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Uyuni, epílogo y marcha atrás.

Recuerdos de Bolivia- 7ª parte

El salar de Uyuni, con una superficie de 10.582 Km2. de extensión, a una altura de 3.653 msnm, es el desierto de sal más grande del mundo y está situado en pleno corazón del Altiplano de Bolivia, cerquita de la frontera con el vecino Chile, con el que los bolivianos también tienen cierto rencor histórico porque perdieron, frente a ellos, su único acceso al mar en la Guerra del Pacífico.

El salar no es otra cosa que los restos morales de Michín, un enorme lago prehistórico que al secarse, dejó como resultado este precioso paisaje, además de otro pequeño desierto salino, el Coipasa, y los pequeños lagos de Poopó y Uru Uru. Actualmente el salar es uno de esos enclaves a visitar por cualquier alma nómada con vocación de trotamundos; y, a nivel económico, una de las mayores reservas de Litio del mundo junto al desierto de Atacama, en Chile, y Hombre Muerto, en Argentina.

Enero no es un buen momento para visitar el salar porque, tal y como nos ocurrió a nosotros, suele estar inundado por algunas zonas y solo algunos vehículos especiales llegan a la zona conocida como Incahuasi o “isla del pescado”, un montículo cubierto de cactus, única señal de vida en kilómetros. Hay que ser raudo y veloz para comprar el tour, de dos, tres o cuatro días, con la compañía que tenga unos vehículos a prueba de época de lluvias. A nivel precio todos los tours valen más o menos lo mismo (3 días, cerca de 100$ con excursiones, alojamiento y comida), con pequeñas variaciones en el itinerario.
Raudos y veloces no fuimos exactamente, de hecho podemos estar agradecidos de que, al menos, a última hora, encontráramos dos plazas libres en una furgoneta con una de las compañías. Esto fue lo que no vimos:

El punto de partida de nuestro viaje fue el pueblo de Uyuni, donde pernoctamos a nuestra llegada desde Potosí. Era obvio que el lugar vivía del turismo, con un sinfín de hippys andando por sus calles, mercadillos y un montón de agencias dedicadas a organizar tours, y restaurantes de comida italiana, o mexicana. La nacionalidad predominante por allí entre los turistas era la argentina, con su inconfundible acento, que a más de una vuelve loca, oyendose por doquier.
La furgoneta partió temprano en la mañana. Si no me equivoco, eran las 10.00 am. La primera parada fue el cementerio de trenes, un descampado con un montón de viejas y oxidadas locomoras en el medio de la nada. Es un lugar pintoresco para sacarse fotos, si no se tiene en cuenta que el metal ardía por el calor, y que, como siempre, muchos gracios se habían dedicado a grafitear y las máquinas estaban plagadas de Fulanito ama a Meganita, o Juan y Pepa de España, mayo del 2005. Qué obsesión la de los humanos por dejar huella. Pero en general, era un lugar-sin-más, de estos que ni frío ni calor, aunque sería un buen escenario para llevar al personaje de Sheldon en The Big Ban Theory.

La siguiente parada fue Colchani, a 22 kilómetros de Uyuni-pueblo, y a orillas del salar. Tenía su encanto, pero no dejaba de ser un lugar más para intentar vender souvenirs al incauto turista. Las casas y tiendas eran de adobe y bloques de sal, con techos de paja, y se vendían un montón de figurillas echas con sal y los típicos guantes de alpaca y gorros peruanos. Me compré uno blanco precioso, con sus dos trencitas a los lados, que perdí en una lluviosa tarde de Madrid. Como siempre en Sudamérica, antes de pagar, hay que regatear, porque siempre te piden el doble de lo que vale al principio.

Por fin, después de colchani, entramos al salar. La luz reflejaba en la inmensa llanura blanca, como un mar de nieve, y se hacía necesario ponerse unas gafas oscuras para no dañarse la vista. Era como estar en otro mundo, una sensación parecida a cuando una va con el coche en medio de los volcanes de Timanfaya, y se olvida de todo, y se queda extasiada con el paisaje. El 4×4 se adentraba en zonas inundadas, y luego en otras más secas donde pudimos bajarnos, caminar descalzos y sentir la sal que picaba en nuestros pies, o sacarnos fotos con los montículos de sal que se reflejaban en la superficie húmeda del desierto níveo. Los argentinos que iban con nosotros se subieron al techo del 4×4, mientras yo preferí quedarme cómodamente adentro, pero con la ventana abierta de par en par, disfrutando como una enana.

La parada para el almuerzo tuvo lugar en el hotel de sal, que, como su propio nombre indica, está construído a base de sal; todo, absolutamente todo, mesas, sillas, camas… En su día cumplió la función de hotel aunque ahora es sólo un museo y una parada para repostar en todos los tours por el salar.

La siguiente parada normalmente es la isla del pescado, y, en los tours de un sólo día, el regreso a casa, pero a nosotros nos tocó ir a un pueblo donde situado donde Cristo perdió la chancla, a un hostalito humilde sin agua para ducharse. Hubiera agradecido un poco de agua potable con la sal aún en mis pies, mezclado con el sudor y el olor de los calcetines; pero era de agradecer que al menos hubiera un hilo de agua para lavarse los dientes.

La estancia en el pueblito me gustó. No había nada. Nada de nada. Solo silencio. Y casas desconchadas con cristales rotos. Y una pequeña iglesia cerrada, con el techo lleno de nidos de paloma. Me acuerdo que me tiré un buen rato caminando sola, sacando fotos a los detalles. Por la noche nos reunimos frente a una mesa de madera a comer, no recuerdo qué, con los argentinos. Barajamos la posibilidad de ver un documental sobre El Boni, un presidente boliviano, pero la tele no funcionaba. Cansados y sudorosos, nos fuimos a dormir temprano.

A la mañana siguiente había que madrugar. Hubiera sido genial visitar San Pedro de Quémez, tal y como me habían recomendado, pero no fue posible. San Pedro es una población ubicada casi a las puertas del desierto de Lipez, desde donde pueden verse los volcanes Iruputuncu y Ollague, las grutas de Cueva Galaxia caracterizadas por sus esculturas naturales de roca y sitos arqueológicos precolombinos donde pueden apreciarse los ritos funerarios de los antiguos habitantes de esta región de Los Andes. Vamos, un placer para todos los historiadores.

montañas colores uyuni

Nosotros tomamos rumbo hacia el desierto de Siloli. Tengo que admitir que siento predilección por los lugares áridos, calientes, donde la vida es escasa. Este en concreto era precioso, con rocas esculpidas a fuerza de viento y montañas de colores, y remolinos de arena y sal, y de nuevo, silencio, mucho silencio. Nos sentamos sobre unas rocas a comer ensalada con quinoa y continuamos nuestro viaje, visitando la Laguna Hedionda y la Laguna Colorada, que pertenecen a la Reserva de Fauna andina Eduardo Abaroa, y donde destaca la presencia de vicuñas, llamas y, sobre todo, un montón de flamencos. El color del agua, al parecer, es fruto de la condensación de sedimentos y del color de algunas algas. Era agua roja, roja como la sangre. Y además, olía mal.

