Archivo | Alemania RSS for this section

Bio

Bionade. Si a las abejas les gusta...

Si hay algo que a priori me dio buena impresión de mi suegra, eso es su gusto por los productos Fare Trade y, sobre todo, por los productos Biológicos. Anoche mientras veíamos una peli en su sofá, nos acercó una bolsa de nachos Bio con chili. Vamos, que esto de la ecología no es sólo para comedores de lechuga; en los snacks para paladares amantes del precocinado también existe la posibilidad del consumo responsable.

Pero este gusto por los productos biológicos no es algo singular en esa coqueta casa de Bruselas, sino una tendencia que tiene bastante fuerza en sitios como Alemania o los países escandinavos.

Creo que en España mucha gente, especialmente mayor, no entiende exactamente el significado de estos términos. De hecho, cuando le he dicho a mi madre que me encantaría que aquí también hubiera tantos productos Bio, a tan buen precio y en todos los supermercados me ha dicho que “no es necesaria tanta tontería”. Cuando le he explicado que básicamente se trata de productos cosechados de forma más similar a la tradicional, no transgénicos, sin tanta química y que además son más respetuosos con el medio ambiente, no ha dicho nada. Cuando he añadido que el resultado son productos con más sabor, tomates que no sepan a plástico y esas cosas, me ha dado la razón: “Eso si es verdad. Además yo noto que la gente ya va buscando más calidad en esas cosas”.

Lo mejor es que los productos Bio y los Fare Trade están íntimamente ligados. Fare Trade (o Comercio Justo) son aquellos productos que garantizan que en su proceso de producción no se ha producido explotación humana. Como, por ejemplo, sucede en algunas plantaciones del superconsumido café.

En mis viajes por Alemania y Dinamarca he percibido que la gente compra en cantidades mucho menores, pero invierte más en calidad. Proliferan los productos biológicos, ecológicos y del comercio justo. Especialmente los biológicos que, en el caso de Dinamarca, le declaraban la batalla a los convencionales hasta el punto en que la diferencia de precio entre uno y otro podía ser sólo de una corona. Nada, vamos.

El sistema se rige por el balance oferta-demanda. A más demanda, más competencia, menor precio. ¿No eran así las leyes que regían el mercado?.

Entonces, ¿Por qué no empezamos a demandar productos más saludable, más justo y más ecológicos? Si el hedonismo tira más que el altruísmo, aún quedan los argumento del sabor y la salud. Mi me conmigo también estará contento con ésto.

Quizás es hora (al menos para mí) de empezar a consumir con cabeza. Al fin y al cabo esa es la herramiento que tenemos más a mano para ir modelando el sistema en el que vivimos.

Berlín anecdótico

Alemania es el país del gas. Todo tiene gas: la cerveza, por supuesto (Berliner Pilsner es la favorita en la capital). Pero también el agua, el zumo de manzana, y hasta el mate argentino, que se vende frío, embotellado y con burbujas.

Como en todo el mundo, se vive la pasión por el fútbol. En Berlín, en concreto, despierta emociones el equipo local, el Hertha, aunque no se puede comparar en éxitos deportivos con el Bayern de Munich, odiado por los berlineses.

Me ha hecho gracia como, antes de salir al partido del fin de semana pasado, los fundadores de un pequeño club de fans del Hertha hacían bromas sobre sus rivales, de Nuremberg: “Oh, si, Nuremberg. Allá donde están las pequeñas salchichas”… Unas horas después, el 1-0 en su contra los trajo de vuelta a casa afónicos, cansados y derrotados.

Cosas que aprende una en las tardes febriles, en los inviernos de agosto, es que la pasión por el fútbol se puede explicar por las neuronas espejo. Hay un área en el cerebro que se enciende de igual manera cuando alguien chuta un balón que cuando ve que otra persona lo chuta. Fascinante, ¿no?. Gracias, Punset, por tu programa en la 2.

De la región del cerebro que se calienta cuando discutimos no tengo ni idea. Pero hoy he descubierto que los alemanes también la tienen activa. Sí, no son extraterrestres, al menos dentro de casa.

Mi casera, con el pie escayolado y gripe perenne, estaba tan enfrascada en una discusión telefónica que, a pesar de que su perra ciega me ladraba desde el otro lado de la puerta y yo tocaba el timbre, me ha tenido esperando en el portal, sentada en las escaleras, con los zapatos en la mano para no rallarle el parquet, al menos 10 minutos. Eso fue hace dos horas y aún sigue hablando por teléfono.

Voy a tener que insuflarle a esta mujer un poco de optimismo infantil: Búsca lo más vital nomás y Hakuna Matata.

De desayunar: incomunicación con salsa alemana

Berlín tiene algo en común con marruecos; las pastelerías son auténticos panales de abejas. Además, Marruecos, caliente y lleno de gatos pulgosos me regala, casi, un golpe de calor, pero ni una sola picaduras de insecto. En Berlín, sin embargo, los mosquitos me meriendan viva. Malditos bichos alemanes. Deben ser resistentes a los veranos de 15ºC y a la lluvia. Ellos, porque yo me he dado a la inverosímil tarea de ir a comprar una bufanda cuando es agosto en el hemisferio norte. Y he tenido que ir al médico

Bueno, más bien el médico ha venido a mí. En ese aspecto he tenido suerte. Un amigo de Yan ha llamado a su madre, que es doctora y ha aparecido a la media hora con su maletín, en plan Médico de Familia. Me ha abierto la boca y ha sentenciado: Tonsillitis. Para pagarle a su hijo que me salvara la vida le he preparado, a él y sus amigos, dos tortillas-mamut de 10 huevos y un saco de papas; y 5 panes con tomate y jamón serrano. “Tapas”, que le dicen ellos a toda la comida española, no era la palabra adecuada para comida de semejantes dimensiones. Pero lo devorarón todo, como si realmente se tratase de puro tapeo.

Se me ha caído un mito de Alemania al descubrir que muchos alemanes no tienen ni idea de hablar inglés. Aquí está todo doblado, y la tele ni siquiera tiene la opción de cambiar los programas a VO. Todo esto se traduce en una profunda incomunicación que me hace soñar con la utopía del Esperanto.

Vivo en un apartamento cerca de la escuela de alemán, en el barrio “bien” de Wilmersdorf, en la parte occidental de Berlín. La dueña es M. Heinze, una joven alemana con la que no me puedo comunicar. No es posible. Ella no habla ni una sóla palabra de inglés o español, y mi alemán no da para conversaciones. Sólo se que es extramadamente ordenada, que tiene diabetes y que su perra, grande y ciega, se llama Lucía.

El otro día oí un golpe y la oí repetir “Scheiße!” (¡Mierda!) durante un buen rato. Me quedé inmóvil en mi cuarto. A lo mejor se le ha caído algo al suelo. ¿Cómo le digo si está todo bien?. En fin… Salí de la casa y me la encontré sentada en una silla con una cara muy rara, mirándome con incredulidad cuando me despedí de ella felizmente: “Tschüß”. Ayer descubrí el porqué de su expresión. Llegó a casa con muletas. Le intenté preguntar qué había pasado pero no nos entendimos. Volví a mi cuarto y la escuché llorar mientras hablaba por teléfono. Mal rollo.

