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Salamanca. Impresiones.

La ola de frío siberiano desvío nuestro viaje, que cambió como destino la playa de la Concha de Donostia por una estampa menos blanca en Salamanca. Y, al final, a pesar del poco entusiasmo inicial, ha merecido la pena.

El precio, para los que cuenten los euros como nosotros, ha sido 24,50 la guagua normal ida y vuelta, 3 horas y ½ por trayecto. El express va más rápido, lo cuál se agradece cuando se te sienta detrás un tipo que suelta tantas lindezas mientras habla incansablemente por el móvil, que te hace dudar de la conveniencia del derecho a la libertad de expresión. En fin, a guagua normal se añade una noche en el hostal más barato que encontramos: Los Hidalgos, 30 euros la noche, con una televisión que no funcionaba, un botito de jabón de manos del Carrefour diluído en agua por esto de aprovechar al máximo, románticas vistas a un patio-trastero y un váter con enchufe que antes de darse a la ardua tarea de absorver nuestras micciones hacía ruído de motor sufriente unos minutos. A pesar de todo, limpio y bien ubicado.

Por lo demás, el viaje ha sido fantástico. Si Salamanca fuera una palabra, a mi se me antojaría “contraste”. Basta esta foto como ejemplo; una le saca la cámara para inmortalizar un grupo de señoras bailando y cantando “Que viiiiva Espaaña” en vísperas de Santa Águeda, y se le cuela en medio una joven estudiante Erasmus, con unos pantalones con la bandera británica.

Salamanca es vieja, alberga la primera universidad española, que data del siglo XIII, pero los alumnos que allí acuden, son la sangre nueva que fluye por una calles que se podrían imaginar habitadas por caballeros medievales y princesas.

Salamanca es tradición, y huele a Historia. Sus paredes hablan en latín, aunque sus calles son, a ratos, una Babel de idiomas modernos.

En Salamanca una puede cenar en un bar castizo, escuchando a la dueña desvelar el secreto de cómo cocer callos sin que dejen malos olores, y cómo su madre le preparaba la palanganas de agua para limpiarse los pechos a la hora de amamantar a sus hijos. Todo esto rodeados de cuadros taurinos, una tradición, a mi pesar, muy arraigada por esos lares.

A pocos calles de donde se sucede esta escena, una puede dar un salto hacia la antítesis si se adentra en Bruin café Erasmus, decorado con casas como las de la hermanada ciudad de Brujas, con retratos en blanco y negro, bicicletas colgando del techo, maniquíes a modo de gogós, Homer Simpson en la carta anunciando las Duff, y una bebida recomendada: El vino orgasmus.

En Salamanca se puede volver a la época del Imperio donde no se ponía el sol, a la arquitectura sólida, de gruesas piedras y olor a monasterio, y cambiar de mundo al adentrarse en la Casa de Lis, con su alegre decoración, sujeta a la fragilidad de los cristales de colores.

¿Qué les puedo decir? He andado horas y horas y visitado un montón de sitios sin aburrirme en ningún momento. Si tienen un hueco, yo les recomiendo Salamanca.

Itinerario

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Segovia: del Acueducto al Alcázar

Hoy nos vamos de excursión a la ciudad de Segovia, en la Comunidad de Castilla y León. Nuestra ruta comienza en uno de los puntos neurálgicos de la ciudad, en la plaza del Azoguejo, donde se encuentra el impresionante Acueducto Romano. Un simple vistazo basta para entender por qué la UNESCO declaró Segovia Patrimonio de la Humanidad. Para rematar la escena, como telón de fondo tenemos las montañas nevadas. Es una foto perfecta. Por desgracia la imagen no basta para apreciar los más de 800 metros de longitud y los nada menos que 170 arcos que lo componen.

Pero el encanto de Segovia no se limita a su acueducto. Con el mapa pegado a las narices, andamos por las callejas, sorprendidos por los fantásticos acabados de sus paredes. Nos colamos por la antigua judería y nos vamos topando con edificios que huelen a Historia. Nos damos cuenta de que hemos cambiado de era. Hemos aterrizado en la Edad Media.

