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El autobús noctámbulo y otras historias

La ley del Karma dice que todo lo bueno o malo que hayamos hecho en esta vida, nos traerá consecuencias buenas o malas para ésta o próximas existencias.

Ayer la batalla del día fue la colada. Un proceso que se alargó desde las 4 hasta las 9.30 de la noche. Bajé tres veces a poner la secadora, pero había una averiada, y dos ocupadas, continuamente. Al fin, en mi tercer intento, vi que habían dos secadoras libres y la chica que iba antes que yo estaba poniendo su ropa en la averiada. No le dije nada, metí toda mi ropa rápido en la secadora buena y una vez funcionando, me intenté escaquear. La chica, de Afganistán, no me dijo nada, al contrario, me pidió ayuda para hacer funcionar la suya mientras su bebito me sonreía y me daba la mano desde el cesto de la ropa. Intenté comunicarme en inglés con ella pero no nos entendíamos; en cualquier caso, era obvio que me había colado.

Para compensar este navajazo a la armonía universal, y puesto que cierta concupiscencia intercultural se tradujo en incomunicación, decidí llevar a cabo una buena acción y limpiar mi karma. Así pues, me levanté a las 3.45 am para ir a la casa del fin del mundo a ayudar a Virginia a llevar sus maletas al aeropuerto. Fue curioso porque justo cuando sonaba la alarma estaba teniendo una pesadilla en la que mi mamá me decía: Quédate en casa y duerme. Y yo le gritaba como si me fuera la vida en ello: No, no, no, ¡¡Tengo que salir de casa ya!!. No es la primera vez que tengo indicios de que la mente tiene función alarma.

Poco después, cuando llegué a la parada, semizombi, me di cuenta de que rejseplanen es sabio y cuando sale el dibujo del hombrecito andando, quiere decir que la hora que figura para la “salida” no es la de la guagua, sino la tuya. Así que llegué a la parada como media hora antes y me tocó esperar a alrededor de 0ºC.

La soledad era completa. El viento arrastraba una hoja de periódico al otro lado de la calle y lo hacía girar, como las bolsas de esa famosa escena de American Beauty: “Era uno de esos días en los que sientes que está a punto de nevar… y hay una cierta electricidad en el aire. Casi la puedes oír. ¿Entiendes? Y esa bolsa esta simplemente… bailando… conmigo… como un niño rogándote que juegues con él”

Después de un rato, lo que llamó mi atención fue un hombre negro que cogía su bicicleta para, ¿ir a trabajar? ¿Será cartero, panadero o periodista? ¿A las 4.15 de la mañana? No me cuadraban los horarios. A los 5 min. el mismo tipo volvió a pasar por el mismo lugar con la misma bici. O a lo mejor no era él y de noche todos los gatos son pardos. Y claro, luego pasa lo que pasa…

En fin, la siguiente paranoia fue imaginar que esa esquina tan silenciosa y oscura podría ser la de Privet Drive, y que molaría tener un encendedor mágico para entretenerme jugando a robarle el brillo a las farolas hasta que al fin llegara el autobús noctámbulo y me llevara a través de las calles de Londres, digo, de Copenhague, hasta la casa de fin del mundo.

Por el camino fui contando el número de veces que veía el anuncio de cine de Caperucita Roja versión crepusculiana; pero soy mala con las matemáticas y perdí la cuenta. Tras pasarme dos paradas de mi destino, porque el visor de la guagua estaba estropeado y se leía todo el rato: naesta station lybli-nosequé, llegué (aterida, pero llegué) a casa de Virginia.

Caminamos con sus maletas el largo trecho hasta el metro hablando de ciudades donde proliferan cementerios y tiendas de lápidas, lituanos que pierden la cabeza y niños-gorila que nunca fueron. Echaré de menos esas paranoias.

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Choque de culturas

Tras un día tedioso intentando lidiar con mi segundo ensayo, decidí encasquetarme, por primera vez en Erasmus, en una fiesta danesa. Anne, que forma parte de mi grupo de Project, se había mudado de casa y, como es típico aquí, estaba haciendo una fiesta de bienvenida y nos invitó a pasarnos. Empezaba supuestamente a las 6, para cenar, así que cuando llegué a las 8 pensé que a lo mejor ya ni estarían allí; pero fui la primera en llegar. Yo, y tres danesas; y luego más que fueron llegando a cuentagotas. Me sentí como se debieron sentir todos los internacionales que se adherían a los españoles en el semestre pasado, sin entender ni papa y, cuando hablaban en inglés para integrarme (casi siempre, porque eran muy simpáticos), era como un extra esfuerzo para ellos. Por suerte al rato llegó Eustaquio, de Brasil, que controla inglés, italiano y español, y la cosa se volvió un poco menos incómoda.

