Archive | Erasmus RSS for this section

Adiós, Copenhague, adiós.

A ritmo de bossanova y con sabor a farofa se siente mi última cena en Dinamarca.

El hielo se ha derretido; la noche casi no existe; Dinamarca se acaba. Esta vez de verdad. Quién sabe si para siempre.

En este fugaz viaje de vuelta, especialmente en este último día, he hecho las paces con Copenhague y he decidido guardarla como un muy buen recuerdo. No le voy a negar un pequeño, pero existente, espacio, a la nostalgia.

Las noches de insomnio acentúan esa sensación de irrealidad. Y es que Erasmus siempre fue una experiencia en la frontera de lo cierto; donde casi todo era posible. Y el riesgo enorme de ese azar se digería solo por la certeza de estar viviendo una vida prestada. Al final de la experiencia, se deshace la ciudad como el coche-calabaza de la cenicienta cuando tocan las doce. Los amigos vuelven a sus casas. Y uno tiene que recuperar la vida, su vida, la de verdad.

Nunca fui de aquí, y nunca lo seré. Y no diré que todo fue bonito, pero animaba el hecho de que las cosas malas tenían la importancia de las películas. Son una ficción. El final llegaría tarde o temprano. Y si se retrasaba mucho siempre existía la posibilidad cobarde de apretar el botón de Stop.

Ahora toca volver a la gravedad de las cosas que realmente importan. Pero también a la felicidad de los seres de floración perenne que se encuentran en nuestra vida (la familia, los amigos, el amor, y los fantasmas del pasado). Y me saca sonrisas saber que en la vida de verdad, la de las pequeñas luchas cotidianas, un par de personas prometen dar el salto de la opiácea Copenhague a la vibrante Madrid.

Al habla desde Zurich

Al habla desde el aeropuerto de Zurich. Me encuentro en un tránsito de más de siete horas de duración, que culminará con otro vuelo destino Copenhague. Es dificil decir si me apetece menos sufrir esta inoculación de aburrimiento con aire suizo o volver a pisar tierras danesas, que probablemente me reciban con lluvia.

Me estoy aburguesando y me pedí un taxi esta mañana, en Madrid. Le dije al taxista que me iba con Swiss Airlines, y éste preguntó por telefonillo la terminal donde debía dejarme. La T4, me dijo. El hombrecillo era gordo, pelo rizado, bonachón; pero tenía un tick que le hacia contraer brazos y hombros como si estuviera haciendo una ola, a la vez que conducía. Daba un poco de miedo. Lo peor es que me dejó en la T4…. y Swiss Airlines no estaba ahí. “Te has equivocado, mi niña”. En efecto, era en la T2. Con el tiempo justo… empecé a hiperventilar. Llame a la terminal de taxis: “Oye, que me han dejado donde no es. Que vuelva el taxi ¡Ya! ¿Eh? ¡Que pierdo el avión!.” Y el taxista bonachón volvió, nervioso y cabreado, y me llevó fast and furious a la otra terminal, con el tick intensificado. Marejada a marejadilla. Al final fue solo un susto, pero, joder, cada vez más se me impone como lema vital: <>

En el avión, iba sentada al lado de un empresario venezolano, que tenía “trabajillos” en Marbella y aconsejaba a su socio que, ya que se iba a Japón, andara con los ojos bien abiertos para ver como se las arreglan ellos con la crisis. “¡Hola!” interrumpió mi introspección malhumorada el tipo. “Hola”, le contesté arisca, en ese tono de, o te callas o te muerdo.

Así que el tipo siguió conversando con su socio y casi me entra un ataque de risa cuando dice, con tono jocoso: “Ayyy pues, yo se que tu crees que cuanto más guarra, más sabrosa. Yo a una como esa la tiraba del balcón de mi casa. Sabes, nosotros allá en América tenemos la creencia de que los europeos son unos guarros: franceses, italianos…. noooo, huelen mal. Y los españoles cuando llegaron a América. Aquello era insoportable. Nosotros nos bañamos tres veces al día.” Me dieron ganas de recomendarle: Tenga cuidado, caballero, no vaya a ser que de tanta agua se le haga jirones la piel, sobre todo en las zonas más delicadas. Pero me contuve, ellos siguieron hablando de hormonas y gente que aunque se meta en remojo, huele que tira para atrás.