De pronto, algo sobrecogedor capta nuestra atención: se trata de la Catedral de Santa María, conocida como “La Dama de las Catedrales” y que tiene el honor de ser, en España, la última expresión del gótico en su especie. Merece la pena entrar por su claustro, pero también por la presencia de obras de artistas tan notables como Churriguera o Berruguete.

Se nos empieza a abrir el apetito. El cielo amenaza con lluvia y huele a asado en las calles. Es el momento perfecto para llenar el estómago con cochinillo o lechazo asado (aunque sea media ración compartida, que si no, no nos llega el presupuesto). Para el postre, compramos en una pastelería unas yemas de Segovia. ¡Qué rico!.

Después de éste inciso, proseguimos nuestra ruta hacia uno de los rincones más imponentes: El Alcázar. Coronando el cerro, sobre la confluencia de los ríos Eresma y Clamores, se erige esta fortaleza, que fue la residencia de Alfonso X el Sabio y hospedaje de los Reyes Católicos. Su interior destaca por la abigarrada decoración de las techumbre, ventanales coloridos y muebles que guardan en su madera retazos de la Historia de España. También es posible subir a la torre, para atisbar a vista de pájaro la ciudad.

Empieza a caer la tarde. Se encienden las farolas y las gentes se transforman en sombras atemporales. Estamos atrapados por la atmósfera y no existe mundo más allá de sus piedras.

La caminata y el fresco han menguado nuestras energías. Llega el momento de volver a Madrid. Cuando arranca la guagua, sonreímos. Al otro lado de la ventana, la noche huele a nieve y Segovia ilumina el cielo.

Toledo

Apenas me motivaba escaparme a Toledo, cuando el pronóstico, pensaba yo, podía reducirse a posibles lluvias y grandes cuestas. Será otra ciudad como cualquiera, pensaba. ¡Ay! La ignorancia…

Aquella mañana no empezó especialmente bien, teniendo en cuenta que nuestro vecino decidió convertir su casa de nuevo en un after hour de “chunda chunda”, y que Yannick se olvidó los bocadillos en casa, y que a cambio le dediqué una mirada poco germana. Luego colapsé una máquina de tickets por 0,02 euros, pero eso es otra historia.

A pesar de todo, cuando llegamos a Toledo la situación empezó a mejorar. Debe ser por la inesperada naturaleza poética de la ciudad, o por que el cielo decidió darnos una tregua o por que no había caído en el detalle de que la ciudad era pequeña, casi sin tráfico, y de que está flanqueada por el precioso río Tajo. ¡Silencio y agua! bienes escasos por la capital del reino.

La catedral, la Primada de España, que es la visita obligada de la ciudad, nos la perdimos por pura tacañearía. La vimos por fuera, y por dentro en el espacio de pocos metros cuadrados destinados a todos los que no estuviéramos dispuestos a gastarnos los 7 euros que vale destripar sus maravillas. Estas cosas deberían ser gratis para los estudiantes…

En fin, lo que sí nos permitió nuestro bolsillo fue disfrutar de las bondades del Zocotren, ¡Visitantes, turistas, amigos, esperamos que hayan disfrutado de la aventura”…

Bien sentados en el trenecillo, recorrimos todo Toledo sin sudar ni una gota y descubrimos algunas de sus leyendas. Historias de amor entre un cristiano y una mora, cuyo padre vengará la afrenta al honor de su hija, o de un cristiano con una judía que acababará degollada en un lugar donde hoy hay un puente por el que pasa el trenecillo.