Estuvo curioso. Primero, me fascina como una persona joven, sola, puede permitirse tener esa casa tan chula; y con muebles bonitos, cuadros, velitas y un quimono en el baño… todo perfectamente cuidado. Descubrí que es tradición, cuando una persona se muda a otra casa, que los amigos le traigan regalos, especialmente plantas. Así que Anne tenía la cocina repleta de macetas… y de alcohol de bueno: vodka, ron, ginebra, vino, champán. Me invitaron a Gin Tonic con su hielo y sus rodajitas de limón y a Daikiri con zumo de fresa que tenía pinta de ser natural. De aperitivos había papas fritas, unas gominolas, y, como siempre, trozos de pepino crudo con cáscara y zanahoria. No dejo de fascinarme por estas cosas. Al igual que el otro día, que Anne de postre se estaba comiéndose medio pimiento rojo crudo. Qué sanos son… Quizás en ello radique la poca proliferación de restaurantes chinos por aquí: la comida les parece demasiado aceitosa. Al menos estas chicas preferían los tailandeses.

Me di cuenta de que no hablar el idioma local tiene grandes repercusiones: por ejemplo, no entender los programas de audiencias masivas. Ayer era la final de Factor X, que aquí tiene muchísima aceptación, más del 40% del share, y aunque me explicaban en inglés de qué iba la cosa, ¿Qué podía aportar yo a la conversación?. Era graciosa verlas tan emocionadas y chillando en el momento de la elección del artista ganador. Me recordaba, sobre todo, a algunas finales de realities que veía en Madrid con mis compañeros de piso. Había indiferencia en unos (una decía que desde que echaron a su favorita ya no le gustaba el programa), indignación en otros y emoción en otros.
Aquí parece que el Gran Hermano no tiene éxito, son demasiado educados para engancharse con la basura social que vemos en España. Al parecer, lo que sí tenían hace tiempillo era un programa de un grupo de daneses en un Hotel de México.

Hubo un momento culmen de la noche en el que, ya con un chute de champán, vino cherry y gin tonic en vena, me quedé sola en una mesa con tres daneses (dios mio, existen daneses GUAPOS), y me dediqué a hacerles preguntas. Contando con toda su atención me sentía yo tan a gusto que no me importó demasiado que la respuesta a: ¿Qué opinan de los españoles?, fuera unánime por parte de los tres: Lazy, lazy, lazy. “You know… siesta”.

Me preguntaron qué opinaba yo de los daneses y les dije que me parecían muy simpáticos, muy amigables, pero me daba la sensación de que había un muro que era difícil traspasar. Al parecer, mi respuesta la debían haber oído ya cientos de veces en boca de otros. Al menos, decían ellos, son directos, no como los americanos que siempre te abrazan y parece que son amiguísimos tuyos cuando en realidad no es cierto.

Me intentaron enseñar a pronunciar “lo siento” : “undskyld”, con resultados ridículos por mi parte. Pero me vengué con la única cosa con la que se puede vengar un español: RRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRR. Una de las ilusiones de mi vida después de percibir estas dificultades internacionales para pronunciar la erre, es ver a un niño jugando con un camioncito de juguete, a ver qué sonido le dan al vehículo.

Hubo un momento tenso cuando les pregunté que opinaban de los inmigrantes, por esto de que el tercer mayor partido en Dinamarca tiene tendencias bastante racistas. No les entendí bien, uno dijo algo y luego empezaron a hablar entre ellos en danés, y en seguida cambiamos de tema.

Esta gente viaja demasiado. Les envidio a todos. Y trabajan (ellos, que pueden) durante el verano, a la vez que reciben ayuda del gobierno para estudiar e independizarse cuando aún tienen granos en la cara. Una chica había estado dos veces en Nueva Zelanda, y había nadado con delfines salvajes (You feel like being part of the World), y hecho una barbacoa con carne de canguro. La otra también había nadado con delfines, de pequeña, porque sus papás la llevaron a algún lugar remoto entre Egipto y Jordania. Y luego estaba la que, cuando hablaba en español con Eustaquio, se acercó y nos confesó que le daba rabia no entendernos, porque había estado un mes en Costa Rica… ¡y solo se acordaba de decir, “Pura Vida”!. Qué bella.

Me encanta que los daneses amen España, especialmente Barcelona y Málaga. Y que todos sepan no sólo dónde está Canarias, sino que existe Lanzarote. Una de ellas me contó que su padre está loco por Lanzarote y que va todos los años, “to a place for warming up”… ¡¡La Santa Sport!!, si ya me habían dicho que aquello estaba lleno de daneses.