El vuelo fue bastante pintoresco. Plagado de gente de todos los países que hacía escala en Zurich. Silencio y murmullos quebrados por los gritos a la española. El vuelo estaba repleto de “Señoras que…” de esas que están de moda en Facebook, aunque ellas no lo sepan: “Pues mi marido no se qué “ “Vaya mierda de presidenta que tenemos” “Si es que mi nieta corre que corre y juega al golf. Hace de todo” “¡En la tele sólo ponen basura! Con la de problemas que tenemos. ¡Y a mi que me importa! Mira, mira, el otro día decían que…”.

Los más graciosos, los canarios que iban detrás mío: “Paco, pideme un café con assuuucar” “Ayyy, miiiiira, qué verdito se ve todo pa’ya pa’bajo”.

Abuelillos entrañables. Aunque no les falta razón al decir que desde arriba, Suiza parece bastante cuco. Me he prometido volver, algún día: Zurich, Ginevra, Lucerna… Me da la sensación de que en otoño debe tener su punto romántico.

De momento, sólo he podido captar que hablan un alemán cantado que suena muy gracioso, que las casas son muy coquetas y el paisaje verde. Me ha matado de gracia también ver a millones de judíos, con los atuendos típicos (así como el padre de Krusti el payaso), paseando sus barbas por todas las esquinas del aeropuerto. Será que aquí, como en Amberes, mueve sucio dinero la joyería. Hablando de judíos, qué divertido cuando spanglisamos las cosas y decimos cosas como: “In spain we eat a lot of jewish”. Ante la idea de la antropofagia la gente pone caras muy graciosas. “Sorry, sorry… i mean, a kind of cheakpea…”.

En fin, si aparte de étnias quiero y paisajes aéreos quiero descubrir más cositas, me temo que tendré que volver. Para poca observación sirven los aeropuertos. Bueno, miento, a veces se ven cosas sorprendentes. De hecho ahora mismo hay un japonés sentado en frente de mí, deleitando al personal con una sesión de ronquidos, ¡con los ojos abiertos!. Mother of god….

Remix

En una semana, tres mundos y medio: Lanzarote, Madrid, Copenhague y Yannick, que es mi mundo inventado. Con esta sensación constante de dejá vu y tantas camas distintas no me extraña que me de insomnio, ¡qué menos!.

Así, una se encuentra en un momento pensando en la familia y sus cosas, buscando en google maps la calle Hombladsgade y conociendo que en RUC han expulsado a unos compañeros Erasmus españoles por plagio.

A la vez, encontrarse con los amigos de siempre,con sus historias fabulosas. Una de ellas, una nueva técnica de emergencias para hacer pis. Consiste en sentarse en un banco en una plaza, dondequiera que sea, mirarse disimuladamente la entrepierna y bajar las bragas. Al amparo de una falda, dejar que el agüita amarilla resbale banco abajo, y mantener la pose de dignidad. (hecho verídico).

Volver al rey de las tortillas, mientras se planea con la abuela el próximo reencuentro, y meter Tirmas en la maleta. Sentir la necesidad de huir de “la matacarreras”. Pisar una biblioteca española para preparar una presentación en inglés y aprender a presentarse en alemán, y que la loca de tu amiga se ría porque en sus apuntes prestados pone “el cuerpo humano regula la sal (las cabras lamen las paredes)”.

Hablar de las fiestas que te perdiste, de las rebajas que nos esperan, de los planes del próximo curso… y comparar, antes y ahora. Todo es igual pero distinto…

Y es que “Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar…”

Depresión Post Erasmus

A día de hoy tanto super-analizarnos deriva en toda una serie de trastornos depresivos: que si trastorno prevacacional (operación bikini), postvacacional, astenia primaveral, winter blues… Y por supuesto, el popular Erasmus no iba a quedarse sin su correspondiente declive anímico.

