecitos por segunda vez, sólo para transportar mi maleta, pasa más de media hora.

Qué divertido, he montado el numerito y además he retraso el vuelo. ¡Soy como las celebrities!

A la chica que ha tenido el detalle de decirme que habían dado mi maleta por huérfana de dueño se lo agradezco, pero pronto viene una azafata por detrás y me dice: “Bueno. Estas cosas pasan. Si te parece siéntate que ya no quedan muchos huecos libres y ya te traemos un vasito de agua” Y me empuja como si intentara meter en vereda a una cabra díscola.

El vaso de agua nunca apareció.

Ryanair, cada día me das más alegrías.

Links relacionados:
Aterrizaje de emergencia de Ryanair

A lo mejor un cactus

Mi gato podría ser modelo, es tan guapo… y fiero, como un tigre. Su mayor afición es perseguir los tapones de corcho que ruedan entre sus patas mientras todos los demás le miramos extasiados y nos jactamos: “Nuestro gato va a ser un gran cazador”. Y todo ésto a la tierna edad de un mes y poco: “Pero qué gatito tan espabilado…” “Qué listo”.

Además, es todo un atleta olímpico, su especialidad: el salto de altura. Trepa al sillón, o maulla con ansia para que se le encarame en la hamaca mejicana que pende de las paredes y, cuando se aburre, toma impulso y fiiiuuum, pega un elegante salto y aterriza en el suelo con la gracia con que sólo los gatos saben. A veces el apego por mi gato es tan grande y tan grande el orgullo que una se encuentra callendo en el límite del patetismo: “Espera, mi amor, que ahora va mami a darte mimitos.”

El tema de su nombre ha causado polémica. Yo votaba por Pipo, cuando aún lo conocía sólo a través de la webcam pero mi hermano, que es alérgico a los gatos, se ha atribuído la potestad de llamarlo Dragón. Era eso, o un nombre mitológico estilo Zeus. En fin, qué más dará, todos sabemos que los gatos responden más ante el olor de las sardinas que ante la llamada dulce de sus amos.

Dragón, que al fin y al cabo es sólo un bebé, se ha visto aquejado de males estomacales al pasar de la leche de su mamá a la de vaca marca Lidl que nosotros le echábamos. “Si sigue así… Los gatos chinijos pueden morir por una diarrea”, ha sentenciado mi padre. Total, que he tenido que ir a la tienda de animales a gastarme 10 euros en leche maternizada, y lo mejor del caso es que hay que servírsela al niño tibia, para que le caiga bien a su pancita.

Por si esto fuera poco, ayer ha truncado su futuro olímpico: se ha lanzado del sillón y… ¡horror! Ha aterrizado con una torpeza digna de un chucho, y se ha quedado cojo. Como tonto no es, desde entonces se ha quedado muy quieto en su cesta, saliendo solo para comer y cada vez que me veía, me maullaba lastimeramente como diciéndome: “Venga ya, tia.” “¡Haz algo!, ¿no?”.

Total, que en compañía de mi hermano y su alergia, hemos ido al veterinario y le han pinchado un antiinflamatorio. “Tiene una distensión muscular, no es nada de los huesos”, ha explicado el veterinario. 23 euros menos en la cartera y el casi imperativo de volver en 10 días para comenzar el proceso de vacunación. Además, consejos: “Ya con esos dientes, tienes que ponerle también algo de comer, no sólo leche” “Tienes que vigilar sus deposiciones a ver si tiene lombrices”.

Ya de paso, hemos hecho una ficha a dragón en la base de datos del veterinario, que viene a ser el equivalente a realizar la inscripción en el Registro Civil. “¿Cuándo nació? ¿Cómo se llama? ¿Dónde vive?”… y así un largo etcétera.

También, haciendo caso al veterinario, hemos creado un área restringida donde no hay peligros posibles: retirar todos los objetos donde se pueda encaramar, todas las rendijas donde se pueda colar y rodear el area con una red para que no escape, para que guarde reposo. El equivalente a los protectores de enchufes, y a las tablas para impedir que se caigan de la cuna los bebés humanos.

Maldita sea, y por si fuera poco, resulta que Dragón es una hembra. Si su nombre no trastoca su identidad sexual nuestro intrépido conquistador que se va de casa y vuelve (o no) a los tres días se ha esfumado del imaginario colectivo. En su lugar nos toca integrar un futuro no muy lejano en el que, sera una gata cortejada que, como no le liguemos las trompas, acabará generando una familia de minidragones.

Si todo esto conlleva tener una mascota, no me quiero ni imaginar lo que es ser madre. No, no estoy preparada para tener a mi cargo a ningún ser mamífero (si hasta los peces se me mueren).

Perdida en estas reflexiones, pienso con resignación: “A lo mejor una planta…”. Entonces me topo en el pasillo con una planta que Yannick le ha regalado a mi madre. Solía estar verde y tener una corona de florecillas rojas pero ahora está casi completamente seca. ¿Qué le habrá pasado? ¿Exceso o defecto de agua o luz?. Le he estado cortando las hojas secas y la he puesto en la terraza. ¡Vaya complicaciones!. Tampoco quiero plantas.

Bueno, quién sabe, a lo mejor un cactus…