Supongo que mi gran descubrimiento de la noche ha sido el lenguaje gestual. Aquí no es dificil para una mujer sentirse un trol: entre el frío que reseca la piel, la humedad que encrespa los pelos extranjeros, los bollos y la falta de miradas, rodeada de rubias preciosas, una a veces siente que es casi como si no existiera. He llegado a extrañar, incluso, los piropos soeces de los obreros madrileños, la radiografía de rigor cuando entras a una discoteca, jugar con la mirada de alguien en el metro… un poco de interacción, de sentir que estás ahí, que existes. Me he dado cuenta de que aquí sí que miran, pero tan disimuladamente que apenas te das cuenta; y si interceptas una mirada, en vez de sonreír, bajan la cabeza o vuelven a su dimensión far far away, con sus conversaciones. Supongo que todo será por su discreción, por su respeto, pero no he podido evitar acordarme de Nely, una venezolana que conocí en Toronto, y que nos decía que por allí, y por New York City, ella echaba de menos los comentarios lindos y las miradas que le lanzaban por las calles de Caracas. Si es que es imposible no echar de menos el calor del sur.

Ya para cerrar el post de hoy, que, como siempre, se me alarga, decir que a veces sí que hay robos en Dinamarca. Cuando mi madre estuvo por aquí, en Diciembre, un hombre moreno me estaba intentando meter la mano en el bolso, pero me di cuenta a tiempo. Ayer, con un arte que dejaba la boca abierta, un Marroquí le dijo cuatro boberías a Eustaquio, que le dio la mano. Yo les estaba mirando extrañada, y ni él ni yo nos percatamos, hasta que ya era demasiado tarde, de que el maldito descarado le había mangado el Ipod.

De Ryparken a Kastrupvej

Hoy ha empezado oficialmente una nueva héjira; huyo de la ilegalidad, de ser una falsa “prima” de mi casera polaca y paso a ser un fantasma que no habitará físicamente, pero pagará igualmente, la casa del fin del mundo donde vive Frankestein y cuyo landlord es un señor que parece un pez gordo (muy gordo) marbellí, pero a la danesa. “I won’t be here in April… you might offer me a discount, at least for the consumption of the Internet, water… that I won’t use”; se sonríe, picarón, y contesta: “This is a business”.

De Ryparken a Kastrupvej, mi nueva casa, hay un largo trecho que, hoy, por primera vez, ha sido agradable y primaveral: los 12ºC de la calle se sentían como 30ºC y las rachas de viento danesas me traían el mismo olor a mar, casi casi, que el que se respira en Lanzarote, sólo que con distinta concentración de jable o arena de playa. Se está cocinando el verano, ya queda poco… Paciencia.

He firmado dos meses de un contrato en danés que, supongo, será fiable; aunque en realidad en Dinamarca solo me queda el mes de Mayo. ¡¡La primavera en Bruselas me espera!! Apenas poco más de una semana, y a la vuelta a Kastrupvej, que metafóricamente está muy cerca del aeropuerto (Kastrup), estará más cerca que nunca el momento de poner punto y final a esta experiencia tan… TAN.

El te con Maite… y mucho más

Mira que he tenido visitantes, pero ninguno tan hiperactivo como Maite. El jueves llegó la chica con ganas de fiesta, porque además era San Peter’s (San Patrick’s) Day, pero como a esas horas nevaba y era muy tarde la cosa derivó en otras situaciones no menos singulares: un paseo a ver que se cocía por Rayuela, donde había un pequeño grupo de música, con una chica que cantaba como los ángeles y un sonido que recordaba a Russian Red… pero el local estaba lleno con su familia, que nos superaban con creces en media de edad, así que fuimos a tomar algo a Paludan, esa cafetería con aires de museo-biblioteca. Cuando cerró, empezamos a vagar por Copenhague y encontramos un local punkie-rock-gótico con mucha gente disfrazada de verde muy pasada de rosca. Un par de señoritos empezaron a hablar con mi amiga para ofrecerle “go to 7eleven and then we’ll find a San Patrick’s Party”. Pero decidimos quedarnos donde estábamos. Nos bebimos una cerveza gigante de color verde mientras hablábamos de nuestras cosas y veíamos a unos daneses rellenitos y melenudos rockear con el Guitar Hero a tope.