Sin duda, la mejor es la que sigue. Dice la historia que “aquella” casa junto a la rivera del río pertenece al diamantero, que recibió un importante encargo del rey y como no podía por sí mismo, los duendes del río acudieron en su ayuda. Dicen que algunas noches, si se escucha con atención, se les escucha cantar bajo el río Tajo…

Toledo es fantasía, si… pero también y sobre todo Historia. Es la ciudad donde convivieron las tres culturas (judíos, moros y cristianos), cuna de traductores, y antigua capital mora y visigoda. En ella se pueden visitar las termas del antiguo antiguo Imperio Romano, iglesias, sinagogas, el magnífico Alcázar, la imponente catedral, o El Cristo de la luz, en sus orígenes una mezquita que presume de ser la más antigua del lugar.

Por Toledo se pasearon Leovigildo y Recaredo; los reyes católicos; el Greco, Bahamontes, y Garcilaso; y, según cuentan las historias, también el Cid Campeador y el Don Quijote de Cervantes.
Ahora mis pasos también los guardan sus piedras. Y más que guardarán, porque pienso volver a seguir descubriéndola 😉

Algunos datos prácticos:
Lugar de salida: Desde Madrid, las guaguas salen desde el intercambiador de Plaza Elíptica.
Compañía: Alsa ofrece un servicio aproximadamente cada media hora. Los tickets se compran directamente allí; para este trayecto no hay posibilidad de realizar reservas por Internet.
Precio: unos 9 euros ida y vuelta.
Duración del viaje: unos 50 minutos si va directo.

Las fiestas del pueblo

Carrozas con música canaria, niñas que aspiran a aprender que Confucio fue el inventor de la Confusión. Caramelos volando por los aires. Una representación de, ¿la sombra del viento? Con un personaje conocido del pueblo sentado en un váter ficticio. Qué recurrentes en el humor todas las situaciones que la pillan a una con las bragas bajadas.

Sonido de batucada. Espero volver el próximo febrero, para carnavales. Oscuridad. Se ven algunas estrellas. Ojalá el cielo de Madrid fuera como éste aunque, quién pudiera traerse aquí todos los luceros que insuflan luz desde el techo del desierto.

Fuegos artificiales. ¿No estábamos en crisis? Ay. Qué importa. Qué bonito.

Aplausos. Empieza la música. Regueton nuevo y clásicos de verbena de toda la vida. La mano arriba, cintura sola, da media vuelta…

Caras conocidas. Caras que recuerdan los peores momentos de la adolescencia. Y grupos de familias. Los amigos de mis padres. Personajes del instituto. Mi catequista, Romana, que ya no se acuerda de que un día yo fui su fiel pupila y monaguilla, y de que guardo un libro que me regaló, Ben Ur, entre las pilas de libros de mis estanterías. Restos arqueológicos de la inocencia.

La Iglesia, que estuvo cerrada y semi-destruída, ha vuelto a abrir. “Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa…” vuelve a vibrar en sus pétreas paredes. Una pena que bodas y comuniones no se celebren ya en la habitación anexa, acondicionada con un crucifijo, o en el teatro… al fin y al cabo es el lugar más adecuado para las actuaciones.

Amigas. Incorporaciones. Bajas. Viajes. Todo en movimiento. Y, sin embargo, en el pueblo, es cómo si no pasara nada. Las niñas de 15 años son yo cuando tenía su edad, vendiendo la carne en minipantalones ajustados a pesar del frío. Bebiendo hasta acabar llorando por lo que creen que es amor de su vida en cualquier esquina. Pobres diablas.

Vodka negro e historias. Una fábrica de historias que podrían clasificarse en la sesión de sucesos de un periódico o inspirar un libro truculento. Historias que destripan la humanidad, y la dejan al descubierto. Historias de amor en la más profunda miseria, desesperación y suicidios, droga y prostitución,

Me voy, que me he vuelto funcionaria de los días, visitante sólo ocasional de la vida noctura. Camino hacia el coche. Una punzada en los riñones. Nostalgia del pedacito de mi que está lejos. Mejor, así presto más atención a los otros pedazos.