Menos importante, pero igualmente incómodo, ha sido el momento culmen de la semana. Un concurso de cine que Yannick y sus amigos se pasan esperando todo el año. Yo me lo imaginaba como una competición rápida, en un lugar abierto, de acceso gratuito. Error. Para empezar, había que pagar 5 euros. Curioso, teniendo en cuenta que no estaba claro si el ganador obtenía premio o no; lo hacían por el puro placer de competir y demostrar los propios conocimientos. Duró 3 horas y media y estaba en medio de Kreutzberg, un barrio “peligroso” en el que tenía todas las papeletas para perderme si intentaba escapar. Ya tengo record de perdidas sólo con intentar caminar entre la escuela y la casa, normalmente 5 min, pero que a mi me requiere media hora. Ahora entiendo por qué el amigo de María andaba por Berlín con una brújula.

En fin, el caso es que acabé abriendo mi libro de alemán, poniendome a buscar palabras en el diccionario dada mi incapacidad para entender una sola palabra. Alrededor, la gente frikeba y bebían cervezas como si de agua de tratase. Eso sí, he de admitir que a pesar de un abseso de impulsos asesinos, al día siguiente, en clase, se encendió la bombilla y empecé a entender muchas cosas. Quizás cuando se desata el odio hacia el alemán es cuánto empiezas a entenderlo.

Movimiento

Me he dado cuenta de que de repente me choca quedarme quieta en una ciudad por mucho tiempo y ver el ritmo de la gente, que camina sin pensar a dónde va guiada por la inercia de la rutina. Este curso ha sido algo así como un año sabático, sin casa, sin país a veces sola y a veces sin tiempo para la soledad. He visto menos tele que en toda mi vida pero he estado más horas que nunca expuesta al ordenador y me he echo fan de Kiss FM y de RNE. He aprendido mucho sobre cine, y mucho inglés (aunque éste está sufriendo una pseudoevolución canaria y en vez de think me sale “sink”, y en vez de mouth “mouse” lo cual genera pequeñas desavenencias semánticas) y he cambiado el chip de la independencia por el del compromiso.

Quizás demasiados cambios, que hacen que moverme de un país a otro ya me resulte casi como cuando, cuatro años atrás, descubría cada barrio de Madrid, arrojada por una boca de metro diferente; y de que me sienta en mi casa y en mi cama en cualquier habitáculo en el que pase más de 24 horas.

Aprovechando que los tickets de tren de un país a otro en ese antes gran desconocido que era para mi el viejo continente, vienen a costar lo mismo (¡o menos!) que ir de Copenhague a la universidad de Roskilde, yo me he apuntado a esto de la movilidad europea. Ayer fuimos de excursión a Aachen (en español Aquisgrán), una ciudad alemana colindante con Holanda donde se dice, se cuenta, que el Conde Sándwich empezó a meter comida entre dos trozos de pan para poder zampar mientras jugaba a las cartas. En realidad me basto con salir de la guagua para respirar ese no se qué estático, equilibrado, (aburrido), de algunas ciudades del centro y norte de Europa.

Pero cuando parecía que no íbamos a encontrar nada interesante, nos topamos de frente con la entrada a su catedral, contruída en el siglo XI, en tiempos de Carlomagno (supuestamente su trono se encuentra en el interior). Resultó ser una preciosidad, con sus hermosas vidrieras de colores y su monumental lamparón.

Por lo demás, nada reseñable; linguísticamente la excursión supuso un salto del holandés al alemán (que se traduce en pasar de la nulidad comprensiva a un lento procesamiento de números, comidas y Danke) y una sobreexposición a las tentaciones Kinder y Milka, extremadamente baratos.

Por último, decir que por primera vez en mi largo periplo en busca de las tijeras correctas para mi pelo, se han alineado los planetas y:
una peluquera ha entendido (por fin) el significado profundo de “solo las puntas” (quizás porque nos comunicamos en el lenguaje universal de los gestos), me han depilado las cejas correctamente (sin quitar pelos de más o de menos, sin quemarme el párpado…) y me han hecho un flequillo que no me disgusta; por el módico precio de 18 euros (bendito descuento de estudiante). ¡Larga vida a las peluquerías chinas de Maastricht!

Berlín: curiosidades e Historia

Día 4:

El martes fue el día en el que todo salió al revés. También fue el día en el que más nos desdoblamos del plan oficial del grupo del resto de los españoles, porque el día amaneció lluvioso, y ellos decidieron ir a Potsdam, una ciudad a las afueras de Berlín con un montón de palacios y jardines. Cristian y yo, que pensamos que aún nos quedaba Berlín por exprimir, decidimos quedarnos y, primero que nada, ir a visitar el Checkpoint Charlie. Se trataba de un museo en la zona por fronteriza por donde transitaba la gente importante entre los dos mundos del Berlín del muro de la vergüenza, y la temática, como cabría esperar, es el propio muro, y los amaños y artimañas que urdía la gente para escapar. Es curioso como, los que estaban prisioneros en la parte central del muro, los capitalistas, eran más libres. Paradojas de la vida.

Mi frase favorita del museo fue “Escape is the mother of inventions”. Algunos de los casos que más me llamaron la atención fueron el de un hombre que escapó a nado hacia Dinamarca, una familia que escapó en globo, una señora que cruzó metida en dos maletas, otros escondidos en el capó de un coche y hasta un hombre que consiguió hacer en un año un tunel bajo tierra por el que consiguió dar un giro de 360º a unas cuantas decenas de vidas.
Luego había trapicheos más turbios, por ejemplo, un hombre que flirteó con una mujer casi igual a su novia, que vivía al otro lado del muro, con el único propósito de usar sus papeles para traer a su verdadero amor a su lado. Y luego el caso de otra mujer que se hizo pasar por suiza y se vistió con ropas propias del mundo capitalista para pasar, a través de la estación de Friedrichstr hacia el otro lado. Una mujer policía la miraba con desconfianza, hasta que luego ella se dio cuenta de que lo único que ocurría es que sentía envidia de su indumentaria, adoptando una pose altiva y consiguiendo pasar sin problema; no obstante, fue la última en conseguirlo porque poco después los vigilantes descubrieron el fraude.

A mediodía quedamos con María para comer. Supuestamente al lado del kebap más rico del mundo había una tienda con un arroz al curry fabuloso; al menos debía de serlo, por las colas que se formaban. Tomamos rumbo a Mehringdamm, para probar las delicias del Curry36 y decubrir como mentecatos que no era un puesto de comida india sino de currywurst. Yo, ya que estaba allí, me hice con un platito de salchichas y papas mientras que María y Cristian prefirieron volver a saborear los deliciosos kebap de Mustafas Gemüse.