A la mañana siguiente tocaron las visitas turísticas de rigor: la sirenita, Amalienborg, la Iglesia con la cúpula parecida a la de San Pedro, Nyhavn (la calle del canal y las casitas de colores) y Stroget. Es siempre la misma caminata para todos los visitantes, que se recorren media ciudad en sólo un par de horitas. Después tocó Norrebro. Hicimos el intento de ver el cementerio pero se nos hizo tarde, habíamos quedado a las 7 para ir a una especie de botellón en casa de un danés y nos nos daba tiempo ni de coña. Queríamos algún complemento gracioso así que nos compramos una diadema roja muy hortera y unas gafas cuadradas con brillantitos. Nos hicimos con lambrusco, nos vestimos, y llegamos tarde a la estación donde habríamos de verlos con Verner, el danés. Entonces empezamos a andar, y andar, con nuestro esperpéntico atuendo.

Le preguntamos a un danés, sacó su súper IPOD y nos guió con Google Maps en una dirección. Desandamos la andado y le preguntamos a otro danés, que también sacó su súper IPOD y nos guió en la dirección contraria. Luego otro chico nos ofreció su ayuda y nos guió hasta la estación, para mandarnos por el mismo camino donde nos habíamos perdido la primera vez. Este último danés tenía un apartamento en Gran Canaria, cerca de Mogán. (Ay, mis islitas Canarias, cómo las hecho de menos…). A nuestro lado se gestaba un caos de alarmas; parecía algún tipo de accidente.

Después de 50 minutos perdidas, decidimos esperar en la estación, con Sara, otra chica española que también llegaba tarde, e ir directamente (a eso de las 8 pm) de fiesta (rumbo Trekroner, en la RUC, en una de esas fiestecillas dentro de la universidad). Al final llegamos a nuestro destino, donde Maite pudo probar las bondades del “Fisk” (ese licor que sabe a fluor) y de la música chunda chunda, y de los bailes de seres diferentes. La fiesta, que tan pronto empezó, acabó igual de pronto. Murphy debía de estar muy cansado esa noche porque, a pesar de que lo propio en mi caso hubiera sido perderme, como tantas otras veces, esa vez, por ciencia infusa, conseguí llegar a casa en una guagüita nocturna.

A la mañana siguiente, conversación sobre manías extrañas de la gente adicta a la limpieza que toma millones de duchas al día, de que Eminem aún tiene fans, de que hay quién besa con la boca cerrada cuando practica sexo sin amor y de que queda gente en este mundo que piensa que la masturbación es impura. It takes all sort to make a world. También hablamos de temas menos morbosos, como que la gente en general por estas tierras sabe muchos idiomas, y nosotros, españoles catetos, sabemos español y con suerte algo de inglés. Y con estas dilaciones se nos fue haciendo el mediodía.

Nos fuimos de nuevo a Norrebro, a tomar un kebap, aunque la señorita madrileña asegura que están mucho más buenos en Villalba. Cuando nos internábamos en el cementerio en busca de la tumba de Andersen, nos llamó Noel para unirse a nuestros planes: ir a Lousiania. Al final, aunque no diéramos con la tumba que buscábamos, Maite vio lo más gracioso del cementerio, que es una pequeña lápida con forma de guitarra.

Salimos corriendo para llegar a uno de tantos fines del mundo, donde está el museo. Conseguimos entrar gratis gracias a una antigua copenhagen card que me dejó María como legado, y una de las nuevas, imborrables, modificada a base de tipex. Un canteo del que no se percataron en la entrada. Tras recorrernos el museo, no sin previo accidente de maite dejando su bolso sobre un pequeño lago, en la atracción de “luces infinitas” (una habitación oscura con luces de colores colgando del techo, reflejadas en la superficie del lago y de un montón de espejos), dimos un paseo por la exposición de Picasso, la de las pinturas echas con los dedos, y el jardín; y acabamos haciéndonos fotos en la playita de al lado, hablando de la luna, que por estar más cerca de la Tierra, se vería mucho más grande.

El sábado acabó en Osborne, un barcillo de por ahí, con Maite flipando porque en Copenhague se puede fumar dentro de los locales (aunque en la mayoría de ellos son los dueños los que lo prohiben). No era el caso. Virginia y Dante también se nos unieron, con una bolsa de bolitas de queso adictivas y conversaciones sobre el I-Ching, un libro-oráculo que refleja el fluir constante de las cosas, y al que se puede preguntar para encontrar orientación en algunas situaciones de la vida. También hablamos del budismo, (¿Por qué no pueden haber mujeres-monje budista? se preguntaba Maite), y de lo dificil que es encontrar trabajo en Copenhague (“Los daneses también están jodidos con la crisis”) y Dante encarnado en un Moises que abre mares enteros, o de Virginia dejando como herencia cazos sustraídos del bajo de su escalera.