Les cuento, en mi caso la depresión Post Erasmus cursa con cuatro síntomas principales:

Sentimiento de pertenencia e inclusión en los problemas domésticos. Se caracteriza por una serie de imperativos conductuales generalmente relacionados con la limpieza, además de un aumento en el número de preocupaciones. Sin embargo, una se siente parte del lugar al que pertenece y eso se agradece cuando se viene de un lugar donde los afectos se fueron apagando en gran medida cuando los amigos empezaron a marcharse.
Una serie de detalles vuelven a cobrar importancia: las fotos de cuando éramos pequeños regadas por ahí, los libros que leímos, el maravilloso jardín, conducir, ver la tele como forma de estar juntos, que un pequeño miembro de la familia empiece a recordar tu nombre…

Síndrome del comedor compulsivo. Levantarse por las mañanas, abrir la nevera y no encontrar Frikadeller me produce una dicha infinita. En su lugar, duraznos, sandía, yogures de todos los sabores, tarta, arroz con leche… ¿A qué sabía el sancocho? ¿Y el potaje? ¿Y los bocadillos vegetales con huevo, atún y mayonesa? ¿Y el dulce de yema quemada? ¿Y las papas arrugadas con mojo? ¿Y el alioli? ¿Y el pescado fresco frito? ¿Y la leche con gofio? ¿Y el queso majorero?… Por pura estimulación gustativa, después de tanto arroz con brocoli y frikadeller, no puedo parar de zampar. Todo se multiplica exponencialmente, ¡hasta los sabores de las bolsas de papas fritas y los rellenos de las galletas!. “Abueeelaaaa, un bocadillo de chorizo” Y cuando mi abuela, menuda e inquieta, aparece con pan de verdad entre sus manos me dan ganas de llorar de alegría.

Síndrome del comprador compulsivo. Favorecido, todo sea dicho, por algunas amistades. Consiste en el afán desmedido por adquirir cosas y es inversamente proporcional a la salud de la cuenta corriente. El síndrome, latente en Dinamarca, ha sufrido una explosión ante la exposición a productos multicolor, a ropa interior que no llega por el ombligo, a zapatos, vestidos, y faldas por debajo de los 20 euros. Todo esto con el hilo musical de las tiendas, grupos de gente que habla, y que ríe, y el mar como “background” del centro comercial. “Paremos. Ya es suficiente. Además, ¡queda menos de un mes para las rebajas!”. Camisas a 3 euros y pantalones a 6. Un sueño después nueve meses de “no puedo permitírmelo”.

Tanorexia. O, en lenguaje corriente, obsesión por estar bronceado. Cuando una deja de rodearse de rubias y rubios espectáculares y altos y la media social es gente más bien bajita, con imperfecciones, color cacao; sólo hacen falta un par de sesiones de playa para mimetizarse con el entorno. Este trastorno induce a la realización de otras actividades como leer, nadar o caminar en la orilla del mar. Además, es gratis, relajante y permite prescindir de los “polvos de sol” artificiales.

Bueno, qué, ¿creen que necesitaré que me receten algún antidepresivo para salir de ésta?

Sushi con sabor latino

Puede que este sea mi último post escrito in situ en Dinamarca, pero no va a ser moñas, ni especial (eso ya vendrá cuando toque hacer balance desde casa). Les dejo con otro episodio aleatorio de cosas curiosas que ocurren estando de Erasmus.

Amanece el lunes 30 de Mayo, día de Canarias, último día antes de empezar mi vuelta a Canarias.

El casero aparece en mi puerta según lo acordado, sudoroso en sus rollizas carnes. “Here, the deposit” y pone un fajo de billetes sobre la vestidora sin revisar el cuarto (los restos de cerumen de las velas en la moqueta, o el hecho de que me haya cargado un poquito las persianas y las haya sustituído por bolsas de basura).

Cuando cuento el dinero, faltan 500 kr. Bajo corriendo las escaleras y según me ve le explico: “You forgot to give me 500 kr” y sin ni siquiera revisar si estoy en lo cierto, demasiado confiado o demasiado malintencionado, me dice “You are so right” y me da el resto.

Brian, el casero, es amigo de orondo y vive en la casa paralela que hay dentro de esta misma casa donde vivo. Su parte de la casa está separada por una puerta normal que, sin embargo, marca la diferencia entre la ducha sin bañera, la cocina sin cuchillos y el dormitorio sin mesa y un mundo fantástico de televisiones de plasma, grandes sillones y mobiliario abigarrado. Es como cruzar el estrecho de Gibraltar (o los Pirineos, según se mire) y pasar del primer mundo al mundo “en vías de desarrollo”.