Hicimos noche en una especie de hostal para mochileros, con un montón de habitaciones comunitarias y largos pasillos, en medio de la nada absoluta. Sólo había una pequeña tienda a la derecha nuestro sitio de hospedaje, una habitación pequeña y sin encalar, con una triste bombilla desnuda, y bebidas y galletas y poco más. Aquí había duchas, pero si no recuerdo mal, no funcionaban.

A la mañana siguiente, último día de nuestro viaje por Uyuni, nos levantamos antes de que saliera el sol y fuimos a ver los geíseres Sol de Mañana, que delataban la intensa actividad volcánica de aquel paraje. Olía a gas natural. Era impresionante ver las nubes de humo que se elevaban hacia el cielo, aún bajo la tenue luz de la luna.

A eso de las 6 de la mañana llegamos a unas aguas termales y allí vimos el amanecer. Los más valientes se enfundaron el bañador y se metieron en el agua; nosotros no, y eso que estábamos necesitados de un buen baño en agua dulce. Afuera hacia tanto frío que salía vaho por la boca al respirar, pero el agua estaba tan caliente que el contraste de temperatura hacia que saliese vapor. El problema es que la profundidad era más bien poca, solo cubría hasta las rodillas. De sólo pensarlo, brrrrr, qué frío. Con lo ‘a gustico’ que estaba yo dentro de mi polar.
Desayunamos un montón. Había cerca del lago una especie de parador con mucha comida: yogures, cereales, bizcochones, pasteles… Finalmente llegamos a la laguna verde, en la frontera misma con Chile, cerca de Argentina también, y a los pies del volcán Licancabur. Precioso. Juzguen ustedes mismos:

licancabur

Si tuviera que elegir un final para mi viaje, incluso para mi historia de amor, sería este. A partir de este momento todo fue un epílogo, una marcha atrás, un volver a La Paz en busca de mi mochila cuando hubiese deseado volver a Perú por Atacama (Chile), que estaba más cerca. Un montón de horas de guagua desandando lo andado. Un “Adiós mamita, que Dios me la bendiga.” a toda prisa, un comprar botes del milagroso Mentisán como souvenir, un tránsito rápido por la frontera de Desaguadero, un sello en la frontera, y otra vez Perú, otra vez el punto de partida, el mismo aeropuerto, el mismo avión. El mismo pensamiento: A lo mejor no vuelvo a verte nunca. No ser capaz de mirar atrás tras el adiós, por la certeza de que si se hace, no se tendría la capacidad de dar un solo paso más hacia adelante.

Por algún extraño motivo, llevaba más de un año intentando escribir esta historia, para no olvidarme de los detalles, pero no me venían los recuerdos a la cabeza, sólo algunos flashes desordenados. Supongo que algunas experiencias se cocinan a fuego lento.

A 200 metros bajo tierra

Recuerdos de Bolivia- 6ª parte

Después de varios días en La Paz decidimos que íbamos a emprender otro viaje relámpago para visitar uno de los lugares más bellos del mundo, el salar de Uyuni, pero que, ya de paso, íbamos a hacer una parada en Potosí.

Para llegar a Potosí tuvimos que coger primero una guagua hasta Oruro. Había atasco. Perdimos la guagua, que se fue en nuestras narices mientras corríamos. Intentamos alcanzarla en la siguiente parada, en una persecución a toda velocidad con un taxista hippy que tenía todo el coche desconchado. Al final, acabamos metiéndonos en una guagua ajena y haciéndonos un sitio medio a escondidas. Los únicos asientos libres que quedaban eran en la parte de atrás, donde se sienten con más intensidad todos los baches, al lado del baño, que a pesar de estar cerrado olía a orín estancado. Para colmo nos encontraron los revisores y tuvimos que volver a pagar otro pasaje. Hacía frío. Marcelo me dejó un jersey azul muy abrigado que su tía le había comprado en Nueva York. Aún lo guardo como regalo y me lo pongo en días de morriña, cuando me apetece hibernar.

El viaje La Paz-Oruro, de unas cuatro horas, estuvo amenizado con un CD de rancheras que se repitió incesantemente, impidiéndonos dormir y, a mí, resultándome bastante irritante a la tercera vez que escuché: “Pero sigo sieeendo el reeey…”. En Oruro nos bajamos, fuimos al baño y poco más. Después, continuamos el trayecto, de otras seis horas más, hasta llegar a Potosí.

Aquí tuvo lugar uno de los momentos de pánico viajero más duros de mi vida. Mi carné de caja Madrid se ralló, y no me dejaba sacar dinero. Tenía otro, el carnet de la universidad, pero no me sabía la contraseña. ¿Qué hacer? Necesitaba dinero o para seguir adelante con el viaje, o para volver atrás, hasta La Paz, y de ahí al Perú. Nervios. Histeria. Lágrimas en el locutorio. Llamadas a España hasta que al final mi pobre madre me cogió el teléfono, y fue corriendo de San Bartolomé a Arrecife, al banco, con una fotocopia de mi DNI que tenía por ahí, a rogarles que me dieran la contraseña. No fue fácil, porque la cuenta está solo a mi nombre y esto estaba fuera de las normas. Recibí una llamada telefónica para confirmar que yo era yo, y, al final, a las pocas horas, tenía mi contraseña, y mi dinero.

Después del susto, tocaba explorar un poco la ciudad y sacarle partido al largo viaje antes de continuar hacia uyuni.
Potosí, la tercera ciudad más elevada del mundo, tiene ese halo de decadencia de todas esas urbes que un día fueron ricas y poderosas, y sólo conservan las ruinas de su fortuna. La palabra Potosí deriva del quechua potoc, explosión, debido al sonido de la pólvora tan frecuente en los trabajos en la mina. Y es que aquí estaba la clave de la riqueza del Potosí; su montaña, el Cerro Rico, era la mayor fuente de plata del mundo.