Mientras esperábamos la guagua hablamos con un rumano que chapurreaba español. “Denmark is full of Spanish” nos decía. Pero el español, hemos coincidido, es un lenguaje que se utiliza para el amor y la fiesta, y poco más. Dista mucho de ser el idioma de los negocios, y en ese sentido siempre tendrán más importancia el inglés o el alemán; por mucho que medio mundo sepa decir: hola, fiesta, paella, te quiero e hijo de puta.
Yo, si algo he aprendido aquí, es que siento mi cultura más cercana a la de un turco, o un rumano, o un latinoamericano, que a la de los daneses. Su civismo y su modo de hacer las cosas está a años luz de nuestra forma de hacer las cosas por las bajas latitudes.

El rumano nos contaba que lleva año y medio en Dinamarca y que, aunque conoce daneses, no termina de conectar con ellos. Dice que hay que tener mucho cuidado con el tipo de bromas que se le hacen y (para gustos colores) decía que ese estilo danés de mujeres con minifalda y tacones, borrachas, no le gustaba nada. A lo mejor en ese sentido es que el chico no había tenido aceptación, porque si no, no me lo explico.

Una conversación paralela y la experiencia nos llevó a comprobar que el modo de ligar al estilo de las telenovelas es propio de Latinoamérica, el mediterráneo y poco más. Esos juegos de miradas, insinuaciones, tiras y aflojas, no se llevan nada por aquí, donde no es de extrañar que alguien te suelte, sin muchos preámbulos: Do you want to go to my house?

Además, Maite y yo nos dedicamos a especular sobre qué de bueno podemos tener las españolas frente a las danesas (altas, delgadas, piel tersa, sin granos, el pelo no se les encrespa con la lluvia…). Las españolas tenemos… ¿narutalidad? ¿ carácter? ¿pasión?. Pero la chica, mucho quejarse, y causó tal sensación que hasta un danés desconocido se le acercó en el tren a pedirle el número de teléfono; y otro que andaba en la estación golpeó el vidrio que le separaba de ella, con la boca de su botella de cerveza, sólo por llamar su atención.

No se crean que ayer cumplimos la ley de descanso dominical, nos levantamos tempranito y nos fuimos a Christiansborg a ver el palacio de la Reina Margarita por dentro. Fue muy curioso porque, se ve, la realeza planificaba alguna cena especial y estaban allí los expertos en protocolo, colocando todos los porta-platos de oro, impolutos, a la misma distancia los unos de los otros, y haciendo cálculos con papel y lápiz,y con un pequeño portátil a cuestas. En la habitación contigua estaba todo preparado: una cubertería preciosa, fuentes sostenidas por figuritas de oro en distintas posiciones… bajo un lamparon gigante de vidrios de colores. No obstante, al menos en mi caso, no podía dejar de sentir un nudo en el estómago de sólo pensar lo incómodo que debe ser comer en esas condiciones: imaginense estar con toda la realeza y que la comida se resbale de los cubiertos y vaya a parar a la ropa de gala, o que se caiga una copa, o una de esas carísimas fuentes al suelo… Todas las fuentes tenían debajo hombrecillos sosteniéndolas: símbolos del esclavismo, que diría uno de mis viejos profesores. Por cierto, me resultó curioso comentar el hecho de que aún queda gente en España que bendice la mesa: “Bendícenos, Señor, y bendice estos alimentos que por tu bondad vamos a tomar”. Creo que en mi casa jamás en la vida hemos participado de esta centenaria costumbre.

Tras Cristianborg, fuimos al Museo Nacional, donde hay miles de objetos de un montón de culturas del mundo: una réplica de una casa koreana, vestimentas groenlandesas, tangas de pelo, vestimentas de pluma, canoas, un teatro de sombras asiático y hasta el cráneo de una mujer del 8000 antes de Cristo. Tras esto, nos dimos un paseo por la Gliptotek, con sus bailarinas de Degas, sus múltiples esculturas y su precioso jardín de invierno. Como nos moríamos de hambre, nos fuimos a comer al KFC, preguntándonos por qué nunca hay población local: si el de Madrid está lleno de sudamericanos, el de Copenhague tiene un alto porcentaje de consumidores asiáticos.

Para bajar el peso del pollo nos fuimos a caminar por el King’s Garden, esos jardines enormes al lado de Rosenborg. Tuvimos sesión de fotos en un árbol y nos volvimos para casa, con parada previa en Netto para que Maite cargara con unas buenas reservas de galletas de mantequilla.