Después cogimos el metro de nuevo hasta llegar a Kurfüster damm, con la inteción de ver la Iglesia del Emperador Guillermo, también conocida como “la muela rota” porque se conserva con la fachada y el tejado rotos desde que fue bombardeada en 1943. Pero como no era nuestro día de suerte, nos encontramos con que la estaban reconstruyendo, dejando sólo intacto el techo, y no pudimos siquiera acercarnos. Lo único bueno es que descubrimos que era un barrio perfecto para ir de compras, con H&M, Zara, Pimkie, C&A y toda esa clase de tiendas. Yo me hice con un abrigo en oferta y… ¡Puf! Me quedé completamente sin dinero. Cosas de mi nula capacidad organizativa, así que, de nuevo haciendo mérito a mi dependencia parasitaria económica, me tocó rogarles a papá y a mamá que me ingresaran algo. Algún día me llegará la beca Erasmus y les devolveré los extras, espero.

Otra vez bajo tierra, decidimos coger un tren hacia Oranienburger para ver la sinagoga. La sinagoga es un edificio realmente bello por fuera y que, si atendemos a la historia del holocausto, tiene cierto morbo que se erija en todo su esplendor en plena ciudad de Berlín. No obstante, no cometan el mismo error que nosotros ¡Ni se les ocurra pasar!. Por 3,50 euros tienen acceso a una especie de “museo” rancio, si es que se puede llamar así, en una pequeña sala con objetos religiosos. Nosotros, además, nos colamos a las exposiciones de arte, que no tenían nada especial, en el piso superior, y llegamos hasta la cúpula, que tenía una vista aceptable de la ciudad, pero nada comparable a la vista desde la cúpula del Reichstag. Supuestamente para subir hasta la cúpula, y si hubiéramos contratado audioguía hubiéramos pagado unos 8 euros por nada. En este caso los judíos son fieles a su fama de avispados en el arte de hacer dinero.
Nosotros lo que queríamos ver era el templo, y no tuvimos acceso. A lo mejor es porque somos tontos y no dimos con la puerta adecuada, o a lo mejor es porque realmente no se puede. En lo relativo a la historia de la sinagoga, decir que la original fue construída entre 1859 y 1866 y que se da un cierto aire a la Alhambra; y que la actual, es una reconstrucción, dado que la original fue gravemente dañada en durante la IIGM, en la noche de los cristales rotos, donde se destruyeron un montón de comercios judíos y se mataron a unas 90 personas; como un preludio de lo que sería el holocausto.

Nuestra siguiente parada iba a ser el busto de Nefertiti, pero llegamos al museo equivocado y, además, demasiado tarde como para entrar, porque eran las 17.30 y a las 18.00 los museos cierran. Hacía un frío lacerante y nos tocaba esperar unas cuantas horas, hasta que Alex, un alemán amigo de María, apareciera e hiciéramos algo juntos. Al final, acabamos en la estación de Alexanderplatz, sentados en una escalera como auténticos sin-techo y dejando pasar los minutos; Cristian, como siempre, haciendo el tonto hasta el punto de que un alemán le empezó a decir cosas en un tono que no sonaba demasiado amigable. Aunque bueno, en alemán ya saben que hasta las palabras de amor suenan ásperas.
Si creían que todos los alemanes son puntuales, es mentira. Alex llegó tarde; tan tarde que se nos fastidió el plan que había preparado Xavi, el amigo de María, de ir a las 20.00 a cenar a una casa okupa; buffet libre por 3 euros, rentable si se llega pronto, cuando aún queda comida.

Dadas las circunstancias fuimos directamente a Warschauer Str., donde nos hicimos con sangría española en el supermercado y María y Cristian cenaron unas pizzas enormes por menos unos 3,50 euros. Por cierto, cuenta Xavi que en un viaje que hizo a Chicago, la sangría Don Simón de toda la vida, en su botellita cutre de plástico, se colocaba junto al resto de los licores y bebidas buenas, como si se tratara de toda una exquisitez.

Xavi nos llevó a Madame Claude, un garito cuanto menos, curioso. Para empezar la entrada hizo las delicias de los cinéfilos, toda pintada de rojo y con un retrato de Laura Palmer que, según la chica que recolectaba dinero en la puerta, había sido objeto de múltiples intentos de hurto. Para los que, como yo, estén un poco verdes en cultura audivisual; Laura Palmer es el personaje principal de la serie Twin Peaks, dirigida por David Lynch a principios de los ’90 y que giraba en torno al asesinato de la jóven. ¿No les suena eso de: “Quién mato a Laura Palmer”?. Al igual que en la serie, nada es lo que parece, el bar de Madame Claude es bastante desconcertante, con todo su mobiliario literalmente del revés, e ilusiones ópticas creadas con las baldosas blancas y negras de las paredes.

Por último, nos desplazamos hasta un club de jazz, Das Edelweiss, con una mezcolanza de negros, alemanes y un montón de españoles. Estuvo muy bien, el pianista era un máquina, también había un batería, un contrabajo y un par de trompetista; todos ellos con cara de sentir la música, transmitiendo muy buen rollo.

— — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — –

Día 5:

Nuestro último día el Berlín fue también el día en que más conocimos su Historia. Al menos así fue para Cristian y para mí, que decidimos hacer un tour guiado por los mismos monumentos que antes habíamos visto, pero ahora, con el firme propósito de entenderlo.
Había que estar a eso de las 11 en la Puerta de Brandenburgo, y nos agrupamos por idiomas. Nos adherimos a una guía argentina que nos iba a dar el tour en español, para entenderlo todito y no perdernos detalle. En cuanto al pago, la empresa funciona dando un precio recomendado: 14 euros decía ella, pero al final de la visita, cada uno puede darle más o menos, valorando su trabajo. Nosotros pusimos 5 por cabeza, que somos pobres estudiantes Erasmus aún sin beca.
Algunas de las cosas que descubrimos fueron:

*Un poco de historia desde sus orígenes: Berlín era una pequeña ciudad comercial alrededor del río Spree, que después pasaría a ser capital de Prusia, bajo la dirección de los Kaiser Guillermo I y Guillermo II. Tras la capitulación de Alemania en la IGM y el Tratado de Versalles, el territorio pasó a llamarse República de Weimar y, nos contó la guía, eran tan bajo el valor del dinero que, si en un momento 1 dólar equivalía a 2 marcos, llegó un momento en el que 1 dólar equivalía a BIllones de marcos. “Las mujeres iban a hacer la compra con fajos y fajos de billetes, porque el dinero no tenía valor”, nos contó la guía. Así la situación, en una Alemania humillada y sometida al Tratado de Versalles, se convocaron elecciones y el partido nazi ganó por un pequeño margen. Dicen que la ciudad de Berlín era de los territorios menos afines al régimen y Hitler, para demostrar su victoria y podería, hizo desfilar a su ejército, antorchas en mano, por la puerta de Brandenburgo. Luego se sucede la historia que todos conocemos: la Alemania nazi derrotada en la IIGM, la división de Alemania y la división de Berlín entre Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos y la URSS, luego la separación en zona comunista y capitalista hasta la caída del muro en 1989, poco antes de la disolución del bloque soviético en 1991.