Llego a casa, a medio camino entre el pueblo y la nada. Una farola hija de una campaña electoral rompe el embrujo de mis fantasmas infantiles, cuando el viento batía las ventanas y en mi mente el espíritu de los muertos trataba de asustarme. Ahora la oscuridad está jubilada. No hay espacio para los brotes de fantasía. Realismo. Materia.

El gato “dragón” se desvela con el sonido del coche al entrar en el garaje y me recibe con la cola ergida caminando hacia mi mientras su pancita bambolea muy cerca del suelo. Solo tiene un mes y me conoce desde hace dos días pero él y yo ya somos amigos para siempre. Me muerde la mano en señal de camaradería y ronronea.

Me quito el maquillaje y el vestido y el sujetador. Siento mi cama, que ha sostenido mi cuerpo abandonado por tantos años. Qué placer, el de volver a percibir los pequeños placeres. Qué ceguera de detalles a veces, afuera, con tanto ruido. Qué madriguera, qué microcosmos, mi pueblo y sus fiestas.

Campo de trabajo Graus 2010

Aquí estoy, prácticamente recién llegada de una de esas cosas que tenía en la lista de cosas pendientes: ir a un campo de trabajo. Al fin puedo tachar ese apartado, y hacerlo satisfecha, con una sonrisa. Y eso que he jugado algunos números de escapismo, con esa habilidad que tengo para desaparecer de repente; pero aún cuando no he estado al cien por cien, me llevo un montón de experiencias enriquecedoras, y he compartido momentos con esa clase de gente fantástica a la que le dices: “Cuentame algoo” y siempre tiene algo interesante que decir, ya sea de sus vidas, de pasajes de libros que un día leyeron a medias (las mil y una noches), o te recitan una poesía, o reflexionan contigo sobre la espiritualidad, o rien con cualquier tontería.

El campo de trabajo tiene un rollo similar al de la ruta inka, por la clase de gente (normalmente con un mundo interior bastante interesante) y sobre todo por el pilar fundamental de la experiencia: compartir; aunque obviamente se llevan a cabo con objetivos distinto, con niveles de riesgo no comparables y una dobla a otra en cuanto a duración. Pero en lo que convergen, en lo fundamental, es en los vínculos que se crean. Y es algo nada denostable en un mundo que cada vez nos empuja más y más hacia el individualismo.
Compartir los momentos de las comidas, verse las caras legañosas por las mañanas, aunar esfuerzos en un trabajo común, participar de los momentos de diversión, de las borracheras, y, a veces, ceder y aceptar aquello que nos molesta de los demás, o intentar ser mejores en ese día a día acotado, son cosas que no tienen precio y que merecen la pena ser vividas.

Pero más allá del crecimiento personal que sin duda aporta una experiencia así, ya sólo por el planning que tienen en este campo de trabajo en concreto vale la pena apuntarse y probar. El trabajo este año consistía en el acondicionamiento del entorno de una ermita templaria (San Miguel y los templarios de Grustán) supuestamente de alrededor del siglo XI. Hablando claro, se trataba de limpiar de hierbas y matojos el sendero, y una vez realizada esta tarea, excavar y descubrir que, junto a una tumba antropomorfa que había destapada, se encontraban enterrados huesos humanos bajo unas losas.
Asimismo, se desenterro la puerta, se descubrió una entrada con escalones que estaba enterrada y una dependencia que no se tiene claro si era una especie de casa contigua para quienes oficiaban las ceremonias religiosas, o un simple pozo para abastecer de agua al personal. En cualquier caso, resultó un acercamiento al mundo de la arqueología y nos metió a todos el gusanillo de descubrir, “qué será esta piedra de aquí”, “de qué parte del cuerpo será este hueso”, e incluso de reflexionar sobre lo efímero de la vida. Al menos yo, al descubrir ese craneo humano mezclado con la tierra, quebradizo y facilmente confundible con piedra, no pude menos que recordar el popular provervio: Polvo eres, y en polvo te convertirás.
El trabajo requería de hazada, picos, tiqueras… acababamos todos hechos unas croquetas de tierra, pero cada uno trabajaba en la medida de sus posibilidades. Además teníamos un medio de transporte, cuanto menos, pintoresco: una ambulancia, con un par de bancos de parque, de esos en los que se sientan los abuelillos, en la parte de atrás, donde nos hacinábamos los más posibles. Era un viaje movidito que ayudaba a desasirse del sopor mañanero.