Por la noche tocaba visitar Cristiania. Ardían los bidones, iluminando con intermitencias fatuas la oscuridad del estraperlo. Encontramos un bar super bonito, por supuesto, con velitas y música en directo, pero no pudimos tomar una cerveza porque no aceptaban tarjeta de crédito. Íbamos a salir a por efectivo, pero antes nos dimos un paseo por los mercaditos a ver qué encontrábamos. Un señor hippy con una pipa de madera gigante y un papel higiénico como boquilla nos ofreció probar su mejor mercancía. El viejo porreta que estaba a su lado nos advirtió: Take it easy. Y… más sabe el diablo por viejo que por diablo…

Y ahora señores, les dejo, porque como Murphy se ha vuelto a despertar de su letargo, el avión de Maite se ha ido sin ella… y hay que buscar solución menos perjudicial.

Lugares

Copenhague, con su aburrido gris etéreo y sus cosas caras aún sigue sorprendiendo. No se acaban los lugares en los que pienso, “de esto SÍ guardaré un buen recuerdo”. Una de esas cosas peculiares que se ven por aquí son las sucesiones apresuradas de fenómenos atmosféricos: nubes y claros, viento, espacios de sol que quema a la vista pero no calienta la piel, y hasta momentos en los que llueve y nieva al mismo tiempo. Increíble, pero cierto. Se avecina la primavera y los días se alargan, muy, muy rápido y se cambia el hielo por el agua, el puerto y los canales se descongelan, el agua corre. Me pregunto si se sentirá igual de inoportuna la claridad de las 10 de las noche como la oscuridad de las 4 de la tarde.

Pero hay cosas que no cambian, y eso es la eterna cantinela de “Es demasiado caro”, precisamente por ésto me he privado en mis últimos días de visita de una sesión de circo, donde el precio de las gradas oscilaba entre los 20 y los 50 euros. Y no se crean que era el Circo del Sol, y espectacularidades varias, sino el típico circo (tipo Circo Cardenal) al que todos fuimos en nuestra infancia, con una carpa de colores, payasos que dan miedo y tigres que dan risa.

Otro plan frustrado fue el de visitar la Fábrica de Cerveza Pilsner, oriunda de la Danemark, pero la entrada costaba 60 kr (cerca de 10 euritos) y para eso, señores, nos vamos al Fakta y nos compramos una caja entera de cerveza Dansk.

Total, que al final lo que hicimos fue salir a pasear, y descubrimos el Frederiskberg Have, un parque muy grande y con muchos patos, y mucha gente echando pan a los patos, que se peleaban, propiciando una breve conversación sobre el darwinismo. Los cisnes, con su largo cuello, eran los menos amigables, pero eso ya lo descubrimos en Trekroner. Paseamos por el parque, de árboles con raquitismo invernal, hasta un mirador del que se puede otear la ciudad, y acordamos que en verano tendría que ser aquello una maravilla, y que, por cierto, en el futuro queríamos tener de mascota a un pato que se llame Gunst, y que mi primo fulanito tiene un erizo como mascota y mi amigo menganito un pollo. Y que los sobrinos del pato Lucas (Juanito, Jorgito y Jaimito) se llaman en realidad: Huey, Luey and Duey. También discutimos otros temas de gran trascendencia como si los cisnes siempre son machos, o las hembras también son de color blanco y no se quedan como patitos feos de forma perenne.

Al salir del parque, me encontre (Oh, dios mío), un bar de tapas español, llamado “El Guanche”. Entré en un estado catatónico: ¡Mojo! ¡Mojo! ¡Tiene que haber mojo!. En efecto, mis miradas ansiosas se toparon, más allá de las latas de aceite de oliva, el arroz Brillante (que no se pasa), y la oferta de tapas, los pimientos rojos para hacer mojo picón (ese único elemento en el que me ha fallado el señor Hacendado). Por supuesto, los precios no estaban al alcance de todo bolsillo, pero… ¡Hay mojo en Copenhague!. Es una gran noticia.

Acabamos comiendo en uno de esos lugares tan “diferentes” que abundan por aquí. En Copenhague hay una prima, si quieres comer barato, o vas a 7eleven, o a un puesto de perritos calientes, o a los TCI (turcos, chinos o italianos) cuyo menú se basa en: hamburguesa, kebap y pizza. En este caso acabamos en un chino, con su decoración espiritual de Oriente, donde una señora bajita de ojos rasgados nos preparó una hamburguesa con queso y pepinillos. Chinos Mc Donalds, (y chinos Kebap, y chinos Pizza), con lo bueno que está el wantun y el pato a la naranja.