Actualmente sigue habiendo actividad minera y explotan sobre todo el estaño y, además, sacan partido al turismo organizando excursiones. Por supuesto, yo no dejé pasar la oportunidad. Marcelo ya había estado con su abuelo, pero no había bajado hasta el último nivel y es que, una vez dentro, tu decides cuando parar y esperar a que los demás regresen.
Contratamos una visita guiada, nos subimos a una furgoneta con un grupo de yankis y argentinos. Primero nos llevaron a un local donde nos enfundamos botas de goma, una capa, un casco con luz frontal integrada. No era una vestimenta muy sexy y muy confortable que digamos, pero era parte de la experiencia. Nos llevaron a una fábrica donde se trataban los metales, y había un montón de máquinas grandes y ruidosas, y productos químicos, y más máquinas que separaban el barro del estaño, y mineros con pinta de tener siglos a sus espaldas, con sus dientes negros de tanto mascar hoja de coca. Nos explicaron el proceso y nos llevaron a una tienda de dinamita. Le prendían fuego a la mecha y la dejaban pasar a los turistas para que se sacaran fotos. Marcelo se tomó una foto justo antes de lanzar el cachibache lejos y que explotaran con un gran: ¡¡Boooom!!. Por hacer la gracia, se medio quemó la mano.

Compramos refrescos entre todos para ofrecércelos a los mineros que se encontraban trabajando dentro y que, seguro, lo agradecerían, como nos dijo el guía. Nos ofreció un chupito de alcohol seco y nos dispusimos a entrar.
El tunel de acceso a la mina me recordaba a Blancanieves y los siete enanitos, pero dentro era bastante diferente y no habían diamantes en las paredes ni barbudos con piquetas. Lo primero que encontramos fueron niños recogiendo piedrecitas del camino en el primer nivel, y un “museo” cutre con una figura de El Tío, una especie de personaje de leyenda que vive en el interior de la tierra, y al que hay que obsequiarle con tabaco y alcohol. Todo esto en la total oscuridad, con la única iluminación de la luz de los cascos.

La mina estaba dividida en 17 niveles y la visita turística nos sumergió hasta 240 metros bajo tierra. La temperatura se iba haciendo más elevada a medida que caminábamos, y el aire era denso y cargado de polvo, de modo que costaba ver, se formaban costras de polvo en las pestañas y, aun cuando te pusieras tu mascarilla para respirar mejor, la situación era de agobio y claustrofobia. Un grupo de chicas se quedó atrás a mitad del camino, yo me lo pensé bastante pero Marcelo me empujó a seguir, y el guía también… y “¿Qué coño? Si no ha muerto nadie hasta ahora no tengo por qué ser yo la primera”. Así que seguimos andando, esta vez a veces a gachas por zonas muy pequeñas, o bajando escaleras de madera y clavos de una estabilidad más que dudosa. Pensar que pasara cualquier cosa y hubiera que volver hacia atrás por esos túneles en los que había que ir gateando… o que se rompiera la escalera que daba paso al nivel superior, daba bastante miedo. Para incrementar la sensación de aprensión, a Marcelo se le fundió la luz de su casco, de modo que dependíamos el uno del otro (él de mi luz, y yo de su capacidad para hacer que no me entrara un ataque de pánico).

Vimos a un grupo de mineros arrastrar pesados vagones cargados de pedruscos, y a un niño picando roca, sin camisa, sin sueños, con su bola de coca en la boca trabajando mecánicamente, como un robot. No creo que haya empleo en el mundo peor que el de minero y, llegados a este punto, me pareció incluso insultante la alegría con que Antonio Molina cantaba eso de: “Soy minero, y con caña, vino y ron me quito las penas”.

Aunque precisamente eso es lo que decía el guía, que esta gente, que lleva una vida tan perra, recurre al sentido del humor y al alcohol para soportar las horas de asfixia, oscuridad y trabajo duro bajo tierra, que, además, no les saca de su situación perenne de pobreza. No se si alguna vez vieron a Samantha Villar en sus 21 días en la mina, pero daba una idea de la situación de los mineros en Bolivia. También me vinieron muchos recuerdos con el caso de los mineros de Chile… no se cómo pudieron aguantar tanto tiempo encerrados allá abajo. La fuerza de la costumbre. Gente que lucha por sobrevivir y valora la vida en sí misma, aunque esté cargada de sufrimiento. Qué contraste con el hedonismo tendente a la depresión tan propio del primer mundo.

Aquel día en Potosí, cuando salí de Cerro Rico con sensación de asfixia y fuí golpeada por una ráfaga de aire fresco y límpio, y granizo que empezó a dibujar líneas en mi piel, cubierta por una gruesa capa de polvo, experimenté felicidad. No la felicidad enlatada de las cosas que se compran, sino felicidad en estado puro. Alegría de estar viva y sensación de haber superado un obstáculo.

*Olvidé añadir que en el grupo de mineros aficionados estaba un español que se había mudado a Bolivia a vivir, un tipo curioso con gafas. Y que dentro de la mina, una de las cosas que le metían a una el miedo en el cuerpo era la insistencia del guía en que tuviéramos cuidado con no pisar los tubos que había en el suelo, que podía ser peligroso. También nos contó que antes los mineros “miccionaban” y hacían sus necesidades dentro de la mina, pero que luego se prohibió porque ésto genera gas metano. Qué fantásticas condiciones de trabajo, ¿no?. Ser minero es aún peor que ser becario.

Descurir La Paz

Bolivia es uno de los 121 países del mundo sin Mc Donalds. Pero eso no quiere decir que no haya llegado la americanización; la televisión también estaba contaminada con Disney Channel, y las niñas querían ser Hannah Montana y suspiraban por Zac Efron. Y claro, hasta en el lugar más recondito, en pleno desierto, había carteles de la marca Coca cola.Antes de que mi antiguo ordenador petara, tenía una foto como la siguiente, pero con una cholita pasando frente a una tienda con un cartel de Coca Cola. Allí, en el medio de la nada. Era mi foto favorita del viaje.

Por cierto, si alguna vez van a Sudamérica y les preguntan si quieren coca, no se asusten, ellos se dirigen así de cariñosamente a la bebida gaseosa más popular del mundo.