*En términos prácticos, Berlín quedó completamente destruída tras la IIGM, y aún se encuentra en fase de restauración. Se dice que las obras se prolongarán hasta 2040, cuando se podrá ver la ciudad ya con las imperfecciones completamente maquilladas. Por la ciudad abundan tuberías de colores que, tal y como contó la guía, no son para transferir la cerveza directamente a los bares, en un lugar donde precisamente la cerveza es más barata que el agua, sino que están colocadas porque Berlín se asienta sobre un pantano y cada vez que se construye un edificio hay que drenar agua. El hecho de que sean de colorines es una mera cuestión estética.

*Berlín, a diferencia de la mayoría de las ciudades europeas, no tiene un sólo centro. Así, por ejemplo, la Potsdamer Platz es el centro de la parte occidental y la zona de negocios.

*La figura que encabeza la Puerta de Brandemburgo también tiene su historia. Tiene reminiscencias clásicas y representa a la diosa Victoria en una cuádriga. Después de la batalla de Jena (Francia vs Prusia), la Cuadriga fue llevada a París por Napoleón para ser exhibida como trofeo de guerra, pero Napoleón fue derrocado y, tras la toma de París, el general Ernst von Pfuel, tras ser designado comandante de una parte de la ciudad, recuperó la estatua para Alemania. En la Alemania del muro la puerta de Brandenburgo quedó entre dos paredes, en la zona conocida como “franja de la muerte”. Es por esto que, desde 1989, se considera también un símbolo de la reunificación alemana.

Como curiosidad, alrededor de la puerta se han construído un montón de embajadas, de aspecto relativamente modesto con el propósito de no restar protagonismo a la puerta, que se ha convertido en el símbolo de la ciudad, del mismo modo que la torre Eiffel es el símbolo de París o el Big Ben el Londres. Nos cuntó la guía que en el Hotel Adlon, que se encontraba allí y que desde el exterior tiene un aspecto bastante anodino, cuesta hospedarse como mínimo 300 euros la noche, y nada menos que 12.500 euros si se quiere una dar el lujo de dormir en la suite presidencial, como hicieron en su día celebridades como Michael Jackson.

*Con respecto al muro, éste estaba cubierto por una alambrada que se conocía con el nombre de “espinas de Stalin”, y franqueado cada 200/300 metros por torres de vigilancia. Si algún valiente se atrevía a adentrarse en la franja de la muerte para intentar cruzar al otro lado, un disparo al aire le advertía del peligro y le daba la oportunidad de dar marcha atrás. Si el individuo en cuestión seguía adelante con su hazaña, el siguiente paso era disparar a matar. Muchos murieron intentando cruzar el muro pero, al parecer, muchos otros lograron su cometido.

*En la zona de tierra donde en su día estuvo el búnker donde Hitler pasó las últimas seis semanas de su vida no hay nada. El motivo es el deseo de las autoridades de evitar convertir el lugar en un foco de reunión de los neonazis o de construir cualquier cosa que pudiera interpretarse como enaltecimiento del nazismo. Lo que sí se puede encontrar es un pequeño cartel que indica que en el lugar estuvo dicho búnker porque en el mundial del 2006, desde la proyección en cines de la película “El hundimiento”, una riada de gente empezó a llegar al lugar en busca de los restos del búnker, incomodando a los vecinos. Con el cartel, se dejaba claro que el búnker estuvo allí, pero que ahora no hay más que escombros bajo tierra.
Dice la historia que Hitler estuvo escondido en el búnker 6 semanas, con algunos de los miembros más fieles de su gobierno, su perra, y su novia Eva, con la que se casó el día antes de suicidarse. Hitler no asumió su derrota hasta que las tropas soviéticas estuvieron a sólo 400 metros de la cancillería, dentro ya de la ciudad de Berlín. Llegados a este punto, le suministraron cianuro para que pudiera darse el gusto de suicidarse y su cuerpo no fuera objeto de vejaciones públicas como lo había sido el de su colega Benito Mussolini. Dicen que entonces, para probar la efectividad del cianuro, lo dio primero a su perra, que murió al poco; la siguiente en caer fue flamante esposa y ya, por último, él mismo tomó el cianuro pero, para asegurarse aún más de su muerte, se pegó un tiro en la nuca. Dicen que cuando los soviéticos llegaron al búnker encontraron los cuerpos calcinados, porque los nazis les habían prendido fuego precisamente para evitar el escarnio público, y dicen también que se demostró que aquel cuerpecillo, con el bigotillo pasto de las llamas, era efectivamente el del dictador. No obstante hay un montón de leyendas al respecto; quién sabe, a lo mejor Hitler escapó de luna de miel con Eva en submarino hasta las playas de Brasil, y realmente alguna vez alguien le vio por allá, tomando felizmente unas caipirinhas.

*El único edificio de la época nazi que se conserva es el de las Fuerzas aéreas. Supuestamente Alemania, de acuerdo al Tratado de Versalles, no debía armarse, aunque obviamente incumplió el pacto y se evidenció en las primeras incursiones de las fuerzas aéreas alemanas en Guernica y Durango, en la guerra civil española. Los soviéticos no destruyeron este edificio para recabar toda la información que allí hubiera que les pudiera ser de utilidad. “Es un lugar muy odiado por los alemanes”, nos dijo la guía, “porque, además del pasado que tiene, es la actual de Hacienda”.

*Pero sin duda, el hallazo más interesante es descubrir por qué el Checkpoint Charlie tenía ese nombre. Para empezar, Charlie no es el soldado que aparece en un cartel en medio de la calle. El soldado americano que aparece es sólo un símbolo de que ese lado del muro, una vez, estuvo regido por los Estados Unidos. En otro lado hay otra imagen de un soldado soviético. Checkpoint significa puesto de control, y charlie sólo equivale al número 3 en el alfabeto militar donde 1 o A es Alfa, 2 o B es Bravo, y 3 o C es Charlie.

*Además de esto, vimos las catedrales gemelas, inspiradas en la de la Piazza del Popolo en Italia, y símbolos de la tolerancia religiosa; una construída para los calvinistas franceses y otra para los luteranos alemanas, aunque, según nos contó la guía, dicen las malas lenguas que la torre de la alemana tiene algún centimetrillo de más. Leyendas urbanas.

Pasamos frente a la torre de la televisión, que es como un gran chupa chups y es el lugar desde donde, si uno sube, por unos 10 euros, tiene las mejores vistas de Berlín. Con sus alrededor de 300 metros es la torre más alta de Europa y fue contruída por los soviéticos durante la época de la carrera espacial.

Pasamos frente al ayuntamiento rojo, con aires medievales, pero de construcción moderna (no hay edificios realmente antiguos en Berlín); y también vimos el edificio de la ópera, en plena construcción. Al parecer a Hitler le encantaba ir a la ópera a escuchar a Wagner, pero fue destruída en un bombardeo. Aunque el hombre, a la par que mandaba hombres al frente de batalla, empleaba mano de obra en su reconstrucción, al poco de tenerla como nueva otra vez, volvió a ser destruída por los enemigos.

Al lado de la ópera hay una cafetería muy famosa donde hay la mayor oferta de tartas de Berlín; nada menos que más de un centenar de pasteles de distintos sabores en un enorme mostrador que da la vuelta a la sala.
En la plaza de los gendarmes había instalado ya un típico mercadillo de navidad a puntito de abrir sus puertas. Nos recomendó la guía, si teníamos oportunidad, beber glühwein, un vino caliente con especias muy típico de Alemania.