El domingo, que tocaba, día especial, cenar por fuera, nos encaminábamos hacia un restaurante que conozco, con comida súper rica, en un ambiente hippy-artístico donde se comparten las mesas con gente que no conoces y todo; pero que es bastante caro. Por suerte de camino nos cruzamos con un par de francesas, y una nos guió hasta otro sitio interesante. Una pizzería, pero de las de verdad, con horno de leña, y a precios normales. No recuerdo el nombre, pero está en Norrebro una calle antes de la biblioteca, por si alguien se anima a probar.

Del lugar que no me podría olvidar el nombre es mi gran descubrimiento de esta semana,Paludan, una cafetería enorme, llena de estanterías con libros, y daneses de todas las edades y estudiantes internacionales (chinos estudiando anatomía), con mesas y sillas y sillones, y un vendedor de arte negro con rastas. Está al lado de la biblioteca de Norreport (en la que además hoy había comidita gratis por inauguración, que me perdí por seta), y a parte de comida normal, el café americano cuesta 10 kr y el capuchino 20 kr si no me equivoco. Para ser donde es, está genial. Además, como bien decía uno de mis compañeros de grupo, uno puede sentarse allí sólo por observar a la gente, ese ritmo de vida tan distinto que tienen los daneses, esa relajación, esa seguridad, esa falta de estrés y de ansiedad, ese poder hacer.

La reunión en el Paludan, con mis compañeros de proyecto, se zanjó con un cambio, de Responsabilidad Social Corporativa a las Revoluciones Árabes. Esto me va a costar otro cambio en el Learning Agreement, pero será más fácil que intentar averiguar las políticas sociales REALES de una empresa, que no suelen ser precisamente transparentes. Como ponía de ejemplo Eustaquio, de Brasil, en su país una empresa tala x kilómetros de selva amazónica y a cambio construye un parque en la ciudad. ¿Qué clase de CSR es esa? Y en el caso del proyecto ¿Cómo íbamos a enterarnos tan fácil de la parte oscura?

Aparte de eso, a nivel académico, estoy intentando huir de la Procrastination y acabar mi ensayo sobre la Copyfight en Internet y empezar con mi otro ensayo, probablemente sobre el rol de los blogger en Cuba o del control mediático en Venezuela. (O como se me crucen los cables, un extra de periodismo en México :P). Paso de complicarme.

Y eso es todo. Les dejo el trailer de este peliculón que no se cómo no había visto antes. Muy en contra de lo que pensaba, no se trata de violencia gratuíta. Si no la han visto, ya saben 🙂 .

¡No quiero escribir mi ensayo!

La entrada de hoy es solo una excusa para no ponerme a escribir mi ensayo: demasiada información a condensar en diez míseras páginas. Yo entro dentro de ese grupo de frikis a los que les resulta más fácil escribir cuarenta páginas que cinco. En cuarenta no tengo que pensar tanto en cómo decir lo máximo con las mínimas palabras, simplemente escribo y al final todo cobra sentido.
Como algunos sabrán, he estado spameando los correos de algunos de mis contactos de Facebook para hacer preguntas sobre la propiedad de los bienes culturales en Internet, algunas respuestas son tan graciosas que no me resisto a ponerlas:

*L.M. (USA)- Monorespuesta a todas las preguntas: I don’t understand you.
*R.J.L (Spain)- Of course I pay for that, and now I’ll buy the new Alejandro Sanz’s CD, of course… and I’m going to swim with sharks… Yes… + Yes. I would change our Culture Minister and her Dumbo ears and we could solve the hunger in Africa
*N.C. G. (Spain)- C´mooon!!! I steal a lot hahaha
*D.O.L. (Peru)- in my country people shit on copyright. Everyone pirate 🙂
*A-M.Z.R. (Bolivia)- I’ve never watched movies on the Internet (Do porno movies count?). I didn’t pay for watch them.
*P. S. S. (Spain)- LOL of course I didn’t pay! + Greetings to the disables.
*M.D.T. (Spain)- the last time i went to the cinema was… a month ago!!! (my god… i hate the exams…) + pay??? dont you know seriesyonkis?? + I really would like to change Mrs Sinde and her anti-freaks law.

Esta es la mejor parte del trabajo, además es interesante ver lo que la gente opina, todo lo demás se basa en leer libros y páginas web en inglés para demostrar mi tesis de que la ética hacker está en las raíces de la cibercultura, y que ha cambiado nuestra percepción de bienes culturales y de dominio público, de que la legislación es confusa y de que ni la anarquía ni la capitalización en Internet son los caminos idóneos a seguir. En cualquier caso, gracias por contestar chicos 🙂 .