Recuerdos de Bolivia- 5ª parte

Marcelo vivía en el Alto de Seguencoma, una zona elevado de La Paz.
La Paz es una ciudad llena de cuestas, un poco caótica, y con contrastes sociales. Los mercados callejeros se entremezclan con tiendas de más postin para la clase media o alta y la calle es bullicio en estado puro, con hombrecillos gritando desde las combi la dirección a la que va el vehículo. No hay paradas de guagua, uno simplemente se lanza a la carretera y se sube al coche que le vaya a dejar más cerca de su destino.
La postal típica de la ciudad es preciosa, con el Illimani, una gran montaña con nieves perpetuas, como fondo. Hay algunas calles de la ciudad especialmente indicadas para sacar fotos, pero cuando yo pasé por ellas estaba nublado, así que dije que mi asignatura pendiente era volver, con el único propósito de conseguir la dichosa foto, por supuesto.

La ciudad cuenta con alrededor de un millón y medio de habitantes, contando el área de El Alto, cerca del aeropuerto y una zona con mayoría indígena aymara y, según Marcelo, bastante insegura. Por allí paramos en nuestro camino hacia casa de Marcelo, y luego cogimos un taxi que nos llevó a su casa.
La casa era grande, y muy bonita. Aún la recuerdo cláramente. Marcelo tenía su habitación en el piso de arriba, y yo dormía en una habitación contígua, con una cama de matrimonio, una televisión enorme, y el ordenador; aunque por las noches nos escapábamos medio a hurtadillas para darnos el gusto de amanecer juntos. En esa habitación también vimos algunas películas; recuerdo Monstruos INC y Madagascar. Imaginen los simpáticos pingüinitos con acento mejicano.

Hallazgos humanos y personas para el recuerdo:

La madre de Marcelo me hizo sentir como en casa. Alguna vez compartimos mesa a la hora del almuerzo, para comer trucha con arroz, y me preguntaba cosas de España, y decía que era muy calladita. En realidad, no compartí mucho tiempo con ella, entre viaje y viaje, y porque ella trabajaba. Pero me llevo un recuerdo inmejorable. De agradecer, en el caso de las suegras.

También me llevo un recuerdo tierno de Samantha, una bebita, prima de Marcelo, que andaba por la casa. Pasé mucho tiempo viéndola ponerse cachetona y hermosa por el Skype, y a él se le caía la baba. Y luego estaba la María, una cholita de largas trenzas que hacía las veces de ama de casa. Cuidaba a la Samantha, lavó mi ropa, cocinaba, fregaba los platos… En realidad me sentí mal cuando, después de comer, quise limpiar mi plato y Marcelo me dijo: “Dejaló en el fregadero que eso es el trabajo de la María”.

Aún así, parecía que se llevaban bien. Marcelo se reía de ella y le decía que estaba embarazada, porque estaba engordando y ella se reía inquieta y le decía: “¡Ay! ¡Marce!”, con voz de pito, casi como una niña pequeña ofuscada.
La María hablaba con mucho acento, y miraba con ojos picarones, intentando enterarse de todo lo que pasaba. De echo, alguna vez notamos su presencia espiando detrás de las puertas. Marcelo decía que tenía un hijo con el que no guardaba especialmente buena relación, y un novio. Y que una vez desapareció, y luego volvió de nuevo para trabajar. Y que su mamá la cogía porque ya le tenían confianza.

También tuve la oportunidad de conocer a algunos amigos de Marcelo. Una noche fuimos a un parque, a sentarnos, a fumar cigarrillos y beber BocaRica, el ron más barato de por allí, como el negrita de España. Lo solían beber con pepsi y limón y a ellos les parecía que estaba muy fuerte pero, la verdad, he bebido cosas peores.

Conocí al Sebas, que era colombiano, al Juanpa, con su media melena, y a Cristian, más callado y misterioso, y a la Titi, que era “la más buena tipa”, vivaracha, amigable y muy habladora. Estaba siempre implícita, como flotando en el ambiente, la presencia de “el Boni”, un amigo suyo que estaba en la cárcel, y de su novia. Mientras vagábamos en la oscuridad, recuerdo que pasó un coche enorme, coche de rico, con los cristales tintados y una banderilla de Bolivia en el capó. “¡¡Imaginate!! A lo mejor es Evo Morales”.

Otro día conocí a la Di, una chica súper tierna, y a su ex novio Diego, que vivían en un piso en otra zona de la ciudad. Nos invitaron a pasar y, después, nos fuimos a tomar a un local buñuelos, una especie de empanada con queso fundido por dentro y azúcar glass por fuera, y api, una bebida densa violeta, parecida a la chicha peruana, pero más dulce. La tarde tuvo tintes familiares, cálidos, aunque silenciosos. Me preguntaron por España y allí, a diferencia de Dinamarca, nadie sabía exactamente dónde estaba Canarias, aunque Marcelo también me hacía la broma de que era africana.

Y un inciso: todavía me acuerdo una vez en un pueblo perdido de Perú, un viejuno que andaba por la calle, y que resultaba tener orígenes canarios. Ay, aquellos tiempos en los que nosotros éramos los emigrantes…

La Paz a ojos de turista

La Paz me pareció bonita, aunque no se puede considerar que sea objetiva. Estaba enfrascada en una especie de sueño que se me antojaba demasiado real, pero un sueño al fin y al cabo.

La forma de moverse por la ciudad es, o bien un taxi, o bien una combi, o bien un “troly” (a lo mejor no se llamaba así), que al fin y al cabo no era más que un taxy compartido, con una dirección específica. Obviamente también se puede caminar, pero hay muchísimas cuestas, como en Lisboa.

Recuerdo un día que fuimos de compras, y adquirí por unos pocos bolivianos dos equecos, muñectos bolivianos de la fortuna, para mi padre y mi madre. El equeco es un dios aymara de la fecundidad y la alegría, al que al parecer se le sigue rindiendo culto con ofrendas de alcohol y cigarrillos en altares caseros, sobre todo en la fiesta del solsticio de verano. Por ahí andan todavía los muñequitos, en el estudio de mi casa y la cocina de mi padre, junto con unos ídolos incas que antes tenían dentro un pisco que era alcohol etílico (¡Ay! Con lo rico que estaba el pisco sour de las bodegas de Moquegua…).

En fin, que me voy por la tangente como siempre. El caso es que también tenía que comprar un regalo para Laura, para su amigo invisible, y me hice con unos zarcillos preciosos de semillas y un colgante con la chacana, fabricado con piedra de los Andes. La chacana, o cruz andina, es un símbolo milenario inca, que hace referencia al sol y a las estrellas (la cruz del sur), y representa la unión de la tierra con el cielo, del Hombre con lo divino. Un regalo diferente, ¿no?.