Hoy no llueve, puedo ir de manga corta y cholas. Ayer, lágrimas de alegría preparando mi equipaje, hoy, sin poder despegarme de una sonrisa perenne. Me siento tan liviana que casi levito.

Llego a Norrebro, al pisito super mono de Anne, mi compañera danesa, y empezamos a editar como locas para terminar al fin nuestro proyecto sobre la revolución egipcia. Editamos, editamos, editamos, juntos con Eustaquio y Deborah. Anne me contagia con su deseo de sushi y, de vuelta a casa, acabo en la tienda de abajo de su casa preguntando por el menú Lunch, el único acequible.

Resulta que uno de los preparadores de sushi era ecuatoriano, y me dijo nada más verme “si me hablas en español te explico”. Y por supuesto, empezamos a conversar, y me preparó un menú lunch de los baratos, normalmente no disponible a esas horar, me regaló gratis una salsita y me hizo un 10% de descuento.

Me estuvo cotando que llevaba 14 años en Dinamarca, que llevó de visita porque tenía un familiar aquí y se quedó. Me dijo que tenía 27 años y las cuentas no me cuadraron, pero bueno, no esperaba menos que un pequeño descalabro en la partida de nacimiento. Hablamos de que tenía un bar en Alicante, pero la crisis se cargó el negocio y volvió a Dinamarca a preparar sushi, pues había aprendido con un maestro japonés. “Es que soy raro”, decía.

“Bueno, ¿y qué te parece Dinamarca?. A mi puedes serme sincera”. Y le dije que admirable, pero que echaba de menos todo. Y él me dijo que también. Que estuvo viviendo en Barcelona, y en Alicante, donde tenía un bar (supongo que en un periodo intermedio de esos 14 años). España es el lugar perfecto para vivir, me decía, “allí no echaba de menos el Ecuador. Y yo en Ecuador vivía muy bien”.

Me dijo que él pensaba volver. “Aunque estuviera 20 años, 30 años aquí, no me adaptaría. Esto es muy diferente”, me decía. “Nunca he sentido racismo” aclaró, “de hecho cuando llegué aquí era como un animal exótico“, y se sonreía picarón.

Yo esperaba expectante el piropo, la declaración, ese coqueteo travieso tan propio del sur. Y llegó: “Te vi pasar esta mañana en aquella dirección”. “Ah, ¿si?, ¿cómo es que me viste?”, “Es que pensé que chica tan bella”. Me reí: “Ya te salió lo latino”. Y el se sonrió y me dijo “Me andaba aguantando, aguantando, de decírtelo”.

Al final salí del bar con un sushi deliciosamente barato y la sonrisa, que ya traía de casa, aún más acentuada. Llamenme idiota, pero ¿a qué mujer no le gusta un poco galanteo telenovelesco? Un danés, nunca lo haría (nótese que esto también tiene connotaciones positivas).

Ni el polvo de mis sandalias

Como se pueden imaginar, estos últimos días de vivencia Erasmus una se plantea, bueno, ¿y ahora qué?. Como esa incógnica ya cuenta con respuesta, al menos a corto plazo, por esa enfermedad que tenemos algunos de vivir siempre con la vista puesta en el horizonte; lo siguiente que se pasa por la cabeza tras allanar un poco los pasos futuros es: ¿de qué sirvió?.

Los humanos y nuestras búsquedas de sentido para el pasado… Yo creo que a mí Dinamarca y su sistema me han enseñado no sólo las metologías de los trabajos, sino la forma de decir las cosas. Ya saben, un poco de protocolo. Además, me ha enseñado a estructurar no sólo los proyectos, sino mi forma de ver la vida. Aunque parezca extraño en una Erasmus, me ha frenado un poco, me ha hecho pensar y me ha inoculado una dosis infinita de paciencia. Ha sido como un gran salón de estética para limar las asperezas menos visibles, las más importantes.

Todo esto de forma moderada, sin cambiar en esencia mi gusto por un poquito de caos. Esa tendencia al desorden y a la espontaneidad que ha mantenido bien viva la sensación de ser extranjera, de que no pertenezco ni un poquito a este sitio. Desarraigo, lo llaman.