A pocos pasos, en otra plaza, nos encontramos con la Universidad Humbold, donde estudiaron personajes tan célebres como Karl Marx o Albert Einstein (justo antes de marcharse a Estados Unidos y decidir no volver a Alemania, dándose cuenta de cómo estaba el percal para los judíos).
En el suelo de la plaza hay una inscripción que tiene su origen en el tiempo de la inquisición española y que dice algo así como: “Allá donde queman libros, al final terminan por quemar personas”, y que, en este caso concreto, hace referencia al momento en que las juventudes nazis hicieron una quema de libros prohibidos en la universidad. A este mismo exterminio de las ideas hace referencia una losa transparente en el suelo que deja entrever un montón de estanterías vacías en el fondo. Curioso, ¿verdad?.

En nuestro trayecto también nos encontramos con otros edificios interesantes, como la la St. Hedwigs-Katedrale, una catedral católica redonde supuestamente inpirada en una taza de té al revés; o la Nikolaikirche o Iglesia de San Nicolás, el edificio más antiguo de la ciudad. También había un monumento conmemorativo a todas las madres que lloraron a sus hijos caídos en la guerra, con una escultura que recuerda a las esculturas clásicas de la Piedad, en un edificio con un agujero en el techo que hace que cuando llueva, los alrededores de la escultura se encharquen, como expresión metafórica de las lágrimas infinitas de todas aquellas dolientes madres.

— — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — –

Después de la mañana extenuante caminando por Berlín, con los piecesitos al borde mismo de la gangrena de tanto frío, volvimos al hostal a coger nuestras cosas y nos dirigimos al aeropuerto, muy tempranito. Sólo cuando estábamos en la fila contigüa a la puerta de embarque, esperando para subirnos al avión, apareció María, y, después, en el último minuto, el resto de los españoles, que habían tenido problemas en el control con las maletas, y alguno había perdido o creído perder su papel del check-in online. Así las cosas, nos volvimos a Trekroner, alguno dejando atrás la maleta en el tren. Por suerte en Dinamarca todo lo que se pierde vuelve a aparecer; no es tan fácil deshacerse de las cosas.

La sensación predominante a la vuelta era extraña, la de volver a un lugar que no es tu casa, pero en el que te sientes como tal porque, en tal sólo tres meses, has construído toda una nueva vida. Sensación de retorno al “in the middle of nowhere”, con un montón de momento para no olvidar que pesan mucho más que nuestro equipaje de mano.

Berlín más allá del muro

Día 2.-

Nuestro segundo día en Berlín fue el más extenuante, al menos para mí, después de una larga noche sin pegar ojo. Por suerte, debido al accidente de la puerta, nos ofrecieron otra habitación mejor que la anterior, más grande y con baño privado. En aquel domingo berlinés lluvioso iba a llegar Hiroko, una cándida japonesa que tuvo el valor de adherirse a la gran familia española; aunque acordaron no decirle nada sobre los vándalos de la noche anterior para que no se asustara.

Dimos comienzo a la jornada con paseo por la ciudad, siguiendo el río Spree hasta llegar a la isla de los museos, donde quedamos con María. Decidimos empezar con el museo más celebre de Berlín, el de Pérgamo, en el que se encuentran el altar de Pérgamo, del siglo II aC y la puerta de Ishtar, del 575 a.C., una de las ocho que daba acceso al templo de Bel, en Babilonia y mandado a construir por Nabucodonosor II. La monumentalidad de estas dos maravillas arquitectónicas hace que valga la pena pasar a ver el museo; además, el precio incluye una audioguía, también disponible en español, que va explicando tooooda la historia. Además de éstas, que son las principales atracciones del museo, había muestras de arte griego, romano e islámico, incluso piezas de los primeros Omeyas. No obstante, destacan otras grandes piezas como la fachada del palacio de Mshatta, también de dimensiones impresionantes.
A pesar del expolio que suponen los museos para todas las civilizaciones, qué maravilla el hecho de que unos señores equipados con paletillas y pinceles desentierren la Historia y la preserven de las inclemencias del tiempo, para que todos podamos disfrutarla.
En Berlín también se encuentra el renombrado busto de Nefertiti, que se encuentra en el Museo Neues, junto a otras muestras de arte egipcio; cerca de otro museo también recomendable, el Old National Gallery (Alte Nationalgalerie), que, aparte de ser un edificio enorme y precioso al lado del río, cuenta con obras de pintores tan insignes como Monet, Degás o Cezanne. Estos dos museos me quedan como asignaturas pendientes para mi próxima visita a la ciudad.

Al salir del museo de Pérgamo nos encontramos con un sol radiante. Para comer me compré unas típicas currywurst, salchichas con tomate y curry que están deliciosas. Después de andar un rato y toparnos con escenarios curiosos, como unas hamacas con Ampelmann pintados frente al río o una familia que parecía sacada de décadas atrás, blandiendo sus instrumentos musicales y mostrando al mundo que unas parejas contribuyen más que otras a elevar los índices de natalidad.
Para el que no lo sepa, los Ampelmann son las figuras de los semáforos de la antigua República Democrática Alemana (la parte comunista) diseñado por un tal Peglau en los años 60, cuando todavía no existía un estándar definido, y con la peculiaridad que, a los colores típicos (rojo, amarillo, verde), decidió añadir la figurita del hombrecillo caminando o con los brazos en cruz, para que el mensaje quedara aún más claro. Seguro que los daltónicos agradecieron el detalle. El caso es que el Ampelmann es tan popular que compite con el muro y el “I love Berlin” en cuanto a presencia en los souvenir, hasta el punto de que he llegado a encontrarme macarrones-ampelmann.

Aprovechando que era domingo, decidimos sumarnos a uno de los planes típicos berlineses: visitar el Mauerpark, un mercadillo enorme donde se encontraban toda clase de objetos: libros, comida de todo tipo, ropa, zapatos, zarcillos… y hasta lámparas con velas.
Nos separamos y yo quedé semiperdida con Noel; escapamos del agobio del mercadillo y nos fuimos a un campo cercano, donde tuvimos la opotunidad de columpiarnos, ver el atardecer y sacarnos fotos intentando saltar al otro lado de lo que creíamos que era EL muro de Berlín, aunque en realidad sólo era un muro de Berlín. Luego nos sentamos en una especie de improvisado anfiteatro, donde había un montón de gente aglutinada viendo como abajo un señor disfrazado de anciano barbudo iba de un lado a otro y los espontáneos se animaban a cantar en un improvisado karaoke con un ordenador portátil y un micrófono. Tras tomar un Crèpe buenísimo y tomar el metro me dispuse a desaparecer para dormir todo lo que no había dormido los días anteriores. Los que se quedaron tuvieron la oportunidad de ver la plaza de Potsdamer, una zona con grandes edificios en la Berlín capitalista, toda iluminada. Por su parte, María volvió con su amigo Javi y estuvo en un ambiente internacional, descubriendo gracias a una griega cosas tan curiosas como que, a falta de líquido de las lentillas, es mejor dejarlas en saliva con sus enzimas naturales que en agua del grifo, que tiene cloro.