Como si no hubiera bastante carga espiritual en esa tarde, nos metimos a deambular por mercadillos, por los miles de puestos de películas y música pirateada, mercados de comestibles, de santería… y al final, acabamos leyéndonos el destino con estaño. Un hombre que estaba en la calle, mezclado con los lustrabotas y otros buscavidas, tiró estaño fundido con un cucharón de cocina sobre un cubo de agua, y, según la forma que adquirió al solidificarse el metal, nos aseguró que había salido forma de virgen, aunque se rompió una pequeña parte al sacar el objeto, ya sólido, de la materia acuosa. Nos garantizó que íbamos a tener muchas dificultades en nuestra relación, pero que al final íbamos a acabar juntos. También nos dijo que nuestra situación económica iba a ser buena pero que él iba a vivir más años que yo. A pesar de que me presagiara una muerte más temprana que la de él, yo quedé contenta con las previsiones. Oí lo que quería oir; en eso consiste el negocio de las predicciones. Eso sí, el tipo nos intentó vender la figura de estaño para que nos diera suerte y nos negamos.

Otro día acompañé a Marcelo a su universidad, la Universidad Católica Boliviana San Pablo, a pagar, porque era privada. Hay un auge de universidades privadas allá, aparte de un alto índice de abandono escolar y de fuga de cerebros. La universidad pública más importante es la Universidad de San Andrés y al parecer no debe ser nada fácil entrar. Así las cosas, he leído que Evo Morales cuestiona la importante inversión que hace en educación pública, y que al parecer no está reportando beneficios prácticos en investigación y tecnología. No obstante no hace mucho la UNESCO felicitó a Bolivia por ser el tercer país de América Latina libre de analfabetismo gracias a los programas de alfabetización llevados a cabo por el gobierno, lo cual ya es un gran paso adelante.

A nivel culinario, uno de los grandes placeres vitales, en Bolivia probé un helado de leche condensada que era una delicia. Sudamerica es siempre una explosión de sabor: que si helado de lúcuma, ron con pasas, papaya, choclos, maracuyá, tamal, chuño, carne de llama, cuy (cobaya), yuca, quinoa, ají, o pacai. Este último me pareció bastante curioso, es una vaina verde enorme que se abre y tiene dentro una especie de algodón blanco comestible y dulzón.

En Bolivia pobré por primera vez las salteñas, típicas de Argentina pero con su variante boliviana. Es una masa en forma de concha con carne o pollo dentro. Están buenísimas, el único inconveniente que tienen es que es muy fácil mancharse con el jugo que llevan dentro cuando se les propina un buen mordisco.

Pero La Paz no es sólo para perderse por sus calles caóticas, sus mercados de chatarra y sus centros comerciales, ni para intentar cazar al Illimani sin su habitual velo de nubes, ni para probar sabores distintos. A nivel cultural e histórico, también tiene su encanto. Por ejemplo, la Plaza Murillo, dedicada a Pedro Domingo Murillo que, en 1809, lideró un movimiento libertario contra el dominio español. A su alrededor se encuentra el Congreso de la República, la Catedral y el Palacio Presidencial, más conocido como palacio quemado, aún con las huellas del fuego en sus paredes. También a su alrededor hay edificios que muestran huellas de balas de contiendas pasadas.

Pero sin duda mi recoveco favorito fue la Calle Jaén, que creo que describe mejor alguien con conocimiento de causa en este link ( http://rocko.blogia.com/2006/071801-la-paz-de-leyendas-y-brujas.php ) de lo que podría hacerlo yo:

“En esa mezcla entre modernidad y el casco viejo de la ciudad, ocultada entre avenidas se esconde la calle Jaén, parte histórica donde confabularon patriotas para empezar la revuelta libertaria de La Paz. Donde confabulan también viudas expulsadas del averno condenadas a penar en busca del beso de algún hombre con alcohol en la sangre. Callejón donde caminan los demonios y los mulatos esclavizados en la colonia que arrastrando sus cadenas golpean las puertas buscando consuelo. El callejón de las animas y los demonios que cuya única salvación es la cruz verde que ahuyenta a las almas condenadas a vagar por la Jaén.”

Cruzar la frontera

Recuerdos de Bolivia- 4ª parte

El trayecto Cuzco-Juliaca-Puno duró siete horas. En los descansos de los trayectos buscaba puestecitos de estos que hay por las calles en Perú, y compraba Sublimes, unas chocolatinas de Nestlé que sólo se venden en Sudamérica. Eran simplemente deliciosas. También me generaban adicción los chifles (paquetitos de plátano frito crujiente). Sin embargo, el champán rosa y la inka cola… ¡¡Puag!!

Como curiosidad, hablando de comidas, decir que los Mc Donalds de Perú eran muy curiosos, porque entre las salsas que ofrecían estaba la de ají, típicas de Sudamérica y un poco picantes. Por cierto, todavía me acuerdo de aquella hamburguesa picante en Piura que fue una de las últimas cosas cárnicas que comió una amiga vegetariana. Casi peor que mi accidente con el curry aquí en Dinamarca.

Volviendo al viaje, llegamos a Puno, pasamos por delante del cuartel donde dormimos cuando estuvimos allí con la Ruta, y sentimos nostalgia. Recordamos la isla de los uros, construídas con totora sobre el lago. Pero esta vez, me dijo Marcelo, iba a conocer “Copa”, la mejor parte del lago. “El Titi es de Bolivia y el Caca para el Perú” decía él, convencido. También le encantaba repetir, medio en broma: “Ahhh… peruano ladrón”. Piques de vecinos.

De Puno a Copacabana hay 4 horas de viaje, y recuerdo que pasé mucha hambre. Para pasar la frontera de Bolivia a Perú tuvimos que coger un taxi. El conductor iba muy ebrio, a su lado, un hombre con un bebé que le hablaba, a nuestro lado, en la parte de atrás, la madre del crío, todos con olor a humanidad. Detrás, en la parte del portabultos, iba otra señora con otro niño. Llegamos a la frontera a eso de las 7. Estaba cerrada. Por suerte nos dejaron pasar, a cambio de que vinieramos al día siguiente a sellar nuestros pasaportes. El policía que hacía guardia también iba borracho y era algo desagradable: “¿Están casados? ¿No? ¡Ah, entonces ella es tu concubina!” recuerdo que dijo.

Estaba ansiosa por llegar, y por probar las famosas truchas con mantequilla del Lago Titicaca, y al final, tuve suerte y las tomé para cenar, en un restaurante enorme y fino, y casi vacío. También pedí aguacate con camarones, me dijeron que no tenían, luego que sí… y recibí un plato en mal estado. Aún así, pagamos, porque era muy barato y la trucha estaba deliciosa, en espinosa competencia con el ceviche peruano en mi lista de pescados favoritos.