Me contaba un amigo, que como tantos no terminaron de encajar en esta pequeña sociedad-puzzle, que pensaba emular un episodio de leyenda cuando llegara su momento de marchar. La leyenda cuenta que Maria I de Portugal, la Reina Loca, emigró a Brasil junto a su familia cuando el pequeño Napoleón estaba haciendo de las suyas en la península ibérica. Cuando todo acabó y se preparaba para volver a lisboa, en lo alto del barco sacudió sus zapatos y dijo: “De esta tierra ni el polvo”.

En realidad he estado echando un ojo y la sensible María I murió en Brasil antes de poder regresar a casa. La famosa frase es atribuible a una leyenda mucho más aburrida sobre Santo Toribio que, llegando a Astorga, cuando salía hacia Jerusalén, se sacudió las sandalias pues eso, para no llevar de esta tierra ni el polvo.

En fin, lo mismo da la Reina Loca o Santo Toribio. No es que lo que espere en Portugal o Jerusalén (o en Españistán) sea mejor, es que es lo nuestro. Allí está aquello que nos da ganas de vivir. Pero dará igual sacudirse los zapatos que el polvo de la experiencia se debe de haber quedado bien incrustado, más allá de la piel y las vestiduras.

Cena internacional

Si hay algo con lo que estoy contenta y que me ha dado alguna que otra alegría este último mes, eso es mi grupo de project. Como ya queda solo una semana para que entreguemos el trabajo, nos vemos muy a menudo: Deborah, de París, Eustaquio de Bello Horizonte, y Anne Marie, de Copenhague. Nadie impone sus ideas. Nadie se escaquea. Todos trabajamos al mismo nivel. Es una maravilla a la que no estoy acostumbrada.

A veces tenemos meeting con nuestra supervisora en la cafetería Baresso, pero la mayoría de las veces nos encontramos nosotros solos, también para discutir y trabajar largas horas en Paludan o una cafetería perteneciente a una ONG en la calle Ravnsborggade. Una se acostumbra a pagar tres o cuatro euros por el café y, a cambio, tener el privilegio de quedarse bien repachingada en los sofás del local hasta que le entre la gana, y jugar alguno delos juegos que tienen por ahí, conectarse gratis a Internet o estudiar.

Como Anne Marie, mi compañera danesa, forma parte de la misma ONG de la cafetería, se había ofrecido a acoger en su pisito céntrico a dos mujeres egipcias que, a través de este organismo, estaban haciendo un curso en Copenhague de “entremiento de líderes”, para dar a los jóvenes el poder de cambiar las cosas. Ayer era su última noche así que, después de la cita para estudiar en la cafetería, nos hemos ido a casa de Anne a cenar con ellas.

El menú fue tortilla, por mi parte, ayudadada por el gran pelador de papas Eustaquio made in Brasil; bolitas de carne de un amigo de Anne que hablaba una mezcla de swahili, danés e inglés (y en español alguna palabreja también), pollo al horno, pancakes con helado de vainilla y tarta de frutas del bosque. No explotamos, pero poco nos faltó.

El ratito que pasamos allí fue muy agradable, hablando de la revolución (egipcia ¿y española?), de Copenhague, de que los españoles tienen un inglés muy fuerte (Ai jaf mai camara in the bajj) de que mucha gente en el mundo no puede pronunciar la “jjjjjjjjjjjjjjj”. Bueno, y de que teníamos que ir a Egipto, que ahora está muy barato y además las pirámides quedan cerca del Cairo.

Me dijeron (Oh my god) que para freir es mejor usar aceite de girasol, que el de oliva es solo bueno en la ensalada porque al calor se degrada (¿Será solo el de oliva virgen, no?). A todo esto la danesa se espantaba ante la cantidad de “oro líquido” que se precisa para freir las papas (ella hubiera puesto lo equivalente a una cucharilla de café). ¡Viva el país de la fritanga!.

Las dos mujeres eran musulmanas. Eman llevaba velo; Dina no, era una opción para ellas. Sin embargo cumplían con eso de no beber alcohol, ni comer cerdo; y mientras a mi me dieron un caluroso abrazo, a Eustaquio se le alejaron y le dieron la mano educadamente.

Y dijeron, y me dejaron en shock, que existen las sirenas.”There are real mermaids, no like the black small one here, but in Alexandria. There are a male and a female. They have the tale of a big fish, brown hair in all the body and the mouth like a pig.”.Madre mía… estos egipcios no tienen bastante con las momias para proveer de contenido a las pesadillas.