Día 3:

El día comenzó con cierta tensión en el grupo español, por el hecho de que no todo el mundo está preparado para salir de excursión con puntualidad alemana.

Noel se erigió como guía oficial y nos llevo hasta el muro de Berlín, denominado “el muro de protección antifascista” por los comunistas y “el muro de la vergüenza” por los capitalistas. Fue contruído en 1961 y se mantuvo en pie hasta 1989, como una extensión del telón de acero, que separaba dos sistemas contrapuestos desde el Mar Báltico hacia el Adriático. No sólo Alemania estaba dividida, también el punto más importante, la ciudad de Berlín, por donde se desangraba la alemania comunista debido al éxodo masivo de gente de un lado al otro. Debido a esto, se construyó el muro, que no es tan alto ni tan grueso como cabría imaginarse, pero, con sus alambres y sus torres de vigilancia, y sus 120 km de extensión, resultaba una barrera real para desplazarse de un lugar a otro.
La zona típica a visitar es la East Side Gallery, con graffitis de temática política y social cubriendo 1,3km de muro. Uno de los más llamativos es, sin duda, el que refleja el beso que se dieron Leonidas Breznev, jefe de Estado de la antigua URSS, y Erich Honecker, presidente de la RDA. (como dato curioso, las pinturas han sido restauradas el año pasado, con un presupuesto de nada menos de 2,2 millones de euros).
Caminando, caminando, llegamos hasta el Checkpoint Charlie, aunque de nuevo nos quedaríamos con la duda de quién demonios es Charlie hasta que el miércoles, en una visita guiada, nos explicaron la historia. También pasamos por un pedazo de muro descarnado y original, junto al lugar donde antaño se encontraba la sede de la Gestapo, donde ahora hay un pequeño museo al aire libre, Topografía del terror, con historias escalofriantes sobre el nazismo.
Me llamó especialmente la atención la historia de una niña judía epiléptica que había sido diagnosticada de “idiotez”, separada de sus padres, y muerta en paradero desconocido.

Nuestra siguiente parada fue el memorial a los judíos muertos en Europa, también conocido como monumento al Holocausto. Es un complejo escultórico inquietante, con losas de hormigón de distintos tamaños y suelo ondulante, diseñado por Peter Eisenman. Realmente, cuando una se adentra entre los pilones, se siente angustia y cierta desorientación. María le ha dado una interpretación paralela interesante: aunque desde lejos todos los bloques parecen iguales, de cerca cada uno tiene un tamaño particular, como particulares eran cada una de las vidas humanas que se diluyeron ante la etiqueta de “judíos”.
Cerca de aquí se encuentra el terreno donde se encontraba el búnker donde Hitler supuestamente se suicidó, aunque no conoceríamos la historia en profundidad hasta nuestro último día en Berlín, cuando Cristian y yo decidimos hacer la visita guiada.
Comimos sobre los pilones, María, Cristian y yo, con Hiroko, una caja de noodles con pollo; ella, muy a lo japonés, sentada de rodillas y comiendo con palillos y, de postre, café y bollos del Dunkin Donuts, que aún no se encuentran disponibles ni en Copenhague, ni en Tokio.

Como añadido, comentar que éste no es el único monumento conmemorativo; por ejemplo, al lado del Tiergarden, que viene a ser el Central Park de Berlín, hay una cruz con unas antorchas que también hace alusión a los judíos muertos. Dicen que los alemanes, a diferencia de los españoles, no quieren dejar enterrada su historia, sino tenerla presente para no cometer nunca más los errores del pasado. Mientras en España siguen habiendo muertos en las cunetas, y símbolos con reminiscencias franquistas, en Berlín poco o nada queda de los símbolos de enaltecimiento del nazismo.

El lunes también ocurrieron otras cosas curiosas como que, la cámara de Cristian, ante un golpe, se convirtió temporalmente en una Lomo, captando en las fotos la belleza de lo imperfecto (es una forma de ver el lado positivo a la avería). Por otro lado Aitor, no dejó de repetir que, para un día que amenazan lluvia y el se viene vestido para la ocasión, hace sol y, encima ¡¡Qué se le había olvidado su fantástica cámara de fotos!!. Al día siguiente dejaría sus zapatillas en la ventana, justo cuando empezó a llover, y entonces la frase fue, en el comedor, con zapatillas de dormir: “¡¡Menos mal que son Goretex, que si no me veo por Berlín en chanclas!!”.

En la tarde de ese día decidimos entrar al Reichstag o el Parlamento alemán, al que se puede entrar gratis y que también cuenta con audioguía en español. El edificio del Reichstag es de estilo neorenacentista y fue construído el en siglo XIX. Cada uno de sus torreones representa un reino: Prusia, Baviera, Württemberg y Sajonia. No obstante la cúpula de vidrio es más reciente. Fue diseñada por Norman Foster como símbolo de la Reunificación alemana en el año 1933, con la reconstrucción del Reichstag al decidir trasladar la capital de Alemania de Bonn a Berlín. Desde la cúpula, que supuestamente busca reflejar la transparencia del sistema democrático, se puede ver, si se mira hacia abajo, la sala del parlamento, con el Bundesadler o águila imperial, símbolo de Alemania, y un montón de sillas azules; no obstante, si se mira alrededor, se tiene una vista preciosa de la ciudad de Berlín y, si se presta atención a la audioguía, una descubre cosas como que la primera piedra de la Filarmónica de Berlín fue depositada por Von Karajan o que en uno de los edificios que se ven si una otea el horizonte, Robert Koch descubrió el bacilo de la tuberculosis.
Los tres “Rockwell” estuvimos esperando un buen rato fuera del Parlamento, con una amiga de Sara (parecía que todo el mundo tenía amigos en Alemania), mientras el grupo Korallen descubría cosas tan inesperadas como que si uno tira un papel a la cúpula éste se eleva como si no hubiera gravedad.

Cuando cayó la noche, nos deplazamos hasta Oranienburguer con la inteción de ver la casa Tacheles, el edificio okupa más famoso de Berlín. Aunque alguno que otro encontró el lugar asqueroso, o inquietante, a mi me encantó. Era un edificio decadente lleno de pintadas y con algunas muestras de arte alternativo, eso sí, no precisamente al alcance de todos los bolsillos. Una figurita de nada costaba unos 450 euros. Sin embargo, el ambiente no tenía precio: un sudamericano desgreñado tocando la batería por un lado, un pintor loco sonriente dando pinceladas por otro, o un español explicando cómo viajar de un lugar a otro a través de Internet, diciendo a dónde se quiere ir y pagando un pequeño porcentaje del viaje a quien se ofrezca a llevarlo en coche.