Vagamos por la noche en busca de un lugar donde dormir, y encontramos uno pequeñito y humilde, pero barato, y con una terraza con vistas al lago y a todos los techitos sin encalar de la ciudad. Esa noche peleamos, porque él quería hacer un montón de cosas y yo sólo quería estar con él, y descansar.

A la mañana siguiente conocí de verdad Copacabana, y me enamoré, primero que nada, por su misticismo. Para empezar, el nombre de la ciudad sería la castellanización post-conquista de QOPAQHAWANA, un ídolo esculpido en turquesa con cuerpo de pez que se veía desde lejos, y que idolatraban todos los aymaras del lugar.

La ciudad era una mezcla de hippismo y eclecticismo religioso. En las calles se oía la voz de Bob Marley, hilo musical de muchos de los tugurios donde se podía comer. Aún recuerdo caminar entre los hippys, y los perros sueltos en las calles, y escuchar: Fighting on arrival, fighting for survival…

La catedral de Copacabana era muy bonita, no tanto por el edificio en sí, que también, como por esa mezcla de cristianismo y costumbres indígenas que hunde sus raíces en la Historia de América. El edificio databa del siglo XVI, y tenía dentro una virgen morena, la Candelaria, patrona de Bolivia. La imagen fue tallada por el artista indígena Tito Yupanqui, supuestamente nieto del décimo gobernador inca Tupac Yupanqui. Me llamaró la atención las imágenes talladas en la madera de la puerta, con indígenas navegando por el lago Titicaca llevando a cuestas a la virgen.

Interesante para hacer excursiones son también las islas del Sol y de la Luna, en el lago Titicaca, y obviamente tampoco desperdicié mi oportunidad de ir. Sólo cometí un error: comer una empanada de queso, de la que aún recuerdo el sabor porque estaba muy rica, que le compré a una cholita mientras esperaba el barco, pero que me destruyó el estómago.

Entiéndase cholita como mujer con rasgos indígenas, mofletes colorados y ojos pequeños y oscuros, con el pelo negro muy largo recogido en dos grandes trenzas y vestida con faldas coloridas y abultadas, y a veces, con un gracioso gorrito. Hay que tener en cuenta que alrededor de un 69% de la población de Bolivia es amerindia, por eso el ascenso de Evo Morales y las manifestaciones ondeando la wiphala, la bandera indígena, y la lucha por salir de su marginación. (Y ojo, que Evo Morales no es el primer presidente indígena, como se indignaba mi profesor sustituto atractivo de Periodismo Iberoamericano, el primero fue Benito Juárez).

En fin, que ya empiezo a divagar. El caso es que ese día cogimos un pequeño barquito con bandera boliviana y nos adentramos en el lago Titicaca, a explorar la Isla del Sol. Vimos ruinas incas, y pequeñas playas, y niños recogiendo piedras del camino bajo la lluvia para vender. Marce les compró una pequeña piedrecita; tierno detalle. Como hacía mucho frío, compramos un par de guantes de alpaca y entramos en calor comiendo unas salchipapas buenísimas. Perdimos el barco para ir a la Isla de la Luna, pero tampoco creo que me perdiera demasiado. Lo bonito es la leyenda, que cuenta que el día del Gran Diluvio se unieron en las aguas del lago el Sol y la Luna, y allí se encontraron los dioses que dieron origen al mundo. También se dice que del lago emergieron el Inca Manco Capac y su hermana y consorte, Mama Ocllo, para unir las culturas indígenas y fundar el Tahuantinsuyo, un paraje donde cultivar papa y quinoa, criar llamas y alpacas, y donde la tierra era rica en minerales.

A la vuelta a Copacabana, tocó coger otra guagua para tomar rumbo a La Paz, donde vivía Marcelo. El trayecto lo hicimos en una combi, una especie de minibus que tuvimos que abandonar para cruzar a la otra parte del lago en una barca, y el vehículo en otro barco. Hacía frío e íbamos con un montón de parejas adolescentes que se abrazaban. Yo también me abracé a Marcelo. Hacía frío y era de noche.

En esos momentos mi estómago ya daba señales de que le había echado algo inapropiado. Estuve buscando baños, que estaban cerrados, y tocando a puertas, pero nadie me dejaba pasar. Muchas veces los indígenas son desconfiados con los extranjeros. Obviamente, quedaba una hora de viaje y a mitad del trayecto Marcelo tuvo que hacer parar al conductor, para adentrarnos juntos en la oscuridad. Hay momentos en los que no tiene cabida la vergüenza.

Por ese entonces también pillé una infección de orina, por el mal estado en el que estaban los baños de las guaguas, creo, o por el frío y la lluvia. Pero eso no fue un gran problema, por suerte fue fácil ir a cualquier farmacia y pedir antibióticos sin receta médica.

Cuando uno va a Sudamérica o a cualquier país con menos comodidades de las que uno está acostumbrado pasan estas cosas. De hecho, como curiosidad, normalmente para ir a Sudamérica hay que tener en regla todas las vacunas de hepatitis, la fiebre amarilla y la fiebre tifoidea y, si se va por zona de selva, hay que llevar el malarone o el lariam, pastillas para la malaria (que no la evitan, pero atenúan su peligrosidad en caso de contagio). Luego están los brotes de dengue, y las picaduras de insectos, pero las zonas más peligrosas son las selváticas, por lo general viajar a los Andes es bastante seguro. Como mucho, puedes sufrir mal de altura, que se mejora con hoja de coca. Decían los bolivianos que cuando los argentinos ganaban los partidos de fútbol en Bolivia no decían nada, pero que cuando perdían le echaban la culpa a la altura. Estos gauchos…

Reencuentro

Recuerdos de Bolivia- 3ª parte

Cuando vi a Marcelo después de aquellos cuatro meses separados no se lo que sentí. El primer gesto de él fue ayudarme con mi mochila azul del Quechua, más grande casi que yo, y meterla en el portabultos de un taxi. Dentro del taxi, él en la izquierda, yo en la derecha, y yo repitiendo incesantemente: “Esto es muy raro”. Él no dejaba de mirarme. Me cogió de la mano, pero éramos como dos desconocidos. El Skype mitiga, pero no extermina, los efectos de la distancia. Él había alquilado un hostal un poco cutre y me contó que a la noche, cuando llegó a Arequipa, una prostitutas intentaron acosarlo. Gracias a eso empezamos a bromear y a volver a tener confianza. No hay que infravalorar el gran potencial de las bromas para estrechar vínculos. El hielo, casi siempre, se rompe a base de sonrisas.