Lo mejor venía por las tardes y noches, con toda clase de actividades lúdicas y mucha libertad para escaparse de vez en cuando, para dormir, para hacer fiestas, yinkanas, leer, o lo que se terciara en cada momento. Entre las actividades organizadas destacaban:

Piragüismo en el lago de Graus. En mi caso fue la primera vez que lo hacía, y no sabía como manejar las palas. Menos mal que mis compañeras de piragüa eran más habiles y supieron llevar, no sin dificultad, el cacharro flotante hacia la orilla ante un cielo que amenzaba tormenta eléctrica.
En otra ocasión pudimos volver a practicar piragüismo, montarnos en las barcas de pedales y, el plato fuerte de esa tarde, montarnos en la banana y coordinarnos con el vano empeño de no salir disparados hacia el agua.

Raftin en el río Ésera, que aunque según el monitor era en un grado de principiantes más apropiado para colegios que para nosotros, estuvo muy divertido, sobre todo cuando nos dejamos caer en un tramo y nos dejamos arrastrar por la corriente hasta la lanchilla hinchable.

Paintball, con toda la indumentaria necesaria para una guerra de colorines, norte contra sur de España. Escondidos tras palés de madera, intentando alcanzar una bandera o simplemente sobrevivir.

-Un concierto de música medieval en la preciosa catedral románica de Roda de Isábena, con unos instrumentos muy extraños y contando a la vez historias sobre el mítico santo grial.

-La caminata que llevaba hasta la cascada de Aiguallut, un paraje precioso, verdísimo, aún con resquicios de nieve en las montañas en pleno agosto.

-La acampada en Fantova, una torre cuyo entorno fue acondicionado en anteriores campos de trabajo. Había una iglesia abandonada llena de muerciélagos donde una podía simular una boda, o subir al campanario y tirar de la cuerdecita para que la campanota impregnara el aire con su vibración metálica. Un entorno propicio para ver estrellas y contar historias de miedo que no dan miedo, y beber alrededor de un candil e incluso besar sapos. Pero lo mejor del lugar, sin duda, es la puesta de sol. Desde el mirador puede verse como el astro rey, rapidamente, se oculta tras las montañas y deja el cielo teñido de un rojo sanguíneo, antes de caer la noche.

-La clase de baile, o de expresión corporal, que le recuerdan a una que la música es algo que se siente, y algo que, también, se comparte, aunque requiere de bastante disciplina.

-La visita a Panillo, un templo budista perdido entre las montañas aragonesas, un lugar donde experimentar otras formas de sentir la religión, en éste caso no teísta, en la cuál se puede alcanzar la plenitud a través de la meditación y las acciones, tomando el camino correcto. Tanto el templo como la stupa contrastan con el paisaje circundante, por su colorido, y en su interior el silencio invita a la meditación y el recogimiento.

-La no-visita a Torre Ciudad, la sede del Opus Dei, a la que no pudimos acceder por problemas de indumentaria (ya saben, nada de camisas de tirantes, nada de pantalones o faltas por encima de la rodilla…). Pero el enclave donde se encuentra el emplazamiento es increíble, un lago precioso de aguas azules al que dan ganas de lanzarse de cabeza.

-La barbacoa de despedida que organiza Jorge Mur, el monitor principal, en casa de sus padres, donde se podía comer copiosamente desde longaniza a las típicas chiretas, acompañado por vinillo.

Y habría mil anécdotas más, mil actividades más, mil motivos más para animar a la gente a ir, pero ya sería enrrollarme demasiado.