No he podido resistir bucear un poco en Google y me he encontrado con que, a pesar de los intentos de desalojo y la deuda de miles y miles de euros que tienen los okupas de esta casa, aún sigue en pie. El edificio, una mole ruinosa ubicada en el céntrico barrio de Mitte, fue levantado en 1909 y llegó albergar a prisioneros franceses durante la guerra y, en la época comunista, sirvió como depósito de materiales. Además, durante mucho tiempo fue un centro de resistencia ante la mercantilización del arte y un núcleo de las vanguardias artísticas aunque hoy se encuentra en decadencia y la mayoría de sus visitantes son turistas.

Al final del día, Cristian y yo nos fuimos por nuestra cuenta y nos unimos a María, que nos llevó a comer lo que podría considerarse como el mejor Kebap del mundo. En un puestecito modesto, que parecería insignificante, había apiñado todo un caudal de alemanes, salivando como perros de Pavlov ante el olor de las delicias turcas, que en este caso, aparte de la típica carne, tenía un montón de vegetales, 3 salsas a elegir, papas asadas dentro, queso blanco y un chorrito de limón. toda una delicatesen y encima, a módico precio.

Corriendo porque, como siempre, llegábamos tarde, quedamos con Xavi, el amigo de María, que está en Berlín estudiando. Xavi vive en un piso con gente internacional y con un rollo muy hippy: la gente va y viene y paga un pequeño porcentaje y, además, como acción de rechazo a un sistema que derrocha kilos y kilos de comida en perfecto estado cada día, practican el DUMPSTER DIVING. Esta práctica, surgida en los Estados Unidos, consiste en meterse en los contenedores de basura en busca de los stocks de comida, muchas veces en perfecto estado e incluso precintadas que las grandes fábricas tiran a la basura. A eso nos dispusimos nosotros el lunes por la noche, desplazandonos hasta la fábrica de Kamps, una dulcería con un montón de manjares. En la oscuridad y con una linterna, abrimos un enooorme contenedor y nos dispusimos a bucear entre los dulces, en perfecto estado y a llevarnos en unas bolsas suficientes bollos como para poner al tope nuestros índices de glucosa en sangre.

Como guinda final para ese día tan agitado, Xavi nos llevó a un bar muy peculiar en Oskreuz, decorado con lámparas de velas, con muchas bombillas fundidas, y capas de tela peluda negra en las paredes, y un ojo con sombrero de copa, y velas sobre cera fundida encajadas en las bocas de unas botellas. Bebimos una “fucking good bavarian beer”, mientras Javi tocaba en un piano que había por allí sus propias composiciones. Después la camarera, que también tenía un cierto aire vampírico, nos invitó a un chupito de Jägermeister.

Antes de marcharnos, por dar un paseo, fuimos a ver un bar con decoración comunista. No tenía desperdicio; para empezar, a la entrada, una se encontraba como recibimiento a Lenin.

Empezó a llover, y decidí hacer uso de mi impermeable azul del Tiger (no lo compren, es una bolsa de basura que les deja con un aspecto tan marcadamente ridículo que cuando alguien les vea por la calle va a sonreir burlonamente). Para volver a casa creímos haber perdido el tren y, Cristian y yo, pasto de la desesperación decidimos subirnos al tranvía con Javi y María, en busca de cobijo. Los tranvías de Berlín tienen su nosequé misterioso; en los mapas turísticos una puede ver el mapa del metro y el del tren, pero los mapas del tranvía sólo están disponibles al márgen mismo de la vía. De casualidad, descubrimos que estábamos en una parada llamada Landsberger Alle, supuestamente cerca del hostal. Nos bajamos y, tras caminar largo rato bajo la lluvia, desorientados, y preguntar a un ciclista con cara de asesino psicópata, con sus gafas empañadas por las gotas de lluvia, conseguimos arrivar a la calidez reconfortante de nuestras camas.

*Para mañana ya, el final de la historia.

Expresión alemana del día: Clever popper, lo que quiere decir algo así como “polvo chachi”.

Berlín- día 1

Ya estoy de vuelta de Berlín, con la agridulce sensación que deja volver a Trekroner ya en la postrimería del primer semestre, con las despedidas a la vuelta de la esquina y el proyecto gestándose, y la búsqueda de piso en Copenhague aún en la lista de tareas pendientes. Pero a pesar de todo, muy contenta con la experiencia.

Berlín es una ciudad de calles grandes, muy tranquila en apariencia, pero con mucha vida a poco que una se interna en sus callejas y sus barrios, y se deja impregnar de sus contrastes. También es una ciudad que transpira historia, pero que está en pleno proceso de renovación, por lo que, al visitarla, una se siente parte de algo que está en pleno desarrollo. Berlín es, también, una ciudad con quistes pasados que aspira a la modernidad, pero cuando la alcance, en 2040, cuando acaben todas las obras, quizás no tenga ese encanto de lo imperfecto que tiene ahora.

El viaje, de 5 días, ha dado mucho de si en todos los niveles. Me vuelvo con la sensación de haber visto lo básico a nivel turístico, así como algunos lugares del Berlín más alternativo, y con la satisfacción de saberme manejar en sus metros y sus tranvías. También me ha servido para terminar de desasirme de todos los tópicos infundados que tenía sobre Alemania y los alemanes. Los alemanes son (aparte de rubios y altos) gente amable, tolerante y nada aburridos, aunque eso no quita que sean serios y organizados cuando tienen que serlo. Digamos que son un poco bipolares. No como los españoles, que vamos dando el cante. Si hay un español por la calle, no pasará desapercibido; y precisamente en Berlín nos encontramos grupos de españoles y latinoamericanos por todas partes, con el estrépito, la inquietud y el desorden propios de la gente de nuestro país, que se desplaza siempre en grupos y ríe y pelea y habla, todo ruidosamente.
Pasando a los aspectos concretos del viaje, me gustaría resumir todo en un post, pero como es imposible, empecemos por el principio.

Día 1.– Salimos de Trekroner un grupo de 12 españoles a las 5.17 de la mañana, todos ojerosos, unos por la fiesta de la noche anterior y otros porque por los nervios de viaje tampoco pegaron ojo. Nos dirigimos al aeropuerto y pasamos el control de seguridad, con la cara de malas pulgas del segurita que nos abrió la maleta y nos hizo poner los líquidos aparte en una bolsa de plástico, y tiró un champú casi vacío porque el envase en sí tenía más de 100 ml “Is it not the same in Spain? It is a European Union country!” gruñó.

Mientras tanto, Aitor, un vasco con el acento propio, decía tan pancho: “¡Pues yo la otra vez pasé con porros!”. Refiriéndose a su viaje a Cracovia, donde “se olvidó” de quitarse la hierba del bolsillo.
Javi y Eva habían olvidado imprimir su pasaje pero por suerte les imprimieron el papel en el aeropuerto y, a diferencia de lo que hace Ryanair en España, no tuvieron que pagar 40 euros.

El vuelo, que costó 45 euros (bendito Easyjet), duró apenas una hora. A nuestra llegada a Alemania, lo primero que hicimos fue comprarnos la Berlín Welcome Card y dejamos aparcadas, por lo menos en el ámbito del transporte, nuestras costumbres delictivas. Para que ustedes vean la diferencia, una Copenhague Card de 24 horas, vale 20 euros, y una Berlín Welcome Card de 5 días y de zonas ABC (incluído Postdam, una ciudad a las afueras llena de jardines y palacios) vale 34,90 euros. Vale que la Copenhague Card da acceso gratis a casi todos los museos y la Berlín Welcome Card como mucho ofrece descuentos, pero aunque sólo sea por el precio del transporte, es evidente que Copenhague es tropecientasmil veces más caro (aparte de más soso y más frío).