Comimos, siguiendo los consejos de Marcelo, que decía que estaba “Deli de mierda”, chicharrón de cerdo, un plato típico, y una especie de ensalada rara, en un restaurante con balcón en la plaza de Arequipa, también conocida como la ciudad blanca. El sol brillaba, y la conversación brillaba por su ausencia. Estuvimos vagando por la ciudad, y cambiando euros a soles, y compramos los pasajes de guagua que nos llevarían a Cuzco, el siguiente punto de nuestro viaje, en nada menos que 10 horas por carretera.

La ciudad me recibió tal y como la recordaba, turística, empedrada y bastante más limpia y organizada que otras del Perú. Está vez el objetivo no era ir al Valle Sagrado de los Incas o al Machu Pichu, a perder el aliento subiendo escalones, sino a seguir la tradición de dar 12 vueltas, a las 12 de la noche, a la Plaza de Armas.

El día estaba lluvioso. Cuando llegamos al hotel, muy cuidado y bonito, con una figura de un Don Quijote y Rocinante en el hall, nos recibieron con una infusión de hoja de coca, y luego nos condujeron a nuestra habitación. Por la tarde paseamos por la ciudad, y nos pilló un buen chaparrón cuando íbamos camino de la estación de guaguas para comprar el pasaje para el día siguiente, en el que teníamos que viajar hacia Puno, el pueblo peruano a orillas del Titicaca, el lago más elevado del mundo.

Hechos una sopa y yo, muerta de frío y cansancio, llegamos al hotel. Pronto se hizo de noche. Si no recuerdo mal, en esa ocasión cenamos en un chifa, la versión sudamericana de los chinos, con comida completamente distinta. No había pollo agridulce, pero pedimos unas sopas con pasta, Wonton, que, dadas las inclemencias del tiempo, resultaron muy reconfortantes.

Cuando cayó la noche la gente se empezó a remolinar en el centro de Cuzco, y a tirar petardos. Yo me había traído un vestido de fin de año que mi madre me había comprado meses antes, pero me di cuenta de que no tenía cabida en aquel lugar. La gente bebía en la calle e iban vestidos de la forma más normal, con vaqueros y camisa y, los más previsores, con chubasqueros. Cuando cayeron las doce empezamos a correr bajo la lluvia, dando vueltas a la plaza mezclados entre la muchedumbre eufórica. Nos dimos un beso mojado, chorreando, y de la emoción dejé escapar su cámara de fotos, que debió de caer de mi mano al suelo, en algún charco. Cuando nos dimos cuenta, unos cuantos metros más adelante, ya no había cámara. ¡Feliz año nuevo, mi amor!

A pesar de que me cargué su cámara de fotos, creo que era nueva, porque la antigua se le había muerto de ingestión de arena, haciendo sandboarding en la ruta (gran experiencia!); y a pesar de que tras los fuegos artificiales y una caipirinha que nos tomamos en un barcito de por ahí, lo empujé a volver al hotel y que durmiéramos en una cama, en condiciones, antes de otro maldito viaje en guagua al día siguiente. A pesar de eso, y de sus ilusiones puestas en aquella noche diluyéndose como la banda de la Copenhague card, esa noche no se enfadó.

24 horas de aeropuertos

Recuerdos de Bolivia- 2ª parte

Después de unas navidades que se hicieron cortas en Canarias, tocó ir a Madrid, si no me equivoco, fue un 26 de Diciembre. Allí me tocaba esperar sola, dos días, a que fuese 29 diciembre para emprender mi largo periplo de regreso a las Américas. ¿Por qué? Simplemente porque si me iba esos dos días antes, el vuelo salía sustancialmente más barato. Fueron días de encierro, con Nino Bravo como hilo musical: Américaa….

Me esperaban más de 24 horas de aeropuertos, en las que revisé millones de veces si llevaba conmigo el pasaporte, y los pasajes, y los números de teléfono para casos de emergencia. El viaje Quito-Lima, de unas 11 horas, iba repleto de parejas con niños pequeños; propio de las fechas navideñas. A mi lado iba una señora que le tenía miedo a volar, y volvía a casa después de muchos meses sin ver a su familia. Le conté mi historia, y me dijo que era muy valiente y que me deseaba mucha suerte en mi relación. También intentó convencerme de que Dios existe, y me dio como argumento una extraña historia sobre el triunfo de Israel sobre Palestina. Me hizo que la ayudara a rellenarle el papel de declaración de aduana que te dan justo antes de aterrizar, porque a duras penas sabía leer y escribir.

Aterricé por segunda vez en mi vida en el aeropuerto Mariscal Sucre, de Quito, con la vista de las luces, y sus llanos y sus montañas, pero esta vez no iba a volver al casco antiguo a pernoctar, ni a cambiar dinero en la Avenida del Amazonas. Se trataba de un simple trasbordo para coger un avión hacia el aeropuerto de Lima. Una mujer con acento marcado y muchos granos en la cara nos condujo a mi y a otras tres personas al lugar donde podríamos esperar nuestro próximo vuelo. Se trataba de Nadia, una chica de unos veinte años, peruana, y militar, con novio español; Juan Diego, un peruano vivaracho, menudo y amanerado y un gallego cuarentón que “no iba en busca de mujer, pero si la encontraba se le llevaría a España”. Aquí el viaje empezó a tornarse entre subrealista y divertido. Nadia y Juan Diego iban borrachos, porque habían comprado una botella de vodka en el aeropuerto. Como Quito es barato, nos pusimos a beber en un bar, y a fumar, y a hablar de la finalidad de nuestros viajes hasta que salió el siguiente avión. Una vez dentro, nos pusimos en la parte de detrás, pedimos un botellín de… whisky? Que era gratis, y empezamos a reirnos y a sacarnos fotos con la tripulación. Al final incluso nos pidieron que nos calláramos mientras hablaban por el teléfonillo.Una auténtica armada. La borrachera aérea se vio alimentada con la comida gratis del avión, un bocadillo y una macedonia de frutas tropicales buenísima. Al llegar a Lima, en un vuelo de más de una hora que fue sin duda el más divertido de mi vida, tocó despedirse, intercambiar facebooks y desearse suerte.