¿Qué mas les puedo contar? Hoy estoy cansada pero feliz. He dormido con dos ocupas a los que les tengo mucho cariño pero que, como todos los amigos que hago en este país, se van (uno el miércoles y otra a finales de marzo) 😦 En cualquier caso nos lo hemos pasado genial, con una francesa de clase que baila hip hop y nos ha intentado enseñar unos pasos, pero como no salíamos del modo pato, acabámos cantando Barbie Girl y Wannabe hasta media noche, y bebidno whysky y comiendo tortilla (un poco descuajeringada pero yummy yummy). Luego ha habido un largo interrogatorio al amigo, con un cartucho de preguntas dignas de La Noria, en el que hemos descubierto más locuras y más rarezas. Soy fan de la gente diferente.

Ahora si les dejo, que me tengo que poner con el ensayo antes de que empiece el ciclo de visitas. La próxima entrada probablemente será sobre mis impresiones de Oslo 🙂

Para los que estén de carnavales, solo dejar constancia que me muero de envidia, y que espero ver pronto sus metamorfosis en ovejas, en ferrero rocher, y en toda clase de disparatadas transformaciones.

Para los que están de exámenes: ¡Suerte!, y para los que han acabado ¡Felices borracheras!.

¡¡A quemar las calles que es fin de semana!! 🙂

Otra vez la tortuga de Mafalda

Mi vida consiste, en parte, en una caza de becas. Es por las becas por las que no critico del todo el sistema de mi país; si gracias a eso estoy de Erasmus (con lo que da la UCM y la Comisión Europea no da ni para pipas); con los ahorros de la beca y algunos recortes pude irme de Ruta Inka, y he hecho dos cursos de inglés a muy poco precio en la Menéndez Pelayo, y me lo pasé increíble tres semanitas en Toronto City.

Ya están a nuestro alcance dos objetos más para la caza: la beca de inglés de nuevo; con una novedad significativa este año: ahora la cuantía no es de 1700 euros para todos, sino que variará entre 1200 y 2600 euros dependiendo del país de destino. A ver quién va a ser el tonto ahora que se va a la opción “barata”. Aunque, pensándolo bien, ya podrían hacer lo mismo con la Erasmus.

Mis posibilidades con la beca de inglés son bastante escasas, pero como la vida es una lotería nada hay que perder y mucho que ganar enviando la solicitud. Sin embargo, donde sí tengo puestas muchas esperanzas, es en la beca de alemán, a ver si doy el salto de la fase alfabeto, colores y números y empiezo a entender esos rollos de palabras neutras incomprensibles (el niño es masculino y la niña es neutro, explíquenme esto), acusativos o nominativos después de según qué verbo o palabras ridículamente extensas como Verantwortungsbewusst (responsable).
El punto negativo con esta beca es que para pedirla hay que adjuntar un certificado de notas sellado y te tienen que rellenar y sellar un apartado de la solicitud en la Universidad. Fantástico. Aquí me hallo como siempre cavilando cómo voy a solucionarlo desde aquí. Tengo una deuda burocráticamente muy grande con muchos de mis amigos…

Al menos, y esto es un gran triunfo en materia de papeles, al fin, he conseguido finalizar los trámites con el maldito learning agreement nuevo y… se ha obrado un milagro; María Hilstoffe me ha enviado el papel por fax a la Complutense ¡Y me ha sonreído!. No sabía que la señora era capaz de esos gestos de amigabilidad. Me ha alegrado la mañana ese detalle y también leer por ahí, en Facebook, que el violinista de Ciudad Universitaria ha vuelto a su puesto. Aunque no escuche su música desde aquí, me encantaría encontrármelo a la vuelta como siempre, porque aquí pocos son los que plantan cara al frío blandiendo instrumentos a x grados bajo cero; y el metro de Copenhagen no se presta para esos menesteres artísticos (además, los músicos necesitan licencia; por la mala calidad de algunos buscavidas madrileños intuyo que en España la única regulación es la aceptación o el rechazo de la gente).

¿Y qué más? No hay muchas novedades. Ahora estoy absorvida por un ensayo de 10 páginas sobre algún tema relacionado con Internet. Esto del “narrow down the topic” y ser consisos y claros, y estructurados y con una metodología precisa no es tan fácil. Los caos abstractos que tanto me gustan no funcionan aquí; así que al final va a ser que aprendo algo nuevo y valioso a nivel académico en mi paréntesis danés. De vez en cuando, eso sí, se me va la pinza y empiezo a hacer recuento de los días que me quedan para recibir visitas (y para la concretación de visitas, Maite 🙂 ) y para irme a ese país donde las senadoras proponen a las mujeres huelga de piernas cerradas como medida para superar la larga crisis institucional.

¡Un saludo a todos!