Berlín nos recibió con su cara más gris y lluviosa. Nos subimos al tren, guiados por algunos que habían estado antes (Noel, Victor, Javi…). Lo primero que le llama a una la atención de los trenes son los estampados un poco chabacanos de las sillas, pero que le dan un aire particular. Aquí se separó María, que tenía amigos en Berlín y por tanto camita gratis en otro lado de la ciudad.

Tras cerca de una hora de viaje en tren llegamos a nuestro alojamiento: el hostal Generator. Era un gran edificio situado al lado de la estación de Landsberger Alle, que forma parte de la línea circular o “Ring”. Al entrar al edificio una se sentía como dentro de una nave espacial, con luces de neón azul sobre fondo gris. Por 14 euros la noche teníamos incluido el desayuno, que constaba de pan, café, embutido, mermelada… lo típico. Las habitaciones eran para seis personas, con literas y sin baño, y decidimos que nos repartimos a sorteo, 6 y 6, y quedamos mezclados chicos y chicas, situación que a más de una se le hizo incómoda a la hora de cambiarse de ropa.

Tras dejas las maletas aprovechamos la mañana para ver un poco, por encima, la ciudad. Nuestra primera parada fue la puerta de Brandenburgo, donde algunos se compraron bretzels, panes en forma de lacitos con queso fundido por encima. Vimos, sin adentrarnos, el Tiergarten, y el Reichstag o Parlamento. Javi se encontró con un amigo suyo de Granada, y fuimos a comer a un kebab de un centro comercial. ¿Saben que Berlín es, algo así, como la tercera ciudad más grande de Turquía? Hay tantos turcos que no es de extrañar que aparezcan kebab como setas en cada esquina, algunos realmente deliciosos.

Como estábamos exhaustos, por la tarde volvimos al hotel y dormimos la siesta (yo no, porque estaba en fase insomnio).
Por la noche quedamos con María y sus amigos. Por un lado Javi, de Madrid, que está estudiando en Alemania y es un tipo realmente curioso (ya descubrirán algunos por qués en los siguientes post), Dani, su ex-compañero de piso alemán en Madrid, y la novia de Dani, una alemana de la que no recuerdo el nombre pero con la que ha mantenido una bonita relación a distancia, porque son de ciudades distintas, aunque ahora planean irse juntos a Australia.

En plan era ir a cenar a Yo-yo, un restaurante vegano en la parada de Ostkreuz; pero era muy pequeñito así que nos dividimos y nos acoplamos con María y amigos Cristian, Noe, y yo. Noel se pidió una especie de Giros vegetariano, y el resto unas hamburguesas Babaria. La carne no era carne, sino preparados vegetales, pero nadie lo diría por el sabor. Noel, que quería ir de vegetariano para “cenar algo ligerito” acabó desabrochándose el botón del pantalón de lo llenita que le quedó la panza. Con eso les digo todo. Y hamburguesa y papas por el módico precio de 3 euros y poco. Impensable en Dinamarca, donde, por ejemplo, un bote de yogurth bebible cuesta 17 coronas (2’50 euros más o menos).
Lo mejor del sitio, aparte de la comida, eran los baños, llenos de pegatinas, y dibujos, y carteles. Esto en realidad es muy propio de Berlín, donde no hay una sola farola libre de pegatinas y abundan, también, los grafitis.

Después intentamos encontrarnos con los otros españoles pero les perdimos la pista, y nos quedamos en medio entre ellos y María y amigos, que iban a un bar donde se podía entrar gratis antes de las once. Cristian, Noel y yo vagamos sin rumbo fijo, cruzamos un puente, todo a oscuras, en calles solitarias y con una lluvia constante y fina, que parece que no moja hasta que, cuando te quieres dar cuenta, estás calado hasta los huesos. Al final encontramos a María y amigos, y estuvimos un buen rato buscando un lugar a donde ir, para la discoteca Casiopeia era demasiado pronto así que acabamos en una coctelería donde tomé un buenísimo Sex in the city. Noel, de modo muy congruente, dijo que quería algo suave porque no valía la pena alcoholizarse justo antes de ir a dormir, para, acto seguido, cambiar de opinión y pedir un Desperados (cerveza mezclada con tequila). Estuvimos hablando con la novia de Dani, alemana, que, tras haberle explicado lo caro que era el transporte en Dinamarca y los “truquillos” para sacar partido a la Copenhaguen Card, dijo que le parecía natural que robáramos. Además, comentó que entendía que para los españoles es muy difícil aprender alemán porque tenemos sonidos diferentes; de hecho, estuve practicando con ella una palabra que no se si algún día llegare a pronunciar correctamente: schön.

Como anécdota graciosa, María nos contó que Dani, su ex compañero de piso en Madrid, donde estaba de Erasmus, hacía traducciones literales muy graciosas al español. Por ejemplo: “Ese es un salchicha”. Ser un salchicha en alemán significa estar empanado. Curioso, ¿no?. Además, como le habían enseñado que barriga es “panza”, cuando quizo hablar de la danza del vientre les habló de la “danza de la panza” 🙂

Al final, el resto del grupo español nos encontró y tomamos algo juntos. Antes de esto, un petardazo junto a la ventana donde estábamos sentados nos sobresaltó (“¡Una bomba!” pensé, por primera vez, y no última, en esa noche).
Nos fuimos pronto, porque estábamos reventados. Me pasé la noche en vela dando vueltas en la cama, por esto de que el sueño a veces se resiste a brotar si le despojas de sus hábitos. Casi a las 6 de la mañana, me empecé a amodorrar y a soñar, qué se yo que cosas nebulosas y confusas cuando: ¡¡¡¡¡BOOOOOOOMMMM!!!!! (“¡Una bomba!”- volví a pensar). “¡¡Me cago en la puta!!” oí gritar a Cristian. “Cristian, cierra la puerta”, dijo Sara. Todos, desorientados, tardamos unos segundos en entender lo que había pasado. No se había caído una litera, ni había explotado una bomba, sino que un tipo había pegado tal patadón a nuestra puerta que había roto la manilla y había abollado la taquilla que había justo detrás. Los restos fueron a caer en la cama de Cristian, por suerte sin causarle daños.

Los chicos, Cristian y Javi, resolvieron la situación hablando en recepción y luego con la policía, al parecer unos maromos enormes e imponentes, que les enseñaron unos videos donde se veía a los individuos para identificarlos (Cristian supo decir que era uno con un jersey de colores claros; y con la cabeza medio rapada). Después de esto, las chicas, que se planteaban cambiarse de habitación para que la operación ducha-cambio-de-ropa, etc. fuera más cómoda, cambiaron completamente de opinión.

Ya es tarde, así que les seguiré contando cositas del viaje mañana. 🙂