En el trasbordo de Lima a Arequipa tenía que esperar varias horas, así que estuve deambulando con mi maleta por el aeropuerto, para luego volver a facturar. Me tomé un solitario café en el starbucks, sintiendo el embotamiento de varios días de insomnio. Me puse a pasear sin rumbo por los mostradores, y a subir y bajar escaleras, y ver pasar a gente, y más gente, y más gente… hasta que, de repente: “¡Ey! ¡Silvia!”. Casi me da un ataque cardiaco de sorpresa cuando me encontré a Juanma, que esperaba su vuelo para España. Juanma es un chico español que en aquel entonces llevaba el pelo largo, y las mismas botas de la ruta que tenía en verano. Era uno de los monitores, y ahora uno de los principales soportes de ARI en España.

“Pero… ¿Qué estás haciendo aquí?”. Y nos contamos. Yo, a visitar a Marcelo. Él, volviendo de su larguísimo viaje por las Américas, que tras la ruta inka del 2008, continuó con unos cuantos meses por Bolivia y Argentina, donde, creo, tenía a su novia. Ya tenía ganas de volver a España, y tirar sus botas a la basura. Poco después él se fue por su lado y yo por el mío. Volvería a verlo meses después en Fitur, el primer día de mi vida que vi nevar, en Madrid. Pero eso es otra historia.

El vuelo de Lima a Arequipa fue inquietante. Al fin, se acercaba el momento decisivo. Asomada a la ventana del avión, intentaba divisar el Colca, y después, la pista de aterrizaje y, una vez en tierra, a Marcelo.

El aeropuerto era pequeño, más pequeño que el de Lanzarote. Quizás, como el aeropuerto de La Palma. Estaba casi vacío y era primera hora de la mañana. Bajé del avión entre zombi y taquicárdica, con los muslos entumecidos por la nefasta decisión de ponerme unas medias bajo el pantalón. Es un milagro que que no fuera necesaria una amputación. Necesitaba una ducha y dormir, pero apenas estaba amaneciendo y quedaba un largo día por delante.

*Véase el bonito detalle de que en el trayecto se sobrevuelan las famosas Líneas de Nazca.

Recuerdos de Bolivia- 1ª parte

A veces, por un olor, un sabor, un sonido, un sueño, nos desbordan los recuerdos de las cosas que hemos vivido. Recuerdos que no recordábamos, pero que estaban ahí, en algún lugar de poco tránsito de la memoria. Eso me ha pasado hoy, al levantarme, con un cansancio inusitado tras haber dormido más de lo que acostumbro. De repente, empiezan a venirme flashes a la cabeza, y una sensación ansiosa que sólo se alivia a punta de palabras.

RECUERDOS DE BOLIVIA.- 1ª parte

Era diciembre, un frío diciembre de Madrid, de mi segundo curso de independencia. Estaba enamorada desde el verano de Marcelo, un individuo callado, que soñaba con triunfar como jugador de póker y era un fan aférrimo de The Doors. Nos conocimos en la ruta, y aprendimos a querenos a base de largas y duras caminatas, horas de guagua infinitas y bromas y tortazos que terminaron en una despedida edulcorada y lacrimógena. Quería ir a España a continuar estudiando Económicas, y llevábamos meses liados con papeles, aunque solicitados demasiado tarde. Lo tramitó todo, menos la carta de invitación, por la que estuve dando vueltas y vueltas por Madrid. La carta de invitación es una manifestación expresa de acoger a la persona en cuestión y una declaración de los vínculos que te unen a ella. La cuestión es que tardaba en tramitarse demasiado, y nosotros teníamos prisa. Queríamos que viniera para el segundo cuatrimestre. Obviamente, en el frío diciembre de Madrid, y dos días después de que él supiera la noticia, me llamó por teléfono y me dijo que le habían denegado el visado. Al principio pensé que era una broma, que después me diría que ya tenía los papeles listos, pero la cara de Priscila, mi compañera de piso, que lo sabía desde el principio, me hizo enfrentar la realidad.
En aquellos días estaba mi madre por Madrid, con su amiga Rosi, que luego me criticaría por Lanzarote por mi mala educación. Yo estaba hundida y confusa, encerrada en mi habitación llorando. Tenía tantos nervios que tuve una especie de reacción alérgica al tatuaje, por primera vez y dos años después de hacérmelo, la libélula se erigía en relieve sobre mi piel. Tal vez, como una señal. Mientras tanto, mi madre me presionaba para que las paseara por Madrid con una sonrisa, porque para eso había venido a visitarme. Todo esto se saldó con un espectáculo bochornoso de gritos, lágrimas y pellizcos en el Centro Comercial de Príncipe Pío. “Criar hijos para esto…”
Tenía una bandera de Bolivia colgada en mi habitación, regalo de Marcelo en nuestra primera despedida. Sí, sólo primera, porque hubo otra. Tenía que decidir si perderlo para siempre o volverme loca. Y, escuchando Bon Jovi (It’s my life, it’s now or never…) elegí lo segundo, como siempre. No tenía dinero, así que Marcelo me dijo que me lo pagaría y luego le devolvería la mitad cuando recibiera mi beca, y después de horas buscando la opción más barata, por unos 600 euros, sacamos el pasaje. La felicidad no tiene precio.

Me esperaba un largo viaje, del 29 de Diembre al 13 de Enero. Ir a Bolivia era demasiado caro, así que mi itinerario consistía en: Lanzarote-Madrid-Quito-Lima-Arequipa (sur de Perú), de ahí movernos por tierra hasta Cuzco a recibir el año 2009, y finalmente alcanzar Bolivia. La vuelta, por tierra La Paz-Arequipa, y de ahí el avión Arequipa-Lima-Madrid. El viaje lo tendría que hacer sola, aunque Marcelo prometía esperarme en Arequipa para hacer juntos el tramo terrestre. Una auténtica locura que me costó el enfado de mis padres en plenas fechas navideñas. Por hacer cosas que no son normales en una estudiante de 19 años a la que no le sobra el dinero precisamente. Por hacer las cosas, además, sin tomar en cuenta su opinión. Por no pasar más tiempo con ellos. Así las cosas, yo tenía un caos interno dificilmente explicable, y un ansia agridulce, y un montón de preguntas sin respuesta en mi cabeza, que se disipaban con una sonrisa cuando miraba una guía de Bolivia que Priscila sustrajo de un hostal de Miraflores, en nuestra última noche de ruta en Lima, meses atrás. Aunque mi inglés no daba en aquel entonces para entender la mayoría de las cosas que ofrecía Lonely Planet, ver la palabra Bolivia en la portada hacía que me estremeciera por dentro, que me sintiera viva, muy viva.